Ricardo Lindo:SARA de Sergio Ramírez” (crítica)

El novelista nicaragüense “Sergio Ramírez ha logrado con Sara, sin duda, una de las grandes novelas de nuestros días”.

Ricardo Lindo
La Zebra | # 9 | Septiembre 1, 2016

Es Sara (España, Alfaguara, 2015) la más reciente novela del narrador nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), quien lanza en esta obra una visión de inusitado frescor sobre la historia bíblica de Sara y Abraham. Su principal personaje es Sara, aunque se vaya a referir a ese mundo que ahora se nos antoja monstruosamente patriarcal.

Cuando la historia comienza, Sara se indigna al ver aproximarse desde el horizonte de arenas a tres adolescentes con rostros de doncellas. A ella no la engañan: son tres manifestaciones, o una sola, de ese Mago que habla con su marido bajo diversas formas o ninguna, en vigilia como en sueños, y le ordena cosas incomprensibles, como esa de cortarse el prepucio y hacer que se lo cortaran todos los varones bajo su mando. Pero a ella ese Mago no le habla jamás.

Los enviados del Mago son groseros con ella. Lo son también estos adolescentes —Miguel, Gabriel y Rafael— que no se dignan a dirigirle la palabra aunque Sara, forzada por su marido, les haya lavado los pies y preparado la comida. Pero, al fin de la visita, uno se dirige a Sara para anunciarle que será madre en un año. Ella se ríe interiormente, pues ya no se lo cree, o no se lo quiere ya creer: tantas veces le han comunicado a través de su marido que será madre y nacerá de su vientre un vástago del cual vendrá un pueblo que crecerá como las arenas y las estrellas, pero eso nunca se da. En cambio, el Mago ha hecho que nazca un hijo de Abraham del vientre de su esclava Agar. Tampoco cumple nunca el Mago con eso de que dará a Abraham vastos pastizales con rico ganado y abundantes bienes. Los enviados se sienten ofendidos de esa interna risa.

Desde un comienzo, Sara está dando muestras de un espíritu de rebeldía. Pero una y otra vez, el Mago ordena a Abraham que tomen camino hacia tal lugar o tal otro, y ella sigue a su marido aunque refunfuñando.

“Mi marido está loco —piensa—, me casaron con un loco, voy siguiendo a un loco” (p. 89).

Sara acepta la voluntad de su esposo incluso cuando, rumbo a Egipto por tierras pedregosas, él hace un altar y sacrifica a su último cabrito.

En el capítulo segundo, el novelista rompe la “cuarta pared”, habla directamente con sus lectores, intenta explicarse y explicarnos lo que implica esta legendaria historia, aporta y evalúa provisto de datos comparativos que toma de diversas fuentes, los Padres de la Iglesia en particular. Con ambos elementos, la narrativa lineal y el balance crítico, irá urdiendo en adelante su relato.

El mundo que nos describe es agreste y brutal, y ofende nuestro sentido de la higiene. Los orines humanos están omnipresentes hasta como afrodisíaco y en las plazas hacen hogueras con bostas de ganado.

Los personajes no son siempre lo que esperamos. El faraón, el hombre más poderoso del mundo, es un sucio vejete timorato e insignificante que padece de eyaculaciones precoz. Los “justos” a los que se refieren las Escrituras quizá no lo sean tanto. Abraham libra su esposa a la prostitución y, al comprar esclavos, revisa sus testículos para asegurarse que ampliarán el hato. Lot no vacila en hacer cortar la mano a los esclavos díscolos. Y esos adolescentes con cara de doncellas, enviados del Mago, hablan con total indiferencia de destruir dos ciudades con todos sus habitantes, mujeres y niños incluidos.

El autor va haciendo aquí y allá guiños a los lectores de poemas. El faraón posee “un trono de malaquita” y hay otros dispersos ecos de versos de Darío. Y, si Sara vuelve la mirada hacia Sodoma, la ciudad en llamas, es para buscar entre ellas a su amante. Es un claro eco del poema que Carlos Martínez Rivas, poeta nicaragüense, dedica a aquella mujer que se convierte en estatua de sal. Esto no será visible para un lector español o sudamericano, pero es evidente para cualquiera de los compatriotas de Ramírez y para cualquier conocedor de poesía centroamericana, en la cual ocupa Martínez Rivas uno de los lugares más destacados. En la novela, por cierto, el amante es un artista, un pintor que pinta los muros de los lupanares de Pompeya. En los momentos cruciales. Sara desobedece al patriarca y al Mago por ende, como cuando va a advertir a Edith de la suerte que espera a Sodoma o cuando detiene la asesina mano del padre que se abalanza sobre el cuello de su hijo. Ella actúa entonces libremente, dejándose guiar por sus afectos por encima de esas leyes que no comprende. Eso hace de este libro una novela feminista.

Dotado de un gran conocimiento de la historia antigua, de un abundantísimo vocabulario, de innumerables recursos narrativos, de todo lo cual abusa un poco, Sergio Ramírez ha logrado con Sara, sin duda, una de las grandes novelas de nuestros días.