Jorge Ávalos: “El arte y la narrativa del poder” (editorial)

Hay una estética de la creación artística y hay otra del poder: “los miembros de las clases políticas y religiosas exigen la mistificación de su propio poder, porque erigen ese poder sobre los deseos insatisfechos de las masas, sobre la credulidad ciega, sobre un orgullo retórico”. Una reflexión sobre el papel indagador del artista, entre las narrativas del mito y de la mistificación.

Jorge Ávalos

Hay palabras que por su similitud o por sus usos parecen estar vinculadas entre sí. Mistificar y mito, por ejemplo, son un par de vocablos que parecen tener una relación causal: como si la acción del primero resultase en lo segundo. No es así. Mistificador, del francés mystifier y no del griego mythos, designa al embaucador, a la persona que falsea y deforma la realidad. El mito, que habita el vasto territorio de la conciencia humana, es parte del tejido —si no el tejido mismo— del entendimiento humano sobre sí mismo y sobre el cosmos, sobre su origen y su rol en la tierra. La ciencia no rompe ese tejido, más bien define sus patrones con un bordado más fino y preciso.

Antes que tuviésemos las herramientas de la ciencia, el mito creó los territorios de la indagación humana. La nada de Stephen Hawking no es un dios, pero su universo está compuesto de espacios más colosales y prodigiosos que el olimpo o el tártaro, el cielo o el infierno. Es verdad que nuestra propia ignorancia chisporrotea en la fragua del pensamiento con insólitas fantasías, pero cabe preguntarse si podría haber astronomía sin la formulación primitiva de la astrología, o química sin la ambición secreta de la alquimia, o neurología sin los intrigantes equívocos lingüísticos de la poesía lírica.

Más interesante que la historicidad de nuestros paradigmas es la universalidad de nuestros interrogantes: el ser humano ha sido atraído, en todas las épocas y lugares por los mismos misterios. Es por ello que la sicología humana ha formado, sin contradicción con la ciencia, sus propios universos. Donde hay un misterio aflora la poesía, y la visión poética —tanto en sus narrativas como en sus temáticas, y por medio de cualquier medio artístico— se cristaliza en símbolos y en arquetipos. En este sentido, la poesía no crea, más bien devela el mito.

El mito ilumina, la mistificación oscurece. El mito es una verdad profunda. No es un conjunto de signos organizados por el empeño de un talento. El mito es un universo de símbolos configurado por la humanidad, al que el genio creativo del ser humano tiene acceso por medio de su propia conciencia. Mistificar es otra cosa. Leyendas y cuentos pueden configurarse a partir de la mistificación, es verdad, pero esto sólo sucede si permitimos en la sociedad la presencia balsámica o escandalosa del chamán y del bufón.

En general, no mistificamos por razones creativas. Mistificamos para no afrontar la verdad, para mentirnos a nosotros mismos, para hacer más aceptable una realidad que presentimos peligrosa para nuestro sistema de creencias —el dogma de una fe, la ideología de una opción política, los hábitos de un pensamiento enseñado a no cuestionarse a sí mismo—. La mistificación es la cueva de la razón, la cueva de ilusiones que Platón describió una vez.

El ser humano, con sus miedos primitivos, le teme a la incertidumbre, y a menudo prefiere aferrarse a las mentiras conocidas antes que afrontar la evidencia de un cambio en sus paradigmas. La educación debería darnos la fuerza para no temer a la incertidumbre, pero rara vez la educación nos da las herramientas que necesitamos para reconfigurar nuestra comprensión de una realidad cambiante. En teoría, la razón debería sentirse más cómoda en la Torre de Babel que en la Cueva de Platón. Es preferible la confusión de las lenguas —el debate sin conclusión, el disenso y el desafío al status quo— que el arraigo en las falsas ilusiones.

Existe en las artes un lugar para el mito del creador, el cual mantiene su poder en la medida en que está atado al destino último del artista, en la medida en que ilumina la profunda contradicción entre la realidad y el deseo, ángel y demonio de la creación: Virgilio pedirá en su lecho de muerte la destrucción de su obra maestra, que él creía inferior a la de Homero; Dante resguardará durante sus largos años de exilio y terror la visión de la niña de la que se había enamorado en su juventud, poseedora de una belleza y pureza —acaso la misma cosa— insostenible en el tiempo; Leonardo da Vinci, condenado por la insaciable curiosidad de su genio, llorará mientras agoniza porque no le dedicó suficiente tiempo a la pintura; Rimbaud, amargado tras dedicarse a un infame comercio después de abandonar la poesía, maldecirá mientras le amputan una pierna; Roque Dalton, llamado a unificar un movimiento revolucionario, será asesinado por sus compañeros guerrilleros. Mito y verdad están formados en estos casos de la misma materia.

En contraste, los miembros de las clases políticas y religiosas exigen la mistificación de su propio poder, porque erigen ese poder sobre los deseos insatisfechos de las masas, sobre la credulidad ciega, sobre un orgullo retórico. El clero y los burócratas se pueden adornar con la mistificación de sus orígenes en una fe puesta a prueba al margen del imperio romano o en la revolución contra alguno de tantos imperios, pero eso no los hace, por mágica herencia, ni hombres de fe ni revolucionarios. Mistificar es negar el mito, la verdad última de nuestro lugar sobre la tierra. Mistificar es elegir una narrativa de sombras.

Las artes —las letras, la plástica, la música, el drama, la danza y la arquitectura— reclaman de nosotros una narrativa de luces. La confusión de las lenguas demanda de nosotros, los artistas, versiones coherentes, inteligentes y creativas de nuestra búsqueda por la verdad. Si hay una ironía en esto, es que las rutas de la imaginación artística son también las vías más seguras al realismo, a la aceptación de lo que hacemos y de quiénes somos en verdad, para vernos, así, en la más deslumbrante transparencia.


 

JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó otra obra para el teatro, La canción de nuestros días, por la que el Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.

Fotografía de Jorge Ávalos – Amanecer en San Salvador.