Arturo Ambrogi: “Elogio de la chicharra” (poesía)

Asombroso poema en prosa del más exquisito de los cronistas salvadoreños, Arturo Ambrogi (1875-1936). Su lenguaje, exhuberante y musical, fue una de las más importantes creaciones del modernismo.

Arturo Ambrogi
Fotografía de Jorge Ávalos
La Zebra |
#9 | Septiembre 1, 2016

En las sumidades del seco ramaje, entre las escasas hojas deshilachadas y polvorientas que perduran pendientes aún de las ramas tostadas, de cara al cielo, la chicharra frota sus élitros desesperadamente, como cuerda, única y vieja, en la caja de un violín fracasado.

La chicharra hace resonar su canto en el aire sofocante. Y entonando las Letanías del calor, y celebrando el Triunfo de la Siesta ardorosa, parece querer aturdirse ella misma, y naufragar, disolverse acaso (como un grano de incienso entre brasas) en las ondas flotantes de ese ruido metálico.

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Las dos únicas notas de su violín fracasado, dos únicas pobres notas, altérnanse a la iniciación del canto, una a otra, despaciosas, como arrastradas, para luego, en un furioso acercamiento, cada vez más vivo, cada vez más estrepitoso, amalgamarse en una sola vibración, amplia y envolvente. Canción senil y aislada, áspera hasta la desesperación, cortante al oído como el filo de una espada, agria como el rasguño de un diamante sobre una lámina de cristal.

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Y vista al sol, sobre el dorado fondo del complicado ramaje, entre las vacilantes hojas secas, adherida como una garrapata a la polvorienta corteza de su red de patitas de seis articulaciones, tiene su menudo cuerpo abroquelado, reflejos de cobre en la caparazón, destellos de cristal en las alas sutiles, brillos de gema en los ojos a facetas; y toda ella, menuda, adherida como una garrapata a la corteza terrosa, modelada sobre el fondo del entreverado ramaje, entre las hojas doradas y vacilantes, irradia como un preciado joyel de la Naturaleza.

Y en el ambiente aletargado del mediodía, en medio del sopor, la pobre música de la chicharra, aislada, agria, fastidiante, tiene casi el inefable encanto de una melodía perdida y adivinada después de años; por casualidad, en un rincón apartado de la memoria.

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En el silencio canicular, la chicharra canta.

Canta la laxitud de la hora.

Canta al sol que arde en el cenit y corroe la tierra como un ácido.

Canta al bochorno de los potreros en el que el ganado sestea, asediado por los tábanos.

Canta la tierra chamuscada, bajo la cual la simiente fecunda.

Canta a ala yunta desuncida que descansa, y al labrador que duerme a la sombra del árbol, la charra de palma embrocada sobre la cara.

Canta al maizal que dora sus millones de mazorcas. Y al cañaveral, extendido hasta perderse de vista, y que empompona sus chipustes de compactos plumeros de plata, como escuadrón de coraceros listo para un desfile en honor de la Ceres tórrida.

Canta a los ramilletes de shilas que florecen en explosiones de laka (los ramilletes de shilas que toman, bajo la crudeza del sol, un aspecto fantástico: el de una aglomeración de brochas empapadas en sangre fresca: toda la sangre de muchas vidas, acaparada y consumida, como un óleo cabalístico que aliente, que avive hasta la exasperación, el esplendor de un espectáculo de estetismo bárbaro: todo un sacrificio, para surgir una intensa sensación primitiva).

Canta la tranquilidad metálica de las charcas, cuyas aguas catalépticas se cubren con la nata de la lana, como de un mugriento sudario.

Canta las suntuosas colgaduras que forman las marañas de pica-pica, tendidas de árbol a árbol, y en las que el mórbido matiz morado obscuro sugiere la idea de la túnica inconsútil del divino Nazareno; y a los girasoles que, erguidos sobre sus tallos lianescos en actitudes mayestáticas, siguen el curso del sol, contemplándole cara a cara, sin deslumbrarse, como a un igual.

Canta a los pijuyos que dormitan entre los despojos, como un florecimiento de hongos de hollín; al talapo, que procrea en su cueva; a la negruzca tepelcúa, de doble cabeza, que se cela entre los cercos; y a las incansables guacalchías, que fabrican sus nidos entre los zarzales, erizados como apiñamiento de puntas de clavos roñosos.

Canta a los salamos, roídos por la carcoma, todos cubiertos de ronchas de escabros y de los garfios acerados de las parásitas, viejos druidas de las montañas, tal vez venerados por nuestros antepasados, y hoy pasto seguro del hacha tiránica del leñador.

Canta sobre todo al Calor… En él nace; en él vive; en él goza y se reproduce; y en medio de él muere de vieja, como una abuela achacosa en su cama matrimonial de arcaica ebanistería, entre encajes rancios y lienzos olorosos a alcanfor.

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Y mientras las hojas se abarquillan, y crujen, martirizadas por el calor, y caen en áureo aluvión y alfombran suntuosamente el suelo, la chicharra, ebria de sequía, prendida al tronco terroso, entre las ramas escuetas, mira al cielo que arde, y al sol, redondo, ígneo como rodela de hierro sacada por la tenaza del horno crepitante de la fragua; y su canto primitivo, su pobre frase repetida hasta el cansancio, y vieja como el Mundo y la Leyenda, vibra en el aire sofocante, con estridente ruido metálico, llena de sugestiones estivales y adormecedora como ingenua tonada de nodriza.

El libro del trópico de 1915.


Fotografía de Jorge Ávalos: Don Alejo, San Ignacio, Chalatenango, 2012.