Jorge Ávalos: “La selva y el mar” (cuento)

El deseo de un adolescente por una compañera de su colegio se confunde con los misterios de la evolución de las especies en este curioso cuento de fantasía, parte de La ciudad del deseo, el libro con el que el narrador salvadoreño ganó el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán de Panamá en 2004.

Jorge Ávalos

I

Yo vengo de la montaña y tú del mar. Soy de la selva húmeda de Montecristo y tú de las ardientes playas de Costa Azul. Soy tímido y te temo, y tú lo sabes. Eres una niña curiosa y una mujer fecunda. Eres dos y yo soy uno solo.

* * *

La naturaleza ha comenzado a devorar tu antigua casa. Todos estos árboles, hace tanto tiempo plantados, viven una vida silvestre: los marañones japoneses y los almendros, los mangos y los guayabos, y el extraño guayacán cuyas hojas se cierran cada noche.

La hierba crece, salvaje. Las enredaderas han comenzado a cubrir las ventanas. ¿Qué debo hacer?

* * *

Absorto, leo El origen de las especies de Darwin y tú me sorprendes con un rápido abrazo. Caes sobre mi espalda, atrapas mi cabeza, cubres mis ojos con una mano y besas mi oreja izquierda. Mis puños se crispan y el libro cae al suelo cuando tu lengua entra, como el tentáculo de un octópodo, en mi oído.

Soy un hombre muerto.

—Vamos —me dices, y yo sé que ese “vamos” significa que debo seguirte hasta la cama y complacerte hasta el espasmo, hasta la contracción de todos los sentidos.

Nada menos esperas de mí.

* * *

Cuando eres la niña de quince años, mi cuerpo es tu campo de juego. Cuando eres la mujer de treinta, el campo de juego eres tú o, más bien, lo es tu asombroso cuerpo de mujer. A veces, sólo a veces, eres las dos. Pero raras veces llegan las dos unidas, sino una dentro de la otra: la niña en la mujer o la mujer en la niña. A veces beso a la mujer y mi lengua encuentra la lengua de la niña al interior de tu boca. La reconozco: es una lengua más pequeña y más vivaz, como un pistilo dotado de miel. La lengua de la mujer, en cambio, me degusta con bestial regocijo: una pantera a punto de devorarme.

* * *

Creí que me tomabas el pelo cuando me confesaste que te transformabas, que cambiabas de edad y naturaleza, que eras la flora y la fauna.

La primera vez que descendiste sobre mí, en ancas sobre mi pecho, te halé de las caderas hasta tener tu sexo sobre mi boca. Cerré los ojos y busqué el clítoris, ciegamente. Lo encontré, y lo besé tentativamente. Y como una cría lo lamí y lo relamí enérgicamente. Mis manos se aferraban a tus muslos. Sabía lo que tú sentías, exactamente. Me lo comunicabas con la fuerza y la cadencia de tu succión. Contuve mi explosión y mi descenso tanto como pude. Y entonces sucedió lo imprevisto, lo imposible, lo innegable. Tus muslos se afinaron y tu cabello se hizo más largo. Me acosté con la mujer y terminé con la niña.

La explosión llegó y te erguiste, victoriosa, y vi la delgada espalda, las angostas caderas y el cuerpo adolescente. Levantaste la pierna y escapaste de mis manos para sentarte al otro lado de la cama, a mis pies. Te relamías los labios y me veías con una extraña fascinación.

—Lo sabía —dijiste.

Todavía no estoy muy seguro qué es lo que aprendiste de mí en ese momento, que te llevó a decir esas palabras.

* * *

La niña me atrajo, la mujer me atrapó.

Soy débil, lo admito.

Te seguía bobamente a través del colegio. Organicé mi vida de estudiante alrededor de la tuya. En el aula, me senté en la segunda fila, junto a la ventana, para observarte sin problema.

La niña más bella de la clase y la más aplicada, te sentabas al centro de la primera fila. Te amaba y te aborrecía desde entonces. Podía morir contemplándote: de perfil, mientras mirabas el pizarrón, o saltando feroz en los recreos, o leve como una rama espigada cuando andabas.

Cómo sufría durante la sección de gimnasia, porque entonces tenía que mostrar mis rodillas que se torcían hacia dentro, mi torpeza física y mi incapacidad para los juegos de equipo. Yo sólo era un genio para la ciencia. Y tú me apreciabas sólo por eso, porque nadie sino yo podía ayudarte en las prácticas de laboratorio.

A ti te debo mis primeros sueños húmedos. Mis primeras fantasías también se centraban en ti, en tu lozana imagen de adolescente intachable, de niña pura. Lo confieso, lo confieso al fin. Mi vida sexual toda te la debo a ti.

* * *

La mujer se ofrece a mí sin decoro alguno. Se desnuda frente a mí sin recato ni preludio. Y me dice:

—Vamos.

Y se echa sobre la cama y me llama con un felino murmullo.

—¿Qué pasa? —pregunta—. ¿Será que me tienes miedo?

No. Miedo no: fascinación. La revulsión y el deseo fatal de ser devorado. Huyo como un ciervo y ella salta sobre mí, clavando los dientes en mi cuello. Me arranca la ropa para devorarme mejor. Me arrastra a su madriguera de sábanas de seda y almohadones de pluma. Me atrapa con sus piernas implacables, me degusta. Me lame el cuello, la mejilla, los párpados. Me besa con la boca abierta, con los dientes expuestos, con los labios ajustándose contra mi boca para succionarme la vida. Veo en las puntas de sus pies los picos de dos halcones —los empeines emplumados, los tobillos alados, vuelan. Ella lucha cuerpo a cuerpo contra mí. Sus ojos de lince, las orejas puntiagudas, el olfato aspirando mi terror. Me derrota y me provoca hasta suscitar una erección. Se monta sobre mí, se posesiona de mí, se alimenta de mi semilla. Tendido sobre la cama, inmóvil, la veo arquearse, tensarse, agitar las garras, rugir.

* * *

La niña me sedujo, la mujer me conquistó.

II

Tu antigua casa fue el escenario de mi primer sueño húmedo. Tu casa creció en mi sueño, se hizo más amplia, más alta, más oscura. El salvaje jardín era aún más salvaje.

Llovía; todo el tiempo.

Tan húmedo era el ambiente, que el patio, los corredores y algunos cuartos estaban plagados de caracoles. Subía las escaleras, cruzaba de un cuarto a otro y a cada paso se oía el crac-crac de las conchas rompiéndose. Uno de los cuartos diezmados por esa plaga era la biblioteca. Había allí libros muy antiguos, encuadernados en cuero moreno, adornados con relieves y letras de oro. Todos tenían las marcas de la trayectoria de los caracoles. Era imposible abrir ciertos libros porque los bordes de sus páginas se habían unido con la clara y pegajosa secreción de los miles de invasores moluscos.

Nunca traté, creo que ni siquiera concebí, la idea de salvar los libros. Más bien me adapté a estas nuevas circunstancias. Visitaba la biblioteca calzando botas de goma y un paraguas negro. Removía con una espátula los caracoles que habían ascendido el pupitre centenario que estaba al centro del cuarto. Escogía un libro y me sentaba en el pupitre a leer. Siempre mantenía el paraguas abierto; me protegía de las goteras, pero lo usaba, en realidad, para protegerme de los caracoles que caían del cielo raso.

Leía La naturaleza de las cosas de Lucrecio cuando tú entraste. Me pediste el catálogo de flores. No hacías ruido al caminar, olías a mar. Me levanté del pupitre y alcancé, con la ayuda de una escalera, un enorme tomo. Descendí de los altos estantes y abrí el libro con la intención de examinar su condición. De las páginas abiertas surgió un fuerte olor a primavera y muchos pétalos cayeron al suelo. Fue entonces cuando noté tus pies descalzos. Levanté los ojos y vi gotas de sudor brillar sobre tus pezones. Soltando una carcajada, me preguntaste por qué estaba vestido así en un día tan hermoso. Eché un vistazo alrededor. La biblioteca había desaparecido. Estábamos rodeados de sábanas blanquísimas agitadas por el viento. Se oía, muy cerca, un mar bravío. Me sentí humillado.

—Vamos —me dijiste y comenzaste a correr.

Traté de seguirte a través de ese laberinto de sábanas blancas, pero no es fácil correr en la arena con botas de goma, cargando un paraguas y un pesado libro. Después de un rato de vanos esfuerzos me creí perdido. Caí de rodillas y rompí a llorar como un niño.

—¿Qué pasa? —preguntaste—. ¿Será que me tienes miedo?

Estábamos frente al mar. El laberinto estaba ahora detrás de mí, muy lejos. Puse a un lado mis cosas. El viento abrió el libro y dispersó cientos de pétalos blancos, rojos, azules y amarillos. Corriste hacia el mar. Te vi zambullirte desnuda entre las olas. Me quité las botas de goma. Entre mis dedos había diminutos caracoles.

III

Una tarde fui a tu casa para trabajar contigo en un proyecto de ciencia. Y noté que bajo la blusa blanca tus senos se movían sin sostén. Debí haberme perdido en mis pensamientos mirando tu pecho. Dijiste mi nombre y levanté los ojos para toparme con un rostro serio. No dijiste nada. Te desabrochaste la blusa y entonces vi las dos frutas de tu pecho, los pezones rosados y henchidos por el deseo.

—¿Quieres tocar?

Y me diste un beso en los labios.

—Vamos —dijiste.

Yo estaba paralizado.

—¿Qué pasa? —preguntaste—. ¿Será que me tienes miedo?

Y tomaste mi mano y la llevaste a tu pecho.

* * *

He olvidado los detalles de mi último sueño. Sólo recuerdo que volaba. Tú dormías al centro de una flor, rodeada por los blancos pétalos de la corola. Tú eras la miel que yo deseaba.

* * *

Una vez, en la sala de tu casa, después de un largo beso, tomé conciencia de cuán solos estábamos.

—¿Dónde están tus padres? —pregunté.

—Vivo sola —contestaste.

—No, en serio. ¿Dónde están?

—En serio, tontis, vivo sola.

No había fotos familiares sobre las mesas de la sala ni en los estantes de los libros. Ninguna. Había pinturas de paisajes, bodegones de frutas, ilustraciones de caballos, conejos y otras bestias.

Tuve miedo. Pero tú, sin decir una palabra, te desabrochaste la blusa y me diste un beso en los labios.

* * *

Entré a tu casa, buscándote. La puerta estaba sin llave pero no había nadie. Te llamé.

Sobre un sofá yacía, abierto, un libro de Paracelso. Lo levanté y noté que mi nombre estaba escrito en los márgenes con extrañas notas aludiendo a mi naturaleza, humana y terrible. “Su belleza”, habías escrito, “es nuestro terror”. Así descubrí cómo tú, la niña, y tú, la mujer, se intercambiaban mensajes.

Me sorprendiste con un rápido abrazo. Caíste sobre mi espalda, atrapaste mi cabeza, cubriste mis ojos con una mano y besaste mi oreja izquierda. Mis puños se crisparon y el libro cayó al suelo cuando tu lengua entró, como el tentáculo de un octópodo, en mi oído. Soy un hombre muerto, pensé.

—Vamos —dijiste.

Eras una mujer. Tú misma, pero más vieja. Tu madre, creí. Pregunté por ti, por la niña. Te pusiste a reír y escuché las dos risas, la de la niña y la de la mujer.

—¿Qué pasa? —preguntaste a coro—. ¿Será que me tienes miedo?

Comprendí. Agarraste mi cara con tus manos. Tocaste tu frente con la mía. Jadeabas. Tu cálido aliento despertó en mí un profundo terror. El miedo crecía en mi pecho como una colonia de hongos venenosos: las amananitas de las moscas. Tus brazos me rodearon en un abrazo de muerte. Me besaste con un beso profundo, tu lengua regodeándose en mi boca. Me aparté, temblando. Nunca antes nadie me había besado así. Te desnudaste sin recato alguno. Tus pechos tenían peso y gravedad, eran hermosos porque eran los pechos de una mujer. Y tu pubis era la huella de lo animal en ti, con su vello extenso y salvaje, y con su olor a mar.

Lo vi todo, todo, en aquel instante. Vi en ti el paisaje inconstante de toda la flora del planeta: las hierbas y las flores, las hiedras y los árboles, los frutos y los granos. Vi las aves desplegar sus alas inquietas en ti. Vi las bestias de la tierra rugir soberbias en ti. Vi los peces del mar uniéndose en fugaces y policromos cardúmenes. Vi los insectos arrastrarse mecánicos y nerviosos desde tus pies. Y vi todo lo demás: todo el reino animal. Y ya no tuve miedo.

* * *

Yo vengo de la selva y tú del mar. Yo soy el hombre y tú eres todo lo demás.

* * *

Despierto. Eres la niña y estás desnuda junto a mí. Tu pelo está cubierto de pétalos de todos los colores. Hueles a la frescura de la tierra. Me das un beso y yo te abrazo.

—Dejé de sangrar —me dices.

—¿Te cortaste?

—No, reverendo tontis. Estoy embarazada.

* * *

Te presentaste, una mujer, ante mi madre y le dijiste: “¿Qué remedio? ¿Qué se puede hacer con estos jóvenes de hoy?” Quizás mi madre dijo: “Son los mismos de ayer, son los jóvenes de siempre”. Eso es lo que diría ella, lo que siempre dice.

No sé cómo, pero la convenciste de que mi lugar estaba junto a ti, es decir, junto a la niña, y de que yo debía asumir mi paternidad, no importaba cuán joven era aún. Y mi mamá habrá dicho “Sí”, o no dijo nada y se resignó. De cualquier manera, me dejó ir.

Una sola maleta me esperaba en el umbral de la puerta.

—Dos niñas gemelas son demasiada responsabilidad para dos chicos de quince años —me dijo mamá, preocupada.

—En esa casa tendrá dos madres —le dije, y le di un beso en la frente y nos dijimos adiós.

* * *

Las dos pequeñas se amamantan de dos pechos mudables, de cuatro espléndidos surtidores de leche materna.

A veces escucho tus dos voces cantar una canción de cuna.

Antes de dormir, detrás de tus ojos, las dos mujeres me miran como diciendo: “Lo sabía”.

Y yo respondo con la única verdad que nunca se debe ocultar:

—Te amo.

* * *

Soy tu hijo y tu hermano, tu esposo y tu amante, tu confidente y tu amigo; también soy tu dedicado jardinero y tu ferviente guardabosque. Y tú… tú eres “el objeto más excelso” que Darwin anunció, el “animal mayor” en la pródiga historia de nuestra selección natural. Pero eres también la diosa a la que Lucrecio cantó, la Venus que merece un poema para dar fe de la verdad de las cosas.

Permite, amor, que sea yo tu poeta, el autor de tu historia natural.

 


jorge_avalosJORGE ÁVALOS, editor de la revista La Zebra, es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa.

Sitio oficial: jorgeavalos.com

La fotografía, parte del tríptico “Hai Kai Lili”, es de Jorge Ávalos.