Derek Walcott: “La estación de la paz fantasmal” (poesía)

Uno de los poemas más bellos y conocidos de este poeta caribeño, galardonado en 1992 con el Premio Nobel de Literatura.

Derek Walcott
La Zebra |
#2 | Febrero 1, 2016

Siempre es difícil traducir a poetas que poseen un gran sentido de la música verbal. Pero es aún más difícil con el anglo-caribeño Derek Walcott (Santa Lucía, 1930-2017), porque él no toca un instrumento sino una orquesta lingüística. En sus poemas el ritmo es sólo uno de sus recursos. La pintura del paisaje, el símbolo, el espacio alegórico, la imaginación histórica, el personaje heroico, el colorido verbal, el tono de la voz, y muchos otros recursos los usa renovando al mismo tiempo el lenguaje inglés, como un siglo antes el nicaragüense Rubén Darío lo hiciera con el español. Este es uno de los poemas más bellos y conocidos de Walcott, galardonado en 1992 con el Premio Nobel de Literatura.

La estación de la paz fantasmal

Sucedió. Pueblos de pájaros alzaron, todos, juntos,
la gran urdimbre de tinieblas de nuestro mundo,
en profusos dialectos, con el terco piar de las lenguas,
en punto y cruz, tejida al vuelo. Encumbraron, así,
las sombras de los altos pinos desbocándose al abismo,
desde torres de cristal despedazando el paso de la noche
y la silueta de una tímida flor en el alféizar de la ciudad.
El silente vuelo de esa red nocturna, la muda algarabía
de los pájaros, continuó hasta que cesó el crepúsculo,
desde la lenta caída hasta el instante del ocaso.
Y sólo quedó esta senda de luz fantasmal, un albor
que ni la sombra más estrecha se atrevió a romper.
¿Qué atrajo a los gansos salvajes? Imposible verlo
desde la tierra. ¿Detrás de qué va el águila pescadora,
planeando sobre un haz de plata en la helada luz solar?
¿Por qué no podíamos escuchar el tierno llamado
de las bandadas de estorninos, elevando aún más alta
la malla, cubriendo nuestra tierra como las vides
de una huerta, o como una madre haciendo temblar
un velo sobre los trémulos párpados de su criatura,
que aletea al intentar dormir? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Era la luz que se vislumbra
al caer la tarde sobre los oros de octubre, desde las faldas
de la colina. Nadie que prestó atención sabía por qué
había cambiado el graznido del cuervo; por qué era otro,
en su regocijo, el chillido del tero del norte; por qué la chova
piquigualda transitaba inquieta el vasto silencio de campos
y ciudades en los dominios de las aves, excepto porque
ocurrió en el trayecto de su paso estacional. Oh, Amor,
hecho sin estaciones. Desde el alto privilegio de su nacimiento,
algo más brillante que la piedad sintieron por los seres sin alas,
esos que comparten agujeros sombríos —ventanas y vanos—,
y con voces inauditas elevaron, aún más, su tejido de sombras,
más allá de lo mutable —traiciones de soles caídos—. Y esta
temporada duró un instante, como la pausa entre el crepúsculo
y la noche, entre la furia y la paz. Aun así, a la luz
de los hechos vistos sobre la tierra, esa paz fue perdurable.

Nota y traducción de Jorge Ávalos


derek-walcottDEREK WALCOTT nació en Santa Lucía en 1930, una isla en el mar Caribe que no adquirió su soberanía sino hasta 1979, donde predomina la población negra y donde el idioma oficial es el inglés. Falleció a los 87 años en su tierra natal en 2017. Publicó su primer libro de poesía, 25 poemas, en 1948, y su obra maestra, el poema épico Omeros, en 1990. Dos años después de ese hito en su carrera, Walcott ganó el Premio Nobel de Literatura por “una obra poética de gran esplendor, sostenida por una visión histórica, resultado de un compromiso multicultural”. Ha publicado 24 libros de poesía y 26 obras de teatro, además de varias colecciones de ensayos.