Luis Bonafoux: “El reloj roto: un recuerdo de Luis Lagos y Lagos (crónica)

En esta vívida crónica, el famoso periodista franco venezolano Luis Bonafoux recuerda incidentes con su amigo el humorista salvadoreño Luis Lagos y Lagos, a quien perfila con brutal franqueza. No, nos dice Bonafoux, Lagos y Lagos no era un periodista talentoso e ilustrado, pero pertenecía a una raza de seres que sí sabían, por su natural altivez indoamericana, cómo trascender el racismo de los franceses.

Luis Bonafoux
La Zebra |
#6 | Junio 1, 2016

«…Los católicos ricos —escribe el archicatólico Drumont en el prefacio de su último libro— tienen de común con los grandes señores de antaño la ingratitud y la aversión para los que les defienden. Jamás noté entre ellos un acto de simpatía y de cordialidad. Los legados que se hicieron al socialista Bebel ascienden a millones. Nunca se hizo un legado en favor de Louis Veuillot. Uno de esos privilegiados de la fortuna, un posesor de inmensos dominios, jamás pensó en decirme: “Usted ha trabajado mucho; usted debe tener necesidad de descansar. Yo le lego a usted una cabaña, y sus árboles, para que le sirva de abrigo.”»

Otro periodista, sin el talento, la ilustración y la laboriosidad del viejo Drumont, compartía con él la candorosa idea de que alguien le protegiera.

—¿Por qué —me decía— un Rockefeller no me “afloja” siquiera un millón o dos?

Se llamaba Luis Lagos y Lagos, era redactor de El Fígaro, de la Habana, y ha muerto sin llegar a viejo, para poder lamentarse a lo Drumont, cuando apenas rayaba en los cuarenta. Alguna vez aludí a él en este periódico, porque era, así en lo físico como en lo moral, un verdadero tipo: indio finísimo, de buena cepa araucana, inteligente y vivo, más alegre que unas castañuelas y más valiente que un gallo de pelea. Muy joven, casi un niño, tomó parte en una revolución de la República salvadoreña y, como soldado, recabó un balazo en una pierna y otro balazo en el pecho. Estuvo entre la vida y la muerte.

—Me recogieron del campo con cuchara —contaba él—, y desde entonces me constituí en calamidad del Gobierno; y el Gobierno, para salir de mí, me manda viajar de aquí para allá, con una pensión, considerándome como una gloria nacional.

La pensión no le bastaba, porque era gastoso, y cuando necesitaba dinero asaltaba los Consulados de su país, y los Consulados, para quitárselo de encima, como el Gobierno, le aflojaban la mosca.

—Hoy —me dijo una vez—, por poco le corto la cabeza al cónsul, porque se negaba a darme doscientos francos. Al fin me dio sesenta y tres, que era todo lo que había en la caja consular. ¡Qué República la mía!

Solía exagerar sus hazañas. Relataba así que durante la guerra había envenenado el pozo de un cuartel, haciendo morir ochocientos y tantos hombres.

Lo que si es cierto es que en un duelo que tuvo, allá en su tierra, con un francés, tirador de espada, como éste le diese un pinchazo en un brazo, sacó un revólver y la emprendió a tiros con el adversario, los cuatro padrinos y el médico, todos corriendo a campo traviesa.

El Fígaro dice a propósito de la excursión de Lagos por Europa:

Llegó a París una tarde en que el Sol encapotado, entre nubes, florecía nimbos de melancolía sobre la punta de los árboles y sobre el crestón de los campanarios vetustos.

En la inmensa cuidad sonó mucho e hizo gran derroche de su juventud. Como Berceo, amó el buen vino de Bargoña y rimó el amor en toda boca de mujer puesta a tales idilios. En cierta ocasión me dijo, recordando esa época:

—Mi pobreza de hoy no me apena. Una vez fui rico, fui joven, y el amor se me entregó totalmente. He vivido mi vida sin egoísmos, como un gran señor pleno de albedrío. Mientras duró el oro en mi bolsa, lo prodigué a manos llenas en París, en Londres, en Berlín, en Viena, en Roma, en Madrid, en Estambul. Toda la Europa la he recorrido con el encanto en mis ojos y el amor en mi espíritu. Sobre él polvo de tantos siglos de vejez he soñado como poeta y vivido como hombre. Nada que pude alcanzar dejé de palparlo; nada que pude ver le negué a mis ojos; nada que pude saborear dejó de embriagarme. En esa época, la más feliz de mi vida, viví a todo pulmón y a toda grandeza. Oro, juventud, ensueños, se esfumaron en mi horizonte como las burbujas de champán en boca de mujer. En aquella edad tuvieron mi corazón y mis manos esplendideces de dioses. Eso hice yo.

Si Lagos hablaba así, es indudable que se había dedicado al cultivo de la literatura franco americana sinsontil[1], bella, sin duda, pero poco exacta.

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Un poema de Luis Lagos y Lagos, tal y como aparece en la revista “Caras y caretas”, Buenos Aires, 22 de agosto, 1903, Nº 255, p. 44. Ilustración de Giménez.

Lo que hizo Lagos en su breve estancia en París fue comer mal los más de los días y beber mucho en el bar Criterion, donde lo vi diariamente. Le engañaba el deseo. Su voluntad de gozar era inmensamente más grande que su bolsa.

 

Allí, en el bar, donde sabían el patrón y los camareros que Lagos era amigo mío, se le dispensaban ciertas cosas. Una vez, borracho perdío, improvisó una cama con dos sillas, la cabeza en una, las piernas en otra, y roncando como un bendito —aunque la postura, por tener la parte posterior en vilo era bastante incómoda, y como cocotas noveleras arremolinaron sus faldas alrededor del “difunto”—, hubo que sacarlo de allí, y salió procesionalmente entre dos amigos, el uno que le llevaba la cabeza, el otro que le llevaba las piernas, y en tal guisa lo metieron en un simón. Mediada la noche, como se le notasen síntomas de la enfermedad que ha dado en tierra con él, uno de sus amigos propuso:

—Vamos a traerle un médico.

Y Lagos, abriendo los ojos, insinuó tímidamente:

—Tráiganme mejor un whiskysito…

El gran chic de Lagos era eso que los franceses llaman sans gêne.[2] Su desenvoltura en París desde que entró en la villa, era como si fuera su pueblo, menos aún, su corral. Conocíase en eso, más que en su tez, la procedencia araucana que tenía, el abolengo de una gran raza independiente y señoril; y eso sí merece consignarse cuando la mayoría de los hispanoamericanos que vienen a París empiezan por aparisinarse, haciendo de menos sus propias patrias, y París, en cambio, los llama rastaquoueres[3] y parisienses de las Pampas. Lagos era un araucano indómito, que al pasearse por París diríase que se le veía simbólicamente un plumero, un arco y unas flechas.

Le acompañé a la estación cuando iba a caer sobre otro Consulado, ya que el de París quedaba exhausto, y momentos antes de arrancar el rápido de Calais quiso dejarme un recuerdo: un reloj, muy plano, de acero.

Sólo que estaba roto. ¡Como su vida!…

Adiós, mi amigo; que usted descanse.

Junio 26, 1914.

El Heraldo

NOTAS

[1] Término comúnmente utilizado por los escritores españoles de entonces para referirse a la poesía localista y bucólica de América Latina.

[2] Equivalente a la frase salvadoreña “sin pena”, es decir, cuando se es desvergonzado porque no se tiene conciencia de pasarse de los límites del decoro social.

[3] Rastacueros.

 


LUIS BONAFOUX Y QUINTERO (Burdeos, 1855 – Londres, 1918). Escritor y periodista hispanofrancés. Hijo de padre francés y madre venezolana, cursó estudios en Madrid y Salamanca, residió durante muchos años en España y poseyó la nacionalidad española; sin embargo, también pasó largos períodos de tiempo en Puerto Rico, donde colaboró asiduamente en la prensa de signo liberal y dejó una abundante obra prosística recogida en numerosos volúmenes misceláneos (ensayos, pensamientos, recopilaciones de artículos periodísticos). Se significó como polémico autor de ideología progresista, poseedor de un estilo ágil, directo y conciso, con el que arremetió contra la Iglesia católica y la clase política. Sostuvo una agria controversia contra “Clarín” y favoreció al entonces joven y desconocido José Martínez Ruiz “Azorín”, para que pudiera escribir en las páginas del rotativo progresista El País. Se consideró discípulo de Émile Zola, al que dedicó una de sus obras ensayísticas. Otras obras suyas son Yo y el plagiario «Clarín»Los españoles en ParísEspaña políticaFranceses y francesas y Esbozos novelescos.