Roque Dalton: “Propietario del alba” (poesía)

Cuatro sonetos y un romance muestran al futuro poeta revolucionario en el momento más inesperado de su aprendizaje.

Roque Dalton
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | #8 | Agosto 1, 2016

I. Introducción

Jorge Ávalos

Roque Dalton (1935-1975) fue un “poeta revolucionario” en más de un sentido. Para empezar, fue un militante de izquierda que, al final de sus días representó, como pocos intelectuales, el movimiento guevarista que pretendía despertar revoluciones en todo el continente americano. Además, fue un intelectual y poeta que teorizó sobre la revolución y luchó por crear una poesía que, a su vez, pudiese expresar en forma y contenidos sus ideas revolucionarias. ¿El resultado? Una obra en la que alternó libros brillantes como Taberna y otros lugares (Premio Casa de las Américas, 1969) con algunos poemarios de inefable banalidad, como alguna vez lo señaló Julio Ortega; pero aún estos últimos están tan llenos de un genio inigualable para el sarcasmo y la socarronería intelectual, que es difícil descartarlos.

No hay que olvidar que su prolífica obra está compuesta de más de una veintena de libros de poesía, narrativa, ensayo y teoría política que fue producida en apenas veinte años de vida vivida entre los fragores del exilio y la penuria económica. Esa energía intelectual a toda prueba tenía como punto de partida un ímpetu autodidacta que marca sus dos trayectorias: la poética y la vital. Después de publicar Taberna, Dalton dejó atrás, muy atrás, su poesía de signo “burgués”, y lo que esto significó, como lo confesó en una famosa entrevista a Mario Benedetti, fue que abandonó a partir de entonces la postura del “poeta cantor”, en la medida en que esto significaba escribir al margen de la revolución. Lo que esto no significó es que se hubiera distanciado del amplio repertorio de posibilidades estilísticas que aprendió en su juventud de los mejores poetas del siglo XX que lo marcaron: Vallejo, Neruda, Yeats, Eliot, Mayakovski, Brecht, Perse y muchos más.

Ser un poeta que, a su vez, es un agente de cambios históricos ubicó a Dalton como un poeta de signo crítico, caracterizado por una obra multifacética, desafiante e intelectual. Sólo en muy raras ocasiones volvió a tocar el lirismo, pero este, cuando surge, es conmovedor y memorable, como en el poema “Como tú”, escrito durante sus últimos años de clandestinidad en El Salvador. Esa capacidad para el lirismo siempre estuvo presente y, de hecho, una lectura atenta nos revela que textos clásicos de Dalton como “Desnuda” y “Alta hora de la noche”, no sólo son líricos por el tema y el tratamiento, sino también por la forma, pues estos dos famosos poemas de amor están escritos en hexámetros. ¿En qué momento aprendió Dalton a escribir con el rigor de la métrica clásica? La respuesta es mucho más precisa de lo que podríamos haber imaginado: lo hizo, con típica urgencia, en sólo dos meses, entre diciembre de 1957 y enero de 1958, cuando escribió cuatro sonetos y un romance.

Estos poemas de aprendizaje no fueron integrados por el autor a ninguno de sus libros, y sólo salieron a la luz hasta que fueron incluidos en el primer tomo de su poesía completa (No pronuncies mi nombre, Tomo I, DPI, San Salvador, 2005). El primero de los sonetos, “Propietario del alba”, es un ejercicio de imitación de César Vallejo, en el cual es posible detectar el particular fraseo y vocabulario del gran escritor peruano: “Se me sube la paz y la recibo / casi eléctricamente, con perfiles / de una roja ansiedad…”. En otro soneto, “Lámpara actual”, Dalton experimenta con un tono y una retórica plástica que evocan a Rafael Alberti: “¿Quién eres junto a mí, muralla o flores? // ¿Quién eres, par de pies, ante mis alas?”.

El procedimiento de aprendizaje de Dalton es puesto en evidencia en los otros dos sonetos, en los que, quizás tomando de las pautas temáticas y lingüísticas de los salvadoreños que le precedían por una generación —Oswaldo Escobar Velado, Hugo Lindo y Pedro Geoffroy Rivas—, intenta aplicar lo aprendido en un soneto más personal, “En la habitación de un tío duque”, y en otro de tema nacional que sirve de introducción a su poemario Canto a Sonsonate. Hay que notar que este último soneto, “Instantes del llegar”, es de estrambote, pues lo acompaña una especie de fuga de 35 versos escritos principalmente en endecasílabos de verso blanco (sin rima); los versos que rompen con la métrica, sin embargo, cumplen una función musical al crear cadencias y giros sincopados durante el trayecto de la lectura, para concluir, brillantemente, con un verso de tres sílabas que llega como un golpe, súbito pero definitivo: “y el hombre”.

Canto a Sonsonate concluye con un romance (octosílabo) en dos partes, “Presencia de tu agua cálida”, el cual es un ejercicio retórico de sucesión de imágenes, en particular la sinestesia (el desarreglo semántico de los sentidos). Esta tendencia por el retoricismo no desparecerá de la obra de Dalton por algún tiempo, y es una práctica protagónica en la poesía más política de su primer libro, Con la ventana en el rostro (1961), donde acude con frecuencia a la letanía (patrones de repetición) y el paralelismo. Pero es en el uso de la sinestesia donde se perfila al poeta audaz del futuro:

Iniciaciones desnudas
en las centellas aéreas
de peldaños con mariscos
te nombraron jornalera.
Perfil de caña rebelde,
incendio de grito y gallos
desde el medio de tus piernas.

…………………………………………
Ciudad, muchacha, paloma,
mercado de loza y albas,
fuente de los resplandores,
tropa de cándidas casas:
¿Cómo medir tu ramaje
sin llegar a las campanas?
¿Cómo nadar en tus ojos
sin ahogar las palabras?
¿Cómo preferir las rosas
a tus estrellas saladas?

Esta frescura dentro de cierto rigor —métrico en este caso, conceptual en el resto de su obra— es un rasgo en toda la poesía de Dalton. Que haya visto necesario poner a prueba su talento literario en una serie de poemas de corte clásico debió haber sido para él una prueba de orgullo. Más característico de su personalidad es que una vez comprobado que podía dominar y producir eficaces poemas con métrica y rima, decidiera dejar la práctica a un lado de inmediato y siguiera en la búsqueda de su propio camino: el del amor y el de la revolución.

II. Poemas

Roque Dalton

Tres sonetos

Propietario del alba

Se me sube la paz a la garganta
para estallarme en altos palomares,
para estallarme en todo lo que canta
como dios especial, sin luz ni altares.

Se me sube la paz y la recibo
casi eléctricamente, con perfiles
de una roja ansiedad. (Alado vivo
y alado he de vivir junto a miles

de anónimos gigantes por la vida,
de altas figuraciones del futuro,
pioneros de la dicha establecida.)

Y pues tengo la paz, la paz me crece
con un grito ancestral, árbol oscuro
que no cae, ni tiembla, ni enmudece…

Lámpara actual

Existencia que nada entre mis poros,
pan moreno y nupcial el de tu frente,
tu música parida quiere coros
a pesar de mi grito suficiente.

Multitud o racimo me traduces
y acepto la traición como una rosa,
desflorado puñal que aunque lo uses
me cae cual consigna bondadosa.

Consigna y mapa rudo me regalas;
lágrima y cobardía manifiesto:
¿Quién eres junto a mí, muralla o flores?

¿Quién eres, par de pies, ante mis alas?
¿Quién, descontento, asesinato, incesto,
excusa que esperaban mis dolores?

En la habitación de un tío duque

Pasión en mi candado. Junto al vino,
preñado inconvenientemente, quedan
órficas cuererías, polvo y trino
de espadas y retratos que se enredan.

Y libros, cual domésticos collados
en humedad nupcial y olor a abuela,
metafísica enteca de obstinados
en que el ayer decrépito nos duela.

Afuera, junto al aire, duras torres,
hijas de los espacios que recorres,
proletario, en tu atroz cabalgadura.

Espacio abierto y vida: tu alimento
para la rota piedra que presiento
básica, dulce, original, madura.

Diciembre, 1957.

Canto a Sonsonate

Instantes del llegar

I

De fríos mal nacidos he venido
hasta tu incendio fértil y tu espada.
Solar iglesia de petate, pido
establecer mi voz en la inundada

ánfora de tu arena y tu derroche
en tu provegetal orfebrería,
en tu luna balsámica, en tu noche
virgen con especial astronomía.

Sal de los cancerbéricos volcanes,
cintura de cacao y huracanes,
ventana de los yodos, verde nube,

catarata nupcial enardecida:
mi voz desde la tierra y por la vida
hasta tu sol ileso viene y sube.

II

Como nacer al sol, a la palmera,
como nacer al aire deslumbrado;
como surgir parido por la miel
verde hasta lo insumergible y lo desnudo;
como volar de nuevo sin espinas
—primaverales flechas olvidadas—,
como llegar al agua transeúnte,
como llegar al pez y a la naranja,
como llegar a la guitarra cósmica,
al río incalcinable y sus espumas;
como vivir la flor y la colina,
la irredencia sexual de la semilla,
la arcangélica ruina de la tarde;
como llenar de pájaros el grito,
de nuevas mariposas la tormenta,
de combatientes ostras las calles y los árboles;
como pasar del hueso a la magnolia,
como pasar del odio a la preñez,
como pasar del mármol a la risa;
como ir hasta la greda por las venas,
hasta el futuro cierto por la lucha,
hasta los hombres por la paz del alba;
como procrear entre algas y banderas
un incendio de mangos y rocío,
como reír bajo la lluvia,
como extender los besos y la mano,
como reconquistarnos el amor y el canto,
la honda sanguinidad del corazón,
así es llegar a tu ribera unánime,
a tu profunda voz de volcán joven,
a tu caldeada intensidad de playa
donde se injertan vehementemente
lo volátil soberbio de los cocos,
la positividad concreta del maíz,
y el hombre.

Presencia de tu agua cálida

I

Iniciaciones desnudas
en las centellas aéreas
de peldaños con mariscos
te nombraron jornalera.
Perfil de caña rebelde,
incendio de grito y gallos
desde el medio de tus piernas.
Clavel, inmaduro niño,
párpado que huele a hembra,
risa nupcial desatada
muy a pesar de tus viejas.
Cafetal interrumpido,
izote de mil candelas,
cazadora iluminada,
pedazo de llama buena:
presente en tu rico polen,
en tu ausencia de arena,
despierto perenne y nuevo
sobe tu antigua acuarela.

II

Siempre hubiese creído,
careciendo de mapas y colegios,
que eras un instrumento musical:
tu nombre cayó indudablemente
de los más cálidos cenzontles…

Ciudad, muchacha, paloma,
mercado de loza y albas,
fuente de los resplandores,
tropa de cándidas casas:
¿Cómo medir tu ramaje
sin llegar a las campanas?
¿Cómo nadar en tus ojos
sin ahogar las palabras?
¿Cómo preferir las rosas
a tus estrellas saladas?
(El agua verde, la llave
que abre tu frescura clara,
marquesa entre las lechugas,
boyera de la mañana,
indecisa con sus hielos
enemigos de tus brasas,
sigue dejándote besos
y residencias intactas.)

Ciudad con reloj y cura.
Tierna y vegetal almohada
del sol marido y borracho
que usa los mares por sábanas:
desde tu alma de gaviota
pasión de alas se derrama
hasta que el viento distinto
jura romper sus guadañas.
(El agua y los caracoles
ratifican su confianza:
madura invasión propician
de alegre lágrima y playa.
Desde los ríos azules,
desde olas de sal amarga
conquistarán tu redonda
luz de heráldica yodada.)

Pero no sólo eres tú,
peces, mercados y ramas,
palmeras de dulce leche,
vitrina deshabitada.
Eres mil manos que esperan,
agricultura que canta,
sangre y banderas gritando
y antecedentes en llamas.
(El hombre de tu horizonte
ha comenzado su marcha:
tambor de lava y ceniza,
sanidad de carcajada.
¡Y no será el odio sordo
—serpiente, cuchillo y saña—
el que con bestias atroces
crucifique su esperanza!)

Enero, 1958.


Textos y fotografía reproducidos con el permiso de los herederos de Roque Dalton.