Ignacio Martín-Baró: “Rubén Darío, entrevisto” (ensayo)

Una brillante aproximación literaria al otro Rubén Darío, el poeta angustiado, el “de las visiones alcoholizadas, el de las brumas y anhelos escondidos”, por uno de los mejores ensayistas salvadoreños del siglo XX.

Ignacio Martín-Baró
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

Rubén Darío, Cantos de Vida y Esperanza, I

Empezar por una confesión sincera puede ser descorazonador. Y, sin embargo, a fuer de honrado, yo he de reconocer que nunca pude leer a Rubén Darío de frente. Demasiado sonoro, demasiado abierto a brillos escogidos. Soy hombre de tierra parda y seca, y Rubén al desnudo me saca de mis casillas. Sólo que considero que ese Rubén es falso, es el que se ha fabricado para antologías y actos públicos conmemorativos: un Rubén de decoración, al que le falta el latir de una vida. Y con eso se nos escapa el verdadero: el Rubén de los ahogos y de las visiones alcoholizadas, el de las brumas y anhelos escondidos. El que ni retumba ni acompasa. Un Rubén desvaído por sensaciones flotantes. Por eso, para mí, a Rubén no se le puede ver; Rubén sólo admite ser entrevisto.

* * *

Sueño, vaguedad, escapismo, ambigüedad, infinito: ya tenemos la pantalla de una vida. Y, plasmado como duro relieve en ella, un hombre de cuerpo recio, cuyos ojos han bebido la policromía agonizante del calor de su tierra y por cuya carne han corrido todos los temblores de una fantasía tradicional, anclada en su casa y en su infancia.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto.

A Rubén le duele la vida, tal vez —paradoja humana— porque lleva demasiada vida en sus venas nicaragüenses. Se ha dicho que Rubén es una síntesis superada de parnasianismo y simbolismo. Pero, ¿cómo se aparecería ante sus ojos de poeta alucinado por el color, esa ansia de Gautier del arte por el arte? El parnasiano desliga lo bello de toda implicación humana, rebajada al sentimentalismo por los últimos románticos. Mas Rubén, como hombre de tierra tropical, lleva en su ser a un romántico en potencia. Sólo así se comprende que pueda compaginar a un Hugo con un Leconte de Lisle. La pretención de edificar una estética más allá del bien y del mal tiene que desgarrar a Rubén. Por eso, su ideal de pureza en lo bello se diluye en un dolor de existir, y queda vislumbrado a través de un velo de sensaciones. La poesía no es una Venus clásica, límpida y silente: es, más bien, un sumergirse en la propia intimidad, adolorida, vaga, a la que el alcohol adormece y matiza. Baudelaire lo había expresado con palabra justa:

Comme de longs échos qui de loin se confondent
dans une ténébreuse et profonde unité,
vaste comme la nuit et comme la clarté,
les parfums, les couleurs et les sons se répondent.

Rubén comulga con los simbolistas. La belleza no está desligada del propio ser, sino que hay que buscarla en uno mismo. Se preludia la búsqueda de lo consciente a través del inconsciente. Por eso, buscar lejos, llevado de la mano por la evocación de un ansia personal.

…no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Surgen lagos y cisnes, princesas y castillos, flores exóticas y dulces ojos azules entresoñados. Sus versos se llenan de armonías ignota. La musicalidad se pliega al sentimiento. El ritmo, la cadencia, se identifica con la palabra liberada. La pintura de Redon, traduce el sonido en suaves líneas onduladas. Las columnas de Gaudí se retuercen en espasmos acompasados. La palabra de Rubén es música y color, al mismo tiempo, porque es una palabra sentida y, más que sentida, entrevista. Los colores de su tierra patria se mezclan a los colores doloridos del alcohol. Rubén fue, así mismo, un continuo alcoholismo de música y colores. Espacio y tiempo se confunden. Lo lejano vuelve una y otra vez a la evocación angustiada:

Scherezada se entre durmió…
El Visir quedó meditando…
Dinarzada el día olvidó…

Mas al pájaro azul volvió…
Pero… No obstante… Siempre… Cuando…

* * *

Miro un retrato de Rubén en su lecho de muerte: todo su rostro se concentra en sus labios gruesos, abiertos a un aire último que se le escapa. Sus ojos cerrados se sumergen en una oscuridad reposada. Nos dicen que pasó cinco días de alucinaciones continuas: el mundo entrevisto aflora a su carne. Rubén hace carne su propia poesía:

y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos…

* * *

Este es el Rubén que me habla, el Rubén que yo entiendo. Entonces, sí. Rubén poeta de la Hispanidad, poeta de la raza… Pero, primero y en él, Rubén poeta entrevisto:

Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto Ideal duerme en la sombra.

Estudios Centroamericanos (ECA), San Salvador,
1967, Vol. 22, No. 226, pág. 444-445.


IGNACIO MARTÍN-BARÓ (Valladolid, 7 de noviembre de 1942 – San Salvador, 16 de noviembre de 1989) fue un psicólogo y sacerdote jesuita español, radicado en El Salvador, donde fue responsable del departamento de Psicología y Educación y Vice-Rector de la Universidad Centroamericana (UCA), que aloja el prestigioso instituto de opinión pública que fundó, el IUDOP. Autor de una docena de libros de psicología y comportamiento social, fue también un fino ensayista de temas literarios, psicológicos y sociales, que muestran una amplia curiosidad crítica por los temas de la cultura pop, el cine y la sexualidad. Parte integral de la cúpula de pensamiento científico social jesuita que lideraba la UCA, fue asesinado en noviembre de 1989 por un batallón del ejército salvadoreño junto a los también jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, y Joaquín López y López, además de una trabajadora de limpieza, Elba Ramos, y su hija, Celina.

Para una lista completa de sus publicaciones en libros y medios periódicos ver: Bibliografía de Ignacio-Martín Baró.

Fotografía: Rubén Darío en su lecho de muerte, Fundación Enrique Bolaños.