Javier Kafie: “Viaje poético por soprendentes tierras inmemorables” (crítica)

Una reseña crítica del más reciente poemario de Ricardo Lindo, “Bello amigo, atardece…”

Javier Kafie
Ilustración de Erwin Guillermo
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

Hay un filósofo no tan conocido que se llamó Mijaíl Bajtín. Éste desarrolló hace algunas décadas una serie de teorías sobre el aspecto democrático de la literatura, en especial sobre la novela, en la que cohabitan —indiscriminadamente y con igual valor— un sinnúmero de voces o discursos. Con la poesía sucede, según el Sr. Bajtín, todo lo contrario: en ella impera una sola voz y eso la vuelve un medio monárquico, un medio que fue destronado el día en que a un tal Don Quijote se le ocurrió montar su rocín para irse en busca de aventuras por la Mancha.

Lo que esto quiere decir es que en el paladar literario de nuestra era la novela tiene preponderancia sobre la poesía. Esto se da porque desde que se inventó la imprenta y se expandió la alfabetización la gente está acostumbrada a oír un sinnúmero de voces: la suya, la del vecino, las de la radio, de la publicidad, del internet, etc. Por eso la novela es un medio democrático, pues en la convivencia de esa multiplicidad de voces se encuentra el reflejo de nuestra situación actual. O sea, que nos sentimos cómodos en la ambivalencia y rechazamos la rigidez de lo unísono, que sería la poesía.

Eso no impide que todavía, en nuestros días, la poesía sea capaz de expresar aspectos esenciales de nuestra existencia. Aspectos que de una forma u otra también explora la novela, la fotografía o el cine, pues no puede negarse que en estos se filtran siempre evidentes elementos poéticos. La diferencia está en que la poesía explora estos aspectos desde su espacio atemporal, y con esta atemporalidad en mente es como vale la pena leer el más reciente poemario del escritor salvadoreño Ricardo Lindo (1947-2016).

Bello amigo, atardece… (Índole Editores, San Salvador, 2010) lo conforman versos que contemplan con sensibilidad y sin prisa el drama irresoluto de la vida. Versos en los que reina la nostalgia más que las sonrisas. Y aún así versos, poemas, con un ojo perspicaz para encontrar —aún en la tristeza— la belleza de la vida. En resumen: versos que lo hacen a uno adicto a los versos. Una poesía llena de imágenes claras y de meras vislumbres, de historias que se tejen e incertidumbres que conmueven; poemas sobre lo visible y lo intangible, lo próximo y lo inasible, sobre objetos e ideas.

No obstante, entre sus páginas, en las que no es difícil encontrar la voz de un poeta añejado y dorado por soles otoñales, lo etéreo tiene más peso que la cotidianidad. Y esto se nota ya desde la primera parte, “Estampas de un reino”, donde Lindo se dispone a describirnos una comarca que parece lejana en distancia y en tiempo a través de los cantos de sus habitantes. Pero noten que tanto el “Canto del verdugo”, como “El canto de las tejedoras” o “El canto de los encantadores de serpientes” o “El canto del escriba” no nos habla con detalle de sus quehaceres del día a día. Sino que esculpen en versos la forma de sus vidas. Y estas formas, estos arquetipos, se vuelven ladrillos que construyen al final el Edificio atemporal del reino.

La temática de Ricardo Lindo está lejos de agotarse en esos rumbos. En poemas como “El oro de los ríos” trata las cicatrices de nuestro pasado precolombino, en “España” nos cuenta como cae la lluvia y la nieve sobre aquella monumental Iberia de antaño con todos sus oros, sus artes, sus héroes y sus “quinientos caballeros muertos”. En “Aire” nos dice que: “Nadie decide su destino / y el tiempo a cada uno da, / justa o injustamente / una leyenda o un olvido”. Luego se encuentran textos de hermosura y profundidad indescriptibles, como lo son el “Poema para contemplar el horizonte”, o “Pasa, viento” o también “El soñador”.

Y en la última parte del poemario, titulada “Bello amigo, atardece…”, algunos de los versos de Lindo se tornan por momentos con una pigmentación de protesta ante las fuerzas que se oponen al amor que él profesa. Pero poemas como “Escrito en una ola” exploran magníficamente la dimensión profunda del amor, y otros como “Llamada” o “Endechas” nos encaran con situaciones concretas, situaciones que reflejan tanto la belleza como la tragedia que tiene todo amor, que es, al fin y al cabo, el mismo.

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JAVIER KAFIE (1982) es escritor, periodista cultural y cineasta.

Publicación original de esta reseña:
Diario Digital Contrapunto, San Salvador, 28 de junio de 2010.