Beato Rutilio Grande: «Sermón de Apopa» (oratoria)

Considerado uno de los discursos religiosos más influyentes de la teología de la liberación, por el sacerdote jesuita beatificado por la Iglesia Católica el 22 de enero de 2022.

Rutilio Grande, S. J.
Arte de Anto Ramírez
La Zebra | # 73 | Enero 22, 2022

El padre Rutilio Grande (1928 – 1977) fue un sacerdote jesuita, promotor de la Teología de la Liberación, y amigo del arzobispo de El Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero.  El padre Grande fue párroco de Aguilares, zona en la que ayudó a establecer Comunidades Eclesiales de Base y a ayudar en la organización del campesinado. Murió en 1977, acribillado en una emboscada tendida por desconocidos cuando se dirigía a El Paisnal para dar misa, un mes después de pronunciar su famoso “Sermón de Apopa”, el 13 de febrero de 1977, durante una misa en la comunidad de Apopa, parroquia de Aguilares, El Salvador, en respuesta al hostigamiento y expulsión del país del sacerdote jesuita Mario Bernal por parte del gobierno salvadoreño. El asesinato del padre Grande fue un momento de inflexión en la vida del santo Monseñor Arnulfo Romero y, contrario a lo que esperaba la dictadura militar de entonces, empoderó y provocó la expansión de las comunidades eclesiales de base de la iglesia católica. Rutilio Grande fue beatificado por la iglesia católica el 22 de enero de 2022.


Sermón de Apopa

Beato Rutilio Grande

Queridos hermanos y amigos:

La invitación se ha repartido por los valles, cantones y caseríos, por donde se escucha la voz, a través de las ondas, de nuestro querido Padre Bernal, con su clásico “¿De acuerdo?”, cuando manejaba la Biblia. Quiero decirles, pues, que es una invitación que estaba dirigida a las comunidades cristianas parroquiales de Guazapa, Nejapa, Quezaltepeque, Opico, Ciudad Arce, Aguilares y Tacachico. Nuestro Vicario ha dicho que son las parroquias al Norte de la Libertad y de San Salvador.

Nos reunimos aquí, de emergencia, los sacerdotes, y tuvimos el acuerdo preciso de, junto con los fieles cristianos conscientes de nuestra parroquia, tener esta manifestación de fe. Bien claro les presentamos que nos reuníamos en la gasolinera y de allá íbamos a partir, ordenada, organizadamente, todos juntos, solidarios, confesado nuestra fe, para así concluir con la Eucaristía que es el compromiso más grande, y es el símbolo de lo que el Padre Mario Bernal predicó y defendió. El Símbolo de una mesa compartida, con el taburete para cada uno y con manteles largos para todos… el símbolo de la Creación, y para eso hace falta la Redención. ¡Ya está sellándose con el martirio!

Introducción: la Iglesia, institución de servicio

Ahora, mis queridos amigos y hermanos, permítanme, después de haber escuchado la Buena Noticia de la Palabra de Dios en el evangelio, decirles estas cosas.

Formamos parte de una Iglesia formada por seglares —la mayoría del Pueblo de Dios son ustedes—. Y si estamos encaramados aquí nosotros, en este graderío, no tiene razón de ser nuestro ministerio si no en función de ustedes. Ministro viene de “ministrar”, que quiere decir servir al pueblo de Dios. Desde el Papa, pasando por los Obispos, hasta el último cura de aldea, somos servidores en medio de la comunidad, que es el Pueblo de Dios. La Iglesia es ciertamente una institución, lo exige un mínimo de motivos razonables, siempre y cuando esta institución sea la portadora fiel de los valores del evangelio, en orden a dinamizar el mundo, fermentándolo, como se fermenta la masa del pan con levadura, reactivándola.

La Iglesia no debe ser un museo de tradiciones muertas, de enterradores. Se extiende por todas las naciones, las lenguas, las razas y las culturas diversificadas del mundo, en historias concretas que viven los pueblos. No estamos hablando en Japón, sino aquí, en nuestro país, y la Palabra de Dios debe encarnarse en el país.

Somos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestros pecados y traiciones en el camino largo de la historia. Somos una corporación humana, el elemento humano de la Iglesia a nivel de seglares, a nivel de dirigentes, sacerdotes y obispos y papas. Hemos confesado nuestras culpas y es la exigencia cotidiana de la conversión personal y grupal de la Iglesia. El Papa ha dado ejemplo, en varias ocasiones, de esto. Al llegar a Jerusalén se echó por los suelos y reconoció que es su culpa y la culpa de la Iglesia en muchos pecados que el mundo padece. El Papa es un hombre débil y pecador. Nosotros somos débiles y pecadores. Lo han dicho en una Lectura en la primera parada: ¿A dónde iremos a anunciar lo que el Señor nos da, si somos pobres?

No estamos aquí, en Apopa, esta mañana, cantidad de comunidades parroquiales, como una secta desintegrada de la Iglesia ni de la Iglesia Universal. Nos sentimos parte de esa Iglesia a la que amamos, y queremos siempre ver renovada por la fuerza del Espíritu Santo, en medio de sus debilidades, que las tiene; en medio del mal, en medio de la problemática del mundo. La queremos, no solamente con las exigencias de lo que debe ser la Iglesia, sino tal como es, necesitada de continua conversión.

1. La igualdad de los hijos de Dios

Mis queridos amigos, antes de llegar al caso central que nos ocupa en esta Eucaristía, permítanme un segundo paso en la reflexión. El Evangelio que acabamos de escuchar es transparente y limpio como el agua que baja de la montaña. ¡Sólo los ciegos no pueden entenderlo!

Jesús era un caminante peregrino entre el pueblo. Recorría pueblos y aldeas. Enseñaba en cada caserío, en cada lugar, en cada cruce de camino, la Buena Nueva del Reino de Dios. Y ¿cuáles son las líneas maestras de ese Reino de Dios, de su mensaje primero? Son bien definidas, son bien claras, son bien precisas. ¡Hace falta maldad, hace falta ceguera para no entenderlas!

Un Padre común tenemos todos los hombres. Luego todos somos hijos de tal Padre, aunque hayamos nacido del vientre de distintas madres aquí en la tierra. Luego todos los hombres, evidentemente, somos hermanos. ¡Todos por igual unos de otros! Pero Caín es un aborto en el Plan de Dios, y existen grupos de caínes. También es una negación del Reino de Dios. Aquí en el país existen grupos de caínes, y que invocan a Dios, que es lo peor.

Dios, el Señor, en su plan para nosotros, nos dio un mundo material. Como esta misa material, con el pan material y con la copa material que elevaremos en el brindis de Cristo el Señor. Un mundo material para todos sin fronteras. Así lo dice el Génesis. No es cuestión que diga yo: “Yo compré la mitad de El Salvador con mi dinero, luego tengo derecho”. ¡No hay derecho para discutir! “Es un derecho comprado, porque tengo derecho a comprar la mitad de El Salvador”. ¡Es una negación de Dios! ¡No hay ningún derecho que valga ante las mayorías!

Luego, el mundo material es para todos sin fronteras. Luego una mesa común con manteles largos para todos, como esta Eucaristía. Cada uno con su taburete. Y que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué. Por algo Cristo quiso significar el Reino en una cena. Hablaba mucho de un banquete, de una cena. Y la celebró la víspera de su compromiso total. Él, de 33 años, celebró una cena de despedida con los más íntimos. Y dijo que ése era el memorial grande de la Redención. Una mesa compartida en la hermandad, en la que todos tengan su puesto y su lugar.

El amor, ¡el Código de Reino! Es una sola palabra clave, que resume todos los códigos éticos de la humanidad, los sublima y los depara en Jesús. Es el amor de fraternidad compartida que rompe y echa abajo toda clase de barreras, perjuicios, y ha de superar el odio mismo. ¡Nosotros no estamos aquí por odio! Incluso a esos caínes, los amamos. Ellos son nuestros enemigos. ¡Evidentemente no han entendido!

El cristiano no tiene enemigos. Son nuestros hermanos caínes. No odiamos a nadie. El amor, que es conflicto y que exige en los creyentes y en la Iglesia como cuerpo, la violencia moral. No he dicho violencia física. ¡La violencia moral! —lo digo para la grabadora, porque vi a lo largo del camino grabadoras que no son de fieles que oían al Padre Mario; son de los traidores de la Palabra de Dios— (interrumpen aplausos)… Mejor, no aplaudamos. ¡Así no vamos a terminar!

Amor que es conflicto y que exige en los creyentes y en la Iglesia como cuerpo, la violencia moral. Ya dije yo que no veníamos aquí con machetes. No es ésta nuestra violencia. La violencia está en la Palabra de Dios, que nos violenta a nosotros y que violenta a la sociedad, y que nos une y nos congrega, aunque nos apaleen. Por lo tanto, el código se resume en una palabra: AMOR. Amor contra el antiamor, contra el pecado, contra la injusticia, contra la dominación de los hombres, contra la destrucción de la fraternidad.

El mensaje de Jesús no sólo es anuncio y denuncia del Reino y del antirreino. Dice el Evangelio que hemos escuchado palabra por palabra, que “al ver a la gente sintió compasión de ellos porque estaban afligidos y desalentados, como ovejas sin pastor”. Pone a disposición de la gente, además de su palabra profética —”nadie ha hablado como este hombre”—, toda la capacidad de su persona, sus caminatas, sus cualidades y talentos, su poder de taumaturgo: “Sanaba toda clase de enfermedades y dolencias”, dijo el lector de la Palabra de Dios. Quiere decir que el Señor no pasaba indiferente ante el dolor humano. ¡De ninguna manera! El Señor daba el pan, multiplicaba el pan. Es decir, su palabra era acción, como en la Biblia se entiende: La palabra es acción. El mismo es la Palabra del Padre, es acción. No se detuvo en el camino nunca.

Amigos míos: Como Cuerpo Eclesial, la Iglesia y cada uno de los que la componemos —como han dicho los hermanos que han predicado con verdad en el trayecto de la procesión que hemos tenido— somos profetas. Como cuerpo eclesial somos continuadores de la misión de Jesucristo. Este cuerpo que es la Iglesia, y que abarca comunidades enteras, tiene como tarea anunciar y hacer posible un ambiente favorable al Reino de Dios aquí, en este mundo.

Hay que encarnar los valores del Reino en las realidades de nuestro país para transformarlo eficazmente, como la levadura transforma la masa. Ya nos lo dijo muy bien un hermano nuestro al comienzo, al arranque de la procesión. Es exigente: “YO te envío”. Y lo dice a la Iglesia y nos lo dice a cada uno de nosotros: “¡Andá y dile al pueblo!” Y el pueblo está compuesto de diversos grupos. ¡Y el profeta tiene que enfrentarse con la Palabra de Dios en la mano! El mensaje de Dios es como el termómetro y el péndulo para medir las realidades humanas, como una exigencia de estas realidades en las que estamos involucrados los distintos grupos que componen el país: los caínes y aquellos que están siendo abeles, es decir, martirizados; aquéllos que están siendo esclavizados. Tenemos, pues, todos, la misión profética.

2. El riesgo de vivir el Evangelio

Pero, ¿qué hecho nos congrega este día? ¿Por qué estamos en Apopa, asoleándonos? ¡Ustedes, hermanos! ¡Nosotros estamos muy cómodos aquí en la sombra! El hecho que hoy nos congrega en Apopa, de todos los rincones de la Vicaría, e incluso de otras comunidades de fuera de las fronteras de nuestra Vicaría, es el caso del padre Mario. Es un acontecimiento eclesial. La Iglesia no se puede quedar callada. No puede quedar al margen de este hecho. Nos sentimos afectados.

Los oímos en el pueblo: ¿qué van a hacer ustedes? Las gentes humildes nos decían allá por los cantones, los que oían al padre Mario a través de los aires. ¡Pues aquí estamos! Por lo menos para dar este símbolo de protesta oficial de la Iglesia, de nuestras comunidades, de esta parte de la Iglesia de la Arquidiócesis. Era sacerdote de la Iglesia local de San Salvador y concretamente aquí, párroco de Apopa, como una misión de parte de la Iglesia dentro de esta comunidad. Sorpresivamente ha sido expulsado con violencia moral de hechos precipitados en cadena, sin acusación probada en juicio, y sin oportunidad de defenderse. Contra todos los derechos humanos de todas las naciones civilizadas de la tierra. Y lamento que en mi tierra esto ocurra.

Si ha cometido el padre Mario un hecho delictivo, pues que se le juzgue y que se nos diga públicamente el veredicto. Incluso a Jesús de Nazaret se le hizo un juicio amañado y público en la noche del jueves y viernes santo. Esto ni siquiera se le ha permitido al pobre padre Mario.

¡Me dicen que era un extranjero! ¿Que el padre Mario era extranjero? Ciertamente, de Colombia y de América Latina. Yo me pregunto si en la América Latina descubierta por Colón, y en la que estamos todos amasados de café con leche y sangre de la misma forma, ¿somos extranjeros? ¿Es que somos extranjeros en alguna parte?¡Mucho hablar de la hispanidad el 12 de octubre, levantar banderitas, muchos niños aplaudiendo con sus maestras! El día de la hispanidad, el día de América Latina. ¿Qué es eso? ¿Extranjero él? ¡Pero no es éste el problema!

Está en juego la cuestión fundamental de ser cristiano hoy día, y ser sacerdote hoy día en nuestro país y en el continente que está sufriendo la hora del martirio. Ser o no ser fiel a la misión de Jesús en medio de este mundo concreto que nos ha tocado vivir en este país. Si se es en el país un pobre sacerdote o un pobre catequista de nuestra comunidad, se le calumniará, se le amenazará, se le sacará de noche en secreto y, es posible, que le pongan una bomba. Ya ha pasado. Y si es extranjero lo sacarán. Ya han sacado a muchos extranjeros. Pero la cuestión fundamental permanece en pie.

¡Es peligroso ser cristiano en nuestro medio! ¡Es peligroso ser verdaderamente católico! Prácticamente es ilegal ser cristiano auténtico en nuestro país. Porque necesariamente el mundo que nos rodea está fundado radicalmente en un desorden establecido, ante el cual la mera proclamación del Evangelio es subversiva. ¡Y así tiene que ser, no puede ser de otra manera! ¡Nos encadena un desorden, no un orden!

Prácticamente el sacerdote y el simple cristiano que ponen en práctica su fe, según las sencillas y simples líneas maestras del mensaje de Jesús, por fidelidad ha de vivir entre dos polos exigentes: la Palabra de Dios revelada y el Pueblo, el de siempre, el de las grandes mayorías, el del margen del camino, el enfermo que clama, el esclavizado, el que está al margen de la cultura —60 por ciento de analfabetos—, el que tiene mil alienaciones, el que vive en un sistema feudal de hace siglos. En ciertos lugares de nuestro país no son sueños de la tierra ni de la vida. Tienen que treparse a los conacastes —ni ésos son de ellos, ¡ni los conacastes!—. Las chiltotas pueden volar y poner, trepadas allá en las ramas los nidos. El pobre salvadoreño es esclavo de esta tierra, que es del Señor, según la Biblia.

¡Este hombre es pobre! Las estadísticas de nuestro pequeño país son pavorosas. Ya dijimos que también existe en el país una falsa democracia nominalista. Mucho se habla, la boca se llena de “democracia”. El poder del pueblo es el poder de una minoría, ¡no del pueblo! ¡No nos engañemos! Las estadísticas de nuestro pequeño país son pavorosas a nivel de salud, a nivel de cultura, a nivel de criminalidad, a nivel de subsistencia de las mayorías, a nivel de tenencia de la tierra. Todo lo arropamos con una falsa hipocresía y con obras suntuosas.

¡Ay de ustedes hipócritas que del diente al labio se hacen llamar católicos y por dentro son inmundicia de maldad! ¡Son Caínes y crucifican al Señor cuando camina con el nombre de Manuel, con el nombre de Luis, con el nombre de Chabela, con el nombre del humilde trabajador del campo!

“Nuestro pueblo tiene hambre del Dios verdadero, y hambre de pan”, se dijo acertadamente en nuestra Semana Arquidiocesana de Pastoral. Y ninguna minoría privilegiada en nuestro país tiene, cristianamente, razón de ser en sí misma, sino en función de las grandes mayorías que conforman el pueblo salvadoreño. Ni las minorías religiosas tenemos razón de ser, ni las élites conscientes de nuestro cristianismo, incluidos sus dirigentes seglares o ministros constituidos, ni las minorías que ostentan el poder político económico o social. ¡No tienen razón de ser sino en función del pueblo!

3. El Padre Mario, perseguido como Jesús de Nazaret

Volviendo al caso del padre Mario, quienes lo conocimos aquí en Apopa y en otros lugares, podemos decir que era un hombre bueno y sencillo. En nuestras reuniones sacerdotales de la Vicaría lo oíamos. Era claro y limpio como el mensaje de Jesús. Cumplió a cabalidad el ministerio de sacerdote con las limitaciones que el sacerdocio ministerial entraña en la Iglesia. No sobrepasó esas funciones. No fue guerrillero, no se puso al frente de ningún grupo político organizado. Eso sí, dejó caer la Palabra del Señor, limpia y llanamente, con su acostumbrada cordialidad, sin altanería. Y trató de dinamizar en su parroquia los diversos grupos, con los valores del Evangelio.

Quiso que sus gentes de la parroquia no fueran simples seguidores de tradiciones muertas, meros enterradores de un año para otro de imágenes esculpidas en madera, sino verdaderos adoradores del Dios vivo y seguidores del Señor presente en cada uno de los hermanos que pasan por la calle de Apopa, del mercado, del trabajo, del bus, de la fábrica, de los cantones.

No quiso en plenas fiestas patronales —como profeta, pero con dulzura y firmeza—, no quiso —digo— que este templo parroquial, en plenas fiestas patronales, lo rodearan de puestos de pobres mujeres, traídas de allá con lazos, esclavizadas, y que ya lo tenían rodeado hasta por aquí. Él dijo: “a Santa Catalina de Apopa no se le puede honrar de esta manera tan hipócrita y tan estúpida”. Si Jesús de Nazaret, hermanos, viera esas cosas diría: “Esto es lo que hice yo”. El padre Mario también lo ha hecho.

Mucho me temo, mis queridos hermanos y amigos, que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán entrar por nuestras fronteras. Nos llegarán las pastas nada más, porque todas sus páginas son subversivas. ¡Subversivas contra el pecado, naturalmente! Me llama la atención la avalancha de sectas importadas y de slogans de libertad de culto, en este contexto, que se andan pregonando por allí. ¡Libertad de culto, libertad de culto! ¡Libertad de culto para que nos traigan un dios falso! Libertad de culto para que nos traigan un dios que está en las nubes, sentado en una hamaca. Libertad de culto para que nos presenten a un Cristo que no es el verdadero Cristo. ¡Es falso y es grave!

Mucho me temo, hermanos, que, si Jesús de Nazaret volviera, como en aquel tiempo, bajando de Galilea a Judea, es decir desde Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus prédicas y acciones, en este momento, hasta Apopa. Yo creo que lo detendrían allí, a la altura de Guazapa. Allí lo pondrían preso y a la cárcel con él (sabotean la luz y se queda sin micrófono). ¡No se aflijan! Hay otra cosita por aquí para que la voz resuene hasta las montañas. (Gran aplauso al proseguir con un megáfono).

Entonces, hermanos queridos, yo me temo que, si Jesús entrara por la frontera, allá por Chalatenango, no lo dejarían pasar. Allí por Apopa lo detendrían. Quién sabe si llegara a Apopa, ¿verdad? Mejor dicho, por Guazapa, ¡duro con él! Se lo llevarían a muchas Juntas Supremas por inconstitucional y subversivo. Al hombre-Dios, al prototipo de hombre, lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, de enredador con ideas exóticas y extrañas, contrarias a la “democracia”, es decir, contrarias a la minoría. Ideas contrarias a Dios, porque lo son del clan de caínes.

Sin duda, hermanos, lo volverían a crucificar. ¡Y ojalá, que me libre Dios a mí, que también estaría, quizá, en la colada de los crucificadores! Sin duda, hermanos, que lo volveríamos a crucificar, porque preferimos un Cristo de los meros enterradores o sepultureros. ¡Muchos prefieren el Cristo de los meros enterradores o sepultureros! Un Cristo mudo y sin boca para pasearlo en andas por las calles. Un Cristo con bozal en la boca. Un Cristo fabricado a nuestro propio antojo y según nuestros mezquinos intereses. ¡Este no es el Cristo del evangelio! ¡Este no es el Cristo joven, de 33 años, que dio su vida por la causa más noble de la humanidad!

Hermanos míos, algunos quieren un dios de las nubes. No quieren a ese Jesús de Nazaret, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Quieren un dios que no les interrogue, que les deje tranquilos en su establecimiento y que no les diga estas tremendas palabras: “Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?” No hay que quitar la vida a nadie. No hay que poner el pie en el pescuezo de ningún hombre, dominándolo, humillándolo. En el cristianismo hay que estar dispuesto a dar la propia vida en servicio por un orden justo, por salvar a los demás, por los valores del Evangelio.

Queridos hermanos: Si leyeron en la prensa, nuestro humilde Arzobispo —que deja ya dentro de poco de ser Arzobispo— nuestro humilde Arzobispo, que como nosotros sacerdotes tiene sus debilidades y faltas, ayer mismo fue atacado duramente por un grupo de caínes que se llaman católicos, y ha sido llamado “comunista” públicamente por una minoría recalcitrante, a causa de sus sencillas Cartas Pastorales basadas en el Evangelio.

Han sido atacados públicamente en nuestros periódicos, con un descaro increíble en los periódicos del país, los documentos de la Iglesia, tales como el Vaticano II, y el mismo Pablo VI, internacionalmente, en los círculos de las altas finanzas del Imperio: Wall Street. Se le condenó diciendo que defendía un “marxismo recalentado” en su encíclica famosa sobre el “Progreso de los Pueblos”. Es el escándalo de siempre, que acompaña el anuncio del Evangelio y, de un modo especial, a su práctica.

Mario Bernal, ¡ya estás lejos de nosotros! Nos hemos enterado de que te regresaron a Colombia desde Guatemala, ya que están en cadena los perseguidores en cada nación. Tu poder, padre Mario, fue el evangelio y, al mismo tiempo, tu debilidad. Al igual que nosotros, nuestro poder no reside en las armas, ni en los ejércitos, ni en el G3, ni siquiera en legiones de ángeles, como dijo Jesús a Pilatos.

Mario, ¡has triunfado en tu debilidad! Y tus enemigos, que son los del Evangelio, han sido vencidos. Porque son irracionales, y por su irracionalidad quieren tapar el sol de la verdad, que no se puede tapar con un dedo ni con la fuerza bruta. Tu voz, Mario, resonará en las quebradas, en los montes de nuestros cantones y caseríos. Tu destierro se viene a unir al martirio de la Iglesia en diversas naciones de la América Latina

El año pasado un joven sacerdote, colombiano como tú, el padre Iván, murió brutalmente asesinado con otro padre norteamericano y un grupo de campesinos por un grupo de terratenientes en Olancho, Honduras. Y los sepultaron a 15 metros de profundidad en un pozo con un tractor. No hace todavía muchos años, hace como 6 años, otro colombiano, el padre Héctor Gallego fue capturado en la noche en su chocita, allá en Santa Fe de Veraguas, Panamá. Y ya nunca más se volvió a saber nada de él. Lo arrojaron al mar de noche. Ayudaba a los campesinos en una red de cooperativas. Y les ayudaba a poner en práctica el Evangelio en esa comunidad. De esa forma, los mismos de siempre, acaban de matar en Brasil a un padre salesiano y a un jesuita por defender a los indios. Y en Paraguay han sido desterrados por un dictador irracional varios sacerdotes. Y aquí, entre nosotros, la lista se engrandece con los que van siendo expulsados en nuestro país. Hace unos días un hermano nuestro, Juan José Ramírez acaba de ser atropellado. Porque ni lo expulsan, ¡porque están curándole las heridas! Por defender a los humildes y a los pobres.

Mario querido: El Papa Pablo VI al llegar a tu tierra, Colombia, que es también nuestra tierra, al descender del avión cayó de rodillas y la besó. Era el año 1968 y habló desde aquella tu tierra de Colombia a todos los campesinos de América Latina, en el día del Desarrollo, 23 de agosto de 1968. En la víspera en que se juntaron todos los obispos del continente para proclamar “la libertad de los hijos de Dios, de un modo especial de los oprimidos del continente”.

Estas son las palabras del Papa, Mario, que si las dijeran por aquí Tú mismo las dijiste en una u otra forma, y te echaron del país. El Papa se dirige a los campesinos con un lenguaje especial: “Os amamos con un afecto de predilección, y con nosotros, recordadlo bien, tenedlo siempre presente, os ama la santa madre Iglesia Católica, a pesar de sus pecados y debilidades. Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia, condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida de un hombre… No podemos desinteresarnos de vosotros. Queremos ser solidarios de vuestra causa, que es la del pueblo humilde, la de la gente sencilla… Hoy, queridos campesinos, el problema se ha agravado porque habéis tomado conciencia de vuestras necesidades y de vuestros sufrimientos y, como otros muchos en el mundo, no podéis tolerar, aguantar, que estas condiciones deban perdurar siempre sin ponerle solícito remedio”.

¡Eso dice el Papa, pobre Mario! Esto fue lo que dijiste por la radio. Esto dicen los documentos de la Iglesia y esto está diciendo la Iglesia de El Salvador. Por desgracia esto no es lícito. Esto no es legal.

Padre Mario: Estas comunidades, las de Apopa y el cinturón de comunidades cristianas de la Vicaría que nos rodean, y los hermanos que han venido, que han querido venir de otras partes de nuestro país, de la Iglesia local, vamos a celebrar esta Eucaristía, que es el ideal que sustentamos.

Manteles largos, mesa común para todos, taburetes para todos. ¡Y Cristo en medio! Él, que no quitó la vida a nadie, sino que la ofreció por la más noble causa. Esto es lo que Él dijo: ¡Levanten la copa en el brindis del amor por mí! Recordando mi memoria, comprometiéndose en la construcción del Reino, que es la fraternidad de una mesa compartida, la Eucaristía.

Apopa, 13 de febrero de 1977.

De Rutilio a Romero, por Anto Ramírez, 2020.

La Universidad Centroamericana (UCA) transcribió el “Sermón de Apopa” directamente de una grabación magnetofónica y los publicó en las Cartas a las Iglesias, año 17, # 371, San Salvador, 1-15 de febrero de 1997.

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