Evelyn Galindo: “Otras muertes” (cuento)

En este lúcido cuento breve sobre la cotidiana relación entre nuestra memoria y la historia, una mujer descubre una conexión con los fantasmas de su pasado al establecer comunicación a larga distancia con su madre.

Evelyn Galindo
La Zebra | #5 | Mayo 1, 2016

Mi mamá me habla desde El Salvador; está agitada, alterada. Alguien le había desvalijado los marcos de fotos de familia colocados sobre un estante determinado. Ella los había vuelto a acomodar sólo para descubrirlos más tarde organizados con vehemencia en una línea recta forzada, como un reto a su gusto decorativo. El motorista había negado, tartamudeando, haber tocado los cachivaches de la casa. De ahí, fue el árbol de Maquilishuat el que se había convertido en una molestia. Mi madre dijo que su fragancia discreta se había transformado en un vertiginoso olor de orina que impregnaba la casa. El jardinero culpó las fuertes lluvias de la temporada y la tierra ácida.

Me fijo en el trasfondo; allí skypeados están los mismos cuadros y el gran espejo dorado en que me miraba durante mis vacaciones escolares. Son las mismas almohadas bordadas a mano y los mismos muebles de madera hechos por un artesano con venta en el camino a Juayúa. El comedor es el único espacio que se mantiene cerrado, ensimismado en sombras oscuras que se niegan a narrar el pasado. La casa es un archivo que documenta las huellas del pasado. Se fue convirtiendo en un espacio sagrado con la muerte de mi abuela. Los armarios todavía llenos de su ropa han aguantado bien el polvo. Las maletas, cuyas cremalleras selló la última vez las manos de mi abuela, aún duermen sin que nadie las moleste.

Durante toda esa conversación por Skype con mi madre, noté la presencia de una pequeña silueta insólita. Era como un recuerdo perdido que me eludía pero que me despertaba una serie ilógica de fragmentos; las baldosas rotas en SuperSelectos, un vendedor de cintas piratas, un estante de metal oxidado donde había encontrado una copia carcomida de Cujo de Stephen King y el olor amarillo de Baygón.

A partir de ese día notamos un aumento de interferencia de otras voces durante nuestras llamadas. Aparecían murmullos que contestaban preguntas que ninguna de las dos habíamos planteado. Las voces se hicieron cada vez más agresivas forzando nuestras palabras a agacharse en cuclillas de silencio y, sin embargo, en ningún momento discutí la presencia directamente con mi madre. Supongo que esto se debía a que aunque su energía era violenta, nunca sentí que fuera malévola. Su mensaje de ruinas sin nombre tenía algo melancólico que me calmaba y en lugar de ver como anormales aquellos acontecimientos domésticos, mi madre tenazmente atribuyó éstos al deterioro social, a la contaminación de la ciudad y a su propia mala suerte.

Con el tiempo, llegué a entender que la presencia tenía un vínculo no sólo con la casa, como había pensado, sino también conmigo. Y como no le tenía miedo, más bien al contrario, me había encariñado con su picardía, la empecé a buscar yo debajo de los colchones y en todos los rincones de la memoria hasta que por fin nos hallamos mutuamente reflejadas en una vitrina de cristal antigua. Reunidas de nuevo, la presencia y yo conllevamos este estado de incorporeidad, expulsadas del presente tangible, pero aprovechándonos bien de nuestra inmaterialidad. No nos rigen las reglas de lógica ni la realidad unívoca que sujeta a los demás. Entre la diáspora que nos separó y nuestra recuperación del presente, queda una fantasía infinita por vivir.

 


evelyn_galindoEVELYN GALINDO-DOUCETTE es una escritora que se unió a la extensa diáspora salvadoreña durante la década de 1980. Especializada en literatura y otras expresiones culturales, es candidata al doctorado en Lengua Española por la Universidad de Wisconsin, donde también obtuvo sus títulos de licenciatura y de maestrías. El ámbito de su investigación entronca la historia y la cultura de Centroamérica, en particular las de El Salvador. Su tesis adopta un enfoque multidisciplinario para examinar las construcciones de la memoria y los derechos humanos en la producción literaria y cultural de la posguerra, incluyendo monumentos, conmemoraciones, el uso de los espacios públicos, las obras de artes, el graffiti, la ficción narrativa, el testimonio, el cine y las artes escénicas.

Fotografía de portada: Fantasmas de Jorge Ávalos.