Ricardo Lindo: “Por el ojo de la cerradura” (cuento)

Una muestra de la brillante minificción del escritor salvadoreño Ricardo Lindo, imaginativa, humorística y, a menudo, surreal.

Ricardo Lindo
Retrato del autor por Sandro Stivella
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

La ciudad y un fósforo

En un punto del desierto hay una ciudad de espejos. Los espejos son tan pequeños y están distribuidos de tal modo, que basta encender un fósforo para que la ciudad resulte profusamente iluminada. La noche más oscura desaparece bajo el poder de un fósforo.

Hay caravanas enteras enceguecidas al encontrar la ciudad a pleno sol. Caminaron al azar, tanto más tenebrosas por dentro cuanto mayor era la claridad a su alrededor, hasta ser devoradas por las mudas extensiones de arena.

Esta ciudad es un cuento.

[XXX. Dirección de Publicaciones de El Salvador, San Salvador, 1968.]

Por el ojo de la cerradura

—Es usted el nuevo preceptor —dijo la mujer sin entonación. No supo si se trataba de una afirmación o de una pregunta.

—Sí —contestó.

Echó una mirada al interior. Era apacible, luminoso, barrocamente decorado. Nada se apartaba de lo natural, y sin embargo…

La mujer de papel le miraba inquisitivamente, con desconfianza de vieja criada. Su engrudada y temblante humanidad se apartó, dándole paso.

Le hicieron esperar un rato. La criada no dejó de vigilarlo. Llegó una mujer delgada y elegante, evidentemente el ama, haciendo tintinear sus pulseras.

—Siéntese —dijo— perdone que sea breve —dijo— tengo una reunión. En seguida le presentaré a los chicos, ¿quiere un cigarrillo?

No quiso. Ella tomó uno, y lo encendió dejando caer lánguidamente sus admirables párpados de pergamino.

—Deseamos que sea con los niños lo más firme posible. Mi marido y yo solemos estar muy ocupados, y sólo por eso nos vemos obligados a dejar su educación en manos de un extraño. Téngalo en cuenta. Queremos que los niños alcancen un elevado nivel intelectual. Si es necesario, tortúrelos. Y ahora, le ruego me disculpe, querido señor preceptor, le dejo con los niños.

Los sacó de la cartera y los depositó en el suelo. Ambos saludaron con una reverencia.

La niña era tranquila y luminosa como papel celofán. El niño, reflexivo, como una cuartilla en blanco sobre un escritorio. En el inmenso jardín señorial paseaban recitando a Horacio. Actuaban con el ritmo suave y severo de un endecasílabo, y jugaban a veces en la cocina, sin aproximarse al fuego.

El preceptor les daba clases en la enorme biblioteca, entre las estatuillas y las formaciones de libros que tocaban el techo, cara a los ventanales. Más por la noche, sigilosamente, improvisó una linterna mágica con su lamparilla de velador. Hacía sentarse a los niños, arropados en sus piyamas a rayas, sobre la alfombra, y comenzaba la proyección. El preceptor pintaba ratones con sombrero de copa, lunas amarillentas riendo a carcajadas en su noche de tinta china.

Los niños observaban con seriedad las imágenes en la pared. De vez en cuando el niño decía alguna frase sobre la metafísica de la representación.

—Kant —dijo el preceptor una vez.

El niño volvió la cabeza con naturalidad, como si estuviese habituado a contestar a ese nombre.

El preceptor no dejó de asombrarse un poco. Ciertamente, esperaba la reacción, pero en cierto modo no la esperaba. Probablemente el contacto constante con esa otra realidad le había hecho olvidar, en su interior, el porqué de su estadía en esa casa, al otro lado de la muerte.

Recordó las palabras de Annah en la taberna penumbrosa:

—Kant —decía con los ojos iluminados por agujas exactas— ha reencarnado en niño al otro lado de la muerte. Le rodea una familia que procura mantenerlo en su estadio intelectual. Y sólo cuando lo supere podrá continuar su evolución.

Al decirlo, movía en la penumbra sus grandes manos blancas, como un absurdo vuelo de alas de trapo.

Él había decidido ayudar al filósofo. Por eso había pasado a escondidas la barrera de la muerte. Por eso estaba ahí.

El niño, con los ojos fijos, le observaba. El preceptor le golpeó el hombro, no dijo nada y se marchó.

Durante las noches que siguieron, el preceptor abandonó la linterna mágica. Comenzó a hacer títeres con sus calcetines. Los niños daban tímidas muestras de divertirse. Los títeres eran seres irrespetuosos, que no vacilaban en burlarse de Horacio.

Pero lo que ni ellos ni los títeres advertían eran las blancas pupilas de la criada vigilándoles desde las cerraduras.

Un día los niños desembocaron en la risa. Descaradamente, en el jardín, se quitaron sus propios calcetines para hacer toscos títeres. La criada se apresuró a avisar a la señora. La señora mandó a llamar al preceptor. Lo ataron de pies y manos y lo montaron sobre una carretilla. La criada llevaba la carretilla a través de los verdes prados, acompañada de la señora. Desde la colina, los niños agitaron sus calcetines en señal de despedida. Llegaron al barranco.

El preceptor sintió confusamente la caída, y perdió la conciencia. Cuando revivió, caminaba por una callecita parisina. “Rue de L’Huchette” leyó. Tomó hacia el Boulevard St. Michel. En una esquina tocaban acordeón.

[XXX. Dirección de Publicaciones de El Salvador, San Salvador, 1968.]

Don Diego

Don Diego de Velásquez mira por la ventana el aire gris de otoño. No ve al Rey que se aleja haciendo sonar su cuerno de caza. Ve el viento entre los álamos.

Mira al enano endeble vestido de señor y a la pequeña infanta con su ropón de cortesana que le impide jugar.

No, decididamente, piensa don Diego, estos seres no pueden pertenecer a la vida. Deberían estar en un museo.

[“Europa”. Ars, número 1, Segunda Época, revista de la Dirección de Artes de El Salvador, San Salvador, 1993.]

Morerías de papel

Escrito en la puerta

Alquílase máscara de bufón a hombres que estén muy solos o que vivan muy lejos, para asistir a velorios o contemplar melancólicos ríos.

La viuda

La dama triste ha vestido de luto la mitad de su rostro.

El diablo

El viejo diablo extendió una vasta mirada sobre su pasado, y comprendió que había sido malo sólo por dentro.

El novio

La noche de boda, el novio se puso su más hermosa máscara. Su cabello dividido en dos hacía juego con su simétrico corbatín…

La máscara

Hombres del mundo venidero, tengan piedad de mí, que fui Rey un día. Era sólo una máscara.

El demonio

El demonio de la tormenta dejó caer dos rayos blancos, pero usa una corbata negra.

El rey

Soy un Rey muy correcto. Puesto cabeza abajo mis ojos son dos campanillas para predicar en latín.

El viejo retrato

Yo era joven entonces, y mi espesa barba negra y roja contrastaba con la calma de mi semblante…

El santo

Nunca más volví a ver a don Pascacio. Mire, aquí está su retrato. ¿Verdad que tenía cara de santo?

El sabio

Soy un sabio oriental. Lo prueban mis ojeras negras, pues he escrutado las estrellas toda la noche.

El mono

Un hombre se pone una máscara de mono, y se disfraza de lo que cada uno de nosotros lleva por dentro.

Mascarilla fúnebre del Adelantado

Os invito a la casa de los horrores. Es mi alma.

Venid a ver, mendigos, caballeros, gentiles damas, el horrible espectáculo.

Yo soy aquel que en vida fuera don Pedro de Alvarado.

Iban bestias azules por los pastizales. La faz de la tierra era la máscara de oro de un gran verano incandescente, y en la noche de las vestiduras se iba poblando de niebla el horizonte.

Vi pueblos de indios. Eran dioses morenos y asustadizos, de ojos como los negros ojos de los ciervos. Eran crédulos, pero supe pronto que podían convertirse en guerreros feroces, hábiles en el manejo del arco y de la lanza.

Así, para dominar su ánimo y para que quedase memoria de mí para siempre, hice marcar con hierros candentes a los hombres, las mujeres y los niños, y ordené que todo aquel que no tuviese mi marca en la frente fuese muerto, pues era prueba fehaciente de rebeldía.

Hice quemar pueblos cuyos señores principales ardieron con sus casas, y el río corrió como una mortaja hacia el mar, pues de mi mano había venido el  sombrío esqueleto de la Muerte.

La sangre tiñe el río misterioso, el largo lienzo púrpura que avanza como una larga venda.

En las habitaciones de la muerte arde un gran canto negro, y es mi canto entre los cantos de los demonios antiguos.

La generación de mis errores será infinita sobre estas tierras, y mi sola memoria alejará la bestia azul del pastizal de oro, que morirá de sed, pues no querrá beber del agua de este río, que es agua de sangre.

[Morerías de papel. Textos para el libro de máscaras de Guillermo Grajeda Mena, pintor guatemalteco, publicado con motivo de su 75 aniversario. Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989.]

 


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968), que con un imaginario surrealista relataba las aventuras de un agente secreto, “XXX”, el cual muere en cuatro ocasiones distintas. El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (incorrectamente llamado “terra” en su única edición de 1972); el título proviene de la famosa frase satírica de Juvenal (82 después de Cristo) “rara avis in terris nigroque simillima cygno” (“un pájaro raro en la tierra, algo así como un cisne negro”), y que constituye la primera alusión del autor a su condición de hombre diferente, por su orientación homosexual. No fue sino hasta el 2004, con el libro de poesía Injurias, que el autor se declaró públicamente gay y adoptó una actitud de orgullo de su identidad asumida, así como de una actividad militante ante la discriminación. Su poesía está recogida en varios libros: Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016); Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989);Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendoTierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) yOro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos(Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.