Jorge Ávalos: “Malacrianza” (crítica de cine)

En el 2015, un largometraje salvadoreño de ficción hizo historia al recorrer varios festivales internacionales a partir de octubre de 2014 y obtener distribución internacional. Después de su estreno en El Salvador, el 22 de octubre de 2015, la opinión del público sobre Malacrianza de Arturo Menéndez se dividió entre elogios y detracciones, sin llegar a ningún consenso. La Zebra ofrece una nueva mirada crítica sobre esta importante producción salvadoreña y la evalúa sólo a luz de los logros observables en la pantalla.

Jorge Ávalos

Malacrianza, un largometraje escrito y dirigido por Arturo Menéndez, es el examen minucioso del efecto de una extorsión en la vida de un anciano pobre que trabaja en una tienda de piñatas en San Salvador.

Don Cleo, en una actuación inolvidable de Salvador Solís, vive en un barrio marginal y tiene un interés romántico, Aracely (Karla Valencia), la mujer que le fía almuerzos; para su propia sorpresa, ella no es indiferente a sus encantos. La vida simple de este incorregible donjuán tiene otra arista: un hijo drogadicto que le crea complicaciones en su vida.

Un día de tantos aparece otro muchacho que también dice ser su hijo (Rodrigo Calderón), producto de un amor furtivo que dejó a una joven mujer embarazada y la empujó a buscar una mejor vida en los Estados Unidos. Este hijo desconocido ha llegado a El Salvador obligado por las circunstancias: acaba de ser deportado.

En contraste con el hijo drogadicto, la presencia amable del otro le ofrece a don Cleo una oportunidad de redención. Pero entonces ocurre un evento imprevisto: don Cleo es extorsionado. La pandilla que controla al barrio le exige a él, como tendero de la tienda de piñatas, 500 dólares en un lapso de 72 horas o será asesinado.

I. Arte y realidad

El tema de Malacrianza, común en Centroamérica, inaudito en otras partes del mundo, nos revela la crueldad y la miseria cotidiana de la vida en los barrios pobres de El Salvador, un pequeño país centroamericano con alrededor de 6 millones de habitantes que alcanzó la condición estadística de capital mundial del homicidio en 2015, el mismo año en que la película fue estrenada. Que Arturo Menéndez (San Salvador, 1978) haya elegido escribir esta historia, y luego producirla, con más entusiasmo que recursos, y al final dirigirla en los barrios donde ocurren estos sucesos es, por sí misma, una historia tan fascinante como la que ha elegido contarnos. Es imposible ver Malacrianza y no percibir el aura de ese dramático sentido de audacia.

Es por ello que la contradicción entre arte y propaganda no ha tenido un momento más insólito que éste en El Salvador: las instituciones oficiales han mostrado su orgullo por el talento detrás de Malacrianza, una producción que desenmascara como pocas obras el fracaso del Gobierno para reducir el flagelo de la violencia. Tampoco me cabe ninguna duda de que las autoridades de Turismo soñaban con una película como ésta, es decir, con las cualidades necesarias para recorrer festivales de cine alrededor del mundo y con suficiente peso para obtener distribución internacional —como en efecto lo ha logrado su director—, pero no podía haber imaginado una representación tan clara de una realidad política, económica y social que es tan devastadora para la condición humana de los salvadoreños.

Es inevitable que los países de Centroamérica atraigan atención por los dramas humanos derivados de la violencia. Documentalistas como la salvadoreña Marcela Zamora, directora de El cuarto de los huesos (2014), y el francés Christian Poveda, residente en El Salvador hasta su brutal asesinato por las pandillas en 2009, el mismo año de estreno de su documental La vida loca, han afrontado estos dramas humanos de manera directa. Pero la ficción tiene grandes posibilidades de explorar no sólo la realidad sino también las emociones humanas en sus momentos más íntimos, más privados y más secretos durante las vorágines sociales provocadas por la violencia.

Dos largometrajes, Sin nombre (2009), producto de una inmersión del norteamericano Cary Jôji Fukunaga en la migración centroamericana hacia los Estados Unidos, y Las marimbas del infierno (2010), del guatemalteco Julio Hernández Cordón, exploran este territorio emocional, y a veces, incluso, como en el último ejemplo, con geniales dosis de humor producto del choque cultural entre personajes tan excéntricos como reales (Las marimbas del infierno, a caballo entre el documental y la ficción, es sobre un indígena, músico de marimba, que trata de unirse a una banda urbana de rock metálico con el fin de escapar de sus perseguidores). Si algo conecta a Malacrianza con todas estas otras producciones es la búsqueda de autenticidad: estas películas proyectan sus visiones desde dentro de esa realidad en la que se han enfocado.

Malacrianza, como una obra visual y social, representa tan bien el clima de terror en El Salvador que, si se considera bien lo que nos dice, justifica la desesperación que lleva a tanta gente a abandonar el país (tanto es así que uno de sus actores ya lo hizo). Sin embargo, Malacrianza muestra sus debilidades artísticas cuando deja de ser un retrato neo costumbrista de sus personajes y se enfoca en las consecuencias de la extorsión en la vida de don Cleo. El monto de la “renta”, $500, es una fortuna para un anciano pobre. Su búsqueda por resolver su difícil situación genera detalles deliciosos desde el punto de vista narrativo, pero muy mal ejecutados desde el punto de vista dramático. Por ejemplo, la antigua reputación de seductor de don Cleo resulta ser cierta.

Una mujer que construyó su patrimonio en los Estados Unidos le presta a don Cleo el dinero que necesita para pagar la renta (una fácil resolución que al final no remediará su dilema debido a un percance burocrático). Esta reunión entre dos viejos amantes tenía todo el potencial para una escena inolvidable, sobre todo por la presencia de la actriz Mercy Flores. En cambio, es una de las escenas menos acertadas en la película. Un encuadre en particular reduce la presencia de la actriz a su reflejo en un pequeño espejo al fondo del cuarto, mientras el resto del plano permanece desenfocado. Este distanciamiento es contraproducente, malogrado todavía más por actuaciones de una incompresible superficialidad por parte de ambos actores.

El giro final de la historia está compuesto por dos sorpresas encadenadas por una relación causal. Voy a revelar la primera, que no daña la sorpresa final, pero que sí explica la dualidad del poder en El Salvador. Incapaz de producir el dinero de la renta en sólo tres días, don Cleo busca sin éxito ayuda de las autoridades y trata de escapar de la inminencia de su condena. Su búsqueda no rinde frutos. Muy pronto reconoce que ni el poder oficial, representado por la policía, ni el poder económico, representado por un banco, le van a ayudar. De pronto, don Cleo toma una decisión radical, la que muestra la verdadera tragedia de la sociedad salvadoreña. Ya derrotado, decide apelar al verdadero poder local: los líderes de las pandillas. Esta decisión le salvará la vida, pero tendrá trágicas consecuencias morales para él.

A grandes rasgos, el guion de Malacrianza posee una historia poderosa; visto por partes, el guion está lleno de agujeros lógicos y de pasos en falso. La resolución final, devastadora para el personaje central, llega de manera abrupta y sin el crescendo emocional que necesitaba para tener el impacto que demanda el dilema central de su personaje. Una canción melancólica en la pista de sonido, en el cierre, realiza una modesta operación de rescate al ofrecer un sentimiento de consumación.

La razón más probable de esta caída narrativa tiene que ver con el hecho de que el calvario de don Cleo legitima la necesidad última de encarar a sus agresores, a los supuestos perpetradores de la violencia en el barrio: a los líderes de las pandillas. Ese encuentro está posicionado para ser el clímax de la película. En cambio, el director nos ofrece una escena que sólo alude de forma muy tangencial al poder represivo de las pandillas, presentándolos por medio de un tímido efecto especial (sus reflejos en las coloridas gafas del protagonista).

El contraste irónico entre una institucionalidad oficial que falla debido a sus limitaciones burocráticas y una institucionalidad criminal que opera con una rapidez y una efectividad implacables (y que nos remite a clásicos como M de Fritz Lang), está implícita en la propuesta de Menéndez. Al negarle a las audiencias de la película esa epifanía, esa revelación fundamental y crítica, cuya semilla ya está sembrada en el meollo de la historia, el director incumple la promesa artística de Malacrianza.

II. Arte y técnica

Esta es una de esas raras producciones donde hay que hacer una diferencia entre logro técnico y logro artístico, y que nos hace comprender que la calidad de los resultados ofrecidos por el equipo técnico no garantiza un producto de calidad artística. El trabajo de edición de Federico Krill, Emilio Santoyo y David Torres, por ejemplo, es milagroso si consideramos las limitaciones del material que está en la película, pero esas mismas limitaciones impiden un mejor trabajo de edición, que a veces parece más concentrado en llenar vacíos narrativos que en imprimirle a la película un ritmo más consecuente con la acción.

Francisco Moreno, responsable de las bellas imágenes de esta producción y del cortometraje previo de Menéndez, Cinema Libertad (2010), es un gran camarógrafo salvadoreño. Con ese talento detrás del lente, ¿por qué, entonces, hay tantas elecciones visuales que operan en contra de la acción dramática? ¿Dónde está, por ejemplo, la mano segura del director durante la filmación del primer encuentro entre don Cleo y su otro hijo? Esta escena, en particular, merecía un movimiento gradual hacia la intimidad y hacia un contraste más dramático en el acercamiento de ambos personajes. El drama en sí, ese que está trazado con claridad en los diálogos, obliga a ese contraste que, además, constituye una inesperada revelación sobre la vida de don Cleo: ha aparecido en su vida un hijo del que él no sabía nada. Pero tanto Solís como Calderón —ambos excelentes actores de teatro— no parecen saber cuáles son las notas emocionales que deben tocar durante este encuentro inesperado, cuyas revelaciones tendrán consecuencias para la vida de los dos personajes. Los matices y los énfasis que Solís y Calderón le otorgan a las letras del diálogo no forma un todo coherente desde el punto de vista lógico ni emocional. No se construye el efecto dramático que está presente en la información que la escena aporta a la historia.

No es lo mismo ver en el cine a personajes que no tienen consciencia del peso de sus palabras y sus actos —algo que ocurre en la vida—, que tomar consciencia de que vemos a actores que no tienen manera de valorar el peso de las palabras y los actos de los personajes que están representando. Obviamente, si ni el director ni los actores se muestran seguros de qué es lo que quieren lograr en una determinada escena desde el punto de vista narrativo o dramático, entonces, tampoco el fotógrafo, y mucho menos el editor, van a tener la información y el material necesarios para dar aportes constructivos desde el punto de vista artístico. Esto, y no el guion, es lo que socava el potencial artístico de Malacrianza.

Otros críticos argumentan que el mayor problema de esta película es un guion débil. Pero esto sólo es cierto en el sentido de que éste no aporta subtexto y, por lo tanto, no construye un sistema interno de relaciones entre los personajes: todo está en la superficie, todo es explícito y simple. Sin motivaciones profundas, los actores tienen muy poco con qué trabajar. Pero un mejor guion no podría rescatar las escenas de la ambigüedad con las que Menéndez las ha dirigido, cuando lo contrario sí podría haber ocurrido: una ejecución más coherente podría haber otorgado una mayor trascendencia a diálogos sencillos.

Hay una escena en la que don Cleo le pide a un policía que lo encarcele para escapar de la amenaza de sus extorsionistas. En ella, Solís nos muestra sus cualidades como actor, generando un patetismo conmovedor y profundo. Pero en otra escena muy similar, en un banco, las intenciones del personaje se diluyen debido a una interpretación errónea de las pautas que ofrece el diálogo: es como si don Cleo estuviese regateando un precio más bajo en un mercado en lugar de estar haciendo un intento desesperado por salvar su vida.

Todo falla en la escena del banco —el guion, las actuaciones, el ritmo, la edición—, y la pregunta es por qué todas estas fallas se hacen evidentes a un espectador. Mi respuesta: porque la caracterización del personaje se desploma. En la escena del banco, el personaje deja de ser un hombre ingenuo y simple en un mundo cruel, y se convierte, en cambio, en una persona en apariencia estúpida, incapaz de comprender instrucciones muy simples. Estoy seguro de que esta no es la intención del director porque no es esto lo que está en el guion que él mismo escribió, pero esta es la impresión que me deja la escena.

III. Arte y voluntad

El primer corto que vi de Arturo Menéndez fue Amor prohibido (2002). Aunque en ese momento pretendía pasar por video arte o por un video experimental, no era nada más que el registro de un acto, de un performance, acaso: Menéndez alineó una serie de objetos en una calle —adornos, floreros y otras cosas que podrían tener algún valor sentimental—, y luego hizo pasar sobre ellos una aplanadora.

Me reí a carcajada abierta durante el estreno de aquel video, hace ya más de una década, pero no tanto por lo que vi, sino porque visualicé a Menéndez llevando a cabo ese desquiciado proyecto, hecho realidad por la misma combinación de cualidades que han hecho posible sus más recientes logros: ingenuidad y tenacidad. El punto es este: incluso en el caso de Malacrianza, su obra más ambiciosa, todavía veo a Menéndez como a un artista ingenuo y tenaz, a quien admiro más por la capacidad que tiene para hacer realidad sus proyectos.

No tengo ninguna duda de que, para esta producción, Menéndez reunió a un equipo técnico y de producción de primer orden y, al menos, a dos grandes actores salvadoreños, Solís y Calderón. Pero después de ver Malacrianza, sólo estoy preparado para elogiar a Menéndez como productor: por haber concretado un sueño que parecía imposible. Un sueño que, hay que subrayarlo, abre un camino para el futuro de la producción de largometrajes de ficción en El Salvador y que muestra, además, el potencial de su creador. Este es un gran logro de producción, no de dirección.

Aun así, Menéndez nos ha dado una mirada honesta y entrañable del caótico paisaje urbano de San Salvador que el mundo no había visto antes de esta manera, en su extensión vital; sólo por eso, guiados por el personaje inolvidable de don Cleo, Malacrianza merece ser vista alrededor del mundo.

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Afiche original de Malacrianza, escrita y dirigida por Arturo Menéndez, para su distribución en el circuito de festivales internacionales a partir de octubre de 2014. Se estrenó en San Salvador el 22 de octubre de 2015.

 


JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó otra obra para el teatro, La canción de nuestros días, por la que el Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.