Jorge Ávalos: “Rolando Costa: el retorno del testigo” (crónica)

Una crónica biográfica sobre el autor de Helechos, un excepcional “libro de culto” en El Salvador que ahora ocupa un lugar central en la historia de la poesía contemporánea.

Jorge Ávalos
La Zebra |
#6 | Junio 1, 2016

Jorge Ávalos, el autor de esta crónica rescató a Rolando Costa del olvido cuando lo convenció en 2001 de salir de su silencioso retiro. De esa relación de amistad nació el proyecto de reunir las obras inéditas del más esquivo de los poetas salvadoreños. Ávalos recopiló por primera vez los datos biográficos del poeta, y revisó y corrigió la novela Euquenor, comparando las dos versiones existentes, y la restauró a su versión original, con la cual Costa compitió y ganó un premio nacional de novela en 2002. Ávalos también recuperó la obra de Costa dispersa en periódicos, revistas y antologías, la cual sólo se ha publicado en parte.

Esta es la historia de un hombre que escribió y publicó su único libro a los 30 años y, sin dejar ninguna seña, tal y como vino, desapareció. En las letras salvadoreñas se cuentan cientos de historias similares, pero en este caso el hombre es Rolando Costa y el libro es Helechos, una obra capital en la historia de la literatura de El Salvador, que marcó profundamente la poesía en la década de 1970 y en las generaciones posteriores. Alfonso Kijadurías, el autor de Los estados sobrenaturales, recordaría 40 años después cómo “los entonces poetas jóvenes”, fueron “deslumbrados por la aparición” de ese libro:

El lema de Rimbaud de que toda poesía se sustenta en el silencio es llevada en Helechos a su mejor definición. El poeta ha creado en ese sentido un lenguaje singular y diverso, hermético si se quiere, pero en todo caso despojado de marullerías y estereotipos ideológicos, de chistes de cervecería o gritos cuartelarios. Entrar a las páginas de Helechos es entrar al taller del alquimista; cada palabra ha transitado por la llama de la experiencia, hasta lograr ese resplandor único que, en lugar de cegarnos, ilumina, guía a otras regiones donde la imaginación se desborda en un afán de acercarnos a los misterios del espíritu humano, y nos hace partícipes de los dones de la naturaleza. [“Helechos de Rolando Costa”].

Por más de dos décadas circuló el rumor de que el misterioso autor había escrito una secuela a su primer libro, y que se trataba de una obra maestra. Amigos cercanos —Ricardo Lindo y Carlos Santos, por ejemplo— daban fe de haber leído ese libro en una versión impresa en un mimeógrafo rudimentario, antes de que la guerra comenzara en 1980. Había otro detalle extraño: ese libro sí formaba parte del universo de Helechos, pero no era un poema sino una novela. Ni en su único libro ni en sus escasas apariciones en publicaciones periódicas se reveló jamás un dato biográfico de Rolando Costa —ni lugar, ni fecha de nacimiento, ni profesión o lugar de empleo, ni fotografía alguna del elusivo autor—. Todo esto cambió el 5 de agosto de 2002 cuando los resultados del Certamen Nacional de Novela Corta de San Salvador revelaron que el ganador era el autor de Helechos. Costa había ganado el premio con aquella obra perdida de la década de 1970: Euquenor, una novela compleja, poética y de feroz actualidad sobre el mundo alucinado de los indigentes que habitan las calles de San Salvador. Es así como aprendimos que Costa, que participó en el certamen con el seudónimo de “Ulises”, había retornado.

El enigma

Los primeros indicios de ese retorno comenzaron a aparecer en 1998, cuando Ricardo Lindo publicó en la revista Ars, de la Dirección Nacional de Artes, pasajes “olvidados” de Helechos. Un año después, en la revista cultural Búho de La Prensa Gráfica (No. 8, Diciembre 1999), el poeta Carlos Santos ofreció un reconocimiento tardío cuando emparentó la obra de Costa a la de otros poetas de su generación, señalando la presencia de una “corriente subterránea” dentro de las letras nacionales:

La concepción de la poesía como instrumento de crítica y cambio social se convertiría en la única tendencia reconocible desde el inicio de los sesenta. Y encuentra su punto álgido en la década de la guerra, durante la cual sin embargo se desluce el hallazgo poético hasta diluirse en el más simple inmediatismo.

Desde los sesenta se hace visible también una corriente subterránea en la poesía nacional. Prefigurada, si nos empeñamos, por una zona del universo narrativo de Salarrué. Se caracteriza por la búsqueda interior, la visión, y la potenciación del lenguaje para dar cuenta de las múltiples realidades del suceso poético. Obras como Los estados sobrenaturales y La esfera imaginaria, de Alfonso Kijadurías; XXX de Ricardo Lindo; Helechos de Rolando Costa, y La casa en marcha, de este autor, se inscriben en aquella actitud.

La imagen enigmática que tenemos de Costa deriva en gran parte de su innata humildad, y en parte de la ausencia de referencias biográficas y críticas sobre su obra. Si hubiese recaído en sus manos la tarea de publicar y promocionar sus propios escritos, tanto Helechos como Euquenor serían libros desconocidos. Por fortuna, ángeles lo rodean desde el inicio de su carrera literaria. La primera persona en reconocer la promesa de su talento fue Claudia Lars, quién publicó sus primeros poemas en la revista Cultura (No. 36), en 1965. Hacia 1969, Costa había completado la primera versión de un libro de poesía en prosa. Manlio Argueta, el entonces editor de la revista La Pájara Pinta, publicó un anticipo del libro y una tímida carta del autor. Ya entonces era notable el estilo poblado de densas imágenes y la temática escatológica: el punto de partida del libro es un registro de todos los desechos humanos posibles. Helechos nació así, como una exploración poética de lo que el autor llama “la deshumanización del mundo”. Nunca antes se había escrito de manera tan implacable sobre la condición de los seres más pobres y marginados de San Salvador. El primer libro de Costa está poblado de mendigos y locos, indigentes y drogadictos, en los tugurios y las calles, habitando e imaginando el mundo desde la más repugnante miseria. Es posible también que nunca antes un poeta salvadoreño había llevado el lenguaje hasta los niveles de surreal esplendor y abrumadora belleza con que Costa crea ese mundo vedado, y revela esa humanidad prohibida. ¿Pero quién es Costa, que conoce ese mundo tan íntimamente como conoce el poder de la palabra?

El primer poema publicado de Rolando Costa apareció en el periódico de la facultad de periodismo de la Universidad de El Salvador, "El Periodista", en octubre de 1965.
“Vacas, venado y víctimas” fue el primer poema de Rolando Costa que apareció publicado, en octubre de 1965, en “El Periodista” de la Facultad de Periodismo de la Universidad de El Salvador.

Un hito literario

Mauricio Rolando Costa nació el 28 de mayo de 1941 en la ciudad de Santa Ana, donde vivió su niñez y adolescencia con sus abuelos y dos de sus seis hermanos. Hizo dos años de primaria, el cuarto y el sexto grados, en San Salvador, pero regresó con frecuencia a su hogar en Santa Ana, donde completó su bachillerato. Allí, comenzó a trabajar en agricultura y a escribir textos en prosa que él llamó “Fugacidades alucinantes”. Aunque estudió un año de Derecho en la Universidad de Madrid en 1960, y tres años de Humanidades en la Universidad Nacional, muy pronto se dedicó de lleno a la agricultura y a la poesía. Para Costa, que ama la naturaleza, ambos oficios son entrañables y estrechamente ligados entre sí. En ese tiempo desarrolló una de las imágenes centrales a su obra, la del árbol testigo, cuya fidelidad y permanencia evidencian la veleidad del hombre:

La voz y su preciosa piel de serpiente estuosamente desenroscada de la roca —sol, hojarasca y humedad— se abre roja y existe, toma posesión del universo, asoma por mis ojos y mi aliento, me llena de sí y soy algo más que un viejo tronco, que este viejo tronco rodeado de antiguas montañas. Por ella, que los Dioses rechazaron, ingreso al tiempo y existo. En cuanto a ti, ¿qué más puedo decir? 

A pesar de abandonar sus estudios superiores, sus años universitarios cimentaron sus redes sociales en el ámbito literario de entonces. No sólo estableció amistades con otros poetas, también conoció a dos de sus ángeles. El primero fue Luis Gallegos Valdés, el único crítico en reseñar Helechos cuando fue publicado. El segundo fue un compañero de estudios, Antonio Méndez, que a finales de los años sesenta se convertiría en Director de la Biblioteca Universitaria e intercedería con éxito para lograr la publicación de su primer libro. Ese libro fue Helechos y, junto con XXX de Ricardo Lindo y Los estados sobrenaturales de Alfonso Quijada Urías, marcaron un hito literario cuando los tres fueron publicados a inicios de la década de 1970, estableciendo “una corriente subterránea en la poesía nacional”, como la llamaría Santos casi tres décadas después. Las ediciones de los tres libros se agotaron casi de inmediato y cambiaron el curso de la poesía contemporánea de El Salvador.

Primera página del poemario inédito de Rolando Costa "Poemas con Sol".
Primera página del poemario inédito de Rolando Costa “Poemas con Sol”.

Euquenor

En 1972, Rolando Costa inició la escritura de su primera novela. Concibió la línea narrativa como una travesía por la ciudad de San Salvador, el último día en la vida de un hombre asediado por sus demonios. El personaje central, Euquenor, es, simultáneamente, un testigo de su tiempo, una víctima del sistema y un héroe que rehúsa doblegarse a una sociedad que ha “despoblado a los hombres de su humanidad”, en palabras del autor. El personaje nació en un pasaje de Helechos:

Hay un cuerpo de carne y hueso, que debe articularse contra la corrupción. Yo soy yo, y te nombro a ti, masa que me envuelves, Euquenor. Te llamo Euquenor.

El nombre proviene de un sombrío pasaje de La Ilíada, nada más que un paréntesis para explicar un acto vengativo de París en el Canto XIII (660):

París, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión, que era su huésped en la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha. Había un cierto Euquenor, rico y valiente, que era vástago del adivino Poliido, habitaba en Corinto y se embarcó para Troya, no obstante saber la funesta suerte que allí le aguardaba. El buen anciano Poliido habíale dicho repetidas veces que moriría de penosa dolencia en el palacio o sucumbiría a manos de los teucros en las naves aqueas; y él, queriendo evitar los reproches de los aquivos y la enfermedad odiosa con sus dolores, decidió ir a Ilión. A éste, pues, París le clavó la flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó de los miembros del guerrero, y la oscuridad horrible le envolvió.

La novela de Costa posee un fuerte impulso narrativo porque está estructurada como el pasaje final de su protagonista hacia “la oscuridad terrible”. Como en Ulises de James Joyce, cada capítulo de la novela está escrito con un estilo distinto. Una amplia gama de recursos modernos —desde el monólogo interior y el montaje de múltiples diálogos, hasta la parodia de documentos oficiales— es utilizada con maestría técnica. El primer capítulo relata un encuentro entre un sacerdote y un indígena durante la colonia, y Costa hace gala de un lenguaje arcaico para establecer el legado de opresión que aún yace en nuestras consciencias. Otro capítulo describe con lujo de detalles a un millonario posando en su hacienda —aterrador por su frialdad y su “blancura”— sólo para develar, al final, que se trata de una fotografía en una revista hojeada por Euquenor en la sala de espera de la Policía Nacional. Si la novela triunfa por su lenguaje y estructura como una obra de arte, en una lectura total debe reconocerse también su poder de denuncia. El capítulo “En el Olimpo”, descubre el mundo aterrador de las cárceles de San Salvador en la década de los setentas. Esa acusación, hecha explícita en la narrativa, hizo que la novela fuera virtualmente imposible de difundir. Costa concluyó la primera versión de Euquenor en 1978, pero no encontró ni los espacios editoriales ni la apertura política para publicarla. Una versión impresa en mimeógrafo circuló de mano en mano. Los que la leyeron entonces, no olvidaron jamás la impresión profunda que les causó. Por ese entonces, Costa tenía otras prioridades. Su salud estaba resquebrajada por el uso de las drogas y, en un esfuerzo para rehabilitarse, abandonó la ciudad y se refugió en Chalatenango. En 1979 la guerra llegó a su hogar en el campo. Conmovido por el entusiasmo y el “renacimiento” de los campesinos que integraban las filas del FMLN, Costa se unió a los esfuerzos de la guerra, incorporándose al contingente de La Montañona en La Palma, y dirigió uno de los primeros boletines informativos que surgieron de los campos de batalla. Las emociones que vivió entonces, y el efecto que este período tuvo en su vida, lo describió en 2009 en el prólogo a su poesía dispersa:

Sí, apareció un norte, un viento nuevo o renovado que levantaría y confinaría vencidas estructuras, soterraría trampas y aberturas engañosas; de cadalsos sería destructor en alto grado y en más albo grado constructor de alegres avenidas; dándonos de volteretas nos llevaría a intensos campos de felicidad. Sí, apareció un norte, un viento, un entusiasmo, un ímpetu que salvaría sin banderas y que pasó. Pasó por mí, entró en mí y dejó poemas…

Uno de los poemas de esa colección, “El aguador nocturno”, describe con intensidad lírica las marchas del movimiento logístico de armas y alimentos:

Cruzas por el campo de luciérnagas tú, el viviente de la tierra; alumbrarías todo un bosque, toda una montaña, todo un sistema de oscuridades con tus humildes palpitaciones, intermitentes y constantes corazonadas de sol, luminaria terrestre. Casi como ángel vas, suave, imperceptible, tremendo aguador nocturno de anunciaciones. Y otros tales van contigo, de legiones en campos de luciérnagas naciendo.

En 1982, por razones de salud, Costa regresó a San Salvador. Ya entonces comprendía que la guerra se prolongaría y que él no encontraría cabida en la lucha frontal armada. Tenía 41 años de edad y su futuro era incierto. Entonces sucedió algo inesperado. Su hermano, el abogado José Carlos Costa, lo llevó a una asamblea de los Testigos de Jehová. Costa, que había abogado siempre por una sociedad humanista desligada de opresiones políticas y sociales, y que había definido su misión de poeta con la palabra “testigo”, se encontró de pronto rodeado de personas comunes y corrientes que hablaban como él y que compartían las creencias que él siempre había tenido. Allí conoció también a Mercedes Amanda, su esposa. No fue una conversión dramática, fue un simple retorno a casa.

Una página del manuscrito original de la novela "Euquenor". Describe el momento cuando el personaje es empujado por travestis al interior de un bar, donde se encuentra con un indígena maya.
Una página del manuscrito original de la novela “Euquenor”. Describe el momento cuando el personaje es empujado por travestis al interior de un bar, donde se encuentra con un indígena maya.

El círculo se cierra

El célebre libro de poesía en prosa de Rolando Costa sería reeditado en 2009 por la editorial Venado Blanco bajo el título Helechos y otros poemas. Tal y como lo había revelado en 1998 Ricardo Lindo, la versión original de 1971 había sido publicada incompleta. En la reedición se incluyen todos los textos y se suma casi toda su poesía dispersa, incluyendo un poemario en verso escrito en plena campaña guerrillera en las montañas de Chalatenango: El aguador nocturno. Esta nueva edición de la obra poética de Costa fue presentada por Alfonso Kijadurías con estas palabras:

En Helechos, la conciencia del poeta es la conciencia de la naturaleza, hombres, árboles, animales piedras e insectos hablan a través de las palabras del poeta. El poeta deja que el objeto del poema hable con autonomía. De esa manera, con animosa intuición poética, Rolando Costa ha sabido salvar el abismo que separa la materia real perecedera y contingente de la criatura de arte, eterna y absoluta.

Aun así, mucha de su obra continúa inédita, dispersa en periódicos o aún en forma manuscrita, incluyendo la importante obra narrativa con la que ganó en 2002 el Premio Nacional de Novela. Los miembros del jurado —integrado por Miguel Ángel Azucena, Ricardo Roque Baldovinos y Mauricio Orellana Suárez—, fueron sorprendidos por la calidad de las 27 obras participantes de aquel certamen. Pero Euquenor marcó una clara diferencia y suscitó un importante debate. El dilema se centró en el lenguaje altamente poético de la novela de Costa. “Como novelista que soy”, comentó Orellana Suárez al respecto, “el uso de imágenes poéticas en la narrativa no es de mi gusto, pero Euquenor rompió mis esquemas. Es una novela inquietante no sólo por la actualidad del tema, sino por la manera en que el autor crea la narrativa a través del lenguaje. Es como un lienzo impresionista”. Los miembros del jurado reconocieron que en la novela de Costa el lenguaje poético no menoscaba el hilo narrativo; al contrario, es un recurso utilizado en función de la acción. “Como obra de arte”, señaló Orellana Suárez, “Euquenor transforma la realidad con el uso depurado del lenguaje, sostenido por una estructura narrativa, que aunque algo hermética, es muy efectiva”. La novela produce “altas sensaciones e impresiones, con un final perfecto que cierra el círculo”. Sin embargo, Helechos basta para cimentar la reputación literaria de Rolando Costa en la historia literaria de la región. En una entrevista reciente (“Escribir Helechos me salvó de la vacuidad”), el poeta hondureño Fabricio Estrada, intrigado por la importancia que ahora tiene el libro entre las nuevas generaciones de poetas, le preguntó a Costa cómo valora hoy en día su poesía. La respuesta fue una letanía:

Una valoración de Helechos me hace pensar en si logré, o al menos en alguna medida logré, lo que al escribirlo quería lograr.
Quería, como se dice, sacar lo que tenía adentro de emociones.
Quería hacer una denuncia.
Quería sembrar una semilla.
Quería entregar una joya.
Quería solidarizarme.
Quería trascenderme a mí mismo.
Quería encontrar otro mundo.
Quería encontrar la poesía.
Quería encontrar a Dios.
Quería dejar y dar algo de mí mismo.
Quería desgarrarme.
Quería encontrar al ser humano del inicio.
Quería estar con la humanidad.
Quería mi libertad, una esperanza.
Y por todo eso y más, dediqué esos años de mi vida a escribir un libro, sólo uno, y para lograrlo, quemé las naves. ¿Qué logré? Creo que escribir ese libro me salvó de la vacuidad.


JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura, el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa.