Ricardo Lindo: “La canción de nuestros días, una obra viva” (crítica : teatro)

Una reflexión sobre el texto dramático de Jorge Ávalos, llevado a escena por Teatro Zebra bajo la dirección del autor y Alejandra Nolasco.

Ricardo Lindo
La Zebra | #6 | Junio 1, 2016

Poema para voces, en La canción de nuestros días del dramaturgo salvadoreño Jorge Ávalos, sobriamente, tres mujeres jóvenes van alternándose para narrar su historia, la historia del amor que la guerra destruye. El tono es poético aunque utilice un lenguaje de extrema sencillez. Ese mundo sencillo va cobrando matices más ricos y complejos, hasta que el horror llega como una guacalada de agua fría y al final tenemos un nudo en la garganta.

Es en un pueblo ficticio, San Jerónimo, donde voces olvidadas o perdidas se reúnen a la sombra de un almendro para tejer una historia común con los hilos de la memoria. Con sus imponentes paisajes naturales, con sus manantiales de agua pura y su fauna de leyenda, Morazán fue el escenario duro, implacable, de una cultura cerrada y fecunda, donde la música popular se cultivaba con especial empeño y el amor era la piedra angular de la familia para sobrellevar el aislamiento y la pobreza de las pequeñas comunidades en que vivían.

El drama del pequeño pueblo que las tres hermanas recrean con sus historias va más lejos: es un poema, miles de años cantado, el que perdemos con él.

Tres voces, una historia: La canción de nuestros días recrea la vida de Vitelia, Lucía y Elena en el mundo inhóspito de las zonas montañosas del norte de Morazán, El Salvador, poco antes de que la guerra transformara ese mundo para siempre. Esta es, por lo tanto, la historia de una ruptura. En las historias cómicas o emotivas, crueles y esperanzadoras de tres mujeres se registra el fin de la intemporalidad y la llegada de la historia, el momento preciso cuando un estado de inocencia es reemplazado por una toma de conciencia.

No hay aquí una opción política, una acusación que pudiera ser esgrimida por un bando contra el otro. Pero hay una acusación más vasta, y no es únicamente la guerra vista desde un ángulo pacifista, sino asimismo el mortuorio redoble de campanas sobre esas comunidades de sencillez evangélica que se van hundiendo en el pasado, aquí y en todas partes del globo. En La canción de nuestros días la identidad se erige no en lo que nos separa de los otros, en lo que nos hace diferentes, sino en los que nos une con los otros, con quienes nos identificamos y a quienes amamos. El drama del pequeño pueblo que las tres hermanas recrean con sus historias va más lejos: es un poema, miles de años cantado, el que perdemos con él.

Mucho relaciona la obra de Ávalos con Luz negra de Álvaro Menén Desleal. Se trata de que los muertos nos digan su versión de hechos monstruosos donde fueron víctimas, se trata de la crueldad y de la injusticia. Pero, si la obra de Menén Desleal transcurre en un espacio hipotético, que pudiera situarse en cualquier lugar del mundo, Ávalos habla de un lugar concreto —un mundo patriarcal y al margen de la civilización, aislado en las montañas de nuestra tierra—, y de un hecho concreto —la guerra que vivió El Salvador no hace mucho—.

Menéndez Leal, hombre de gran ingenio y extraordinario cuentista, logró que Luz negra fuera traducida a diversos idiomas y montada en varios países, pero, ya con la perspectiva que da el tiempo, vemos en ese trabajo suyo un humanismo artificioso y frío. La obra que ahora nos presenta Jorge Ávalos, en cambio, tiene vida.

 


RICARDO LINDO (1947), poeta, narrador y dramaturgo salvadoreño. Es autor de más de 20 libros, entre los que se cuentan las novelas Tierra (1996), El canto aún cantado (1999) y Oro, pan y ceniza (2001); los libros de cuentos XXX [Equis, equis, equis] (1968), Rara Avis in Terra (1972) y Arca de los olvidos (1998); los libros de poesía Las monedas bajo la lluvia (1985), El señor de la casa del tiempo (1988), Injurias y otros poemas (2004) y Bello amigo, atardece (2010).

Fotografía: La canción de nuestros días por René Figueroa. Por cortesía del Teatro Luis Poma.