Carlo Antonio Castro: “La poesía, insustituible para vivir” (entrevista)

Como un homenaje a la memoria del antropólogo, narrador y poeta salvadoreño Carlo Antonio Castro, publicamos esta entrevista, la última que él concedió a un medio de prensa antes de su muerte en 2010.

Miguel Valera Hernández
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

Entre las asechanzas de la vida
avanzo y retrocedo mientras siento
que cada luz, cada sombra, cada aliento
señales son de eterna despedida.
Carlo Antonio Castro, “Centro marginal”.

Etnólogo, antropólogo, poeta, lingüista, cronista, traductor, novelista, escritor incansable, académico, Carlo Antonio Castro fue una mente lúcida que dedicó la mayor parte de las horas de su vida al trabajo intelectual. “Mi mayor felicidad es poder escribir cada día algo nuevo”, solía decir. A seis años de su muerte el domingo 11 de abril de 2010 a los 82 años, reconocemos su genialidad: sus letras le han dado ya un lugar en la posteridad, en la inmortalidad que se ganan a pulso los “hombres verdaderos”.

El maestro Carlo Antonio Castro

Carlo Antonio Castro se muestra orgulloso de ser antropólogo. La antropología le ha dado muchas satisfacciones intelectuales, confiesa. Sin embargo, reconoce que es en la poesía, que se convirtió en su “morada intelectual”, donde se “ha encontrado”.

Su amigo Víctor Antonio Tejeda-Moreno escribió de él en La otra exactitud: “ha interpretado al mundo, a los mundos que nos describe, desde lo más profundo de éstos, sus hombres y sus palabras, desde una muy personal visión: la poetización… Nos ofrece Castro una imagen del mundo desde la Poesía”.

En su casa de la avenida Araucarias, en medio de su gran biblioteca, donde se mueve con un bastón que ha tenido que utilizar después de algunas caídas que le han afectado las piernas, Carlo Antonio Castro sonríe, posa para la lente de Sergio Núñez y dice que la única caída que nunca tendrá será la del ocio intelectual.

“La felicidad, para mí, consiste en poder escribir cada día algo nuevo”, expresa.

Para el autor de Íntima fauna —“sortilegio verbal, poesía pura, pura poesía, signos y símbolos en rotación semántica”, como lo definiera Tejeda-Moreno—, la palabra es dinámica de todo hecho cultural, “y sólo mediante la palabra podemos absorber lo que la cultura nos dice, porque la lengua es el vehículo glótico, formal, de la cultura y la lengua está hecha de palabras”.

¿Cree usted, como dice Heidegger, que la palabra es la casa del ser?

“Sí, claro, sin la palabra no se es. El ser humano debe tomar la palabra, debe conceder la palabra para ser y debe escuchar la palabra para ser, todavía más, ser humano. Si no escuchas a los demás estás en quiebra”.

¿Cree que la poesía es el punto más alto de la relación palabra-ser humano?

“Sí, yo creo que sí. Creo que los poemas son productos insustituibles para vivir”.

Los amigos son como mirarnos al espejo.

De Santa Ana a Chiapas

La finca de su padre José Cipriano Castro Bernal en Santa Ana, El Salvador, que lo vio nacer un 18 de julio de 1926, y el encuentro con Chiapas años más tarde como joven antropólogo, lo llevaron por el mundo de las lenguas y la cultura. Cuando llegó a Jalapa y dio su primera cátedra en la Universidad Veracruzana el 6 de febrero de 1958 —a invitación directa del entonces rector y eminente antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán—, Carlo Antonio Castro ya era poseedor de una vasta experiencia en el mundo lingüístico y etnológico.

Pero sus fuentes existenciales y culturales —como las describe a la perfección en el poema Imagen primigenia— se dan en su tierra natal en donde aprende a leer a los cuatro años de edad guiado por la educadora Julieta Góchez.

Si bien en la abundante biblioteca de su padre entra en contacto con los libros, una rifa en el jardín de niños lleva a sus manos un tomo de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, que lee con avidez. Siempre lo recordará como el primer libro leído. Después leerá a Charles Dickens en su lengua original, guiado por su padre, un economista que se formó en la frontera entre Canadá y Estados Unidos y luego en Filadelfia, y a los siete años, me indica, las lecturas se amplían: Emilio Salgari, Julio Verne, Dante Alighieri, Víctor Hugo, Dumas y Cervantes.

Pero también en esa finca, entre la infancia y la adolescencia, arranca su formación políglota, como se lee en Imagen primigenia:

Mi prístina existencia absorbe doce y medio años:
Nazco del amor, tengo bautizo, hogar y aldea,
volcanes, ríos, lagos, flores y aves. Presea
de mi infancia es sentir seis idiomas. Los engaños
de las letras principian a los cuatro. ¡Que vea
del Jardín la maestra si alcanzo los tamaños
para iniciar con Robinson los ritos extraños
de la soledad!: Isla para que el niño lea…

A la par, me cuenta que las seis lenguas a las que se refiere el poema son el quiché, que le enseñó su nana Goya Tsakik; pipil, que era la lengua que hablaba María, la nana de sus hermanos; inglés, por la influencia de su padre y de un amigo británico de la familia, William P. Fox; italiano, por sus vecinos Nosiglia, Della Torre y Peccorini; portugués, por las novelas que leyó y estudió de Alencar; y castellano, por la lengua común del país.

Entre los cientos de anécdotas que registró en un minucioso diario, el maestro Carlo Antonio Castro contó la manera en que se fue adentrando al mundo de los libros.

“Mi padre”, dice, “tenía una biblioteca espléndida, magnífica y los niños podíamos explorar la parte baja porque había una parte alta, reservada sólo para nuestro padre. En la parte baja conocí a Emilio Salgari, que pronto dejé por Julio Verne y Los hijos del Capitán Grant, un libro extraordinario de aventuras. Mi padre fue quien me ayudó a distinguir entre la geografía real, las ficciones de la historia y la realidad. Él me iba leyendo y haciéndome entrar en una de las grandes obras de la literatura universal”.

Entre las sagas propias de su infancia, Carlo Antonio cuenta que un día, junto con su hermano Numa Pompilio Castro, decidieron explorar el tapanco que su padre tenía en la parte alta de la biblioteca y que estaba un tanto vetada para ellos.

“Aprovechando que mi papá cada vez tenía más ocupaciones y que nos dejaban libres en la casa”, dice Carlo Antonio, “tomamos una escalera móvil que comunicaba con esa parte de la biblioteca y la exploramos. Nuestra sorpresa fue el habernos encontrado una espléndida colección de Las mil noches y una noche, traducida por lo general como Las mil y una noches —aclara—. El encuentro con esos libros fue maravilloso y quedamos impactados.”

La felicidad consiste en poder escribir cada día algo nuevo.

El encuentro con Augusto C. Sandino

Su padre, don José Cipriano Castro Bernal, fue un demócrata y luchador social. A sus 33 años fue presidente del Comité Sandinista Santaneco (1928) e influyó también en las ideas sociales y políticas de Carlo Antonio Castro. Su padre era amigo del General Augusto C. Sandino y un día lo recibió en su casa de Santa Ana.

“Tenía yo dos años”, dice Carlo Antonio, “y él venía de Mérida, Yucatán, buscando integrarse a Nicaragua para luchar en contra de los yanquis y de Anastacio Somoza García o mejor dicho de los Somozas, porque fue una pluralidad de cerdos. Según me contaron los mayores, Sandino se hospedó en la casa de mi padre. Yo tenía un caballito de madera de esos de mecedora, muy bonito en donde me gustaba estar. Sandino me vio una mañana que estaba en la mecedora y me dijo: ‘Venid niño, súbete aquí a mi pierna’, y me agarra y me pone a hacer el caballito en su pierna. Eso, naturalmente, yo no lo recordaba, pero me lo dijeron que así había pasado, sobre todo porque fue en 1944, cuando ocurrió la gran traición que Somoza le hizo a Sandino”.

La vida es sucesión. Lo mismo que la muerte significa sucesión de la vida.

Su encuentro con Jalapa

Castro llegó a Jalapa procedente de Chiapas, a una invitación del también antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán.

“Él tenía una serie de clases comprometidas, pero lo invitaron a ser rector y me pidió que lo supliera. En lo que después sería la Escuela de Antropología, un 6 de febrero de 1958 empecé mis clases de Ecología, Problemas de las Comunidades Indígenas y Negras de México, y Antropología Física”.

Durante cincuenta años Carlo Antonio Castro consagró su actividad académica a la Universidad Veracruzana, quien le reconoció su gran esfuerzo y le otorgó el Doctorado Honoris Causa el 8 de septiembre de 2004.

En la charla, el antropólogo comenta que ese fue un momento muy grato en su vida, superado quizá por el momento en que recibió el Premio Chiapas en la Ciencia, en 1988, por el ingente trabajo realizado entre los tzeltales y tzotziles de Chiapas.

“Ahí me había empleado a fondo en todo lo que sabía y en todo aquello de lo que estaba preparado. Los tzeltales fueron mi devoción, para ellos escribí textos, silabarios, cartillas, traduje el Himno Nacional Mexicano, hicimos varias ediciones, entre ellas una que se agotó y que ni yo mismo tengo, y que era un cuadernito muy bonito por cierto”.

La charla fue larguísima. Me habló de sus investigaciones antropológicas, de las satisfacciones académicas, de la explorada vena poética. Me mostró fotografías, cartas, manuscritos en los que estaba trabajando.

“Todos los días me pregunto en lo que hice en los años anteriores y en lo que me falta por hacer. Cada día me preocupa si de verdad he aprovechado al máximo lo que mi padre y mis maestros me enseñaron y cada día pienso también en cómo voy a invertir el día que viene mañana”.

Así, vehemente, obsesivo, convencido del papel intelectual histórico que le tocaba cumplir, Carlo Antonio Castro no descansaba. Su monumental obra lo ha inmortalizado no sólo en Jalapa, Veracruz o México, sino en la cultura universal.

La palabra es la dinámica de todo hecho cultural. Sólo mediante la palabra podemos absorber lo que la cultura nos dice, porque la lengua es el vehículo glótico, formal, de la cultura y la lengua está hecha de palabras.

Carlo Antonio Castro en 12 frases:

—La vida es sucesión. Lo mismo que la muerte significa sucesión de la vida.

—Los amigos son como mirarnos al espejo.

—La familia es el amor.

—La felicidad consiste en poder escribir cada día algo nuevo.

—La soledad es meditación.

—La tristeza es absolutamente necesaria en algún momento de la vida, porque si uno se acostumbra a la felicidad pues ni siquiera se da uno cuenta de que es feliz.

—La realización humana es cumplir con las metas que te propones.

—El ser humano es indescifrable.

—La comunidad es algo que deberíamos tratar de conservar sana, muy completa, independientemente de los politiquillos y de los politicones.

—La palabra es la dinámica de todo hecho cultural. Sólo mediante la palabra podemos absorber lo que la cultura nos dice, porque la lengua es el vehículo glótico, formal, de la cultura y la lengua está hecha de palabras.

—Como dice Heidegger, la palabra es la casa del ser… Sin la palabra no se es. El ser humano debe tomar la palabra, debe conceder la palabra para ser y debe escuchar la palabra para ser, todavía más, ser humano. Si no escuchas a los demás estás en quiebra.

—La poesía es el punto más alto de la relación palabra-ser humano… Los poemas son productos insustituibles para vivir.

Punto y Aparte, Xalapa, 15 de abril de 2010.

 


CARLO ANTONIO CASTRO nació en Santa Ana, El Salvador, el 18 de julio de 1927; murió en Veracruz el 11 de abril de 2010. Narrador, poeta y traductor de lenguas indígenas. Radica en México desde 1938. Estudió ciencias biológicas y química en la UNAM; etnología y antropología social en la ENAH. Ha sido catedrático en la Escuela de Antropología de la Universidad Veracruzana; director y redactor de Sk’ oplal te Mejilkolum. Premio Chiapas 1988 en la rama de ciencias. Doctor honoris causa por la Universidad Veracruzana en 2004. Su obra más reconocida es una novela nutrida de sus profundos conocimientos antropológicos de los indígenas tzeltales: Los hombres verdaderos (Xalapa, 1959). Pero también destaca como poeta: Íntima fauna (prólogo de Ermilo Abreu Gómez, Xalapa, 1962); Mago del idioma (compilación de Fradique Danilo Castro Vargas, Xalapa, 2013).

Esta entrevista fue publicada en Punto y Aparte, Semanario de Información y Análisis, que dirige el periodista Froylán Flores Cancela, el 15 Abril de 2010.