Jorge Ávalos: «Antes de la guerra» (memoria)

En el aniversario del acuerdo de paz que concluyó con la guerra de El Salvador, un escritor recuerda cómo tomó consciencia de su lugar en la historia cuando aún era un niño.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 73 | Enero 15, 2022

Recuerdo mi primer amor no correspondido: una niña llamada Blanquita que conocí en kindergarten. Yo tenía cuatro años, ella cinco, y el otro, Toñito, el favorecido, el hijo pelón de un militar, seis años. Traté de conquistar el amor de Blanquita con un sinnúmero de peripecias: hice las culebras de plastilina más largas de mi clase, construí el cohete de Lego más alto imaginable y gané todas las competencias de sillas musicales. Todos mis esfuerzos fueron en vano, Blanquita prefirió siempre a Toñito, cuya cabeza pelona le encantaba acariciar.

Recuerdo el gozo de papá cuando llegaba a casa y gritaba: “¡Trotsky! ¡Trotsky!”, el nombre de nuestro perro. Vivíamos entonces en la casa de una mujer a quienes llamábamos la hondureña, una señora malhumorada. Mamá no nos permitía salir a la calle por las bombas, pues estábamos en guerra, y a la sazón, contra Honduras. El Chele Medrano, el director de Inteligencia en ese entonces, era nuestro vecino. Tenía una casa enorme y blanca, famosa por tener la forma de un yate. Detestaba a los comunistas. Sospechaba de nuestro perro. Ese año, 1969, Trotsky murió envenenado. Vi cuando lo trajeron a casa envuelto en la frazada roja de mi hermano.

Recuerdo la noche cuando mi hermana, María Eugenia, con sus piecitos planos de seis años, bailó El Lago de los Cisnes en el Teatro de Cámara de San Salvador. Las plumas de su traje estaban mal cosidas y, a cada giro de puntillas, se desprendían por todo el escenario. Mi hermana Carolina y yo fuimos enviados a casa por el escándalo que hicimos pescando plumas a orillas del escenario.

Recuerdo mi primera pelea, a puñetazos, contra mi mejor amigo. No teníamos más que seis años. Me empujó a un charco de lodo y cuando me levanté, empapado, me volví —por primera vez en la vida— loco de ira. (Perdóname K., no te merecías más que una trompada.)

Recuerdo que, en segundo grado, al final del día, yo cantaba para mi maestra canciones de Nino Bravo: Mi voz, igual que un niño, / te pide con cariño / ven a mí y abrázame… Nunca me importó que mis compañeros de clase se burlaran de mí.

Recuerdo la agonía interminable, alucinante, de mis noches asmáticas.

Recuerdo la dulce voz de mamá al cantar las canciones de María Grever. Mis hermanas y yo transcribíamos letras para ella de los discos que teníamos en casa; mi favorita: “Muñequita linda”.

Recuerdo la primera ocasión, a mis once años, cuando me sentí conmovido por la belleza. Conocí a una niña chilena llamada Andrea. Era rubia, ojos azules, inquieta. Brillaba por su personalidad. Esa misma noche, una noche de año nuevo, bailé con la esposa de un embajador, mi rostro entre sus enormes senos perfumados.

Recuerdo la mañana, en el Externado de San José, cuando el hijo de un general me acusó de ser comunista porque mi mamá era chilena. “¡Todos los chilenos son comunistas!”, imprecó. Era la primera vez que yo escuchaba esa palabra.

Recuerdo el día que organicé una histórica batalla entre estudiantes en el campo del colegio: la revancha de los indios contra los españoles. Pino interpretó al hijo de Pedro de Alvarado y tenía con él a media docena de compañeros. Yo fui el hijo de Atlacatl, el rey de los pipiles. Con Pineda, el estudiante más alto de la clase en mi bando de cinco indios, libramos una dura batalla a puño limpio. Yo era pequeño y flaco, y sin embargo derroté a Pino. Ese día glorioso, hicimos correr a los españoles. Vencidos, no dejaron tras ellos nada más que una nube de polvo.

Recuerdo el día, la hora y el exacto momento inusitado, a los ocho años, cuando escribí mi primer poema. Por alguna razón me puse a temblar y lloré.

Recuerdo la ocasión cuando me colé a hurtadillas en la torre de la Basílica de la Virgen de Guadalupe y toqué las campanas anunciando las seis de la tarde de ese día, quince minutos antes de la hora.

Recuerdo la noche, mayo de 1974, cuando mamá nos anunció que nuestro tío Tito venía de Argentina, escapando de la persecución en Chile. “No se lo digan a nadie”, nos advirtió, “no le digan a nadie que su tío es chileno”.

Recuerdo las noches cuando mi papá preparaba sus clases para la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador. Con esmero y paciencia, él ordenaba docenas de diapositivas que alternaban estadísticas con las imágenes de niños desnutridos. Por largas horas, proyectaba contra la pared blanca de la sala terribles retratos de la desesperación y del hambre: niños con barrigas inmensas, niños cegados por la falta de nutrientes, cuerpos devorados por sí mismos. Esos niños me hablaban en mis pesadillas, me pedían auxilio.

Recuerdo la mañana cuando mi profesor de sexto grado, José Trinidad Canales, defendió sus convicciones comunistas. Uno de los estudiantes lo había desafiado durante una discusión sobre la reforma agraria. Otro estudiante se me acercó al final de la clase y dijo, con una sonrisa de desprecio en la cara: “¡Es comunista, el viejo!”

Recuerdo el día cuando escalé el volcán de San Salvador con mi tío Tito. Me asombró descubrir otro cráter dentro del cráter del volcán. “San Salvador es así”, pensé en voz alta, “un cráter dentro de otro cráter”. Allí, en el boquerón, descansamos, comimos las moras que una niña muy pequeña y muy cansada nos vendió, y contamos chistes. Ese día descubrí que había conquistado mi mayor tormento físico: había ganado mi lucha contra el asma.

Recuerdo el día cuando me declaré ateo y el profesor Canales me defendió porque, después de todo, yo era el niño que había “leído todas las novelas de Julio Verne” y porque escribía “mejores poemas que Alfredo Espino”.

Recuerdo esas noches cuando papá me llevó con él en sus visitas a las clínicas de los barrios pobres de San Salvador. Sus pacientes eran niños prematuros, niños diminutos luchando por vivir; papá los examinaba con un cuidado inmenso. Me permitió meter mis manos en los guantes de la incubadora, y toqué la mano, delicadísima, de un recién nacido tras siete meses de gestación. El puño del bebé se aferró con dificultad a la punta de mi dedo meñique.

Recuerdo el día cuando me expulsaron del Externado de San José porque no pasé la “materia más importante”: Religión.

Recuerdo el día cuando las autoridades de inmigración arrestaron a mi tío Tito. Tampoco he olvidado la desesperación de mamá, nuestra visita a la policía y el día cuando mi tío regresó a casa, serio, flaco y sin afeitar. Era otro hombre.

Recuerdo mi primer día de clases en el Colegio Salvadoreño-Alemán porque fue la primera vez que vi a Graciela Elena, la niña de doce años más bella de la historia. En su nombre pedí un deseo secreto a una estrella fugaz. Sobre ella hablábamos, hasta entrada la noche, con mis amigos. Pronunciando su nombre descubrí el poder invocatorio de las palabras, y para recordarme que escribo sólo por amor, debo escribir su nombre una vez más: Graciela.

Recuerdo el día que leí la noticia en los periódicos: José Trinidad Canales, profesor de sexto grado, asesinado por los Escuadrones de la Muerte.

Recuerdo la primera vez que atendí un mitin político, afuera de la Catedral Metropolitana. Fue un encuentro fortuito. A la orilla de la calle, estaban alineados féretros con cuerpos de estudiantes asesinados. Yo no tenía más que trece años. Un ex profesor del Externado de San José me reconoció. “Ávalos, ¿qué hace aquí?”, preguntó. “Váyase a casa, que usted todavía no empieza a vivir”. Comprendí que tenía la razón, toda la razón, pero no regresé a casa.

No recuerdo el momento cuando empecé a vivir.


JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. En El Salvador ha ganado el premio nacional de ensayo 2020 por Las tres muertes de Alfredo Espino, el premio nacional de cuento 2021 por El espejo equivocado y el de teatro infantil 2021 por El niño que no se quería bañar.