Ricardo Lindo: “Antes de despertar” (poesía)

Una selección de la poesía lírica de Ricardo Lindo, que trataba con visión histórica y cósmica lo pequeño, lo simple y lo bello de la vida.

Ricardo Lindo
Retrato del autor por Sandro Stivella
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

Por aquí pasan las estrofas del aire

Por aquí pasan las estrofas del aire.
Por aquí pasaba un río.
Era lento y soñoliento y a ratos vertiginoso,
como una doncella dormida,
como un panal a mediodía.
Ahora pasa por aquí una calle
con almacenes y cafeterías.
Pasan por ella transeúntes como peces,
algunos vestidos de verde,
otros de rojo,
otros de gris,
señoras con carteras,
mendigos harapientos,
pidiendo una limosna bajo el oro del sol,
y pasan dos enamorados azules,
y pasa una pausada procesión bajo el sol.
Yo creo que esta calle se acuerda de cuando era un río
y pasaban por ella los cayucos,
yo creo que esta calle que recorren los labios
tiene una vocación de estrellas y de peces.
Guarda rostros amables,
rostros hoscos,
rostros tristes,
suaves rutas de buses,
y un amor infinito de grandes nubes blancas
que navegan sobre ella como si fueran barcos.
Tiene calmadas, lentas, horas de oro encendido,
vendedoras que venden en la acera
imágenes de yeso colorido,
y un largo canto rumoroso, un largo canto
de voces que recitan la ferviente cantinela del día.
Yo creo que esta calle
se acuerda de cuando era un río.

(Las monedas bajo la lluvia, 1985)

El Almirante

I

Oro sobre oro por ramajes en sueños
hace tiempos.
La ardilla
cascaba nueces crujidoras.
Era mirada suya de quien no mira ya
las espadas o el oro,
sino el Reino.

II

Hay cosas que se viven en sueños
y después desaparecen las cosas que se viven en sueños.
Los importantes terrores,
las bellezas inauditas,
pasan dejando apenas una vaga impresión.
Un pez surge del agua y la altera
y luego se hunde,
y el agua recupera su tersura
olvidándolo.
Pero algo hay en eso que vivimos
que era más fuerte o bello
y la vigilia nos golpea con aire de orfandad.
Nunca seremos más. Nunca menos.
En el supuesto de que hayamos sido.

III

Vamos a la quietud
que alma mueve a ceniza.
Embarcaciones
del bastión muerto
bogan mares inmemoriales.

Una historia de tan malignas lluvias,
el alma tenebrecía.
Cantares que cantaron los cantores,
y saltimbanquis y laúdes tañentes
en plazas de gran lluvia.
El alma
tenebrecía.
Adiós,
días felices,
idos muy pronto donde late el viento
arrastrador de nubes.
Sólo queda la copa
de impiedad llena.

IV

Y ya rota la última
más suave y misteriosa cadena,
bucles de oro corriendo entre los dedos
o arenilla dorada del crepúsculo,
tan suave piel,
seda del mar disuelta,
nevad espuma por las playas,
mareas ascendentes
y más tibias de una ardua locura
y el pendón de las islas y las perlas
en la mirada melancólica del agua,
de un verde tan profundo.
«¡Oh palmeras, palmeras,
oh navíos…!»,
murmura el capitán al horizonte.
Dedos que rozan músicas,
locura
del loco capitán.
Sobra lo que ha pasado, falta lo que es incierto,
y a buen puerto no llega
sino el que ha fracasado,
pues todo buen fracaso da la noble enseñanza.
Un día por los claustros invernales
la lluvia
me lavará de sombras.
Dedos que tocan músicas,
cabellos
que el viento agita.
La proa
desenvuelve silencios, noches, nudos marinos.
Labios que dan piedad y llagan
llaman desde la altura.
Innominadas músicas navegan
el ámbito visible.

(Arca de los olvidos, 1998)

Antes de despertar

A Jorge Ávalos

Oigo caer la luz
tan lenta,
cañería adentro del sueño.
Desamparados transeúntes
agitan sus paraguas contra la aurora.
La arboladura
del barco de la noche
en el cristal del aire
golpea sus banderas y se aleja.
En el túnel del año que desciende
llueve silencio.
Es todo tan extraño.

(Inédito, 1999)

Breve luz en la lluvia

Nubes navegaciones.
Altos incendios por las nubes
anuncian la tormenta que esperamos.
Mientras el bello amigo
desnudo alza sus manos invocando la lluvia,
una luz lo circunda como el aroma de los panes.
Del pan de oro de su corazón
viene esa luz que aroma.
Cuando lo veo olvido los venenos del día.

Niebla

Las nubes descendían de las altas montañas
y entraban a la casa.
Tejían las abuelas mantos de agua en la noche
para santificar el día venidero.
Diciendo dulces cosas rumorosas.
De su vago rumor entre las sombras blancas.
Tan sólo una palabra se entendía:
«Paz, paz».
Y esa sola palabra repetida,
huyendo del murmullo delicado,
desataba las olas nevadas de la niebla
que un escondido Dios bendice.

(Injurias, 2004)

Materia

Yo te canto, materia de la tierra,
grave madera, arcilla,
piedra, arena.
Mar adentro del corazón tú vives
bolsón de cuero, algodón blanco que cubre el pan.
La noche que te habita y el día que te habita,
tierra madre y sirvienta
¿cómo podríamos olvidarlo?
Y aunque nos fuéramos muy lejos
y nos volviéramos como los dioses
¿podríamos realmente separarnos de ti?
Vino del corazón te habita
ojo manso,
corteza sabia del árbol,
y la resina que del árbol mana
cae como una lágrima sobre nosotros.
¿Qué importamos nosotros
para que Dios tan siquiera nos juzgue?
Pero ya entiendo,
tierra,
somos parte de ti,
y antes de abandonarte
Dios volvió la mirada y dijo:
“Un día volveré”.

Pasa el desconocido

Cintura de los trópicos ceñida por la luz,
con azafrán sativo y asuero sublimado
y bálsamo del comendador,
curada fue nuestra locura.
Llagas de cinabrio
y un tronco de tinieblas y de luz
en la alta roca del mar.
Cristales.
Un Dios tranquilo por los dormitorios
formas de amada arcilla eleva a la vigilia,
y las palmeras en la madrugada
mástiles son del navío del viento,
donde avizora un ave la llegada del día.
¡Ah, cuánto llanto han recogido las mujeres
en las sábanas húmedas de rocío!
Y se oye aún en lo oscuro,
de las cocinas,
un rumor de cacerolas que se entrechocan
y agua que se derrama en el lavadero.

Noche tibia del trópico.
El tordo semillero y la palomita semillera
han recorrido miles de kilómetros
para regresar a sus nidos.
Se oyen grillos.
En la pila del patio, el agua
recoge los dibujos de las constelaciones
y la sirvienta llena los canastos
con las sábanas blancas.
Noche del aire de cristal.
Sobre las calles empedradas
los niños juegan bajo la luna
y a la orilla de la taberna
la muerte juega con los dados,
y pasan los soldados.
Búho del buhonero,
de la hojalatería platas hace la noche.
La tiniebla de aromas vegetales
abre los cofres,
y la brisa golpea los pechos sudorosos,
y un Dios descalzo va por las calles
y nadie sabe quién es.

Conciencia

Oye caer mi voz por los días que fueron,
plata de madrugada bruñida en los estanques,
estaños en las nubes que acuñaban
perfil de altas montañas.
Oscuridades
iban naciendo en mí como el asombro,
y los que tanto y tanto me ofendieron
nada pudieron contra mí.
Una más alta infancia corría por los prados
del sueño mío,
que nobles ancestros bendecían.
Herrumbre de la luna alumbró mis palabras desde dentro
con la fulguración de una quieta conciencia
que todo lo alcanzaba
sin tocar nada, nada.

Testamento

Yo, que nada poseo, lego:
al bello niño amado un castillo de naipes,
los oros del Rey de Oros
y un siete de diamantes,
y una noche de otoño donde murmura un río,
y una constelación en la noche del río
en el balcón más alto de la más alta torre,
y un trébol de cuatro hojas.
Sea mi corazón bajo un AS enterrado
en el jardín del viejo castillo misterioso,
y beban mis queridos amigos, recordándome,
una copa de vino.

(Bello amigo, atardece, 2010).


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968), que con un imaginario surrealista relataba las aventuras de un agente secreto, “XXX”, el cual muere en cuatro ocasiones distintas. El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (incorrectamente llamado “terra” en su única edición de 1972); el título proviene de la famosa frase satírica de Juvenal (82 después de Cristo) “rara avis in terris nigroque simillima cygno” (“un pájaro raro en la tierra, algo así como un cisne negro”), y que constituye la primera alusión del autor a su condición de hombre diferente, por su orientación homosexual. No fue sino hasta el 2004, con el libro de poesía Injurias, que el autor se declaró públicamente gay y adoptó una actitud de orgullo de su identidad asumida, así como de una actividad militante ante la discriminación. Su poesía está recogida en varios libros: Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016); Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989);Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendoTierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) yOro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos(Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.