Alejandro Córdova: “Inestabilidad” (cuento)

Un cuento muy breve sobre ese momento cuando una compulsión cruza la frontera de la razón y se torna en una obsesión.

Alejandro Córdova
La Zebra |
#4 | Abril 1, 2016

No pienso dormir. He decidido no cerrar ni un solo ojo de acá hasta que me alcance la vida. Todo por impedir que un nuevo cambio suceda en mi casa. Hace un par de semanas comencé a notar que cuando amanecía, algo en la casa había cambiado. El color de los muebles, la posición de las cosas. Día a día, todo se volvía más extraño. Primero fue el cepillo de dientes, aparecía debajo de mi almohada o en las masetas del jardín. Luego los sillones, que son cafés, amanecían morados o verdes. Las sillas, de otro diseño. La pared, con figuras dibujadas hasta en lo alto. El baño tenía la regadera del lado contrario y jabón había un día sí un día no. Los cuadros colgados cambiaban de lugar. Las fotos se volvían irreconocibles. El televisor a veces estaba en la habitación y a veces en el patio. La ropa ni se diga: hay prendas que jamás compré y están en mi armario, camisas que cambian de talla, pantalones que cambian de color, calcetines que no reconozco. La disposición de los alimentos en la alacena y en el refrigerador nunca era la misma. Me despertaba en la madrugada por un poco de agua y dentro del refrigerador todo había cambiado de lugar. Comencé a desesperarme justo ayer cuando me entró la incertidumbre de pensar si yo también cambiaba a ese ritmo, busqué un espejo y descubrí que hasta los espejos cambiaban en mi casa. El espejo de la habitación tenía forma de florero y no podía ver nada, el del baño desapareció. Me evalué durante unos minutos las facciones de la cara, la nariz en su puesto aunque un poco más grande, menos barba y no me había rasurado. Las uñas las tenía un día más cortas y no me las había cortado y al siguiente día muchísimo más largas y otra vez cortas. Sentía los dientes en otra posición. Los colores de mi casa estaban cada vez más distorsionados y ya no reconocía nada dentro de ella. Fue cuando decidí tomar medidas drásticas. Primero, aprenderme la posición y disposición, forma y características de todos los objetos dentro de ella en ese preciso momento. Segundo, no volver a pegar un ojo por bastante rato hasta descubrir por qué cambiaba todo tan rápida y tan drásticamente. Nada. Pasé una noche así, en sigilosa vigilia, viendo como las cosas seguían ahí, como mirándome. Me sentía el rostro cada cinco segundos para descubrir cambios y nada. Parecía que mientras yo tomaba el control de estas cosas todo permanecía tal cual, como me gusta. Estables, estáticas. Me sentí muy contento y decidí no volver a moverme de mi silla. Todo estaba mejor así. Pasaron varias semanas y todo seguía igual, tal cual, como me gustaba. Sin esos drásticos cambios que me volvían loco. Había vuelto a la normalidad hasta que el ruido de los relojes de mi casa comenzó a desesperarme. Entendí que también el correr del tiempo me incomodaba. Impedía mi pleno goce de las cosas en su sitio y sin sufrir alteración alguna. Me puse de pie, caminé a pasos lentos hasta el reloj de pared sobre la puerta principal y lo destruí en seguida. Respiré hondo de la felicidad al librarme de él. Ataqué, segundos más tarde, a mi reloj de pulsera. Ya en la casa no había nada que pudiera incomodarme ni alterar la posición y disposición de las cosas. Todo estaba bien, en el lugar exacto donde debía estar. Me senté en mi silla de nuevo y observé, sin sentir ni siquiera el tiempo ni los ruidos de la calle, como mi casa y mi vida permanecía ahí, inmóvil, tal cual, sin ninguno de esos absurdos cambios que antes me ofuscaban tanto.

 


ALEJANDRO CÓRDOVA (1993). Escritor salvadoreño. Estudió Comunicación Social en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Ha ganado tres premios nacionales de cuento con sus colecciones Repertorio de heridas (San Salvador, DPI, 2012), Urbe carente (2013) y Siete (2015). Es autor de Hippies de barranco: Legado de Roberto Salomón al teatro salvadoreño (Índole Editores, San Salvador, 2016), una historia en clave periodística de la trayectoria del reconocido director teatral.

Fotografía de Alejandro Córdova por Micah Pressman.