Enrique Jaramillo Levi: “Caín y Abel” (cuento)

Uno de los más reconocidos cuentistas de Centroamérica, el panameño Enrique Jaramillo Levi, es también un brillante artífice de las formas del género, como lo demuestra en este texto que borra las fronteras entre los lenguajes de la poesía en verso y la ficción en prosa con el fin de conjurar una sorpresa narrativa.

Enrique Jaramillo Levi

Leí lentamente, de corrido, cada poema. Después los fui transcribiendo —dulce expropiación— en un cuaderno; sólo que, en prosa, asignándole un párrafo a cada uno. Me había obsesionado en trastocar una vez más el género, porque sí, porque me daba la gana, acaso como una forma de apropiarme de lo ajeno sin cargos de conciencia. Aunque esos párrafos no se hilvanaran del todo, seguirían teniendo un aire de familia. Después podría pulirlos con calma un poco más en su nuevo molde, que nada restaría al ingenio de las imágenes ni a la sabia experiencia acumulada en sus versos. La poesía no deja de existir por estar inserta en otro formato. Fue mi propio hermano, el admirado poeta, quien me lo hizo notar alguna vez. ¿Y quién osará afirmar que no es mío este curioso texto reciclado, quién? El plagio burdo es cosa del pasado. Sonrío.

* * *

1

Son tiempos de mentiras, de atroces fraudes y de infamias. Las heridas están a flor de piel, pero también ocultas hierven como el hambre, como el odio, en su espeso caldo de cultivo. Los discursos compiten rancios con la engañosa luz de las promesas en boca de los de siempre y los de ahora. En todas partes la intolerancia es un racimo ya no tan escuálido que persevera atrincherándose en alientos agitados y miradas. El mundo se está vaciando de contenido. Nos estamos quedando sin fundamentos. Tener un mañana es ya una duda razonable. Este poema no aporta nada que no sepamos, porque no sabe respirar los aires puros de las antiguas utopías. Soy un poeta triste, un hombre desanimado: la vida sólo es la vida si sobrevive la poesía, pero la poesía no puede salvarse si ya no queda vida.

2

El café de la mañana me estimula mientras afuera llueve a raudales; el reloj marca su hora que no es la mía, la fecha que consigna el calendario no me concierne. Lo que pasa es que cuando escribo un poema como éste, nada es lo que parece, nada; ni siquiera yo, que me conozco; ni siquiera tú, que me lees. Sólo quedan palabras, café y lluvia al cerrarse el círculo mágico. Sólo permanece algo etéreo que no tiene caso tratar de explicar.

3

Hoy no me sale espuma al escribir, pero tampoco las recias o alucinantes ideas y emociones que antaño se ordenaban tras un maravilloso capricho o en un delirio incontenible de necesidad. Tampoco queda por horas en blanco el papel como dicen que a veces le ocurre al creador. Ahora doy forma al preámbulo de lo que será la parálisis de la nula escritura con poemas —como éste— que sólo hablan de sí mismos por no ser capaces de hablar de otra cosa.

4

Trabaja el tiempo sus instantes como un lento roedor. Cada segundo se rinde ante el crujir silente de la maquinaria feroz que avanza por el pulso y la anhelante respiración de los hombres. Obviamente se trata de una guerra no declarada. Una guerra antiquísima que no se sabe por qué se decretó. Todos —equitativo sistema— somos o seremos víctimas. La vida, tan hermosa y corta, es una democracia perfecta. ¡O más bien… la muerte!

5

Es inútil pedir evidencias, certidumbres: La Verdad estira siempre sus traslúcidas alas cada vez que desconcertado cierras los ojos un instante y ya no está a la vista después, ya no existe. El Azar se contempla el rostro impasible en la luna fugaz del espejo al mediodía; no hay viento ni cielo, sólo esplendor de un tiempo sin medida ni memoria. Las pequeñas cosas del momento multiplican sus instancias y desfachatadas renuevan la costumbre; ya nada es igual a sí mismo ni permanece, porque todo es hermosamente equívoco en su fluidez. No existe día ni noche en los quehaceres cotidianos sino luz y oscuridad ambiguas que copulan indiferentes a la pequeñez de todo orden establecido, pendientes sólo de celebrar el estallido absorbente de la vida.

6

La poesía, como el amor, no siempre se prodiga a manos llenas. También se cuece a fuego lento, a cuentagotas, hasta que en un súbito arrebato —un buen día— incontenible se sale de madre; o muere de inanición.

7

En una servilleta de cafetería desgrano sin prisa palabras que plasman ideas y sentimientos. Acaso unas y otros encuentren la manera de no ser, como la servilleta, simple material desechable.

8

Veo nacer agreste, desamparado, trémulo, el poema. Para algo o alguien —acaso sólo yo mismo— nace. En un sitio aún difuso suceden los instantes que dan inicio a las secuencias de esta oleada de imágenes que anhelan perfilarse, ser ellas mismas. Así, desde estas lentas palabras, el mar que ahora evoco es un inmenso espejo dormido, noche que anónima espera la llegada tibia de la luz antes de disolverse.

9

Palabra a palabra germina. Como un pequeño sol que empieza a gestarse a medida que las imágenes se hacen sentir, su ámbito se expande e irradia luz. Un dulce calor vitaliza sus contornos y nos invita a desnudar la piel del alma a su influjo creciente. Quien escribe y quien lee pronto somos un solo aliento. Sólo ahora el poema ha cumplido su ciclo y se cierra radiante sobre sí mismo.

10

Otra vez ha llegado, puntual, la noche. Sentado en el parque la suave brisa veraniega me recorre la piel mientras veo pasar gente que no conozco. Algún día escribiré un poema sobre la fugacidad rotunda del instante que no niega el fluir permanente de la vida.

11

Fecunda es la cosecha que me abruma. En una misma gracia de gaviota que desciende y en la playa se acomoda, imaginación y memoria, entrelazadas, laten. Va emergiendo del misterio la cresta insólita del poema que hasta ahora no existía. En seguida —instante pleno que no habrá de repetirse— el otro rostro de lo que secretamente somos ha sido creado. La eternidad fugaz que justifica vida antigua y novedad de atisbos interiores queda plasmada cuando temblando te digo dame un beso que me muero por tenerte.

12

En bulliciosas bandadas como siempre han llegado por montones los pericos; se alojan en las copas de los árboles y con su verdor inquieto salpican ese otro verdor, frondoso, en la avenida. Escucho llegar su algarabía interminable poco antes de posarse y desaparecer camuflados en el verde avasallante. En las tardes de verano asocio su llegada con las ganas de escribir porque en ráfagas se introducen en mí las palabras que dan vida a los pericos en este poema.

13

Escribo que te escribo un poema. Se deja crear, ofrece facilidades al viejo ritual de la seducción: palpo colinas, planicies, oquedades. Ambos sentimos henchirse cada parte, encogerse cada sensible región. Tiembla el poema y en su piel tiemblo. Volamos fundidos, desmaterializándonos, hasta que sólo queda este montón de palabras, amándose, amándonos.

14

Las tardes de junio se deslizan sobre la página inerme del calendario. La van llenando de una tenue inquietud que a veces repta y se retuerce. No hay la calma de otros años, ni fluyen vientos de ilusionada añoranza. El mundo se ha infestado de crueldad y en sus goznes cruje maligno un odio sin fronteras que atenaza sin nunca dar la cara. Se siente que las cosas andan mal, y uno se convence de que es el propio ser el que supura ansiedad creciente por los poros, el que busca anularse. Pero las cosas andan mal en todas partes, a todas horas, de muchas formas. Ojalá que esta vez Nostradamus se haya confundido y se desacrediten como pesadillas de un loco sus profecías terribles, los vaticinios del fin. Mientras tanto, este poema no hace más que consignar temores y esperanzas.

15

En el parque, una vez más, los pericos innumerables tiñen de verde sonoro el perfil de la tarde desde los grandes árboles en la hora que escapa. También el poeta, en una banca, una vez más deja fluir palabras —pocas, silenciosas— que construyen semblanzas para que no se pierda su verde instante fugaz.

16

Nunca hubo tantos besos esperando ansiosos entrar a tus esclusas, colmarlas; nunca fueron tantas las caricias prestas para inundar la tersura de tu piel. Entonces me miraste y hubo eclosión de gozo y plenilunio y un largo eclipse de sol que todavía no termina. Porque seguimos fundidos: mar y arena tibia una sola telúrica escultura de palabras. ¿Pero palabras para qué, para quién?

17

La noche en su plenitud reverbera silencio. El silencio, inmensa playa vacía, se deja sentir. Una palmera solitaria recibe gozosa la luz de la luna. Ámbito plateado este paisaje lunar que fascinados contemplan mis ojos, el vasto océano como mar de fondo. Otra mirada, que presiento, me incluye en la escena ahora doblemente contemplada: miro y desde otro ángulo soy mirado por la noche.

18

Los muertos sólo regresan en sueños, fingen mansedumbre para estar presentes en los claroscuros de intuida carnalidad. Nada podemos reprocharles, pero ellos sí a nosotros, mirándonos de soslayo, largamente haciéndonos sentir culpables. Sus voces no se escuchan, pero llegan, cada gesto es la ambigüedad personificada. Nunca se sabe bien si van o vienen: sus desplazamientos inasibles son reflejos, sombras sin cuerpo, espejos sin imagen. Pero tenemos siempre la certeza de sus visitas. Prefiero mirar por horas un manojo de fotografías que estimulen sin distingos memoria e imaginación. Prefiero ser yo quien los visite, despierto en cada mirada que los recupera y asimila. Al fin y al cabo, los muertos hacen lo que quieren y nunca hay forma de hacerlos entrar en razón.

19

Nuestros pasos son inciertos, avanzan por la noche blanda de los días hacia algún sitio que es todos y ninguno. Lo que no se puede hacer es no hacer nada. Existen ávidos ojos de alucinada espera en cada amanecer que bendecimos deslumbrados; sonrisas tímidas se dibujan cuando sabemos que un nuevo trajín nos compromete, abismándonos. Lo que no podemos entender nos estalla el alma. Un día cualquiera nos alcanza penetrándonos con su cuerpo oscuro, ése que nunca nos atrevimos a nombrar. Lenta posesión que no gozamos, cópula perversa de la que no hay ya retorno. Ella se irá después, impasible y fría, en su eterna búsqueda de nuevas víctimas. Ella, oscura intrusa.

20

Primero sorbes golosa mi espeso fuego blanco haciéndome vibrar de los pies a la cabeza. En seguida mi lengua entra briosa en tu centro y te recorre como un remolino en que gozas sin límite soñándome. Después, la punta de mi lengua humedece lentamente tus pezones. Más tarde, náufrago que asumiéndose acrecienta el paulatino placer del hundimiento, penetro ahora en tu salada piel. Por entre anémonas y helechos me abro paso y el mar brioso se enciende en tus ojos y en los cuerpos el oleaje enardecido nos despeña una vez más camino al cielo.

21

Las tantas vidas nuestras van naciendo del furor que nos induce a subvertir costumbres rancias y rutinas. Somos la multiplicación de los dones cuando surgen sin aviso miradas de indefinida estirpe seductora. Un cierto instante enigmático transforma obligaciones en placer secreto y procrea simultáneas existencias. Lástima que las tantas vidas nuestras no nos pertenezcan, sean pura apariencia. Lástima que seamos otros, tan ajenos.

22

Uno se aletarga, ve fantasmas, se nulifica bebiendo la cicuta que no llegó a terminarse el viejo Sócrates: después todo es azul grisáceo y convexidades cóncavas, breves laberintos por donde nadie transita ya. Hay polvo en todas partes y mucho frío, aunque vienes del usual calor desmesurado. Ahora estás en un sitio mustio en donde laceran tus tímpanos las tantas voces mudas que hacen coro para deletrear el gran silencio. Te estás rayando, piensas por supuesto. Esto no es real ni pasa en este mundo: las cosas ciertas no tienen estos aires espectrales; la realidad es coherente y llevadera, la podemos entender. Sólo entonces te golpea sin piedad la temida luz del túnel.

23

¿Quién ha dicho que es fácil echar raíces? La vida es territorio móvil casi siempre y sólo un paralítico o un anciano se quedan indefinidamente anclados a su sombra. Claro que a veces uno cultiva su espacio y lo venera más allá de la aventura; y no es extraño que se aclimate uno hasta saberse de memoria la parcela. Sin duda es cuestión de edad, de épocas, también influye el temperamento. A mis años ya busco sosegarme, construir día a día mi madriguera fija. La Poesía alimenta una y otra forma de querer estar conformes en el mundo; pero ella misma —siempre sabia desde siempre— con sus mejores versos con nosotros echa raíces.

24

Panamá es un pequeño cajón de sastre en el que toda desmesura cabe; efímero carnaval de permanente incontinencia. Todos los días pasa algo insólito que parece no tener consecuencia alguna: lo que importa sólo es la noticia. Cómo no, sigan creyendo en musarañas; sueñen despiertos con artificiales luces bellas y alargadas sombras que a nadie asustan. Algún día descubrirán consternados que la inocua realidad es un horrísono sancocho para consumo de los bobalicones todos, fangoso río que va a dar al mar contaminado de nuestra ingenua, cotidiana indiferencia.

25

Uno quisiera sobre todo ser feliz, sentirse bien en el mundo, consigo mismo. ¿Díganme qué más se podría pedir? Pero la vida se ha tornado violenta, tenazmente intimidatoria en sus manifestaciones. Los viejos males en vez de desaparecer con los grandes avances de la ciencia no hacen más que multiplicarse. No es que estemos en guerra, y sin embargo claro que lo estamos; sólo que ni siquiera conocemos al enemigo. ¿Qué hacer, entonces? ¿Por dónde insertarnos en los engranajes toscos de la vida? ¿Cómo retozar alguna vez sin sobresaltos en su hirsuto pubis?

26

El mar nos asedia desde el fondo del tiempo; sus grandes olas una y otra vez arremeten en la costa. Acercándose en bandadas separadas a la playa, gaviotas y pelícanos ancestrales guardan siempre entre sí las distancias al zambullirse raudos buscando peces de superficie tras retirarse la estela del oleaje. Te veo emerger de entre las espumas. Inusual espectáculo, tus divinos pechos se cimbrean desafiantes mientras acercándote vences la azul resistencia del agua. ¡También yo quisiera —gaviota o pelícano — planear sobre tu cuerpo y entrarle a picotazos a tan exquisitos bocados!

27

Tuve que añadir ciertos cambios drásticos al guión rutinario en que se había convertido la cópula a oscuras de los sábados en la noche: esta vez encendí la luz, y con tu jadeante cuerpo prensado al mío, tus piernas rodeando todavía mi cintura y mis manos sosteniendo festivas la simétrica redondez de tus nalgas, caminé lentamente por la casa. La mesa del comedor nos pareció mucho más acogedora que durante la cena.

28

Sin duda hay miradas que matan; y ciertas manos pueden volverte loco. Tampoco puede descartarse el tono incitante de una voz o el arrebato que algunos perfumes generan en la frágil química del cuerpo. Todo está sin duda en la intención y en la voluntad de no querer resistirse. A menos que estés frente a un amplio espejo, tengas tanta necesidad como imaginación, y sea tu propio cuerpo el transfigurado emisor/receptor de su íntimo deleite.

29

No hay nada más que agregar: lo dicho dicho está y a lo hecho pecho, dictaminó el padre haciendo de tripas corazón. A lo que el adolescente respondió: no vas a mejorar en nada el Sermón de la Montaña; me voy con mi música a otra parte y si te vi no me acuerdo. Sólo que más tarde en menos de lo que canta un gallo el chico se pegó un tiro en la sien.

30

Un suspiro hondo puede fácilmente convertirse en un quebranto rompevidas. Hay estragos del corazón que crecen como llamaradas con la intensidad profunda de un cráter insondable. En las tragedias griegas estaban ya los terrores del siglo XXI, aunque no hubiera sangre en los escenarios. Más viejo que la memoria humana es el odio que apenas conocimos hirviendo en el pecho de Caín. El terrorismo es la intolerancia hecha venganza, recurso extremo y vil de quienes no temen consecuencias.

31

La poesía también es reflexiva e idiosincrática cuando su fuerza opaca o rebasa a las metáforas. Si las palabras no nos sacudieran la modorra la literatura llevaría siglos muerta y enterrada.

32

El sol, radiante, está en cada sitio; cada brusca se deja iluminar por su calor. Distiende el verano esos viejos silencios que crispan el alma ahora que la claridad saca a relucir al fin el polvo rancio de los desvanes y las viejas azoteas y hace más tolerable tanta lucidez.

33

Lenta cabecea sus horas la soleada tarde. Un viento suave sacude la paz de los rosales. Es grato meditar así, sin distracciones, mientras la luz empieza a diluir su ámbito para que no se sienta casi la llegada inexorable de la oscuridad.

34

La calma también puede llenar todo el tiempo de tu noche. Los resquicios todos pueden ser una sostenida y rebosante paz. Tiempo de dormir, tiempo de soñar. Hasta que, violenta, la pesadilla irrumpe y rasga. Ya nada volverá a ser igual. Los sueños, exquisitos bálsamos a ratos, otras veces conducen a los abismos de lo que no se quiere saber. Por eso los sueños —espejos cóncavos— no siempre sueños son.

35

En súbitos oleajes entran a mi ser tus perdidas imágenes confundiendo tiempo con lugares; por un instante que busca extenderse luchan por hacerse fuertes, echar raíces. Logro expulsarlas: allá van, inconexas, revolcadas por el furor de la marea. Pero vuelven.

36

La calle está dura; la casa también. Sólo tu piel es fácil, suavemente transitable, como para no querer abandonar ya nunca más sus senderos, lo visible y lo invisible de su topografía.

37

No es frecuente que visiten mis versos las siempre esquivas metáforas; a veces antipáticas, a menudo engreídas, más bien rehúsan manifestárseme cuando más las necesito, como si la cosa no fuese con ellas. No saben que esta vez, como si fueran prescindibles no invocaré su presencia, no voy a rogarles: Escribiré lo que tenga que escribir. La poesía se basta a sí misma cuando se nutre de la esencia. La poesía es su propia metáfora porque siempre dice la verdad.

38

Dime que sí, le dije. No quiero, repitió. Qué te cuesta, insistí. Bueno, accedió. Sus ojos encendidos anunciaron el desenlace de la misma historia que todavía se repite todos los días en todas partes, a cualquier hora. Sólo faltan, dentro de algunos años, las consabidas infidelidades, las escenas de celos y los tristes finales conocidos. ¿Será que somos así, irremediablemente? ¿Será que somos? ¿Será?

* * *

Las imágenes habían pugnado por salir, y les dio salida. Al final, como un médium a través del cual pasaron diversas ideas y sentimientos encarnados, contempló su nueva obra. Más tarde, tras breve descanso, el poeta releyó lo que había escrito de corrido, en ráfagas incontenibles, durante su breve convalecencia. Dividió entonces el conjunto de los párrafos en lo que consideró poemas individuales, trazando una raya provisional entre el sitio donde sentía que terminaba un tema, con su tono y su cadencia propios, y lo que le parecía, por idénticas razones, el inicio de otro. A continuación, pasó a seccionar cada texto en versos.

Le salieron 38 poemas que consideró perfectamente deslindados y autónomos, y procedió entonces, con una calma reflexiva que hacía tiempo no lograba, a enumerarlos. Prefirió no ponerles títulos individuales.

Esa noche pasó en limpio cada poema y se sorprendió al descubrir que casi no había hecho correcciones; sólo mejoró aquí y allá la puntuación, perfeccionó el tono y la extensión de algunos versos, eliminó en lo posible las asonancias. Se sentía satisfecho. De algo le había servido esta vez su enfermedad. El tiempo había trabajado a su favor.

Más tarde escogió tres posibles títulos para su poemario, entresacando versos que le parecieron significativos y que podían nombrar con propiedad su último libro; y, sobre todo, suficientemente válidos para abarcar su sentido total. Porque de alguna manera lo publicaría, “por supuesto que lo haré. En el peor de los casos le pediré prestado a mi hermano, que tanto aprecia la buena poesía. A cambio, al ya no estar yo, le tocarán las regalías.” Y sí, sería la última de sus obras; la vida no le daría tiempo para más.

Esa noche no pudo dormir. Las palabras, caprichosas y a la vez esquivas, no lo dejaban en paz. Algunos títulos de libros suyos anteriores habían precedido profética, enigmáticamente la escritura misma de los textos; en otras ocasiones, por el contrario, sólo había dado con títulos sugestivos tras releer varias veces, como ahora, el poemario concluido. Sin embargo, en esta ocasión…

* * *

Para todos, pese a su mal irremediable, fue una sorpresa. Parecía haberse recuperado. Si hasta se veía feliz… Lo encontré sin vida esta mañana, eso dije. En realidad, fue fácil.

Descubrí muy pronto que había escrito —en tercera persona gramatical— esa especie de epílogo razonado, inútil en realidad, que ahora por supuesto quemo. Entiendo la necesidad profunda de mi hermano de publicar este pequeño libro. ¡Cómo no iba a entenderlo!

Por supuesto, le daré gusto. No faltaba más. Publicaré el poemario íntegro, sólo que en prosa e inserto en un cuento que hable de sí mismo, de sus mecanismos de artificio. Un cuento –éste— que sea en el fondo –no importa— una confesión. Claro que lo haré. Con mi nombre, por supuesto. Es lo menos que puedo hacer por el bueno de mi hermano. Y por mí.

 


Enrique-Jaramillo-Levi.jpgENRIQUE JARAMILLO LEVI (1944). Escritor y gestor cultural panameño, reconocido como uno de los más destacados cuentistas de la región, es autor de más de cincuenta libros originales, entre ensayo, poesía, narrativa y teatro. Además, es un gran promotor de la obra de sus compatriotas, por medio de antologías y publicaciones periódicas, incluyendo la revista Maga de la cual es editor. Entre sus libros cabe destacar, entre muchos otros: Duplicaciones (1973, México), Caracol y otros cuentos (México, 1998), Luminoso tiempo gris (España, 2002) y Algo está por ocurrir (Costa Rica, 2013). En el 2013, el Fondo de Cultura Económico, en México, publicó una amplia antología de su obra como cuentista, Visión de conjunto.

Fotografía: Balcones en el Casco Antiguo de Panamá de Jorge Ávalos.