Miguel Ángel Espino: “Trenes” (poesía)

La crítica literaria historicista, dominante durante casi todo el siglo XX en El Salvador, desterró del panorama de la poesía de la región a una de sus más interesantes figuras: al precoz e impetuoso Miguel Ángel Espino, que escribió poesía en prosa, imbuida con el espíritu de las vanguardias y con un desenfado inusual en la década de 1930 —bajo la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez—, en alto contraste con esos años de censura y de represión política y social.

Miguel Ángel Espino
Introducción y selección de textos por Jorge Ávalos

I. Introducción

Las vanguardias llegaron tardíamente a El Salvador, pero cuando lo hicieron, fue con golpes contundentes, como sucedió con Trenes de Miguel Ángel Espino (1902-1967), que no encontró un editor sino hasta 1940 y fuera de sus fronteras, en Chile. Escrita como una secuencia bastante coherente de poemas en prosa, Trenes es la autobiografía erótica del autor, en la que evoca, sin discriminación, a las mujeres que ha amado. De hecho, Espino se pregunta por qué las pasiones inescapables y los amores puros están al mismo nivel que los encuentros con prostitutas; es decir, por qué, al final, la memoria coloca todas las experiencias sexuales en un mismo plano. Ese enigma lo lleva a subordinar toda la obra bajo una metáfora inesperada: los seres son como trenes que avanzan con rapidez e indiferencia por sus propias vías y sólo se encuentran, con premeditación, en ciertas estaciones de la vida, o, con frenesí, en románticos desastres accidentales, como cuando dos trenes no pueden detenerse al entrecruzarse en las vías férreas. Aunque su lenguaje muestra una deuda palpable con el Neruda más surrealista, la concepción general de Trenes y su ejecución sostenida en un gran lienzo lírico es originalísima.

Debido a que el narrador de Trenes afirma que con este libro no nos da una “novela panorámica, sino una novela intencionista”, la obra ha sido juzgada por error como una novela, y pese a los señalamientos de críticos como Trigueros de León, esa clasificación fue casi mortal para la reputación del libro. Como“novela” Trenes ha sido ferozmente criticada porque carece de caracterización o de una historia; y al perpetuar esa noción equívoca, los críticos historicistas desterraron de la poesía salvadoreña a uno de sus exponentes más interesantes en la primera mitad del siglo XX. En realidad, Espino nombra el concepto de novela sólo como un motivo literario recurrente (leitmotiv), que hace alusión al andamiaje metaliterario de todo el libro y no a su forma o su género, como lo expresa el narrador más de una vez, y de distintas maneras. Por ejemplo, cuando el narrador dice: “Nosotros somos la novela, hermano”. O en la voz de un personaje femenino: “Fíjese que yo pertenezco a la fantasía de un novelista que no quiere crear un ambiente ni una moral como la atmósfera que envuelve a las novelas corrientes. Estoy expuesta a que me use como una querida, en un momento de precipitación, sobre las cuartillas indiferentes, o a que me declare paralítica, si no me muevo con la agilidad que él deseara, en sus horas de calor mental”.

Miguel Ángel Espino pertenecía a una familia de escritores, entre los que se cuenta el renombrado poeta costumbrista Alfredo Espino. Un derrame cerebral en 1951 puso fin a su ascendente carrera literaria. Destacó como narrador en Mitología de Cuscatlán (leyendas, 1919), Como cantan allá (relatos costumbristas, 1926) y Hombres contra la muerte (novela, 1942). Trenes (1940) es su única obra poética.

Jorge Ávalos

II. Poemas de Miguel Ángel Espino

Lo que el curandero no me dijo

Lo que el curandero no me dijo, lo que aprendió mi pureza, discípula del espanto, lo que supo mi barro huérfano tropezando en la noche, la querella elemental y la plegaria del sexo, ésa es la revelación que agita estas páginas.

Una mujer, vencedora sobre la playa dulce, oyó una tarde la queja del abismo resonando en su carne. Juntos supimos que la locura salobre es tan solo una forma de la eterna humildad, de la eterna contradicción, de la eterna fiebre que arde en la fruta, en las arterias, y que fermenta sus luceros y sus rabias en los odres azules, estremecidos por la venganza de la espuma. Juntos supimos en ese vino huracanado, que el mar es apenas una ola del instinto que sacude la vida, y que nos retoza apasionado en el pecho. Nuestra sangre obedece al imán que dispone de la cólera amarga. El amor es un momento del mar. Una mujer me enseñó que en mi latido se prolonga una marea que viene desde la leyenda sepultando islas y existencias. Y entonces comprendí esto: mi canción, mi esperanza, mi nota más celeste, no son más que fenómenos de esta sal, brincando en la escala de los matices. Tú crees ver, y surgen los objetos. Tú crees amar, y florece la sonrisa. Tú crees caer, y la muerte te besa. Dios no hace los paisajes. Los paisajes vienen de adentro, y asoman el ala por la ventana de los sueños. Cada quien cuelga sus alegrías del mástil más cercano, y decora sus desiertos con la propia felicidad. Por eso amamos. Porque creamos el motivo amoroso con la sal, humedecida de ternura, que la primavera hace circular en nuestros cauces secretos. Y porque el amor, así, es nuestra sombra que pasa sobre la arena.

Yo aprendí esto en la boca marina de un amor, cuando sentí el fulgor de la estrella de los viajes y el pájaro del hechizo se sacudió en mi corazón.

Y así salí de aquella tarde, a cumplir el vaticinio trashumante, bajo la flecha de la inquietud, buscando la llave del misterio, huyendo de mi sangre enamorada, preparada para la adoración, al encuentro del mito.

Todas las rutas del beso estaban selladas con el aviso del trajín: “Se necesita un amor para vigilar un rebaño triste. Inútil si no tiene luna en los ojos”.

Lo busqué en el horizonte físico, lo busqué en el reino de las sospechas, ausculté los panales y registré la polvareda que dejan los crepúsculos, pero ella se desmentía entre mis manos, porque existía solamente como unidad mágica. Era la huella de mi maleficio, la sombra de mi pájaro, una variación de la demencia que dominaba mi sangre.

Y fue así como se reveló la naturaleza de la compañera, aparecida en la boca del frenesí, errante, móvil, polirrítimico, acentuando su maravilla más allá de la cabaña agorera, en el reflejo del encantamiento, desdoblándose en una seducción monstruosa, entre angélica y sensual, entre vampira y misionera, como si la muerte hubiera escondido las alas del desconsuelo en mi corazón, a través del bebedizo.

Así escribí las primeras palabras de este drama rabioso, en el que mi títere de lodo danza sobre el destino, bajo la maniobra bruja le encendió por fuera una tristeza y por dentro una sed.

Entonces surgió este paréntesis

Entonces surgió este paréntesis en la rufianería de mis apetitos. Poseído por la imagen de mi círculo brujo, quise romper la esclavitud inicua, y vagar por emociones prohibidas, más allá de la bestia humillada en el oasis del miedo.

Así descendí, acaso por cansancio, sobre su corazón utilitario y trivial. Apareció en el extremo de un año incoloro. El calendario había sido una colección de doce bostezos. Creo que ella me interesó únicamente como la última barbaridad que se podía cometer. Y al tratar de sacudirme el polvo del camino con su belleza, noté que no había alquilado una mujer, sino un paisaje.

Eran de humo y de angustia sus manos. De lluvia llorando sobre los barrios en donde el amor y los perros desconocen el bordón de la alegría. Manos de alcohol y golondrina, hechas para lavar penas y acariciar crímenes. Manos de lágrima. Barro retorcido en el desdén. Nido. Nido todavía preparado para un trino imposible.

Su indolencia escolar ignoraba los besos clásicos, reglamentariamente correctos. Poseía un instinto anti romántico. Le había enseñado a ser hembra, y no entendía la posición virginal. Su hijito, veneno encerrado en una sonrisa, cumplía la sucia y hambrienta penumbra de los tangos que el arrabal cantaba.

Hay algo inolvidable en su cuerpecito desnudo de dulzura, estropeado con el frío del amor de tarifa. Eran sus piernas de célebre audacia, de gracia. Sostenían el vientre en venta. Habían pasado por los senderos del suburbio, extrañas al hambre, gloriosas, haciendo del sol, medias contra el viento, medias doradas, medias lúbricas que a medianoche todavía tenían la fragancia tibia que les daba el crepúsculo. En la feria de sus besos, ya en la cumbre del temblor, arrollaba sobre los pies encendidos la tela de celajes que el sol le dejaba, y las piernas imperiosas parecían como acabadas de lavar en una estrella. Con sus medias de sol y sus plantas de eco disculpaba un cuerpo aburrido, en camino de la desesperación.

Oíamos los trenes que aullaban a la medianoche, como mastines de bronce. Traficantes borrachos referían sus viajes y sus amores. Una vez, dos mancebos se amaron detrás de nuestra pared, en una confusión ronca de hipopótamos. La estación estaba a un grito de distancia. Casi llegaba hasta el cuartucho en donde sentíamos el paso de las nubes y la voz de la miseria, enredadas en la serpentina negra de la sirena.

¿Hacia dónde? ¿Hacia qué felicidad, hacia qué desgracia? La locomotora masticaba indiferente las horas. El cuarto era una flor suspendida sobre el infortunio, sobre el drama proletario, sacudida por el verano de un amor sencillo, perfumado en su boca ácida y breve.

A la madrugada, junto con el ladrido de los perros, desvelados, la máquina saludaba al barrio y se perdía en el alivio matinal, como brisa.

Ya no pensaba en mi alma. Hacía cabalgar la carne sobre sus 12 horas, como si quisiera vengarme del Diluvio. Dame lo que te queda, le gritaba. Pero sólo le quedaba una tiniebla.

Ahí, sobre el jergón sudoroso, entendí la primera vez tu electricidad mansa. Mi memoria me sorprendía inclinado, estudiándote en cada estertor.

Rueda en mis átomos el enigma de aquella ternura. ¿En dónde la oí después? ¿Por qué el tributo se anuncia en todas las mujeres con el mismo sollozo? ¿Por qué son iguales, en el hielo de ese grito, ella, y tú, y todas? ¿Qué rubí fascinado dormita en la sangre femenina, dócil al eterno desmayo?

Soñando, con los ojos abiertos, muchas veces la besé bajo la sensación de su hermana impoluta, como si en este olvido se compendiara el sacrificio de las fibras que pulsa el dolor.

En el cuerpo transitorio de la compañera el ala enemiga, el ala torva, había ganado su batalla de horror.

Los dos trenes se cruzaron

Los dos trenes se cruzaron. Sobre la X de acero acababa de suceder el más romántico desastre. El pájaro había cantado otra vez. Todo lo explicaba su carta inesperada, estrujada de ausencia… “Pasaré… la Estación de Dulce Nombre… Tendrás que explicarme… No entiendo mi niñez, ni las penas de entonces… si faltas… ya no podrás leer a Platón, ni me podrás querer a mí…”

Lo he seguido leyendo, pero no comprendo aún por qué mis manos, en aquel ambiente de sortilegio, sintieron el filtro de tu blancura, la leyenda de tu pureza, y sometidas y creyentes asistieron a la misa de la tentación, que presidía tu alabastro hereje.

No sé cuántos días y cuántas noches, en aquella estación olvidada, en la que el tren se detenía a respirar, comulgué con la visión de tu porcelana enloquecida, pero beata y fiel, estallando en mis brazos fervientes. Desnuda, virgínea, perfecta hasta la oración, parecías una copa llena con la luz de enero. No sé en dónde terminaba el humo de tu sacrificio y en dónde empezaba el silencio de las esferas. Sólo sé que mis besos borraban luceros en tus ojos y que afuera la noche, de rodillas, como una hermana infantil y negra, imploraba por tu castidad solitaria, mientras corría por mis dedos el rosario sentimental de tus lunares.

La llama de la luna crucificaba su espanto en la X de acero, y ya no sabíamos si estábamos perfilando un sueño o si habíamos entrado a la muerte por el camino de la contemplación.

Una noche, la última noche, llovía sobre el poblado. Como faltaban estrellas y nos sobraba felicidad, quisimos trastornar los designios, invertir los horóscopos, y encender una antorcha en el pavor de la montaña convulsiva. La penumbra alentó el fantástico desafío de tu cuerpo contra la rabia lívida de los relámpagos. Y fuimos al río, y en la demencia del escenario, tu estatua nerviosa, en la que retozaba una blanca lujuria, se alzó como una azucena profana, turbando la sabiduría del arcano.

Bramaba la tormenta —bisonte enamorado de una lejanía— y tus senos de niebla, azules de frío, ofrecían al terror su caridad magnífica y su leche de abismos.

Sollozaba la lluvia en tu espalda, ceñía tu cintura con ruego humano, se rendía en tu pie cancionero, cansada de amor. El cielo te estaba violando con las manos del llanto, sobra la alfombra enardecida del huracán.

El lecho te contuvo con todo y brisa. Mi boca descifraba en tu cuerpo los jeroglíficos del viento, y perseguía en tu piel las huellas húmedas, por donde se había desanillado la fiebre eléctrica. Sobre tu piel de bíblica fragancia, que reproducía el ámbito trastornado en una imagen fresca, como si hubiera sido el espejo en que pacificara sus bucles la Fuerza, yo vertí toda la devoción de mi alarido.

En ella —libro de seda tibia— supe que estabas hechizada por la luna, que tu vientre era pálido como la agonía y que nunca rompería su estéril serenidad de Diosa.

—Bésame, si puedes, como la lluvia besa.

Y silenciosos, litúrgicos, como en los desiertos sellados, llovieron mis besos y mis lágrimas sobre la V virginal, sonámbula, insidiosa, que la virtud ensombrecía de matinal musgo.

Es cierto que hui de tu religión inaccesible

Es cierto que hui de tu religión inaccesible, a través de profundos pecados. Es cierto que para vengarme de tu elevación confabulé la ira de mis ancestros libidinosos y soñadores y que quise olvidarte tras una cortina de llamas y desvaríos.

Sin embargo, a pesar de que por la ventana de mi vagón romántico sospeché todos los senos y presentí todos los vértigos, sin embargo, he vivido como mirándote siempre, como regresando siempre. Como oyéndote todavía.

Eras como el mar. Como la sed. Eras como el rumor, mujer labrada en el dolor de las esmeraldas. En tu sangre se copiaban los paisajes del mar. Invadías, cegabas, rompías tu cólera clara. O abrías tu misterio en donde cabían la luna, el beso canalla de los marineros y las orgías despeinadas de los pueblecitos que alborota el viento.

Espiando tu carne, supe que sobre ella las velas ejercían un hechizo antiguo. En tus ojos encontré el color de los naufragios. Oí en tus pies el concierto de las naos, hormigas sobre el cristal de la demencia.

Caracol brujo, el corazón repetía las canciones amargas. Se oía el eco azul. Zumbaba la abeja de los luceros, buscando amores. Tenías el mar en la sangre precipitada.

Tenías el mar en los glóbulos dolorosos. En cada gota tronaba el poema de las conquistas. En cada gota asomaba el océano su cabellera de precipicios. En cada gota se levantaba la estatua cósmica de la gracia, la figura de las sirenas, pintadas en sol, descritas en espuma.

Las noches pasaban por las venas repitiendo el mar. Yo te oía, oía tu cuerpo, estremecido de sales, ofrecer las llamaradas de su yodo arrepentido y el fulgor de sus corales siniestros. La muerte pasaba por tus besos. La oíamos arrastrar las sandalias negras, sandalias de queja y oro.

En tu sangre oíamos el mar.

Oíamos la primavera salada, sorda luminosa, muchacha bordada de estruendos, con algas en la boca.

Brumosa, no te aferré. Nublada, mis barcos de papel se perdieron en tu corazón sin regreso, que tenía las puertas de las bahías abiertas.

Venías del vendaval, eras de transparente linaje, y una vez descifré la salobre insistencia de tu ternura. Entre las páginas de un libro que acababas de abandonar, todavía imperiosa, todavía apasionada, encontré una lágrima. Estaba señalando una venganza, un episodio violento. Había caído como un acento sobre la palabra “tú”. Parecía un ensayo sobre el desequilibrio de tu cabellera, semejaba un resumen de tu máquina trémula, de tu economía intransigente. Parecía un golpe sobre el espejo de la intranquilidad. Estaba tu lágrima ahí —armoniosa— reflejando un momento de la tempestad, cuando ésta encoge su rabia dentro de una flor, y sueña la paz y se consuela la miel.

¿Qué nube la vertió? ¿Qué fuerza negra exprimió tu lluvia? ¿Qué hálito pasó, soplando la lámpara de los eclipses, precipitando tus querellas en forma de una gota corsaria, apretada en la música de la fatalidad?

Una nube pasó, empañando el madrigal del tiempo, y estaba tu lágrima ahí, fanática y turbia, explicando tu entraña de arrebol, tu instinto de borrasca.

Un día el mar te cubrió. Hubo tormenta en tu misterio. Lloró la arena de tu cuerpo, borrada por el soplo oscuro que venía, ciego de herencia, saltando sobre tu sonrisa. Oí crujir, romperse, la pompa de tu alegría, y fuiste honda y cruel, apasionada y total, ahogando la antorcha angélica que velaba en tu faro, para dar paso al vaticinio que dirigía tu vivir.

Y cuando la leyenda grabó sobre la playa su última ira, estrellando la despedida, yo hundí mis manos en aquella pasión que desertaba, frente al altar en que las gaviotas limitaban la profecía.

Y fue la voz del yodo, amorosa como las fuerzas azules que sacuden la campana del beso, la que reveló la nostalgia de una sal oscura, repitiendo sus líneas en el asombro libre de las bestias, en el fragor que congelan las perlas, en la muerte estancada en el relicario de las bocas dichosas.

Y comprendí el círculo del germen, ciego y feliz, girando de los dioses a las larvas, y al destruir el ceño del tiempo, sobre la playa dulce, tu cuerpo me explicó el mar en un beso, y juntos supimos de la sal que canta.

De la sal que espera. Porque, sobre la arena, te alejaste bordando las corolas paralelas de una huella que se perdió en la tarde.

Estaba bajo la voluntad del Cero. Habíamos entrado al dominio del pájaro. Desde ese momento, la vida se confundió con el vuelo.

Trenes, 1940

 


imagenMIGUEL ÁNGEL ESPINO (1902-1967). Escritor y abogado salvadoreño, perteneció a una familia de escritores, entre los que se cuenta el renombrado poeta costumbrista Alfredo Espino. Un derrame cerebral en 1951 puso fin a su ascendente carrera literaria. Destacó como narrador en Mitología de Cuscatlán (leyendas, 1919), Como cantan allá (relatos costumbristas, 1926) y Hombres contra la muerte (novela, 1942). También es autor de dos libros de poesía: La ciudad visionaria (poesía y prosa poética, inédito, 1936) y Trenes (poesía en prosa, 1940).

Fotografía: Cielo de El Salvador, 2016, Jorge Ávalos.