Salarrué: “Espejo” (cuento)

Minificción inédita del gran pintor y narrador salvadoreño, en la que se borran las fronteras del ensayo, la poesía y la fábula.

Salarrué
La Zebra | #11 | Noviembre 1, 2016

1

En algún sitio de decir he dicho cómo la maravillosa invención de la brújula se hizo de manera tan casual que fue como entregarse la cosa por sí misma frente a un hombre de meditación, quien en su silencio la cortó como una flor de los espacios estelares, linda flor en la cual tiembla de continuo la gota de rocío del rumbo y parece que va a caer y no cae. Pero el espejo advino más sencillamente y se inventó solo. El espejo apareció poco a poco, viniendo del muro mojado; escondiéndose trémulo en el pozo de la fuente; abriéndose —flor de luz— sobre la hoja brillante del lirio; apareciendo por instantes en la arena de la playa donde se retira la ola. En éste se ve el rostro la luna por un momento y el espejo se consume, se hunde en el abismo cristalino.

2

Ante el gran espejo de la Aurora se peina el Mar las rubias crenchas; se abisma la estrella matutina, se fascina la nube. El Sol lo hace trizas con su maza de oro. Las trizaduras respingan por todas partes. Se las roban los peces entre sus escamas; las conchas en sus irisados cuencos; las arenas se cogen lo que pueden y lo mismo el goterío del ramaje.

3

El espejo del hombre es el más claro espejo. No hay invención más sencilla y no obstante sigue siendo la más asombrosa. Esta es la puerta y la ventana de la Casa de la Maravilla.

4

La Maravilla es la Ilusión. Todos la amamos porque todos la anhelamos. La Ilusión es lo deseado inaccesible, lo desconocido por conocer. Fomenta la aventura y la búsqueda tenaz. La buscamos y llamamos al espejo. Ella responde en el Silencio. El Silencio abre la puerta y la entramos —o creemos entrar—. Abrimos el corazón enamorado, somos felices… A rendirse iba en nuestros brazos cuando las luces se extinguen y nos hallamos de nuevo frente al espejo. Entonces sabemos que era la Desilusión. Con los dedos trémulos tocamos el espejo. El espejo es tangible pero invisible: he ahí su poder mágico entre los objetos de todos los días. Nos vestimos imaginariamente de espejos y somos invisibles. Si en nuestra distracción queremos entrar por un espejo mural y nos damos con la frente en él, parece decirnos muy claro: “¡Detente, todavía no!”

5

Ando viéndome niño de rizos de oro y ojos azules de los días lejanos del principio; al principio todos somos príncipes… Ando recordando al mozalbete delgado que yo era en los tempranos veintes; el mozo meditativo de mis treinta; el hombre incendiado de astros de los años cuarenta. Me estoy aún mirando envejecer en el espejo. Sigo desconociéndome, sigo viendo a través mío la ilusión, lo anhelado, lo inaccesible de siempre, lo desconocido por conocer. Muchas caras he visto que son la mía misma. Me he conocido, no un cuerpo sino muchos cuerpos en el espejo; los cuerpos del que debo ser dentro de él, del verdadero que vive en lo impenetrable. Si lo rompo de un puñetazo, me hallo ante el muro sórdido, más ausente y perdido que nunca, sin ilusión…

6

Toco apenas, con los dedos trémulos el vidrio misterioso: el espejo es tangible pero invisible. Dejadme la alegría de lo incompleto. Alicia entró por él al País de las Maravillas. La luz lo penetra sin esfuerzo; lo aparta como una cortina de aire.

7

La joven hija del Matsuyama, el samurái, recibe de su madre, al morir ésta, un espejo en caja fina. “Cuando quieras verme”, le dice, “abre esta caja y mira al espejo”. Los espejos eran objetos raros entonces y la niña era un dechado de inocencia. Cuando se atreve, años después, mira a hurtadillas, en soledad, su rostro lindo y piensa que es su madre embellecida por la distancia y por la muerte.

8

Los reyes (o reinas) ingleses (se rumora) a la medianoche, después de coronados, entran solos a una cámara secreta donde hay sólo un espejo grande y se arrodillan humillados ante este murmurando: “¡Dios salve al rey!”, sin atreverse a alzar los ojos porque la imagen del espejo permanece erecta o así debe entenderlo.

9

Y es la hora precisa de la sed, entre las dunas del yermo, cuando aparece la Grande Ilusión: el agua divina, rielando coruscante en el espejismo, el agua dulce, lo anhelado, lo inaccesible, la Muerte asomada, sonriendo encantadora en el rostro de la Vida Eterna, la de la mano bienhechora que al fin ha de apartarnos la cortina misteriosa para que entremos definitivamente a la Casa de la Maravilla.

 


SALARRUÉ (1899-1975). Pseudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los reunió en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (cuentos de Nueva York), permanece inédito.

Arte: “Mujer ante un espejo” de Hokusai.