Jorge Ávalos: “El arte, mucho más que expresión” (editorial)

Todo artista necesita expresarse, y hace de su oficio expresivo, cualquiera que éste sea, un arte. Pero el arte es mucho más que expresión para el artista. El arte representa un desafío constante a las expectativas sociales.

Jorge Ávalos
La Zebra | #3 | Marzo 1, 2016

A veces los artistas reaccionamos con cierta consternación ante el concepto de que el arte es expresión, y nada más, porque sabemos que ser artista es mucho más que eso.

Ser artista no es sólo hacer arte. El ser artista comienza con una actitud ante la vida, y quien ha sido poseído por esa actitud se arriesga con ella hasta que ésta se transforma en una manera de vivir la vida. Después se convierte, además, en un sistema de explorar el universo y de entenderlo, poniendo a prueba nuestra propia conciencia, la cual puede ser un laboratorio de toda la experiencia humana. El arte, su creación, transformará al artista; lo llevará a su madurez, y con ella, el artista también querrá trascender los límites de su vida, su vibrante interioridad. Pero este ser artista al que nos referimos comienza en el momento en que nos situamos fuera del molde social, y cuestionamos en nuestro fuero interno la naturaleza de ese molde.

Esta es la razón por la que tantos marginados y seres raros nos convertimos en artistas: porque la presión social nos empuja a cuestionar el molde social cuando nos damos cuenta de que no cabemos en él. El marginado, el excéntrico y el raro tienen en común con el virtuoso, el bailarín dotado y el poeta visionario en que son demasiado grandes o excéntricos o inusuales para ajustarse a un molde predeterminado. Estos arquetipos de la diferencia no constituyen categorías de la personalidad, pues hay tanta diversidad de formas de comportamiento, de temperamento y de carácter en las artes como en la sociedad misma; pero lo cierto es que sus caminos se entrecruzan, y unos aprenden de los otros, enriqueciendo así a las artes con una inaudita diversidad de experiencias y perspectivas.

Lo que sí distingue al artista del resto de la sociedad es que, como persona, éste deja de ser un espejo para otros. El artista deja de reflejar la expectativa de similitud que el otro espera de los demás. El artista es el ser que no refleja al común de los mortales porque descubrió, muy pronto en su desarrollo, que el patrón social y el horizonte de expectativas del resto de los mortales no era nada más que una ilusión, un tejido de enseñanzas que pueden ser desaprendidas, un velo que no nos deja ver la luz en todo su esplendor.

Pero, al fin y al cabo, el ser artista confluye en el hacer arte, porque no hay investigación de la experiencia humana, de la percepción, el pensamiento y las emociones humanas sino es por medio de los oficios humildes del arte como expresión. La práctica artística se convierte en sí misma en una fuente de inspiración: el pintor que se enamora del azul cobalto; el poeta que descubre la altiva música de las palabras esdrújulas; el payaso que puede representar el estado de la humanidad con la más impasible expresión de tristeza; o la bailarina que puede cautivar a un público de miles con un gesto sutil de la mano tras la realización de una variación en apariencia sobrehumana.

Los artistas debemos ser demasiado grandes o incompatibles o retorcidos para los moldes sociales en cuanto a lo que somos, pero debemos ser tan sensibles y específicos en nuestro quehacer como esa noción tan extraña e infantil que tenemos de lo que constituye ser un dios: ese ser para quien no existen limitaciones de tiempo o razón para crear la perfección de un sonrosado pétalo durante miles de años de evolución; o para decorar la noche con un exceso imprudente de estrellas; o para concebir a un animal fantástico —el cangrejo, por ejemplo, que camina de lado y que tiene una tenaza más grande que la otra—, como si hasta el absurdo tuviese una intención. Pero no hay intención en el ser artista, aun cuando puede haber intención en el quehacer artístico.

El artista no necesita ni motivación ni explicación ni justificación para ser lo que es. El artista, como en esa noción infantil de lo que constituye ser un dios, sólo es. Y eso basta para que existan formas de expresión humana que muestran tanta resistencia a los moldes y expectativas sociales, y que nos siguen deslumbrando aun en los tiempos más oscuros de nuestra vana historia.

 


jorge_avalosJORGE ÁVALOS es un escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: jorgeavalos.com

Fotografía de Jorge Ávalos – Atardecer en Corinto, Morazán.