Lilibeth Rivas: “Soy como un volcán en el que hay mucho magma dentro” (entrevista)

¿Qué significa ser actriz en El Salvador? Con las respuestas de Lilibeth Rivas, la joven y galardonada actriz de Teatro Zebra, inicia esta serie especial de entrevistas.

Lilibeth Rivas entrevistada por Jazz Miranda
Fotografías de René Figueroa
La Zebra | #6 | Junio 1, 2016

Dedicarse el mundo del teatro no es una decisión que se puede tomar a la ligera, sobre todo en nuestro país, El Salvador, donde no existe una educación formal que acredite el proceso y donde tampoco existen prestaciones de ley, no sólo para los actores/actrices sino para los artistas en general; eso sólo por esbozar apenas dos factores.

A continuación, presentamos la primera de una serie de entrevistas que realizamos a actrices salvadoreñas de distintas generaciones. Iniciamos con la más joven de ellas: Maricela Lilibeth Rivas, de 28 años de edad, actriz de teatro y Licenciada en Mercadeo. Como miembro del grupo Teatro Zebra, actualmente interpreta el rol de “Vitelia” en la obra La canción de nuestros días del dramaturgo salvadoreño Jorge Ávalos, una producción galardonada en el 2014 con el Premio “Ovación” que otorga la Fundación Poma.

¿Cuál y cómo fue el primer acercamiento que tuviste con el fenómeno escénico?

La primera vez fue cuando tenía siete años. Mi papá me llevó junto con un vecino al Teatro Nacional. Sólo recuerdo una escena donde una mujer se columpiaba, yo me estaba matando de la risa con mi vecino. Mi papá tuvo que separarnos porque estábamos interrumpiendo, haciendo ruido. Es el recuerdo más cercano que tengo sobre algo de teatro.

¿Cómo fue ese encuentro con el proceso actoral?

Tenía 21 años y fue por necesidad. Necesitaba crear, necesitaba hacer algo con lo que había dentro de mí, dentro de mi cabeza, de mi imaginación; porque anteriormente dibujaba y pintaba, pero lo dejé de hacer por un quiebre que hubo en mi familia, por la enfermedad de mi mamá. Pasó un tiempo, me refugie en la escritura, que es algo que la mayoría intentamos: escribir, como una manera de expresión. Un día pensé en el teatro y recordé que en el Teatro de Cámara Roque Dalton había recibido un curso de dibujo y pintura; siempre pasaba por ahí cuando iba a la universidad. Me dije: “Si es un teatro tienen que dar clases de teatro”. Un día decidí bajarme del bus e ir a preguntar y, efectivamente, había un curso que tenia como mes y medio de haber iniciado. El maestro Miguel Ángel Díaz me dijo que estaba bien que me incorporara, pero que iba a hablar con los demás maestros y que me iban hacer un tipo de audición. Al final me dijeron que sí, que podía entrar. A partir de esa primera búsqueda fue que me quedé pegada al teatro.

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El elenco de Teatro Zebra: Emy Stephany, Larissa Maltez y Lilibeth Rivas. En una escena de “La canción de nuestros días”, Teatro Luis Poma, San Salvador, 2015.

¿Cuál fue la primera obra de teatro que te cautivó e impactó, y qué aún recuerdas?

Fue “La Omisión de la Familia Coleman” del grupo Argentino Timbre 4. La vi en el marco del Festival Creatividad sin Fronteras en el 2008. Yo amo la metáfora escénica, pero en esa obra todo era bien naturalista, era cotidiana. Me impactó el tema abordado: la destrucción familiar, que al final es un fenómeno que pasa en la vida a diario.

¿Cuál fue la primera obra en la que participaste?

Fue en el 2008, en El País de los Sin-ceros (risas), que fue producto del taller en el que inicié, en el Teatro de Cámara Roque Dalton.

¿Cuándo decides dedicarte al teatro de manera profesional?

Dejé el teatro porque necesitaba trabajar, necesitaba pagar mis cosas. Había tomado una decisión en mi vida, en la que me puso en la dificultad de ya no hacer teatro y tener que buscar un trabajo “formal”: de asistente administrativa en una empresa de logística y distribución. Estuve casi el año y renuncié. Renuncié porque realmente necesitaba hacer teatro, renuncié buscando mis dos sueños: tener un negocio propio, poder ser generadora de otros empleos y hacer teatro.  Renuncié a una estabilidad económica por irme a buscar un grupo de teatro, por irme a hacer teatro. Fue el momento en el que yo me dije: “Quiero que esto sea parte de mi vida”. Tenía 23 años. En el momento que lo decidí no lo visualice de esa manera como tal, pero hoy en este momento sí sé que es de esa manera y que lo elegí en ese rumbo.

¿Qué aspectos te detenían a tomar la decisión de dedicarte al teatro?

Lo único fue el hecho de buscar trabajo, porque también estaba llevando una carrera universitaria a la par, lo cual era mi primer objetivo. Por mis estudios y por buscar una sostenibilidad económica para poder auto-sostenerme financieramente, fue lo que me llevó a cortar con el teatro por un tiempo. En mi familia respetaron mi decisión, la verdad. Lo respetaban de una manera que también no se involucraban, no era algo que fuera importante para ellos como lo era para mí. Recuerdo que al primer espectáculo en el que participé no fue nadie de mi familia; ellos veían mi participación en teatro como un hobby, pero a medida fue avanzando el tiempo me decían: “¿Por qué invertir tanto tiempo y nadie te está remunerando nada? Mejor buscá un trabajo”. Ese tipo de consejos que te da la familia. Sí, tuve esas observaciones. Me decían: “Mirá, Maricela, dejá el teatro; tenés que mantenerte; buscá trabajo”. Ahora eso ha cambiado, porque vivo aparte, y ellas ya reconocen que el teatro forma parte de mí.

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Lilibeth Rivas, interpretando una de las escenas más fuertes y desgarradoras de “La canción de nuestros días”, Teatro Luis Poma, San Salvador, 2015.

¿Qué implicaciones tiene en tu vida esta decisión?

Esta decisión ocupa un lugar bien importante porque es lo que me ha ayudado a mantenerme con vida. Y digo “con vida” en el aspecto de que cuando quieres renunciar a todo, en los momentos en que quieres tirar todo, creo que el teatro salva, y una buena parte de mí la ha salvado el teatro, la verdad. Creo que soy como un volcán en el qué hay mucho magma adentro que está puf, puf, puf, saltando, y no soy de esos volcanes que puede estar sin actividad, sino que necesitan explotar, y luego volver a quedar activos, y luego explotar, y estar así… Entonces creo que el teatro ha ayudado mucho a mi ser creativo, a desarrollar esa creatividad.

¿Qué implicaciones ha tenido la decisión de hacer teatro como profesión?

Andar corta de dinero; llegar hasta la noche por estar ensayando, tipo 12 de la noche, a mi casa, después de un ensayo… porque nadie podía más temprano, entonces acomodábamos los horarios. Me ha implicado enojarme con gente porque no he recibido un trato humano dentro de ciertas producciones, y por eso mismo ha implicado que haya gente que está enojada conmigo por decir las cosas claras.

Para los artistas no existe prestación de ley: no hay seguro social, AFP, créditos, etc. ¿Cómo has enfrentado esto?

Pues aguantarme, la verdad, por eso mismo que decís: no hay un seguro y a veces necesitás ir al doctor, al dentista, etcétera, pero no podés ir, entonces te esperás. Si no estás estable económicamente te aguantás a que te salga un trabajo, una presentación, o que te salga algo alterno y de ahí ver. A veces ni siquiera te alcanza, porque tenés que cubrir otras cosas. Depende la situación en la que estés. La realidad de muchas personas que hacen teatro es que no solamente se sostienen de esto: tienen a la par o un negocio u otro trabajo de medio tiempo, pero no es que solamente sea del teatro. Yo emprendí un negocio. Eso me ayuda y me permite organizar mi tiempo en relación con el teatro. También aprendí a andar en zancos, eso me da otro tipo de entrada y el hecho de tener una carrera universitaria me da la posibilidad de optar a proyectos con organizaciones independientes que te pagan por consultarías o talleres.

Ustedes, en el grupo Zebra, han sido las actrices más jóvenes en ganar el Premio Ovación. ¿Cómo ha sido toda esta experiencia?

Ha sido una experiencia regeneradora para mí. A nivel colectivo ha sido un reto: estar situadas en una palestra donde la gente espera un buen resultado y, además, de que una, como artista espera hacer un buen trabajo; ser honestas con lo que llevamos a escena desde nosotras, desde el texto, desde la acción escénica para con los demás.

¿Cómo abordaste el personaje de Vitelia que interpretás en La canción de nuestros días? ¿Qué elementos te trastocó?

Lo abordé desde su esqueleto, que para mí es el texto, esa médula. Luego, poco a poco ir creando: imaginar, investigar desde la historia hasta tu cuerpo mismo. Creo que todos tenemos una memoria corporal que en cierta medida también es histórica, me refiero a los acontecimientos que te marcan desde generaciones pasadas. Pero, concretamente, también puedo decirte que me ayudó conocer y ver a mujeres que tienen vena con Vitelia: mujeres que estuvieron en el conflicto armado… escuchar sus voces, ver sus rostros… De hecho, creo que esos son los detalles que hacen hermoso el estar en teatro: observar, dejarte penetrar la piel e intentar crear.

¿Qué te motiva a seguir en el camino del teatro?

Que me mantiene viva, y si me mantiene viva yo también puedo transmitir parte de esa vida a otras personas. El teatro salva y por ende puede salvar a otros.

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Lilibeth Rivas en una escena de “La canción de nuestros días” en la que interpreta un monólogo en el que recrea, con su expresión corporal, la ilusión de estar en un río. Teatro Luis Poma, San Salvador, 2015.