Álvaro Darío Lara: “Ricardo Lindo: el poeta de las maravillas” (crítica)

Un reencuentro con el primer libro de poesía publicado por Ricardo Lindo en 1981, Jardines.

Álvaro Darío Lara
Ilustración de Erwin Guillermo
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

Entre miles de folios, adornos, cuadros y libros antiquísimos que conforman mi estudio-biblioteca, vine a dar, un día, con un libro maravilloso, se trata del poemario Jardines, cuyo autor, el poeta Ricardo Lindo (1947-2016), publicó a inicios de la década del ochenta, bellamente ilustrado por el artista Salvador Choussy.

Recordé con gran sentimiento, la primera vez que leí los poemas de Ricardo, acompañados de esos dibujos tan tiernos y tan excepcionales, salidos de las manos de Choussy.

Desde la primera vez que incursioné en la poética de Ricardo —en verso o en prosa— supe que me encontraba frente a una imaginería portentosa e inagotable. Así, los primeros libros: XXX (cuentos, 1970) y Rara avis in terra (cuentos, 1972). Luego vino un largo silencio, hasta que apareció Jardines (1981).

En la introducción al texto, el poeta nos testimonia cómo una vez “juró que jamás escribiría una poesía”; sin embargo, una tarde llegó hasta la casa del “Pintor sin Obra”, y deslumbrado por la belleza de aquella producción artística, lamentó que fuera poca, y pidió al pintor más obra. Éste respondió que lo haría cuando el poeta escribiera un poema, para así poder, él, crear el mágico dibujo.

Ricardo afirma que días después, un extraño visitante de cambiantes rostros —Omar Khayyam, Nezahualcóyotl y Erasmo— le entregó en su propio hogar, un poema, para el “Pintor sin Obra”. Aquello era sobrenatural: “Y desenrolló una fantástica tela con conejos azules, pájaros, serpientes, palmas de maíz y personajes desnudos con las manos cargadas de luminosas ofrendas”.

El autor finaliza de esta manera: “las líneas que siguen son un triste reflejo del fuego fantástico de ese códice de ángel”.

Yo creo que las líneas que siguen son bellísimas y que representan una de las piezas líricas más hermosas que se hayan escrito sobre Cuscatlán. Asistimos con esta obra de Ricardo y de Salvador Choussy, a una restitución en el plano de lo estético, de la maravilla que nuestra tierra ha sido y es, a pesar de todos los pesares.

Veamos el poema “Secretos”:

Iglesias pequeñas como barquitos,
dulces tierras de agua.
Un gran sol hacía navegar las flores de primavera
entre las rocas y las nubes.
Pueblos diminutos
ángeles detenidos entre dos tiempos
hablando de una edad en que las cosas eran más simples y más bellas.
Las lunas se inclinaban entonces sobre todas las cosas como madres,
elevando las hojas del piñal y los hijos del sueño,
y los campesinos conocían secretos inmemoriales de una tierra anterior a las máquinas.
Desnudos sobre la gleba
los niños vuelan aún un barrilete
y una mujer descalza canta un canto delgado
mientras eleva el agua con el cántaro.
Soledad, soledades,
hojas de dormilona, poemas de los sueños,
oraciones de un dios crepuscular,
las damas duermen. Y yo veo temblar en el viento
dos rosas rojas.
Son dos gotas de sangre que Jesús, al pasar,
ha dejado impresas sobre el polvo.

Jardines constituye la primera obra con la que Ricardo incursiona, de una forma más visible, en la poetización de nuestra tierra, tomando como punto de partida el pasado prehispánico. Esto luego se convertirá, junto con la historia de la conquista y la colonia, en uno de sus temas preferidos, sobre todo en la narrativa. Su amor por esta tierra —bella, volcánica y cruel— le ha inspirado una sólida y magnífica producción literaria.

Es mucho lo que el país debe al poeta  Ricardo Lindo, por su obra, tan sostenida y prolífica en el tiempo. Su voz es de las voces donde los salvadoreños nos reconoceremos por siempre.