Luis Lagos y Lagos: “Las fieras” (cuento)

El último cuento del gran humorista salvadoreño Luis Lagos y Lagos (1874-1914) es rescatado íntegro del olvido en esta emotiva despedida escrita por su amigo, el cronista español residente en Cuba, Manuel Fernández Cabrera. “Las fieras” fue escrito por Lagos y Lagos en un intento para disuadir a Fernández Cabrera de que viajara a México para cubrir la revolución. ¿Estaría su amigo dispuesto a convertirse en una “fiera” para escribir sobre la trama histórica y política de la revolución?

Crónica de Manuel Fernández Cabrera
Cuento de Luis Lagos y Lagos
Caricatura de Rafael “Blanco” Estera
La Zebra |
#6 | Junio 1, 2016

En duro lecho de hospital, número cualquiera, cierta mañana helante del hostil Nueva York, detuvo sus isócronos palpitares el corazón de este exquisito poeta de la desventura… A la par que el telégrafo transmitió la seca noticia, sobre amarga, trágica —hálito de pesadumbre—, una carta del entrañable muerto llegaba a mis manos. Confieso que estuve largo rato perplejo, inquietamente abismado, para abrirla. Algo como miedo íntimo a lo arcano, al más allá, recorríame en calofrío por todo el cuerpo, abrumándome la macabra ilusión de comunicarme en camaradería con alguien desaparecido, con ultratumba.

Luego, visto al fin el pliego de extraña lividez —creyérase espectral, me hallé era él — ¡oh, curioso índice de la vida!—, canto de optimista malhumorismo, aprovechando la sutil paradoja Mark Twain, Luis Lagos y Lagos escribíame en medio de aparente ventura, de irónica serenidad, bien firmes sus pasos por la tierra pisada, con las ansias y la esperanza de ser… Pero dejemos que nos lo diga por sí mismo, bajo los prestigios de su propia literatura, tan sugerida y honda, a la manera de la del eximio uruguayo José Enrique Rodó en los Motivos de Proteo.

Leed íntegra la singular epístola:

Mi muy querido Fernández Cabrera:

Veo que tu inquieto ingenio prepara para un nuevo libro, curioso, si los hay, algo picaresco, raro y original, no obstante lo manido del asunto de donde arranca. A su propósito, sin que ello sea reclamar —¡Dios lo sabe!— el puesto de honor junto a tanto y tan conspicuo personaje como has seleccionado para el caso, voy a permitirme contarte un cuento de sencillo simbolismo…

* * *

Las fieras

Vivió, hace algún tiempo, en pequeño pueblo del planeta, un hombre nacido para la vida de otros mundos. Era un justo. Acaso un santo. Y, ¡claro!, se le hizo imposible seguir entre los que parecían sus semejantes. Amaba la paz de los paisajes serenos, y los gestos apacibles, y las cosas sencillas. Huyó del prójimo y se fue a la montaña. Allí encontróse cuantos goces ambicionaba su espíritu. Comía el panal de las rubias abejas, y la rosada pulpa de los higos silvestres. Bebía agua en fuentes cristalinas, y leche de muy dóciles ovejas. Era feliz. Y de tal suerte llegó su espíritu a identificarse con la naturaleza, que entendía el lenguaje de las bestias y de los pájaros. Leía en las estrellas y comprendía la rapsodia del viento y las hojas. Pero una mañana en que meditaba sobre esa fuerza misteriosa que nos impele a vagar tristes, adustos e inconformes por los senderos extraviados de la vida, sintió que la curiosidad prendía en su espíritu ecuánime, y se hizo el propósito de saber la distancia que medía entre el «ser» de cada hombre y la magnitud de su anhelo.

Bajó de la montaña y a la vera de un camino se detuvo en espera de los viandantes.

El primero en pasar fue un pastor.

—¿Me responderás a una pregunta? —le interrogó el viejo de la montaña.

—Si ello es posible, con mucho gusto, buen hombre —respondióle el pastor alegremente.

—Espero que me digas con toda sinceridad, ¿qué es lo que tú quisieras ser?

—Pues si en mis manos estuviera, había de ser rey —contestó el pastor, mientras se rascaba el cogote.

—No es malo tu deseo, mas es mejor para ti que no lo realices.

Vino de segundo un arriero jovial. Cantaba su pena o su dicha.

—Perdona la curiosidad de este anciano, pero te veo alegre y pienso en que tal vez seas feliz. Dime, ¿qué quisieras tú ser?

—Pues mire usted que si a mí me hubiesen consultado antes de venir a este mundo, habría pedido ser león. Y juro que no se encontraría en el monte un león más bravo que yo.

Siguió el arriero su camino y tras él se apareció un estudiante.

—Joven, ¿quieres decirme lo que quisieras ser?

—A la vida se viene a triunfar, y en la vida no se triunfa sin dinero. Esto te indica que yo quisiera ser un Morgan o un Rockefeller.

Tras el estudiante cruzó un poeta.

—Oye tú, soñador, ¿qué desearías ser?

El poeta, clavando sus pupilas en lo azul, repuso:

—Yo… ¡águila!

Fue a volverse a lo alto el viejo de la montaña, a gustar del panal de las rubias abejas y de la rosada pulpa de los higos silvestres, cuando antes, descubriendo en el sendero a un corderino, inquirió su ansia.

Brincóle el tímido animal sobre el regazo, y acercado mucho al oído, temeroso de que le oyesen, aventuró:

—¡Tigre!

Es extraño, pero es seguro —pensó entonces el anciano—: en este mundo, cada cual pretende ser lo que no es, y siempre… fiera.

* * *

Fácil te será deducir la moraleja del relato y, a través de ella, lo que hubieras querido y lo que quisieras ser.

¿Comprendes?

Tuyo, devotísimo,

Lagos y Lagos

— Sí, mi inolvidable Luis, comprendo. Ahora, ¡por qué nos abandonaste!…

Tus amigos, los que comprendiéndote tanto te estimábamos, no podremos tener jamás consuelo para tu súbita ausencia. Nos hace falta acompañarte cada tarde por el heteróclito maremágnum del Prado, descubrir cerca a bella y opulenta joven judía tu figura de atrayente exotismo: cráneo asimétrico, pómulos anchos, nariz aguileña, ojos pequeños y vivísimos, tez cobrizo mate, manos largas, secas, agudas, pareciendo un puro vástago de los caciques indios, envuelto por las rigurosas exigencias del siglo, en atavíos europeos, modern-style.

—¡Por qué nos abandonaste!…

Tus compañeros, los que conociéndote tanto te admirábamos, no podremos olvidar nunca tu superior talento, tu vasta y bien disciplinada cultura. Nos subyugabas con aquella palabra ágil y vibrante, múltiple, exaltadora de la estirpe aborigen del natal El Salvador; palabra viril y sometida a un tiempo, hidalga en su rudeza, con la amarga melancolía de los pretéritos dominios, usurpados por el poder de las armas y del engaño en la atroz aventura de la conquista.

—¡Por qué nos abandonaste!

Tus hermanos, los que mereciéndote íntimas confidencias y sabiendo el caudal de bien que encerraba tu espíritu, y lo desdichado de tus andanzas a través del mundo, y que tanto cariño y tanta fe pusimos en ti, no te perdonaremos jamás nunca ese viaje tan presto y tan largo, hacia el confín misterioso de la existencia, lugares de penar para el románico, tierras de Nirvana en el budismo sabio y antiguo, tramonto teosófico hacia planos de superior perfección en la consoladora idea espiritualista…

—Lagos: ¿Por qué? ¿Por qué nos abandonaste? ¿Acaso ahí se está mejor?

Amigo, y compañero, y hermano: si ello ocurre, y Tristamuri, Redentor sublime de la hora presente, no predica otra grande y triste mentira, ven… y cuéntalo.

¡No, no, te tornarías solo por la lóbrega senda!

 


MANUEL FERNÁNDEZ CABRERA. Abogado, periodista y orador, nacido en Santa Cruz de la Palma, España, en 1884. Emigró a Cuba, donde residió varios años y concluyó sus estudios de abogado. Fue codirector del periódico Cuba y Canarias, fundado en 1906 en la Habana y redactor de La Nación, de la capital cubana. Aunque escribió cuento y novela, destacó como cronista. Publicó los libros Mi viaje a México (1915) y Sintiendo la tuberculosis (1920). Su artículo Luis Lagos y Lagos “Luis Lagos y Lagos” apareció publicado en la revista cubana Fígaro en 1914 y en forma de libro, con algunas correcciones, en la colección de perfiles Encuesta (1918); en general, es preferible la versión del libro, pero ésta, por alguna razón, omite el título del cuento de Lagos y Lagos, que sí aparece en la revista.

LUIS LAGOS Y LAGOS (1874-1914). Conocido como el “negro Lagos” entre sus amigos, fue un destacado humorista, ex militar y diplomático salvadoreño que publicó sus crónicas bajo los seudónimos de “Lapislázuli” y “Gaspar Sylvestre”. Parte de su obra está recogida en el libro Vademécum (Tipografía La Unión, San Salvador, 1929; segunda edición, Dirección de Publicaciones, San Salvador, 1959), que no refleja a cabalidad ni su hilarante anecdotario ni su fama. La mayoría de sus textos permanecen inéditos.

La caricatura de Luis Lagos y Lagos fue realizada por el famoso ajedrecista y artista cubano Rafael Blanco Estera (1885-1955), mejor conocido como “Blanco”.