Gilberto González y Contreras: “1932” (poesía)

El primer poeta salvadoreño que forjó una poesía de denuncia en el siglo XX, entremezclando imágenes poderosas y análisis social.

Gilberto González y Contreras
La Zebra | # 67 | Julio 25, 2021

El 22 de enero de 1932, El Salvador se agitó con un formidable levantamiento campesino. Las tropas del general Maximiliano Hernández Martínez ensangrentaron campos y ciudades. Hombres del campo, estudiantes, obreros, fueron masacrados. Su número, según observadores norteamericanos asciende a 23,000. A esas víctimas de una feroz dictadura, van consagrados estos cantos.

Gilberto González y Contreras

A la memoria de Agustín F. Martí;
Ama, el Cacique;
los hermanos Cuenca;
y a los muertos anónimos…
ofrendo.

Responso

Con palabras viejas de siglos,
con ritmos de salvaje novedad
canto a los veintitrés mil,
a su muerte cruelísima,
a sus rostros que deseo grabar
en pétreos monolitos, en el sendero de los montes,
en la cordillera en olas inmóviles de mar.

Canto a su marcha segura y firme,
a sus manos que empuñaron armas en la hora justa,
a la mudez de ansiedad
con que sus rostros alargados
percibieron la muerte,
a su propósito tenaz de hacer suya la tierra,
a su necesidad
de espacio, tan violenta
que hacía fatigoso el respirar
—rompiendo dimensiones
son sustancia de esfuerzos y vigor esencial.

Acción de gracia se les rinda
en cada hora del tiempo, con un voraz
sentimiento de cumplir el propósito
de tomar
la tierra para los hombres que en el surco
esponjan el vigor en claridad.

Reconozco a menudo a los guerreros
de la revolución en armas…
Su caminar violento aún repercute
en el eco del día musical:
aún oigo
sonar
un relámpago crujiente de tambores,
una lengua de fuego
que huele a sangre y sabe a sal.
De noche, rompe mi piel
y escucho temblar
en mi interior las voces de los indios
segados por la metralla como por una tempestad.

Insepultos cadáveres para pasto de buitres,
carroñas de los jefes que vieron balancear
de las horas, en días agitados
los hombres que lanzaron
del campo a la ciudad.
Camaradas cuyas cabezas reposan sobre estiércol,
en desmantelado lar,
hermanos míos sin lágrimas, mujeres que en la boca
sintieron sabor acre de ceniza y de cal,
en el tiempo repercute el gong de muerte
golpeando en torno mío como el mar.

Sabor de sangre… Sangre en esa tenebrosa
proporción del recuerdo, en esa humedad
de la tierra acaecida en aflujo
de angustia torrencial.
¿Qué haremos de esa sangre?
Armas para vengar a los muertos, verbo
para celebrarlos, viático para la inmensidad.
Sangre ardiente, sangre nutricia,
ni una gota se irá a desperdiciar,
hasta que su peso derribe con la cara en tierra
a la falange que explota a los demás.

A su sombra elevemos una firme columna,
recibamos el soplo del alma secular,
y que acoja la tierra nuestro esfuerzo
—como simiente henchida de ansiedad—.
¡Que acción de gracia se les rinda a toda hora
en dura ley de cotidiano batallar,
y la acción vibre en cada hora del tiempo,
por el cuerpo,
por el alma,
por la eternidad!

Madre india

Quebrada la madre india,
es toda interrogación,
y le desbordan los ojos
como con un resplandor.
Insuflan de la llanura
vaharadas de calor,
y en el abrazo del día
se le exprime el corazón.

El cielo desnudo agranda
descompasado fervor,
y carnes prietas se han ido
sin acabar la canción:
porque al galopar tambores
del potro del viento en pos
los indios tiran al cielo
brasas de sublevación.

Las mamas le han reventado
en la cuerda del temblor:
dos succionados limones.
Las manos flácidas son.
En casa rondan los pasos
dramáticos del terror,
y el horizonte se traga
de los soldados la voz.

Enero rompe el silencio
y se mete de rondón
—como una espina de cactus—
en la amargura mayor.
Amargura que los campos
en tibia fecundación,
desborda con los cadáveres
en que puntadas de sol
enhebran pasos de sombra
bajo el ala del terror.

Relampaguean los dientes
en trágica insinuación,
y el corcel del asombro
arrastra el triste candor
de madres que tragan gritos,
y con una y otra voz
alivio al minuto lóbrego
reclaman en un clamor.

¡Ay de la madre, la madre
que vaga sin dirección,
y como fiera se oculta
y no osa mirar al sol!
Entre los rotos silencios
el aire es solo temblor,
y se hace hieles la tierra
en roja fecundación.

El buitre de la metralla,
con garra y pico feroz
ha destrozado a sus hijos
—carne de sublevación—.
Y en el cuenco de las manos
enero sorbe el horror
de madres que trenza el nudo
del llanto que grana atroz,
bajo tormenta de balas
en campos de El Salvador.

Tambores de rebelión

Tendida sobre el viento
la voz de los tambores
se encarama a los cerros.

Tambores de señales:
rápidos, roncos, llenos
de la angustia exprimida
por los indios que enhiestos
bajo el hachazo del dolor
han embridado el tiempo.

Tambores que anochecen
en un repique bronco
de miseria y de duelo.
Tambores con que el indio
hace trizas el miedo,
y enhebra el son que embriaga
lo mismo que el fermento
del maíz y la caña
—los conjuros supremos
para encender el alma
y agilizar los cuerpos—.

Tendida sobre el viento
la voz de los tambores
se encarama a los cerros.

El indio llama al indio
con gritos agoreros
y se lleva la noche
sobre los hombros prietos.
Los tambores resuenan
en medio del silencio,
perforados de grillos
y luceros.
Los tambores resuenan
y acude el indio presto,
llenas las manos de música,
los ojos llenos de fuego,
bajo las redes del viento
que sujetan los luceros.

En conjura contra el amo
los indios amanecieron,
y se veían sus rostros
—como en pedazos de espejo—
en los machetes que empuñan
con agarrotados dedos.

Se quebraron los tambores
contra el pecho de los cerros,
y mientras la madrugada
se va escapando del fuego
de ocote con que alumbraron
las indiadas el consejo,
la luna es un tambor roto
abandonado en el cielo.

Y el tambor de la luna
tocan las manos del viento,
¡llamando a la rebelión
a los oprimidos pueblos!

Mi pueblo

A Salarrué.

Pueblo: quisiera cantarte.
No con esta voz sangrienta y opaca,
sino con el aliento primitivo
de selvas que cantan con voz perfumada.
En tu ambiente los días se alargan.
El cielo cae rígido
sobre la recatada
qiuetud de los terrenos:
y el sol muerde la costra
blancuzca de las casas.

Un beaterío unánime en tus hogares,
y una rebosada
crítica en las doncellas
que no acaban
de parecerse a las figuras
de una acuarela mala.

Médicos que aún esperan milagros de la Virgen.
Licenciados en finas picardías aldeanas,
y agricultores que se odian
por cuestiones políticas
sin ninguna importancia.

Jardines donde el tedio se encabrita y domina,
calles que se entrecruzan de puntillas y abrazan,
tal vez una capilla que bosteza,
o plazoletas sucias que preparan
a los valetudinarios
una broma pesada.

Curas ceremoniosos, militares cretinos,
pasean lentamente sus ocios y su panza,
y peinan el ambiente
rural las campanadas
del reloj que al abrirse de las rosas
con monorritmo imperceptible marca.

El cuartel y la iglesia muestran su señorío
sobre las amplias casas
florecidas de geranios y rezos,
de gardenias y tiestos
y pájaros en jaulas.

Nada más. El tiempo se ha quedado
fijo en estos pueblucos sin ninguna importancia,
pueblos que se abanican
el calor con las ramas
de los esbeltos cocoteros,
y el vacío de las almas
—vacío municipal y cotidiano—
lo llenan con palabras, palabras y palabras.

Cortadores de café

A don Joaquín García Monge.

Miente, rumoroso, verde,
tierra adentro —oscuro mar—,
cuajado en punta de llamas
con calma de eternidad.
Verde que en las hojas limpias
cabecea en claridad
entre los brazos del viento
que juega en el cafetal.

Filtra la angustia sus ocres
y se cuaja el suspirar
en pepitas que la sangre
ha convertido en cristal.
Cristales de la riqueza
que del campo a la ciudad
llega con sabor a vida
abierta de par en par.

En las axilas del indio
revienta en sabor a sal
el dolor con que sus manos
—raíces de tempestad—
en curvas de rama a cesto
despojan el cafetal.

Naufragan de sol a luna
fatigas y acezar
de créditos que encadenan
a racimos de coral.
Racimos en que se esponja
de los amos el holgar,
mientras el café y los indios
dan su emanación igual.

El que una vez te conoce,
café de la soledad,
te mira empapado en sangre
de los pobres sin hogar.
Miel diluida en fruto amargo,
fuiste dolor y eres mal
para el barro de los indios
amasado en impiedad.

En el silencio, compacta
la indiada, fútil afán,
los machetes afilan
para a los amos cortar
las manos que fueron garras,
que hundían de más en más
en alquitaradas penas
y angustias de eternidad.

Salta la luna señera
del cerro hasta el cafetal,
y entra la noche en el día
como la proa en el mar.
Junto al rumor de las ramas
se pone la muerte a espiar,
y la mano gris del viento
descuelga la tempestad.


GILBERTO GONZÁLEZ Y CONTRERAS (El Salvador, 1904-La Habana, 1954). Poeta y ensayista salvadoreño. Uno de los primeros poetas de vanguardia en El Salvador, innovador y apasionado desde su adolescencia. Vivió en el exilio desde la década de 1930, con su compañera, la escritora cubana Julieta Carrera. Se asentó en Cuba a partir de 1934, y sólo regresó a El Salvador de visita en el último año de su vida. En poesía publicó: El pescador de estrellas (1927); Fuerza (poemas en prosa, 1934); Muerte gozosa (1934); Permanencia en la pasión (1934); Rojo en azul (1934); Música de colores (1934); Piedra india (1938); Trinchera (1940); Ausencia pura (1946); y Canciones (1946). Su libro de ensayos sobre escritores y artistas de El Salvador y Honduras, Hombres entre lavas y pinos (1946), es un hito en la historia de la prosa centroamericana. Publicó en vida 21 libros de ensayo.

Arte: “Los Voluntarios” de Käthe Kollwitz, 1921.