Recuerdos y apuntes en prosa del poeta bohemio de San Salvador.
Orlando Fresedo
Caricatura de Bollani
La Zebra | # 117 | Mayo 18, 2026
Del viejo y del nuevo San Salvador
1
Veo desde un quinto piso el tablero de San Salvador, y ya no es el mismo. Yo lo conocí hace tiempo y lo recuerdo nítido. Entonces sí fumaba su pipa la mañana frente al mesón La Bolsa, donde la niña “Coye Colón”, la señora del atol shuco con pan y chilate. A ella, “velita de ceniza”, la voló el huracán de la nostalgia con su tristeza de humo. Hoy vende arroz con leche de nubes, junto al tiempo.
2
Verdaderamente, aquel mesón La Bolsa, era como un rascacielos tutelar de la pobreza. Como en una cinta de lágrimas pasa la memoria por la añoranza. A lo lejos, junto al horizonte en brumas, el Cerro de San Jacinto se torna más obeso. Está en cinta de verdura.
3
San Salvador es una ciudad con alas, en posición de cóndor frente al norte…
4
El Teatro Principal, todavía hace ruido en el recuerdo. Las “tuzadas”[1] de los lunes evitaron que muchos estudiantes estuvieran, en estos momentos, “descuartizando” enfermos pobres en el hospital, o metiendo gente honrada en la penitenciaria.
Algunas señoras, “ya de canas”, compraban sus “diezones”[2] de yuca con merienda, para hacerle melopeya a las películas de Tom Mix o de Tom Tyler, y de todos los “Tomes” con pistolas de aquel tiempo. Por eso quedaba el teatro como una pista de patinaje, donde más de algún mortal se quedó sin memoria y presenciando rosas azules.
Un día una señora dio a luz de la emoción o de las “apretadas” que le dieron a la entrada. Hoy aquel teatro es un predio baldío, lleno de “monte llano” y “huisquilite”[3], rodeado de tablones y de láminas.
5
En el famoso parque o plazuela Barrios, mi General levanta su sombrero como una taza de café de tiempo. Su caballo chileno está verde de los sustos que le dan los automóviles.
6
Frente al portón oriente del Palacio Nacional, la honorable Reina Isabel, con su cajita de joyas, parece vender dulces de silencio. Cristobal Colón sigue mudo, pero siempre hablando en bronce.
7
Viejo San Salvador de mis recuerdos. Nuevo San Salvador de la esperanza. Tobillo de cariño florecido sobre el talón del progreso. Viento que agita la bandera de un cielo luminoso y siempre nuevo.
Arrabal del ensueño, del trabajo y la terneza.
El Diario de Hoy, 10 de enero de 1959.
Juventud, busquemos la tierra del faisán y del venado
Leer a Antonio Mediz Bolio,[4] bajo un atardecer de lilas y naranjos, es encontrar la dicha verdadera. Esa que nunca se muere en el recuerdo. Y es que, en verdad, las letras, al tomarlas con elegancia y con hondura, entre las manos trémulas de inspiración sublime, vuelan bajo azucenas y de rosas…
Esta tarde, como una mariposa de iridiscentes alas transparentes, he mojado mis dedos jubilosos con luz de alma. Y es que, La tierra del faisán y del venado, libro de Antonio Mediz Bolio, me ha dejado una lección inolvidable. Este pedazo de sueño, debe de ser leído por toda la juventud que ha perdido la sombra. Si, la sombra. Así se llama el Rock ‘n Roll de la vagancia. En cualquiera de sus formas.
Yo lo confieso al mundo. Y el mundo ya lo sabe. Soy muy joven. He mojado mis ensueños con alcohol por mucho tiempo y, relativamente, casi soy un anciano.
Pero, hoy, como el autor de este libro maravilloso, puedo decir: “he levantado la frente y mirado las estrellas, que caen dentro mis ojos, y, entonces, lo que hay en lo más profundo de mi pecho se ha llenado todo de luz”. Es decir, he encontrado mi sombra.
Si licores semejantes, existieran como manantiales regados por todo el mundo, no existiría esa lacra del alcoholismo. Al posarse mis ojos sobre de estas alas, también posadas en emoción “hasta nunca”, he comprendido al sueño. Porque soñar es vivir en “la tierra del faisán y del venado”. En esta tierra maravillosa “el hombre lee con sus ojos tristes lo que escriben las estrellas que pasan volando. Escucha lo que dicen los pájaros sabios cuando se apaga el sol, y oye hablar a los árboles en el silencio de la noche, y a las piedras doradas por la luz del amanecer…”.
Si todos los jóvenes, que derramamos desorbitadamente nuestra juventud, leyéramos, cada día una página como ésta, constituiríamos con el tiempo la legión del espíritu, de la sombra, es decir: de los que reflejan la luz.
Jóvenes: busquemos como tabla salvadora, esa tierra maravillosa situada entre dos alas, es decir, entre dos hojas de vuelo, y llamémosla comúnmente: “La tierra del faisán y del venado”.
Esa zona generosa, que nos ha de prestar la venda de la serenidad creadora, que eleva y dignifica.
El Diario de Hoy, 11 de enero de 1959.
La oración de Lincoln
Aquí estamos, Abraham, con el hacha tutelar de tu presencia en alto. El árbol de tu patria, es un retoño de aquellos que derribaste un día en los huertos solariegos de Kentucky.[5] Los de tu clara verdad, altiva como una bandera, frente al aire musical, en manos del arcángel del tiempo…
El cerezo de tu nombre de astro, ha retornado a la memoria junto al mundo, cuyas ramas habrán de cobijar al pájaro glorioso de todas las banderas libres; en campana y vuelo…
Sobre tu frente, el cielo está más ancho y más de siempre. Ciento cincuenta sueños, despiertan en cuarenta y nueve estrellas transparentes en la noche de tu edad, a la esperanza sublime.
Aquí estamos, Abraham, con el canto de Walt Whitman, como una oración que se repite cada día, para que ruede como las “Hojas de Hierba” caídas de la fronda de su pecho de cóndor y de nube; la que trae la lluvia que levanta la milpa de la Democracia, que habrá de “cuajar” las mazorcas del abrazo fraternal de todos los hombres; el crisol milagroso de todas las razas, que habrán de ser la gloria de todas las fechas, en la edad de las rosas cristalinas y purpúreas de la Libertad que se cayeron del bronce.
Tu campana se agita, entre las manos viriles de los negros del norte frente al Sur de tu gesto. Y se eleva y palpita en el trino: siempre nuevo y tan viejo, nacido entre las plumas de tu corazón de luna, la que alumbró la noche de la conciencia en un ejército dolido de seres oprimidos…
Aquí estamos, Abraham. Abraham Lincoln, en el Doce de Febrero de tu nunca… y para siempre.
Aquí estamos, Abraham, recordándote en la presencia clara de Martí, el de la rosa más franca. Aquí estamos, Abraham, repitiendo en la sombra de los pueblos esclavos aquella frase tan de música y estrellas: “Antes de cejar en el empeño de ver libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Norte al mar del Sur, pero jamás nacerá una serpiente de un huevo de águila…”
El Diario de Hoy, 12 de febrero de 1959.
Donde llegan los pasos
Pocas veces la poesía, esa ave azul de los mares abscónditos, acertó a detener su vuelo inaprehensible para irradiar luz de armonía y de belleza, como cuando buscó el esbelto y airoso espíritu de Claudia Lars, para encontrar en su puro y transcendente encanto su mística y su destino.
Esta poetisa nació, como nacen los predestinados: con una estrella de luz en el pecho para crear poesía. Para ser su excelsa intérprete. Para sentirla y trasmitirla. Para hacer de ella su religión y fundamento de vida. Y dignificar, con alto sentido de apostolado de la belleza, el ser y la esencia humanas.
No es que Claudia Lars haya inventado algún nuevo capricho métrico, alguna forma rítmica que ya antes no hubiese sido conocida. No. Escasos poetas modernos han sabido como ella, trasvasar en los antiguos moldes clásicos, una tan nueva y jugosa esencia de poesía. Al punto de sugerir la impresión de ser forma y contenido, una nueva creación de arte.
Claudia Lars posee una armonía innata, como en la corriente de los ríos. Como en el aire que quiebra guitarras en la fronda… Y es que en sus labios y en sus versos la palabra, la palabra literaria del tráfico cotidiano, no la petulante voz neológica ni la arcaica resurrecta, adquiere un recién descubierto sentido semántico, y una prístina y juvenil sensibilidad.
Donde Llegan Los Pasos es el triunfo más alto, no definitivo, de nuestra gran poetisa.
La Prensa Gráfica, 17 de mayo de 1953.
NOTAS
[1] Tuzadas: es una referencia a las presentaciones de “permanencia voluntaria” en los cines. Según Gustavo Pineda: La «tuzada» ó «papelada» era una especie de sobra que daban en los mercados, de la comida, donde había de todo, como plato se usaba tuza o papel. Por analogía eran las películas que se exhibían en los cines los fines de semana a un precio barato para la cipotada [niños y jóvenes].
[2] Yuca cocida con aderezos, que se vendía en esos tiempos a diez centavos.
[3] Dos tipos de hierba silvestre, la segunda es comestible.
[4] Antonio Mediz Bolio (1884-1957) fue un abogado, poeta, periodista, mayista, historiador, dramaturgo y político mexicano. Uno de los más preclaros valores de la literatura de Yucatán y de México. La tierra del faisán y del venado, un libro de prosa poética prologado por Alfonso Reyes, es su obra cumbre.
[5] Orlando Fresedo, erróneamente, le atribuye a Lincoln una famosa parábola sobre la verdad en la que George Washington derriba un cerezo.
ORLANDO FRESEDO (El Salvador, 1931-1965). Seudónimo de Aníbal Bolaños. Poeta salvadoreño, particularmente celebrado por sus sonetos, caracterizados por una imaginación alegre y traviesa. Colaboró en la redacción de varios periódicos, con sus prosas literarias y sus poemas, pero también como vendedor de anuncios, sin convertirse nunca en un periodista. Su vida, marcada por el alcoholismo, estuvo tan llena de incidentes y escándalos más extraños que la ficción, incluyendo acusaciones de estafa y de homicidio atentado, que inspiró un libro completo sólo con sus anécdotas: Morir de vino en primavera, de Eugenio Martínez Orantes (San Salvador, 2004). Dejó mucha poesía y prosa dispersa en periódicos, pero publicó tres libros de poemas breves y sonetos: Bahía Sonora (San Salvador, 1953); Sonetos de la Gracia Suma (San Salvador, 1963); y Emigrados del Alba (San Salvador, 1964). También participó de un proyecto de publicación en colectivo con Waldo Chávez Velasco, Eugenio Martínez Orantes y José Luis Urrutia: La bomba de hidrógeno (San Salvador, 1950).
