Miguel Ángel Espino: “La sombra de un amor” (cuento)

Desde su primera edición en 1942, “Hombres contra la muerte” fue una novela censurada por sus ideas, pero durante décadas su pasaje más controvertido fue el que presentamos ahora: sobre una mujer en completo control de su propia sexualidad.

Miguel Ángel Espino
La Zebra | #5 | Mayo 1, 2016

Pocos escritores de renombre en El Salvador han sido tan censurados como Miguel Ángel Espino, el autor de la primera gran novela salvadoreña, Hombres contra la muerte, prohibida e incinerada por el presidente Jorge Ubico de Guatemala al ser publicada allí en 1942. Esta novela de ideas y de acción, que contiene una poderosa crítica a los imperialismos económicos y culturales, tampoco vería una edición salvadoreña sino hasta 1974, una década después de la muerte de Espino. Plena de debates históricos y repleta de escenas de violencia, también es célebre por la franqueza sexual de este pasaje sobre Leona O’Reilly, la hija de un irlandés productor de caucho en Belice, en una escena que culmina con un orgasmo femenino en medio de la selva.

Leona O’Reilly sabe que al pasar deja la esclavitud, sabe que los negros y los indios siguen su marcha, con los labios abiertos de deseo, hasta que se pierde tras la curva de los caminos, y sabe también que por muchas noches, estos hombres que conocen los secretos de la brutalidad, y las torturas de no tener una hembra, la soñarán como una aparición de cabello dorado, como un placer que está más allá de la punta de sus machetes, más allá de la fuerza primitiva, más allá de sus alaridos y de sus maldiciones. Lo sabía antes de que un indio loco, borracho, llegara un día, ante la estupefacción de la peonada, frente a su puerta, y con un cuchillo filoso se tasajeara, en un delirio sensual, la carne de los brazos y del pecho, hasta hundirse la hoja en el corazón.

—Niña Leona, niña Leona…

Esa escena imborrable la acompañaba como una sombra cuando desfilaba frente a los vaqueros y los amansadores, más que como un reproche o un arrepentimiento, como una especie de deleite satánico, como una especie de ferocidad, que se le subía a la cabeza y le hacía más adorables los ojos.

—Cuidado con los negros —le decía con frecuencia la madre, que vivía pensando por aquella belleza arisca que a ella misma la envanecía. Hay que tener cuidado con los negros…

Pero su defensa era la hermosura, una hermosura que inmovilizaba a los nativos y desesperaba a los blancos. Que desesperaba a todos, menos a Ramiro Cañas, que no deseaba soñar y que tenía un compromiso con sus ideales de maestro de escuela arrojado del aula, de ofrecedor de lecciones libres, de revelador de sentimientos, que tenía su escuela en las galeras desmanteladas de las barracas, ante un grupo de cortadores idiotizados por la violencia de aquel trajín que los despojaba de toda necesidad que no fuera de comer, dormir y hacer astillas los troncos centenarios.

—Perdón, señorita…

—¿Qué…?

No se tambaleó ante aquella luz que hacía bajar la cabeza a los más rudos. Sintió una felicidad extraña que le entraba por los oídos. No había duda: era la misma voz que escuchara por entre el bosque, en la quebrada: eran las tres palabras regresando.

Sereno, musculoso, correcto, con el sombrero en la mano, resistiendo su mirada. Fuerte, como si le hubiera desprendido el chaparrón del tronco de un quebracho. No le temblaban los músculos de la cara, como a los demás. No apretaban los dedos de la mano, como los demás, no disimulaba el temor con los pies inquietos. Tenía la voz firme. La voz era concentrada y recia, con matices de hombre que está acostumbrado a hablar para los niños.

—¿Será difícil hablar con míster O’Reilly? Quiero comprar una partida…

—No sé. Pregunte en la casa.

—Gracias…

Lo importante de aquel día fue que había encontrado una voz para cantar las penas de su corazón.

* * *

Día y medio duraba la travesía desde la montería situada “en un lugar de Belice” hasta Banco O’Reilly. Pájaros de todos los colores y de todos los trinos endulzaban las penas de los remos. Los arrastradores iban felices. Cambiar de paisaje es como sufrir menos. Además, la distancia entre los dos puntos significaba clima mejor y el olvido pasajero de las inclemencias del corte. Ya no era la rabia del ramaje. El panorama del río tenía otros tonos y hablaba a los corazones encallecidos, de ternura insospechada. El Banco estaba dormido en la orilla, apretado entre el sol y la onda.

Ramiro comandaba la flota de hombres que no podían cantar. Aquellos hombres no podían cantar. No era la aventura de otros ríos, bajo otros cielos, de bandidos o de mercaderes que se entienden con la vida por el lazo de la música, entregando sus tristezas o pidiendo nuevas alegrías. Los hombres de la flota que comandaba Ramiro Cañas estaban acostumbrados a beberse sus amarguras. Por eso tenían la cara fría, terrosa, sin tumultos. Vivían para adentro y morían para afuera. Eran por fuera una tristeza y por dentro una sed.

Sólo el capitán de aquella guerra contra el ancestro sentía tempestades desconocidas en la carne. Sólo él sabía que para caminar por el mundo era necesario amar la vida, amarla como amante, para pedirle sus secretos y arrancarle sus placeres. Contaba con una fuerza que estaba dispuesto a utilizarla, para hacer vivir con una nueva emoción el puñado de descamisados que el azar había puesto bajo su custodia. Contaba con la emoción de la libertad, con el ímpetu de la alegría, que tenía en Leona O’Reilly su imagen más ardiente. Si la libertad fuera una diosa, seguramente habría sido como ella, de blanca y altiva. Porque ya no había duda: Cañas se sentía responsable de aquella mesnada descreída, de aquella tribu desilusionada que el destino había puesto en sus manos, para que le enseñara el camino de la fe.

—Por aquí se va al amor —parecía decir con la mano extendida hacia el horizonte.

Leona O’Reilly tenía todos los pájaros de Belice en el pecho. La gracia de su cuerpo quemaba. No era una belleza tranquila, era una belleza de mar, de cosa verde que inunda y ciega. No se le podía dejar pasar, porque ella se quedaba en los ojos y su recuerdo se acostaba en la cama de los leñadores, como un pecado.

Tantas veces llegó Ramiro que míster O’Reilly lo trataba como a un amigo. En cierta ocasión, la casa estaba de fiesta. Un grupo numeroso de extranjeros compartía la hospitalidad del irlandés. Cañas fue invitado, en el momento de saldar unas cuentas, a tomar unas copas. El giro de la plática lo indujo a aceptar. Discutían acaloradamente sobre tópicos de la guerra que hacía crujir la estructura del viejo mundo. A pesar de lo apasionado del tema, el ambiente era cordial. Un caballero, a quien después identificó como William Smith —arqueólogo norteamericano que se ocupaba en desenterrar las ruinas de una ciudad maya recién descubierta, al fondo del territorio, en el centro de una zona inexplorada—, contestaba a las preguntas de un muchacho flaco, distinguido, que pregonaba la misión tutelar de Europa como madrina de la cultura occidental. Se trataba de un periodista inglés en viaje de información por la colonia…

—El arte americano comienza a trabajar con esos materiales, dice usted. ¿Pero qué nos ha dado América?, le pregunto otra vez.

—Me ha dado a mí —dijo riéndose con todas sus perlas Leona O’Reilly, que entraba en esos momentos con una bandeja de copas—. ¿Le parece a usted poco…?

—Hablando de belleza —dijo el periodista inglés—, me parece usted demasiado. Hablando de justicia me parece poco, porque le ha dado a usted todo y a nosotros no nos ha dejado nada… nada más que un poco de whisky. ¿Verdad, Smith? Brindemos ahora por la ciudad maya. Habrá encontrado usted muchas estelas, la vivienda de una princesa, la ciudadela, el templo del sol… Debe ser usted feliz en su reino muerto, ¿no?

—No, porque Leona no quiere verlo. Usted comprenderá que le falta luz…

—Cuidado con mis ojos —protestó Leona, derramando estrellas bajo las pestañas.

Ramiro Cañas no comprendió por qué, aquella mujer de sangre irlandesa y alemana, le parecía en realidad un suspiro de América, como los negros le parecían el dolor de América, como los indios le parecían la paciencia de América.

—América para el mundo —se repitió mentalmente, mientras una sonrisa amarga le marchitó la boca, al pensar en que los cortadores de su ranchería temblaban de paludismo.

* * *

La noche se llenó de cuentos. Un hombre cetrino, esmirriado, refirió que había venido a Belice cuando perdió a sus hijos y a su mujer, devorados por el tigre. Vivía en una estribación de las grandes montañas de Olancho, en Honduras, dedicado a la caza. Había tenido que internarse, que construir el rancho bastante adentro, para que su mujer le ayudara en las labores de descarnar y guardar las pieles, y para no sentir los rigores de la soledad. Un día salió, como de costumbre, con su escopeta y regresó a la vivienda bastante avanzada la tarde. Le extrañó un tanto el silencio que reinaba, pero no comprendió del todo la desgracia que había llegado hasta que vio huellas sangrientas y los despojos de uno de sus perros. Adentro encontró pedazos destrozados del cuerpo de su hijito. Dio gritos llamando a su mujer, corrió al río que pasaba cerca, en donde ella lavaba, y ahí estaba aún la fiera, lamiendo los belfos, cerca del cadáver de su mujer y de los jirones de su hijita. Loco de odio, sin detenerse por el peligro, se lanzó sobre el tigre con un pequeño machete de monte en las manos, y se entabló una lucha feroz, cuerpo a cuerpo, sin tregua, sin descanso, hasta que el tigre rodó vencido por la mano vengativa del cazador que había perdido sus amores y que ya poco esperaba de la vida.

Smith también formó parte en el programa.

—Los ingleses tienen bajo su dominio la cuarta parte del mundo —empezó—. Son unos seiscientos millones de seres que trabajan para conservar la gloria del Imperio… Sucedió que un profesor de Geografía, ofuscado por la misión colonial de Inglaterra, al buscar en un mapa especialmente elaborado para señalar la probable ubicación del Paraíso Terrenal, situado por el autor de la carta geográfica en tierras de Asia, quedó perplejo al advertir que, en un valle, descrito como asiento de la felicidad terrenal, no había más que un simple titular que decía: “Edén”. Quiso enmendar la distracción del geógrafo y puso abajo, con letra segura: “Colonia Británica”. Estoy seguro de que esa noche durmió con la conciencia perfectamente tranquila.

Leona escuchaba sonriente. De pronto, dirigiéndose a Cañas, lo invitó a que contara algo.

—Muy bien, pero mi historia es un poco larga. ¿Son mucho cinco minutos?

—Empiece. Lo escuchamos.

Ramiro Cañas aspiró el hálito de la noche, cargado de esencias impetuosas, se acomodó en el trozo de madera que le servía de asiento y principió. Éstas son sus palabras:

—Sucedió aquí, en Belice, miss O’Reilly. Es algo lloroso, pero es auténtico. Habrá oído usted hablar de los indios que encuentran a la mujer-nube. Pierden la razón y la voz, y nadie la ha descrito jamás. La suponen dotada de una belleza sobrehumana y se aparece a los que transitan por las soledades remotas del bosque. Desde su boca hasta su pie está hecha para el amor, y en la creencia de los monteros representa el amor, precisamente. Se la encuentra después de muchos días de vagar perdido cuando ya se ha renunciado al regreso. Y se la besa una vez, no más, sólo una vez. Pero sus caricias tienen el poder de un incendio. Calcinan, queman, dejan al dichoso que la encontró sumido en el recuerdo, pero nunca más podrá hablar, nunca más volverá a usar la palabra. Algunos han sido localizados, por casualidad, pero ha sido imposible que refieran algo. La voz huyó para siempre de esas bocas. En los ojos alucinados, en la expresión vaga, en la mente obscurecida, han creído interpretar el paso de la emoción más grande que experimentan los hombres. Se les considera en cierto modo dichosos, porque viven adorando el dulce recuerdo, sin compartirlo con nadie. Los niños, cuando están entrando a la adolescencia, suspiran el destino de los que se pierden y conocen a la mujer-nube, que después del beso se disipa entre los árboles.

—Eso es risueño. No veo lo lloroso.

—Lo es lo que está detrás de la leyenda. En realidad, en el trasmonte, donde comienza lo pavoroso de la selva, existen especies de animales y vegetales que se tocan con el misterio. Parece que la verdad es muy distinta de lo que se imaginan los indios. Lo que los extraviados encuentran es un reptil monstruoso, especie de boa, sin veneno en los colmillos. Su modo de atacar consiste en enroscar el cuello y apretar, hasta que el infeliz estrangulado saca la lengua. Entonces la corta de una dentellada y la engulle. No se empeña en matar. Después de eso huye. Se alimenta únicamente con lenguas de animales o humanos. Los que logran retornar dejan allá la razón.

—Por eso creen, entonces, que han visto el amor —dice Smith.

—Sí, por eso. Porque quedan locos.

—Pero locos estaban desde que se les ocurre salir a buscarlo…

* * *

Leona salió del cuarto de madera… Nadie se dio cuenta. La noche con sus constelaciones borrosas le cayó en los ojos. Era un silencio como jamás lo había soñado, con mil motivos musicales que no estallaban, con mil ruidos de seda que se arrastraban. Aquello era mitad luz y mitad música. La tierra respiraba como una mujer dormida. El cielo se había hecho un hombre con ganas de besar. Leona participaba de la onda amorosa. Se dirigió despacio hasta la plazoleta, caminando con pasos de pájaro, llegó al fondo, subió sobre uno de los cúes que afectaba una forma de cono truncado, y sobre la cúspide de tierra apisonada se tendió a ver la inmensidad titilante. Una embriaguez voluptuosa la envolvía, le distendía los nervios, corría por los músculos, parecía ofrecer la boca al amante estrellado. El calor la hizo despojarse del cubridor, y quedó soberanamente desnuda, blanca, sacudida por una lascivia que no entendía. Un deseo sagrado hacía temblar sus carnes de nácar. Los senos le dolían, el vientre jadeaba, las uñas se hundían en los muslos. No se sabía hasta dónde llegaba el cielo y dónde comenzaba la tierra, dónde terminaba la tierra y empezaba el alma de aquella muchacha envuelta en suspiros. Entre las piernas una V de trigo celoso dibujaba las ansias virginales de la doncella sacudida por las furias del trópico. Leona se retorcía, anhelante. Apretó las manos sobre el bajo vientre, crispó la boca, extendió las piernas, se quejó débilmente con un sollozo que era gorjeo de mujer herida por el placer, y se quedó así, sumida en un lujurioso espasmo, en una inmovilidad dichosa, en un frenesí que le llenaba el pecho de plenitud, de estrellas lontanas.

Después de la entrega, aquella mujer, a quien acababa de besar el cielo, sobre una tierra lánguida, aquella mujer solicitada por la noche penetrante de los mayas, se quedó un largo rato sin sentido, arrullada por la dulzura infinita que había entrado a su cuerpo de diosa.

Amaneció con ojeras. Bajo las pupilas verdes, la vida había extendido la sombra de un amor.

 


imagenMIGUEL ÁNGEL ESPINO (1902-1967). Escritor y abogado salvadoreño, perteneció a una familia de escritores, entre los que se cuenta el renombrado poeta costumbrista Alfredo Espino. Un derrame cerebral en 1951 puso fin a su ascendente carrera literaria. Destacó como narrador en Mitología de Cuscatlán (leyendas, 1919), Como cantan allá (relatos costumbristas, 1926) y Hombres contra la muerte (novela, 1942). También es autor de dos libros de poesía: La ciudad visionaria (poesía y prosa poética, inédito, 1936) y Trenes (poesía en prosa, 1940).