Carlo Antonio Castro: “Íntima fauna” (poesía)

El antropólogo, lingüista y narrador salvadoreño Carlo Antonio Castro (Santa Ana, 1927-Veracruz, 2010) se consideró siempre, ante todas las cosas, un poeta. Esta muestra, con una introducción de Ricardo Bogrand, es extraída de su más conocido libro, Íntima fauna (1962).

Carlo Antonio Castro
Introducción de Ricardo Bogrand
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

Introducción

La primera noticia que tuve de Carlo Antonio Castro fue cuando encontré, en 1960, en la vieja biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en las calles de Moneda en la Ciudad de México, algunos de los volúmenes de la serie “Papeles de la Chinantla”, producto de una importante investigación etnográfica realizada por Carlo Antonio Castro, en colaboración con el recordado antropólogo Roberto J. Weitlaner, en comunidades indígenas chinantecas. Después, en conversaciones con compañeros y amigos, o maestros y estudiantes de antropología, en las tertulias entre clase y clase en el café Moneda, punto de reunión obligado a pocos pasos del edificio colonial que albergaba entonces a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), encontré el nombre de Carlo Antonio Castro, con el correr de los años, en más de alguna publicación de la Universidad Veracruzana, especialmente en las páginas de la revista La palabra y el hombre, de cuyo Comité Editorial fue miembro titular.

A fines de 1992, con motivo de la conmemoración del V centenario del “Encuentro de dos mundos”, como también se le ha designado al llamado descubrimiento de América, nos encontramos con Carlo Antonio Castro en la Universidad Veracruzana. Varios miembros del Colegio Mexicano de Antropólogos y de la Sociedad Mexicana de Antropología viajamos desde la Ciudad de México hasta Xalapa, y junto con los colegas de la UV, organizamos y presentamos un coloquio. Aunque habíamos intercambiado alguna correspondencia y algunos libros, no conocíamos personalmente a Carlo Antonio.

Carlo Antonio Castro Guevara nació el 18 de julio de 1926 también en Santa Ana, El Salvador, como Serafín Quiteño y Pedro Geoffroy Rivas. Se vio obligado a emigrar junto con su padre y el resto de su familia, en 1938, presionados por los conflictivos años de la dictadura martinista. Llegó a la república mexicana el 19 de diciembre de 1938, donde encontraron protección y asilo.

Yo me atrevería a decir que existe no uno ni dos, sino varios Carlo Antonio Castro. El etnólogo y el lingüista; el maestro y el investigador; el narrador y traductor, y también el reconocido poeta. Es muy corta una exposición como ésta para referirme nada más a una de las facetas de Carlo Antonio: la del poeta. Su poesía la encontramos en libros como Íntima fauna (1962), del que ha escrito un importante como detenido análisis V. Antonio Tejeda-Moreno (2000), de igual manera que del resto de la obra de Carlo Antonio Castro. En cambio, de lo muy poco que se ha publicado sobre Carlo Antonio en El Salvador, es Luis Gallegos Valdés (1987) quien dedica, sin mayor análisis, algunos párrafos a Íntima fauna:

Carlo Antonio Castro, aunque su actividad se ha desarrollado en México, ha mantenido vínculos con El Salvador. Íntima fauna (poema, prólogo de Ermilo Abreu Gómez, Universidad Veracruzana, Xalapa, México, 1962), extrae del mundo maya, del silencio maya, el tierno hábitat de sus animalitos como el “tlaquatl cierto animalejo” que dijo Fray Alonso de Molina. Busca las claves vitales de ese mundo, a ras del suelo, de bestezuelas que remueven la maleza tras su alimento, o de aves nocturnas como el búho.

En la edición de abril-junio de 1995 de La palabra y el hombre, Revista de la Universidad Veracruzana, Carlo Antonio Castro publicó “Imagen primigenia”; un extenso poema repartido en catorce sonetos. Se trata de un poema autobiográfico, que arranca desde la niñez santaneca del autor, y, aunque no menciona por su nombre a Santa Ana, sí refiere hazañas infantiles en rincones queridos de la ciudad, como Santa Lucía; parques con sombras de almendros y, sobre todo, algunas personas queridas, como los padres, la abuela, la niñera (la China) quiché venida desde Chichicastenango. Referencias a hechos históricos, como la lucha de Sandino y su “pequeño ejército loco” para echar a los yankees de Nicaragua; la Guerra Civil española, y la masacre de campesinos en Izalco, Juayúa y otras comunidades del Occidente de El Salvador, ordenada por el teósofo ametrallador, el dictador Maximiliano Hernández Martínez. Al final, en el soneto número 14, el abandono obligado del país, y el encuentro con el padre en tierra chiapaneca, en el hospitalario y seguro territorio mexicano. Son catorce sonetos creados con maestría, con seguro manejo del arte de la rima. El poeta buscó la forma más difícil de escribir una autobiografía. Me recuerda un poco, aunque en un contexto bastante diferente, el poema autobiográfico de León Felipe, quien escogió la posiblemente más flexible y cómoda vía del verso libre.

Se la puede ubicar geográficamente a la mayor producción literaria y poética de Carlo Antonio Castro, sin mayor análisis, en los estados mexicanos de Chiapas y Veracruz, en donde ha permanecido más tiempo, dedicado a la investigación antropológica. Desde finales de la década de 1950 reside en Xalapa, ciudad capital de Veracruz, dedicado a la investigación y la docencia universitaria. Sin embargo, la nostalgia de la “ciudad morena”, Santa Ana, siempre lo ha acompañado, de ello dan testimonio diversas piezas literarias, elaboradas con una fresca prosa poética, que enmarcan pasajes de la vida cotidiana santaneca, sin faltar personajes del barrio y, sobre todo, el reiterado tema familiar de los años de infancia. Aunque, como se anotó, los poemas relacionados con la ciudad natal se han publicado en La palabra y el hombre, también han aparecido en la revista Cultura de El Salvador, cuando era dirigida por Claudia Lars. No he hablado de la también excelente narrativa y de otras obras poéticas de Carlo Antonio Castro.

Ricardo Bogrand
“Señas de identidad: tres poetas y una ciudad”
La Colmena, #47, julio-septiembre, 2005, Toluca, México

Poesía de Carlo Antonio Castro

Tímido Ulises

I

Penélope de siempre,
araña araña
las arenas del día,
las aguas
de la noche.
La tela de la vida,
la de la muerte,
araña.

Ósculo aéreo,
palpitación
de miembros,
la tejedora
va, viene, separa
fosos,
ventanales de espera
—bordados de vacío
poliédrico—
abismos ansiosos.

Vientre que se recrea,
glándula y pinzas
prodigiosas: telas
de maravilla,
apenas asomantes,
casi intangibles,
delicia
de la yema que explora
arácnidas culturas.
Penélope es la araña.

II

Invitación estética,
la muerte aguarda
(no hablemos de la vida)
estática.
Incansable.
Lo que se obtiene es siempre
producto de una espera,
de una ansiedad reflejo,
de una resurrección
moribunda, laboriosa
ociosidad,
atávico arte,
urgencia abdominal.

El arácnido paso
recrea
a cada tramo, hilo por hilo,
la trama entera:
Beso del aire
con la savia animal,
la sabia araña
-la que teje
testifica.

La araña araña
el vuelo de los hilos
temporales y eternos:
poda
las flotantes rebabas.
geométrica
gravitación precede
su atenta vigilancia,
devoradora de segundos
y de terceros.

III

La biología
(no hablemos de la historia)
deja caer la ingrávida
ceniza de las moscas;
y la noche,
su manto azul oscuro
remendado,
zurcido con cien hilos
y puntos blancos
o amarillos.

Hay como un arañar
más sutil,
de mas cosquilleante
sabiduría:
el arañar del agua
—luna y nube—
nocturna:
cubica matemática
infinita.
Las lucidas puntadas
del sereno
visten helados paisajes
en la tela de araña.
Liquidas perlas
hacen carambolas
con el iris,
con la estrella,
con el sol que despierta,
con el canto del gallo,
con las ubres calientes,
con los pasos primeros
—bostezantes—,
con el niño
del tiempo,
con el insomne anciano
que busca y quiere asir
-y no se atreve la
tela del instante
que sus ojos araña,
que hace de la suya
mil caras
pasadas.
Tela de la pequeña
araña:
agua, luz y madrugada.

IV

Sé que he perdido el tiempo
(ganado eternidad)
contemplando,
poniendo a secar
esta mojada tela.
Sé que el tiempo he perdido,
confuso Ulises,
mosca verbal,
golosa, tal vez, de la basura
de las palabras.
No sé si tuve
atisbos perdurables.

De todos modos
un ocioso arañar ha precedido
mi caída y mi perdida,
mi arácnido sudario,
tela :
Penélope araña eternamente
el tiempo.

Soy un Ulises que no encuentra
senderos.
Y me he perdido,
hoy,
en el milagro de una araña
matutina :
tejedora de siempre,
presentida Penélope.

 

Vuelo de los Nahuales

Para Claudia Lars y Aurora Reyes,
en prenda de admiración y afecto.

I

Tiempo de la derrota cotidiana,
el sol, agónico, vencido,
esconde grave cuatrocientos fuegos:
Cede la llama, fugaz sabiduría,
al agua oscura de la Luna Madre;
no se advierte si duerme moribundo,
o si nuevas vigilias imagina;
si es el inefable resurrecto
—buboso original—
o astro sucesivo;
una sola, fatal criatura sabia
apenas lo diría: la de senos
reptantes, la de lengua
gemela, la de tétricos
ojos que ve sin la mirada,
que adivina rumores
y no escucha;
la que atiende los partos de la hierba
y atesora
los años en el fondo
del cuerpo:
la serpiente.

Lapso de sueño y fe,
solar reposo de los ojos negros,
dominio de la Madre
de animales y hombres,
dueña del cielo,
de la tierra,
del polvo,
aire.

Duerme su muerte el sol en el abismo.

II

El mono es la figura caprichosa
—ni hombre ni animal—
de un antiguo fracaso de los dioses;
vástago de árbol, ríe, contorsiona
siluetas sin descanso,
aprisiona los gestos de los otros,
salta, sube y baja, ríe
nuevamente, discute, despotrica,
se prenda de la fruta
o de la estrella;
cavila, ríe
otra vez de buena gana,
entrelaza su rabo con la cola
fraternal, receptiva
de otro mono, mona,
o con la rama;
expresa sus humores
más íntimos, difiere
de todo cuanto ríen
o promulgan
sus hermanos mayores,
menores, o extraños;
ríe, ríe, sin humor,
una caricatura
de la risa
vegetal.
Es él quien prefigura
la alegría sin suerte.
Imita cuatro movimientos cuatro.

III

Cambia el testigo…
Veamos si en el agua
de lluvia,
o en la poza,
o en el ojo
que mana
logramos, ahogando
las voces,
su rostro adivinar.

Cielo animado,
severo,
nocturno
rival del sol,
sombra estrellada,
garras, colmillos; legendaria visión
de muerte intensa, suerte de brujo,
códice de sangre, señor rojo, voz
de una lengua inexplorada, sacerdote
de rito antiguo, perfil de dioses indios,
filósofo del ara, muerte
que vive es el jaguar; bajo la luna,
el follaje, el sereno, se desplaza;
piensa, busca, sacrifica,
huye del alba, se oculta tras la Madre;
nunca ríe, sus ojos el divino
desprecio reflejan. Enemigo
de burlas y gracejos,
el jaguar es árbitro, juez
nocturno.

IV

Los viejos hombres heredaron
los temores lunares, las pieles
de veinte jaguares veinte
y crearon un cielo;
después sus voces alumbraron versos
y sus miembros rasgaron una danza,
y tomaron la arcilla de sus cuerpos
para hacer oracione
y lanzarlas, fugaces,
más allá de la noche.

He aquí que, varones,
venidos de mujer,
olvidadizos,
recreados creadores,
temieron y adoraron al jaguar
de los cielos vivientes,
sin dejar de reírse del mono,
festejar sus piruetas,
dedicarle los trozos de su barro
y su tiempo
sangre.

V

Mono y jaguar
—nahuales—,
risa y voraz sentencia:
el indio en mil silencios trenza el día,
abre la noche;
siembra su carne cotidianamente.
Mientras duerme se ausenta en pos de su alma.
En las ondas del sueño
encuentra hondas
venturas; las raíces
del hombre desentierra:
Aquí el mono,
allá el jaguar… (Los demás
animales expresan
una suerte o la otra).

Y en el cielo del indio
—hecho de la vigilia
original—
alienta el brujo
jaguar; el búho canta
en su techo nocturno; ríe el mono
en el árbol estéril.

Duerme su vida el sol en el abismo.

Azofara

A Colombia y Patricio

I

Leoparda torre
nerviosa,
oteadora atalaya,
eréctil eminencia,
noble catadora
de horizontes
verticales.

Torre inquieta,
erguida piel,
alta cuesta,
golosa gustadora
de las hojas solares.
Rigurosa normal,
acromegálica jirafa,
esbelta, sin embargo,
paradójica,
vecina del neumático
rinoceronte…
Te asomas por encima
de tu propia torre,
respiras
la acacia del viento,
tu lengua se anima,
vierte matices negros.

Dicen los masai
que la jirafa
primordial
quiso beber el agua
de una nube,
que la nube subía, subía
por los pisos del cielo,
y la intensa azorafa
ya no pudo
contraer su fascinado
cuello;
los tetela aseguran
que la bestia elegante
quiso en tiempos ser árbol
(¡quizá lo haya logrado!).
Serio me da mi dómine
de zoología
unas explicaciones
sin ángel, sin encanto:
el número de vertebras,
por ejemplo, es el mismo
que tu y yo tenemos
en el cuello.
¡Nada raro!
Vertebras del Greco,
ingrávidas.
Enhiesta,
maculada dama,
vida en ristre.
A mí se me ocurre
que en Toledo
deberá sembrarse
un jardín de jirafas.
(Dejo escrita mi idea
para cuando resucite
España).

II

Ha culminado en México,
total,
pródigamente,
un amor de jirafas.
Nace,
con prohibición del tránsito
en el parque,
espectadores fidedignos,
consejos
de africanista,
una elegante torrecilla
animada. Hábilmente
proyecta
sus flexibles patas,
líquido vital resbaladizo
la baña. (Se imaginan
palabras en oromo,
en suajili, en zulú,
y se recuerda una
que otra
en clásico árabe
—zalamerías—
para expresar
albricias, parabienes
a la madre vertical,
alta matrona,
azorafa.)

Señora jirafa del bestiario,
progenitora
de una menor infanta mexicana:
Recibe mi entrañable
adhesión estética,
africana azorafa del bosque
de sacros ahuehuetes.

III

Esta jirafa
del altiplano,
nacida aquí con igual
vocación de torre
que su madre,
por encima de cercas
estirará el paisaje,
cultivará horizontes.
mascará sus memorias
(no escribirá nunca),
sus acacias:
visitantes mayores
la verán sin hondura;
ella,
túrrida,
grave,
gravitará.
Mínima jirafa
de Chapultepec,
te rodea
la admiración de los niños
que me acompañan:
despiertan
magnificas cabezas;
cada uno calcula
tu edificio,
desciende por el cuello
tobogán,
se detiene
en la loma del lomo,
cuenta
las manchas, busca
los pardos trazos
de tu piel pradera;
se ve jinete
—corcel arisco—,
corre ensimismado
paso a paso,
lenta la visión
descubridora.
Me preguntan tu nombre.
Que te llamas
—aclaro— jirafa.
(La “deleitosa”
que diría
rudo el árabe
de jotas variadas.)
El niño mexicano
así te entiende.
Pero, ¡ay!,
están unos señores
boquiabiertos
—de los que comen moscas
y no se maravillan—
más allá del alambre,
miran una vez
y vuelven a mirar
sin entender
nada.
Hay uno que confunde
los términos: llama
“camello” a la jirafa.
La dueña de la torre
indignada
le vuelve grupas,
señera azorafa
señora.

IV

Animal de altura,
ahora
más que antes,
jirafa de altiplano.
Juguete
de los dioses
negros,
del país de leones
árbol de asombro;
los niños mexicanos
ya conocen
esos ríos geométricos
que abren cauces
misteriosos
en tu piel,
que forman charcos,
bautizándote.

Una azorafa nace:
Se levanta una torre,
se alza un obelisco;
el niño aventurero
aprende a andar en zancos,
eleva su alma.
Jirafa,
¡oh, perpendicular
azorafa esbelta
de Chapultepec!

(En el Bosque de la Ciudad de México,
y en Huamantla, en ruta a Veracruz.)


CARLO ANTONIO CASTRO nació en Santa Ana, El Salvador, el 18 de julio de 1927; murió en Veracruz el 11 de abril de 2010. Narrador, poeta y traductor de lenguas indígenas. Radica en México desde 1938. Estudió ciencias biológicas y química en la UNAM; etnología y antropología social en la ENAH. Ha sido catedrático en la Escuela de Antropología de la Universidad Veracruzana; director y redactor de Sk’ oplal te Mejilkolum. Premio Chiapas 1988 en la rama de ciencias. Doctor honoris causa por la Universidad Veracruzana en 2004. Su obra más reconocida es una novela nutrida de sus profundos conocimientos antropológicos de los indígenas tzeltales: Los hombres verdaderos (Xalapa, 1959). Pero también destaca como poeta: Íntima fauna (prólogo de Ermilo Abreu Gómez, Xalapa, 1962); Mago del idioma (compilación de Fradique Danilo Castro Vargas, Xalapa, 2013).

RICARDO BOGRAND (1930-2012). Pseudónimo de José Antonio Aparicio. Antropólogo y poeta salvadoreño, radicado en México, donde fue catedrático en la Universidad Intercultural de Chiapas, con sede en San Cristóbal de Las Casas. Es autor, entre otras obras, de los libros de poesía: Perfil de la raíz (México, 1956); Poema de amor a San Miguel (1956-1957); Las manos en la calle (1964); La espuma nace sola (San Salvador, 1969); Alianza de mis manos (1970); Poemas en homenaje a Claudia Lars (1972); Figuras en la arena (1988); La sangre desterrada (2002); y Cuaderno del 94 (2010).

Fotografía: Carlo Antonio Castro en su juventud, en Santa Ana.