Jorge Ávalos: “El arte de inquietar” (editorial)

“Las instituciones culturales del Estado deberían abandonar de una vez por todas los vanos esfuerzos de querer forzar una línea a las artes, de premiar sólo a sus lacayos y de promover con fastos a los héroes de las ideologías de uno u otro partido.”

Jorge Ávalos
La Zebra |
#6 | Junio 1, 2016

Los espacios para las artes se conquistan. Siempre hay una tierra incógnita para los artistas, quienes, en el fondo, son investigadores de un conocimiento más profundo. A través de colores, palabras, movimientos, sonidos, analogías, equívocos, significados y, además, del uso de las técnicas más inusitadas, los artistas traen a la superficie todo aquello que de otra manera quedaría en las profundidades de nuestra conciencia.

La existencia de los mercados del arte podrían hacernos creer que el fin último de las artes podría ser ese objeto tangible que el artista ha hecho visible para la conciencia humana: un libro sin palabras para niños, una danza para el silencio, la canción de cuna para un niño sordo, la pintura al óleo mezclada con arena, una acción artística contra el homicido de jóvenes estudiantes, el haiku sobre el sapo en un estero contaminado, el jarrón de cerámica cocido a 2 mil grados centígrados, la sinfonía para instrumentos de latas y cuerdas reciclados, o cualquier otra modalidad de expresión artística.

En realidad, aparte de sus propias disciplinas, géneros y tradiciones, el arte es siempre el arte de inquietar a la conciencia humana. Es el arte de acercar a las personas, una por una, a la superficie de su particular expresión, nítida como un espejo al principio, pero que se agita por cuenta propia porque algo ocurre en sus corrientes subterráneas ante la presencia de un rostro inquisitivo. La inquietud del lector, del espectador, del público, es el efecto del arte. Esa inquietud que conjuga signos, que evoca símbolos, que invoca significados, que provoca dudas, es el arte en el proceso de su alquimia.

Hace algunos años, un funcionario de cultura, profesor de filosofía, y fracasado como pocos en el arte de dirigir una institución cultural del Estado, dijo esto: “Las artes son expresiones de procesos simbólicos que tienen su propia especificidad. No son los mismos procesos simbólicos que tiene el arte que en los mitos, en las religiones o en las ciencias, en los discursos… pero toda esa variedad de hechos y de procesos simbólicos es lo que conforman la cultura. Entonces, la Secretaría (de Cultura), en lo que tiene que incidir es en las formas simbólicas que tienen lugar, ahora, en nuestro país. Tratar de que esos procesos estén orientados en una línea en la que puedan propiciar un tipo de cambio, ese cambio que se quiere (desde el Gobierno).”[1]

Hace un siglo, el sicoanalista Carl Jung descubrió que los símbolos son un lenguaje universal. Recreados en obras de arte por medio de procesos artísticos, por artistas pero también concebidos por los pueblos a través de innumerables medios, los símbolos constituyen un lenguaje que todos los seres humanos compartimos. La especificidad de los medios artísticos no aparta los símbolos en las artes de la extraordinaria capacidad universal para comunicar de manera tan directa, por medio de ellos, con la conciencia humana. La simbología artística no está separada de la simbología de otros ámbitos del conocimiento humano, y tanto es así, que los símbolos de la mitología, las religiones y las ciencias fueron todos, absolutamente todos cristalizados en imágenes, sonidos o palabras por medio de la creatividad artística, tal y como lo demuestra la gran colección iniciada por Jung: el Archivo para la Investigación en Simbolismo Arquetípico. Una de las más sorprendentes propiedades de los símbolos es la poderosa resistencia que ofrecen a los intentos del poder de querer atribuirles falsos significados.

Tratar de orientar los procesos artísticos para que sigan una línea o pretender que los artistas van a trabajar en función de una agenda de gobierno es el sueño de todos los poderosos, pero no funciona nunca. Cuántos reyes han sido pintados por los maestros del arte, pero cuando apreciamos esos retratos no pensamos jamás en los reyes, sino en la habilidad artística de sus pintores. No hay colecciones en los museos de las obras artísticas de tal o cual reino, pero sí las hay de un Velázquez, de un Goya o de un Rembrandt. Hemos olvidados los nombres y las circunstancias de los héroes para recordar la heroicidad propia de las artes —es decir, de la visión y la voz humanas— ante la historia. Pero esas palabras del funcionario que quería orientar y guiar los procesos simbólicos de los artistas de El Salvador no han sido olvidadas porque se cumplen ahora con ecos siniestros.

Por un lado, aprendemos de los medios de prensa que piezas arqueológicas de valor incalculable, como una cabeza maya de jaguar, no había sido nunca registrada por la institución nacional de patrimonio y, por lo tanto, tampoco se implementaron medidas para su protección como objeto artístico y cultural; cuando se publicó la noticia de que esa cabeza de jaguar había sido robada, la Secretaría de Cultura publicó un comunicado para denunciar las intenciones del arqueólogo que había dado a conocer la noticia de la desaparición. Por otro lado, los funcionarios de Cultura que están supuestos a hacer valer las leyes, abriendo sus escenarios públicos a los artistas del país, no sólo no cumplen su papel, sino que, por medio de memoranda y firmas selladas desde los despachos oficiales se impusieron para sacar de escena a un grupo de artistas profesionales y reemplazarlos con una velada escolar en la que participaría la nieta del presidente de la República.

Las instituciones culturales del Estado deberían abandonar de una vez por todas el vano esfuerzo de querer forzar una línea a las artes, de premiar sólo a sus lacayos y de promover con fastos a los héroes de las ideologías de uno u otro partido. Los funcionarios de las artes, los que son funcionarios sobre todas las cosas, deberían comprender,  de una vez por todas, que sus nombres serán obliterados para siempre de la historia, tal y como ha sucedido desde siempre, y deberían hacer, por lo menos, el mínimo esfuerzo de abrir espacios, los espacios públicos, de la ciudadanía, a la lengua poética que hablará lo que quiera, al bufón que se burlará del poder y a las musas que bailarán al ritmo de otros tambores. Porque, a diferencia de las artes, una memoria gubernamental de labores en el “área cultural” será siempre una pieza más para el desván del olvido.

 


[1] Revista Ordinaria, San Salvador, agosto 2010: Entrevista a Héctor Samour, secretario de Cultura, por Teresa Andrade y Natalia Domínguez.

Fotografía: Jorge Ávalos.