Roberto Carlos Pérez: “Sobre la guerra, la literatura y el destierro” (ensayo)

La “generación del desasosiego” en Nicaragua, la misma que en algún momento desdeñó los programas políticos e hizo una apología de la muerte, ha llegado a su madurez y afronta un vacío: el de los ideales silenciados. ¿Qué lugar ocupará en el diálogo venidero la voz de los desterrados?

Roberto Carlos Pérez
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta. Que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote

“El que se va no vuelve, aunque regrese. Contra la separación del país y de su lengua sólo quedan la defensa y la venganza de escribir”. Con estas palabras José Emilio Pacheco hablaba de su gran amigo, el poeta Juan Gelman. Mucho le dolía que los hijos de aquellos que llegaron a la Argentina escapando de los pogromos y los campos de concentración Nazi, de pronto escucharan por las noches un toque de puerta en el mejor estilo de la Gestapo.

El golpe militar de Jorge Rafael Videla obligó a Juan Gelman, militante de izquierda y defensor de los derechos humanos, a exiliarse en Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y la Ciudad de México. Sus hijos habían sido secuestrados y asesinados y su nieta, nacida en cautiverio, no pudo conocerlo sino hasta veinticuatro años después.

Exiliarse (de la palabra latina exilĭum) quiere decir salir, desterrarse de un país, principalmente por razones políticas. Nicaragua, la tierra que en los ochenta debía manar leche y miel, se convirtió en el retablo perfecto para que Rusia y Estados Unidos, las potencias que se disputaban el dominio del mundo, ensayaran con armas y misiles lo que por décadas no había pasado de bloqueos y amenazas. La Guerra Fría encontró en Nicaragua el temido escenario en el que cincuenta mil jóvenes, la mayoría adolescentes, perdieron la vida y miles más iniciaron el éxodo más grande en la historia nicaragüense.

…a la ya no tan adolescente Generación del Desasosiego le ha llegado la hora de razonar por qué de su producción literaria están ausentes… los ideales que sostuvieron a cuanto poeta o narrador surgió entre la vanguardia y 1990 y… por qué en sus poemas, cuentos y novelas aparecen a puñetazo limpio el suicidio, el desencanto y la apatía.

Se suele culpar a los demás cuando no se es lo suficientemente valiente para aceptar los errores propios. Un repaso de la historia, incluso de la historia literaria, requiere de una alta dosis de valentía, y a la ya no tan adolescente Generación del Desasosiego le ha llegado la hora de razonar por qué de su producción literaria están ausentes los dictadores y sus delirantes excesos, los ideales que sostuvieron a cuanto poeta o narrador surgió entre la vanguardia y 1990 y, finalmente, por qué en sus poemas, cuentos y novelas aparecen a puñetazo limpio el suicidio, el desencanto y la apatía.

Quizás la tarea más importante del intelectual sea la de poner todo en tela de juicio y buscar en el pasado las raíces de los temores y angustias del presente. Por eso, resulta imposible ignorar a los cincuenta mil jóvenes que fueron obligados a ofrecer su sangre en una guerra, ante todo —no hay que olvidarlo—, fratricida. El joven que en la ciudad brindaba un saludo al compañero de clases, es decir, aquel con el que debía compartir el pan, en las montañas le vaciaba el rifle sin saber exactamente por qué.

En sentido estricto, para ser considerado miembro de la Generación del Desasosiego se necesitan dos requisitos extremadamente dolorosos: haber nacido o crecido en la guerra y haber sido educado por Los Carlitos, los textos escolares integrados al plan de estudio por el régimen sandinista. A querer o no, estas son dos heridas abiertas que no terminan de cicatrizar, y son el hilo de Ariadna que ha de conducirnos al corazón del laberinto en el que fuimos encerrados.

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Datos que arrojan un poco de luz: para 1980 Nicaragua contaba con una población que no excedía los tres millones y medio de habitantes, así que los cincuenta mil jóvenes muertos en las trincheras eran los futuros maestros, médicos, arquitectos, veterinarios, abogados, contadores, ingenieros, músicos, escritores, y un infinito etcétera. De una pérdida de esa naturaleza no hay país que se reponga. Por otro lado, con Los Carlitos el Estado tomó el control de lo que se debía leer en las aulas, cuarteando la base más importante de la educación: la de elegir o preferir. Un dato espeluznante es que la aritmética no se enseñaba en esos años contando manzanas sino rifles y granadas.

Tampoco había muchas libertades en cuanto al arte: la versión del realismo social impuesta por el Estado nicaragüense, vigilaba de cerca desde la música hasta las caricaturas o programas infantiles. Con “Matatirutirulá” y “El chocoyito chimbarón”, programas producidos por el Sistema Sandinista de Televisión, los niños nicaragüenses debían ingerir conceptos que ni las mentes más lúcidas de la historia han podido precisar, como “democracia”, “imperialismo” y “revolución”.

Como se temía caer en las contradicciones que Marx tanto denunciaba, el Estado trató de democratizar el arte con talleres de escritura, olvidando que el talento es caprichoso y su espíritu sopla por donde se le antoja. Basta recordar que uno de los mayores enigmas de las letras nicaragüenses reside en que quienes las metieron de lleno en la vanguardia fueron jóvenes provenientes de las familias más linajudas del país, pero la paradoja es que quien les allanó el camino fue un niño en desventaja, nacido en una auténtica choza y abandonado por sus padres. Se trata, claro está, de Rubén Darío.

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La filosofía quizás alumbre estos conflictos. Resulta imposible no invocar la idea de “alienación”, la cual implica estar privado de algo. Para Santo Tomás de Aquino el hombre alienado era aquel alejado de Dios por el demonio. Para Marx era el obrero que desconocía el producto final de su trabajo y su propia importancia en la línea de ensamble: quien ignora su poder en la sociedad está política y económicamente alienado.

Desde el punto de vista marxista, la alienación sólo puede superarse cuando los individuos que están en la parte baja de la cadena productiva adquieren consciencia de su papel en la economía. En el mundo de hoy, la alienación es inevitable. El sistema de propaganda comercial está dirigido a producir sujetos pasivos que carecen de criterio respecto a la calidad de lo que consumen. Es tan profunda la alienación que ya ni la filosofía se molesta en hablar de ella. Sin embargo, los filósofos saben que el problema de alienación está en el Estado, ya provenga de la derecha con la economía capitalista, o con la izquierda y la dictadura del proletariado. El Estado manipula al sujeto para crear una masa uniforme que marche en una sola dirección.

Tragedia de tragedias, en el presente ya no tenemos intelectuales con la educación clásica que tuvieron los vanguardistas; tampoco tenemos escuelas de letras, pues fueron suprimidas de las aulas universitarias en los albores del nuevo milenio.

Remontémonos más allá. En la Nicaragua de los años treinta, Carlos Cuadra Pasos ofreció una encuesta a través de El Diario Nicaragüense. La tercera pregunta decía así: “¿Está usted satisfecho de la enseñanza oficial de Nicaragua, intermediaria y universitaria?”

Entre las respuestas merece ser citada la de José Coronel Urtecho: “El sistema y los programas de la enseñanza oficial de Nicaragua tienen como propósito deliberado la destrucción de la cultura y la vida tradicionales”. La de Luis Alberto Cabrales decía así: “Nuestros programas oficiales tienden a una instrucción a tontas y a locas. Exclusivamente a producir profesionales, es decir, explotadores y comerciantes, y no ciudadanos”.

Obviamente ambos vanguardistas, educados dentro la más exquisita tradición del clasicismo, entendían que la Nicaragua de los años treinta, transformada por la intervención norteamericana, estaba viviendo un gran momento de alienación. Para ellos el ideal clásico de la educación era integral, y toda especialización creaba autómatas, técnicos, individuos formados para un fin y no para pensar.

El Estado somocista alienó al sujeto con la fuerza bruta. Milagrosamente escaparon de ella la gran mayoría de los intelectuales. En cambio, la revolución sandinista los integró al Estado y el desarrollo de sus ideales es conocido por todos. Tragedia de tragedias, en el presente ya no tenemos intelectuales con la educación clásica que tuvieron los vanguardistas; tampoco tenemos escuelas de letras, pues fueron suprimidas de las aulas universitarias en los albores del nuevo milenio.

Pero sigamos con el cuestionario de Cuadra. La segunda pregunta era la siguiente: “¿Hay algún nicaragüense a quien usted considere como maestro y guía intelectual?”. Los vanguardistas también fueron muy escépticos al responder la pregunta, pero siendo vanguardistas era lógico en ellos sentir que su generación estaba dándole a Nicaragua un nuevo pensamiento y una nueva estética. Con esta pregunta la intención de Cuadra quizás resultó banalizada en las respuestas de esos jóvenes poetas: no quería que le precisaran las novedades intelectuales que ellos importaban a Nicaragua sino saber si todavía existía un diálogo generacional.

Si la misma pregunta le fuera hecha al lector contemporáneo, ¿cómo respondería? La juventud dura un instante y a partir del romanticismo occidente se llenó la boca con las incesantes nuevas generaciones y sus novedades. El problema de fondo sigue en pie. ¿Podemos mantener un diálogo con las generaciones anteriores? ¿Cuánto nos han enseñado? ¿Qué nos han dado?

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En Nicaragua la literatura se estudia como un aspecto de la lingüística. Quien entiende un poco de historia latinoamericana sabe que somos un continente de escasa o ninguna filosofía. Por tanto, el ejercicio del pensamiento se lleva a cabo en Latinoamérica a través de la literatura. Si suprimimos el entrenamiento hermenéutico, es decir, qué nos dice un texto y por qué, eliminamos el aprendizaje de la lengua como forma retórica, estética y filosófica. Y lo que es peor, dejamos de pensar.

A la luz del pensamiento literario, caemos en cuenta que las pérdidas humanísticas han avanzado en Nicaragua en progresión geométrica desde la vanguardia hasta el día de hoy. Y si los vanguardistas se lamentaban de una educación que especializaba a sus miembros para servirle al mercado norteamericano, ¿qué dirían de haber observado que los niños y jóvenes educados por Los Carlitos ni tuvieron el derecho a una educación libre ni a una educación ética con respecto a la vida, la muerte y las matanzas fratricidas? La educación que estaba destinada a desalienar acabó por producir el efecto contrario, pues con ella se amputó –no sabemos si para siempre– el aparato racional.

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Los adolescentes que salimos huyendo de la violencia también perdimos, y muchísimo. El destierro, esa conmoción telúrica que mueve el suelo y deja los pies en el aire, no sana ni regresando mil veces al país natal, pues implicó un alto costo lingüístico que ningún gobierno podrá nunca resarcir.

Al no tener sólidas bases lingüísticas, los niños que como yo salieron de Nicaragua cayeron en riesgo de olvidar la lengua materna o, cuando menos, hablarla de manera atrofiada. Para los que emigramos a los Estados Unidos –el presidente Reagan había ofrecido a los nicaragüenses el mismo trato que a los cubanos, de manera que el gran éxodo se dirigió hacia el norte– nos vimos forzados a aprender el inglés de la noche a la mañana sin hablar bien el español. Estábamos, de acuerdo a la sociolingüística, en la edad de riesgo, esa edad terrible en que no se es ni niño ni hombre y en la que se corre el peligro de no hablar ningún idioma correctamente.

De pronto y a golpe de hacha todo se derrumba. La furia con que se puso la literatura al servicio de un proyecto nacional se ve silenciada y ni siquiera se oyen los murmullos.

Obligados a abordar los efectos de la guerra o, peor aún, de la posguerra, la parte más dolorosa porque implica hacer la cuenta de los muertos, la destrucción y los daños, y cómo se manifiestan en la literatura actual, cabe preguntarse: ¿se pueden realmente percibir estos estragos en lo que hasta ahora ha escrito la Generación del Desasosiego? Sí, pero como en la literatura no hay líneas rectas sino curvas y espirales, el tema se debe ver con mirada de búho.

Hasta el momento en que los hijos de la guerra irrumpieron en la escena literaria, es decir, a partir del nuevo milenio, toda la literatura nicaragüense, desde la vanguardia, había depositado sus esperanzas en un ideal político. Los ejemplos abundan –Sangre santa, de Adolfo Calero Orozco, Almidón, de Manolo Cuadra, Los monos de San Telmo, de Lizandro Chávez Alfaro, ¿Te dio miedo la sangre?, de Sergio Ramírez, La mujer habitada, de Gioconda Belli, y un largo etcétera que abarca el cuento, la poesía y la novela– y no hay texto en donde no se perfilen las ansiedades de construir un mejor país.

De pronto y a golpe de hacha todo se derrumba. La furia con que se puso la literatura al servicio de un proyecto nacional se ve silenciada y ni siquiera se oyen los murmullos. Como truco de mago, toda la vehemencia y la pasión con que se derribaban dictaduras y se humillaba a caudillos es ahogada, y el nuevo escenario se ve poblado por seres que no temen hablarle directamente a la muerte. El futuro nos había alcanzado y la tierra prometida no era la nueva Canaán, sino la profetizada por Joaquín Pasos y en la que de pronto reina la amargura y el desaliento:

Somos la orquídea del acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la espada,
somos una vegetación de sangre,
somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un inmenso
jardín de muertes.

“Canto de guerra de las cosas”.

Ante esto, Alejandra Sequeira se preguntará: “¿Por qué suicidarse? / ¿Por qué no?… ya estamos muertos –piensa– / sólo nos lleva tiempo / el darnos cuenta”. Víctor Ruiz, convencido de que la muerte y la soledad son nuestro ineludible presente, dirá: “desayuná con las ausencias de los álguienes / que partieron sin aviso… observá tu rostro ciegamente en el espejo / así tu soledad / se sentirá doblemente acompañada”. Francisco Ruiz Udiel añadirá: “…regresa a casa,  / enciérrate en tu cuarto por treinta días / bajo el ímpetu de soportarlo todo… En esos días ni la poesía será capaz / de herirle la mano al viento”. Todos brindan la receta o el conjuro para aceptar la muerte o el completo abandono que nos rodea.

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En la guerra aprendimos a tener la muerte de cerca y a reconocerla en las instancias más cotidianas, por eso mucho de lo que ahora escribimos se muestra como una apología, un acercamiento sin miedo a la Parca, la tejedora que en la mitología romana cortaba el hilo de la vida con una tijera. Entender a esta generación de escritores requiere algo más que la revisión de su producción literaria: se necesita un conocimiento psicológico que no escatime el poder de palabras como depresión, bipolarismo, tranquilizantes, antidepresivos y suicidios.

Pero un escritor ha de ser admirado no sólo por lo que escribió sino por cómo lo escribió. La escritura no es un acto sino un largo proceso. Hace falta preparación y buenas condiciones para escribir. Mucho duele, por ejemplo, que Francisco Ruiz Udiel no haya tenido un libro sobre San Juan de la Cruz o una edición confiable de su obra en los treinta y tres años que estuvo entre nosotros. Su vida, llena de escasez, es el mejor ejemplo de lo que enfrenta diariamente el joven escritor en Nicaragua.

Vivimos en el desierto de los libros, acaso imaginando que el privilegio que tuvieron, digamos, Ernesto Cardenal o Carlos Martínez Rivas de tener acceso a los libros sin imposiciones del Estado, libertad que les permitió saquear a los clásicos de la antigua Roma para componer sus epigramas, le fue negada a la Generación del Desasosiego. En esos términos, ¿cómo no recordar a Federico García Lorca?:

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

“Medio pan y un libro”.

A los que salimos nos ha tocado sufrir a la distancia el miserable estado que heredamos, quizás recordándonos frecuentemente la advertencia de Marco Aurelio: “Destruye la queja de ‘se me ha dañado’ y destruido queda el daño”. Por eso, en contra de la separación del suelo natal, sólo nos queda desafiar nuestro destino con la escritura.

La nuestra, sin embargo, no puede llamarse una escritura del exilio, ya que ninguno de nosotros se encuentra fuera de Nicaragua por razones políticas. El destierro por el que hemos optado no es más que la posibilidad de comprar una buena edición de la obra de San Juan de la Cruz. Y aunque a muchos nos quitaron la casa y la lengua, no nos quitaron el derecho de regresar a ella, aunque diferentes de como éramos cuando salimos.

 


Roberto_Carlos_PerezROBERTO CARLOS PÉREZ (Granada, Nicaragua). Autor del libro cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012). En 2006 publicó su primer relato “El aperreamiento” en La Prensa Literaria. Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense  (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento “Francisco el Guerrillero” fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Estudió en la escuela de bellas artes Duke Ellington School of Arts y se licenció en música clásica por Howard University. Estudia literatura Medieval y de los Siglos de Oro en la Universidad de Maryland.

Fotografía de las siluetas de Sandino y del árbol de Klimt por Jorge Ávalos, Managua.