Rebeca Henríquez: “Por una poesía auténtica e ineludible” (ensayo)

La poeta salvadoreña Rebeca Henríquez dilucida sobre los tres factores que podrían encauzar al creador hacia la escritura de una poesía tan auténtica como ineludible.

Rebeca Henríquez
La Zebra |
#2 | Febrero 1, 2016

¿Cuáles son los requisitos de la “buena” poesía? La respuesta parece estar en la mejor poesía, en los clásicos, que suelen tener dos cualidades necesarias. La primera es la autenticidad, algo más profundo que la noción de originalidad. La segunda suele ser tan evidente como la primera: un gran poema parecer ser ineludible. Todo buen poema se siente, desde el primer verso, como algo que estaba destinado a existir. Es a partir de esta intuición que la poeta salvadoreña Rebeca Henríquez dilucida sobre los tres factores que podrían encauzar al creador hacia la escritura de una poesía tan auténtica como ineludible.

Tres son los elementos indispensables para escribir poesía auténtica e ineludible —sobre todo en un país minúsculo, miserable y con resabios de una guerra sospechosa, como El Salvador.

El primer elemento es el TALENTO.

I. El talento

El talento de un individuo se nota desde el primer poema, aunque éste sea ingenuo y necesite corrección. Existen algunos componentes precisos que deben de apreciarse en ese intento poético: inspiración, ritmo, cadencia, vigor, imágenes, símbolos o realidades peculiares. Dichos componentes, desde su estado primitivo, son los que se desarrollarán con el denuedo, la técnica y la disciplina —ejes transversales de la trayectoria literaria del poeta.

Si se tiene un atisbo de talento, las herramientas de formación como la lectura sistematizada, los ejercicios retóricos, las licencias poéticas y los demás recursos literarios, harán prosperar a ese germen con facilidad y éxito.

Ahora bien, una visión falsa de la promoción cultural ha provocado que un montón de seres se promuevan a sí mismos como poetas, con aspiraciones evidentes a pertenecer a la “élite cultural” del país. Lo lamentable de esta efervescencia de voces nuevas es que la mayoría de sus propuestas literarias —salvo algunas excepciones dignas de un aplauso— es decadente, trillada e irreflexiva. Debido a una especie de corrupción artística se le celebra como un hecho notable para el fomento literario. De hecho, el ciberespacio se ha constituido en un medio de difusión despótico y precario de esta espontaneidad poética.

El escritor joven necesita, en determinado momento, una dirección en su incipiente proceso creativo. No necesita adulaciones de padrinos con intereses mezquinos, o herencias estéticas y éticas de compadrazgos bohemios o, mucho menos, promociones efímeras sujetas a la disposición sexual del promovido.

En cierta ocasión, escuché a una poeta hablar sobre la dinámica social de los escritores salvadoreños, y denominarla “el mundillo literario”. En alusión a esa frase, prefiero llamarla “la selvilla literaria”. Una selva en la que, dependiendo del animal que le reciba, así será el devenir artístico del neófito.

El poeta joven, por lo tanto, se encuentra frente a dos extremos en el vértice sombrío del quehacer literario nacional. Por un lado, están los monos aulladores y danzarines, que incluyen a cualquiera que desee saltar en los bejucos con ellos; y por otro lado, están los tucanes exóticos, bellos y siempre en la altura.

En otras palabras, tenemos a los primeros personajes con un recorrido difícil y excluyente pero con talento, que con ánimo incluyente ven al proceso creativo del poeta naciente con una melancolía patética y mediocre: no promueven la lectura, no tienen criterios de calidad mínimos y son deshonestos. Los segundos, son personajes con talento pero muy individualistas, displicentes y apáticos a la tarea de la formación literaria. Dos extremos nocivos. Inspirados quizás por sus tendencias ideológico-políticas: los monos pseudo-socialistas pregonando un “arte popular” sin belleza; y los tucanes neutrales, egoístas, haciendo alarde de la cosmética poética.

Una alternativa de valoración del talento, que es urgente en El Salvador, es la crítica literaria. Una crítica objetiva, técnica, desinhibida, y que aporte a las mentes jóvenes agudeza intelectual.

El poeta joven debe ganar un derecho de piso fangoso. Las oportunidades son torcidas. El talento suele relegarse a un segundo plano, y eso es un error muy costoso.

La solución no está desvinculada de las políticas gubernamentales, ni de las condiciones socio-económicas del país. En una situación ideal, la entidad de cultura del Estado debería ser una institución valiosa en la que podrían apoyarse con entera confianza todos los literatos del país. Asimismo, los esfuerzos independientes son importantes, siempre y cuando ambos estén al margen de la demagogia artística y de los estigmas derivados de la preguerra y la postguerra.

Una alternativa de valoración del talento, que es urgente en El Salvador, es la crítica literaria. Una crítica objetiva, técnica, desinhibida, y que aporte a las mentes jóvenes agudeza intelectual.

El mundillo literario es… Una selva en la que, dependiendo del animal que le reciba, así será el devenir artístico del neófito.

Una alternativa al desarrollo del talento es el fomento de las diversas ramas del arte de escribir. ¿Por qué la mayoría de los autores jóvenes comienza por escribir poesía, en lugar de cuentos? ¿Es más fácil escribir un verso que una historia? ¿Por qué la gente imita imágenes, metáforas e, incluso, poemas enteros en sus “producciones poéticas”? ¿Cuántas novelas se han publicado en los últimos cinco años, que no sean de escritores con una trayectoria literaria? ¿Qué hay de los guiones teatrales, los ensayos, las crónicas, etc.? Los talleres de escritura deben ser holísticos y heterogéneos, además, de ser asequibles para todos los interesados. Nótese que no hablo de un bacanal gratuito de conocimiento.

Por último, al hablar del desarrollo del talento literario, se necesita un cambio de actitud en el sector intelectual. La poesía es más que un estilo de vida bohemio o sedentario, es una entrega espiritual de belleza, es un film subjetivo y objetivo de la realidad que se hace por medio de las palabras, de la música interior y del segundo elemento indispensable para el poeta, la VIVENCIA.

II. La vivencia

Vivencia es el segundo elemento indispensable para que una poesía sea, con entereza, auténtica.

Derivada del vocablo alemán Erlebnis, la palabra vivencia fue introducida al español por el filósofo y escritor José Ortega y Gasset. En su planteamiento filosófico sobre la vida —entendida más allá del cuerpo físico, de la mente y del alma—, Ortega y Gasset hace referencia a una sucesión ininterrumpida de experiencias que determinan la realidad del vivir. Su tesis filosófica es amplia y un poco complicada, pero su definición de esa palabra es la más acertada para esta reflexión.

La vivencia debe entenderse como la aprehensión constante de la realidad de sentir, expresar, pensar, vivir en sí. No se debe creer, en el caso del escritor, que la vivencia es un estilo de vida acentuada con los matices de la bohemia o de la vagancia, mucho menos en la fingida situación de interactuar de manera exclusiva con otras personas cuyos intereses sean iguales, en este caso, literarios.

Para tener la autenticidad de la vida individual y colectiva no se requiere de situaciones materiales extravagantes aunque, inevitablemente, las condiciones socio-económicas y políticas influyen en la experiencia del escritor.

La vivencia debe entenderse como la aprehensión constante de la realidad de sentir, expresar, pensar, vivir en sí.

Para el caso, existe el ejemplo del pintor holandés Rembrandt, quien es considerado uno de los máximos exponentes del barroco en Holanda. Rembrandt nunca salió de su país, nunca fue aceptado con total agrado dentro de los círculos artísticos contemporáneos, su situación familiar y económica eran muy inestables, sin embargo, su obra en pintura es indiscutiblemente majestuosa. Su técnica, el experto manejo de la luz, el efecto de realidad en sus pinturas trasmite toda su vivencia y pone de manifiesto la trascendencia de su talento. En su caso muy particular, su obra nunca refleja la desgracia que objetivamente vivía, pero la calma y la felicidad que sus personajes y ambientes comunican, es auténtica.

Ahora bien, la disociación que Rembrandt logra con mucho éxito de su propia vivencia, no representa la obligatoriedad de todos los artistas en la experiencia y aprehensión de su realidad constante.

Existen muchos artistas, poetas en específico, para quienes su vinculación cotidiana con el mundo biológico, material y espiritual ha sido la inspiración ineludible en su obra. Para mencionar algunos…

José Martí y su incesante exilio de Cuba debido a sus ideas revolucionarias:

No, música tenaz, me hables del cielo!
Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasión el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire puro

Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo…
¿Casa dije? no hay casa en tierra ajena!…
¡Roto vuelvo en pedazos encendidos!

Me recojo del suelo: alzo y amaso
Los restos de mí mismo; ávido y triste,
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre,

¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe…
Si no, estaos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores

De un jardín infernal se abren las llagas:
Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fue flor la aterradora tumba!

¡No, música tenaz, me hables del cielo!

Emily Dickinson, su soledad, su jardín y su biblia:

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera…
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

Roque Dalton, con las contradictorias emociones que despierta en el ámbito literario, un poeta cuya vivencia nunca estuvo lejana de su obra:

El gran despecho

País mío no existes
sólo eres una mala silueta mía
una palabra que le creí al enemigo
antes creía que solamente eras muy chico
que no alcanzabas a tener de una vez
Norte y Sur
pero ahora sé que no existes
y que además parece que nadie te necesita
no se oye hablar a ninguna madre de tí

Ello me alegra
porque prueba que me inventé un país
aunque me deba entonces a los manicomios
soy pues un diocesillo a tu costa

(Quiero decir: por expatriado yo
tú eres ex patria)

Nina Cassian, rumana y comunista en la mitad del siglo XX —sin palabras:

Un hombre

Cuando al luchar por la patria
se pierde un brazo, surge el miedo:
En adelante,
haré todo a medias.
Recogeré, la mitad
de la cosecha de los campos.
Y al practicar en el piano
sólo tocaré la melodía
o el acompañamiento,
pues no estoy capacitado para toda la partitura.
Sólo golpearé
con un puño
en las rígidas puertas,
y mi amor se dejará abrazar
sólo a medias.

Hay cosas que nunca haré,
por ejemplo,
aplaudir en las grandes fiestas.
Desde ese instante, todo lo hará
dos veces.
Y en lugar del brazo descuajado
le crecerá un ala.

Derek Walcott y su nostalgia caribeña:

Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc.
Ni siquiera las palmeras de la orilla del mar se agitan en paz.
El Imperio se mofa de todos los pensamientos en futuro.
Sólo los bajíos de este océano interior murmuran
versos de otro mar, al que éste recuerda—
mitos de islas análogas de olivo y mirto,
el sueño del Golfo adormilado. Aunque sus templos,
bloques blancos contra el verde, sean hoteles, y sus pórticos
centros comerciales, con el tiempo harán buenas ruinas;
por lo tanto ¿qué más da si la mano del Imperio es tan lenta como
una tortuga firmando el oleaje en lo que se refiere a tratados?
El genio llegará a contradecir la historia,
y está ahí en sus cuerpos tostados, en las olivas de los ojos,
como cuando los chulos de la Atenas demótica entretejieron el caos
de Asia, y las chicas de las aldeas de estacas, putas teñidas de alheña,
eran las hetairas. La marea vespertina baja, y el hedor
de imperios ulteriores —alzándose de bayas que orlan
los dobladillos de tiranos y playas— alcanza un tribunal
donde las nubes descienden sus escalones como senados que pasan,
no diferentes de cuando, bajo hojas de mirto que canturrean,
compartieron una sombra, el poeta y el asesino.

En fin, hay una diversidad inmensa de expresiones poéticas que tienen como base la vivencia sin tapujos del escritor.

Ahora bien, llegar a ese punto de comprensión de la realidad, persistente en todas las perspectivas que tenemos los seres humanos, requiere del desarrollo de una conciencia persistente también.

Además, en la manifestación artística, ya sea poética, musical, plástica, arquitectónica —aún más compleja, pero no imposible como lo constatara el apreciado arquitecto brasileño Oscar Niemeyer—, es inherente al proceso creativo la acumulación de las vivencias.

De este modo, la primera exigencia del escritor —dicho así no por el orden de su formación, pues, otras pueden surgir o negarse o superarse de manera casi simultánea, si no, más bien por una razón didáctica— es la identificación de un sentido común, entendido como la serie de conocimientos percibidos de manera espontánea e irreflexiva que determinan la convivencia prudente de la sociedad en la que vive, no de una foránea. Dicha convivencia prudente puede estar sujeta a una gama de intereses, no necesariamente, de beneficio universal.

En esta etapa primigenia el poeta se encontrará que al identificar el sentido común que ha acomodado su devenir social, éste saca a flote todas las contradicciones que en su seno se han formado; desde su configuración personal dentro de la familia, así como en general por medio de la historia. De ahí que el cuestionamiento y razonamiento surgen como una necesidad urgente de resolver y ésta a su vez se traduce en una actitud filosófica.

Al respecto es pertinente acotar que no se trata de leer todos los compendios de filosofía ni de la postura pensante como la de una escultura, si no del ejercicio de interiorización de una cuestión, respuesta, y una actitud frente a su realidad.

Se trata de adoptar con razón deliberada una concepción del mundo y ésta puede ser tan diversa que depende solamente de la experiencia.

Así tenemos a un Walt Whitman, cuya obra le conformó en un hito de la poesía universal, uno de los pioneros del verso libre, rompiendo los esquemas de la métrica y mostrando una actitud filosófica de un incipiente futuro posmoderno; y por la mera vivencia, no por la capacidad de análisis y síntesis de un planteamiento. Nunca departieron en un bar con el intelectual de su época Nietzsche, considerado como el primer filósofo posmodernista, o el primero que se divorciaba del modernismo; sin embargo, ambos respondían a una actitud filosófica nacida de la vivencia individual y colectiva.

Así tenemos la formación de generaciones de poetas enlazados por una corriente de pensamiento, manifiesto o no en sus obras; verbigracia, la Generación del 27 en España, la Tercera Vanguardia en Suramérica, la Generación Comprometida en nuestro país, actualmente, la Generación del Crack en México, la Generación McOndo, etc., en las que todos responden a un contexto económico, social, político, militar, en fin, con una postura filosófica.

En nuestro país, es necesario un movimiento literario encaminado a la superación de las taras colectivas de los resabios de la guerra y de la promoción de la mediocridad.

Ese proceso íntimo y perenne de la realidad del escritor con su cotidianidad, de la aprehensión de los elementos biológicos, materiales y espirituales de su vivencia, se puede expresar de diversas maneras en la producción literaria, específicamente, en la poesía. No existe un género literario que enarbole con exclusividad la manifestación de dicho proceso.

Un hecho innegable es que este proceso, visto desde la aplicación del método analéctico —un enfoque que opone una opción de liberación frente a la dialéctica de la opresión, una aceptación ética del otro y del hecho humano concreto más allá del horizonte de la totalidad propuesto por la filosofía clásica— sugiere que la actividad literaria puede incidir en las crecientes generaciones de las sociedades, puede incidir en el sentido común de una nación entera, puede superar a la actitud filosófica imperante en el caso de que la producción literaria tuviese un eje transversal filosófico (tenemos por ejemplo el Manifiesto Creacionista a principios del siglo pasado o la exposición colectiva de los Impresionistas en el siglo antepasado, etc.).

En nuestro país, es necesario un movimiento literario encaminado a la superación de las taras colectivas de los resabios de la guerra y de la promoción de la mediocridad. Y esto no quiere decir que se deben de realizar festivales a diestra y siniestra; sino de la tarea consciente de los incipientes escritores, una tarea que tenga como base la honestidad, en primer lugar, luego el compromiso y la disciplina.

Actualmente, la actividad literaria nacional se hace independientemente de que haya una crisis económica, o de valores, o de cultura. Aceptado o rechazado, el poeta escribe poesía.

Lamentablemente, la desidia o el repudio infundado a esta incipiente producción literaria, cuya enorme tarea es forjar una tradición y no más, zozobra; esa indolencia de critica sin seriedad y altamente sospechosa mantiene el estado de mediocridad que se ha heredado de generación en generación.

Con la perfecta claridad del poeta de su postura dentro de la realidad, del bagaje que su vivencia le proporciona, del aporte que puede brindar ya sea en el cambio o en la enmienda de la misma, éste desarrolla una labor poética. Es decir, hace florecer su estilo, ritmo, su forma de trasmitir las emociones que la conciencia de su verdad constante, que su experiencia le produce a sí mismo y a su lector. El poeta perfecciona sus imágenes, expone su percepción de la beldad o la fealdad, de la justicia o la injusticia, del amor o del odio, de la ira o la alegría, de la paz o la guerra, puede invitar a la reflexión o al placer, etc.

La creación de una labor poética es el distintivo manifiesto del talento, y éste, cada vez más, requiere del último elemento para el poeta auténtico: la FORMACIÓN LITERARIA.

III. La formación literaria

Ricardo Castrorrivas yacía sentado en una silla incómoda. Frente a él se erguían dos hileras de cuatro o cinco libros en un escritorio pequeño y derruido.

Hablaba con un tono de voz muy bajo, conspirador, sedicioso, como si las instalaciones propiciaran los últimos detalles de un complot ansiado, de un complot al que todos los presentes atribuíamos las serias alteraciones a nuestros ciclos de sueño. Ricardo Castrorrivas leía poesía.

El veterano poeta realizaba una lectura en una especie de cochera del Diario CoLatino, en el centro de San Salvador. Éramos cinco personas las que lo escuchábamos. El espacio no era el idóneo. La luz era tenue. Detrás de los anfitriones había un desorden de papel periódico. Afuera, un céfiro diurno favorecía un día agradable, adentro hacía mucho calor. Sin embargo estábamos ahí con un amigo haciendo un esfuerzo por escuchar con claridad los versos recitados, que más bien parecían musitados.

En dicha ocasión, el escritor hizo una alusión a su amistad con Roque Dalton. Relató —con su peculiar estilo— cómo el poeta difunto le dio uno de los consejos más importantes para su vida literaria. Esa tarde lo compartía con cinco desconocidos en un recital con matices del inframundo. Un consejo tan complicado de cumplir que ahora se ha vuelto en una sentencia ineludible, unas palabras que mutaron de una sugerencia afable a un requisito imperioso para los escritores emergentes: ”Leer, leer, leer y luego, escribir”.

 


REBECA HENRÍQUEZ (1982) es poeta y educadora artística. Tres veces ganadora de los Juegos Florales de El Salvador, ha publicado: El verano aventurero (poesía infantil, DPI, 2013). En diciembre de 2015 presentó su libro de poesía En el año del error (Editorial Río Güija). Actualmente prepara para publicación su primer libro de cuentos.

Fotografía: Alma por Jorge Ávalos.