Jorge Ávalos: “El talento de los jóvenes” (editorial)

¿Qué es lo que de verdad sucede cuando invertimos con inteligencia y visión en el talento de los jóvenes? Respuesta: Le creamos enemigos a la discriminación y la injusticia. He aquí un ejemplo.

Jorge Ávalos
La Zebra | #15 | Marzo 1, 2017

Conocí a Tatiana el primer día que llegó a la sección de correctores de El Diario de Hoy, un periódico salvadoreño. Yo era editor de cierre, y Tatiana apareció una tarde y se sentó frente a mí. Tenía una sonrisa enorme en la cara, se movía con un distraído aplomo y, a diferencia de un típico empleado en su primer día de trabajo, no estaba vestida de manera formal. Al contrario, se veía muy casual, casi parecía una niña en una tarde de ocio, en la calle frente a su casa, con los mechones de pelo sobre la cara, calzando zapatos Converse, vestida con blue jeans y una sudadera, y sin una sombra de maquillaje.

—¿Así que sos Tatiana?

Una sonrisa, ojos muy abiertos y un “Sí”.

—Un joven talento… —insistí.

Los ojos se cerraron y ella se desternilló de la risa.

En efecto, Tatiana Alemán pertenecía a ese grupo de estudiantes detectados por el Ministerio de Educación en los primeros años de la adolescencia como “talentos” para las letras, y encauzados a través de un programa de formación llevado a cabo por la Universidad José Matías Delgado.

Fui la primera persona en reportar sobre ese proyecto cuando el rector de esa universidad, el doctor David Escobar Galindo, me contó, en medio de una entrevista sobre las perspectivas de desarrollo del país, sobre esta idea, que en ese entonces era sólo una propuesta, y que cito en un artículo que aparece este mes en La Zebra (“Las artes en la educación”).

“La educación es una apuesta”, me dijo Escobar Galindo en esa ocasión. “Necesitamos hacer una apuesta a sacar la creatividad. Así como se saca el ángel hay que sacar la creatividad. Para lograr eso necesitamos hacer un rediseño de las oportunidades en el país, el diseño de un esquema de oportunidades que realmente le permita al gran talento que hay en el país a que se manifieste y se desarrolle”.

Desde el primer día en que Tatiana comenzó a trabajar en el periódico, llegó llena de ideas y estaba preparada para poner a prueba su creatividad. Empezó como una correctora de textos, pero ya tenía definido su camino. Hoy en día es periodista. La tarde en que la conocí me habló de sus intereses, los cuales tenían que ver con nuevas modalidades de publicación y de un periodismo enfocado en nuevas tendencias, o algo así. Era un lenguaje que yo apenas conocía; pero no importa, lo que sí era claro es que ella sí sabía de qué me hablaba y por qué le apasionaba el tema. Una década antes, ninguna joven habría entrado a la redacción de un periódico con sus propias ideas, propuestas y pasiones ya definidas desde el primer día de trabajo. Lo usual era encontrar periodistas novatos, un tanto asustados y tratando de ajustarse al ambiente caótico de un departamento de redacción.

Pero Tatiana, como otros estudiantes de su generación que pasaron por el programa Jóvenes Talentos, no tenía dudas acerca de sus intereses o de sus convicciones. En su caso, fue su profesor de octavo grado, y que creía en su “talento”, quien la incitó a participar en el programa, en el que estuvo entre el 2006 y el 2011. Ahora bien, ¿qué significa esto de creer en el talento, todavía irrealizado, de una persona joven? Significa, como lo señaló Escobar Galindo, hacer una apuesta, pero una apuesta meditada, planificada, y con muchos actores implicados a largo plazo: instituciones educativas, familias, comunidades y los talentos mismos entran todos en un proceso que busca formar y potenciar algo que ya está latente en el corazón de la sociedad.

Esta nueva generación a la que pertenece Tatiana, una generación que no tiene miedo a cambiar el estado perverso de las cosas, existe. Y que a nadie le quede ninguna duda de que esta generación, que ya se alza con iniciativa y voluntad, viene colmada de talentos. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “talento”? En las artes y las letras, la definición más insistente es aquella que afirma que se trata de un “don”. Sin lugar a dudas, hay personas que tienen una aptitud particular para un arte. El lenguaje proverbial, que es una reserva de sentido común, nos dice que esa aptitud es una bondad, el generoso desborde de una cualidad humana, de allí que se hable del “buen ojo” del fotógrafo o del “buen oído” del músico. Pero hemos aprendido, además, que esta disposición física a una disciplina artística es intrascendente sin una disposición complementaria del espíritu: la perseverancia. En la danza clásica, las maestras buscan cuerpos idóneos acompañados de ánimos tan persistentes como invencibles, y si ambas cosas están presentes, casi de inmediato señalan a esas primeras bailarinas en potencia y anuncian que tienen las “condiciones” necesarias.

Hay “condiciones” individuales para el talento y hay condiciones sociales para permitir que este talento en potencia se nutra y florezca. Lo que nadie les advierte nunca a los “jóvenes talentos” es que el mundo al que se van a enfrentar les va a ofrecer una fuerte resistencia. La sociedad se ajusta a un estatus quo, no importa cuán deplorable y dañino sea, y cada nuevo talento amenaza ese equilibrio. En el llamado “Triángulo Norte” —esa región constituida por Guatemala, El Salvador y Honduras, tres países que son tan violentos como ha sido corrupta su clase política—, los nuevos talentos amenazan a tres grandes obstaculizadores del desarrollo: a una rancia clase política, a la corrupción sin freno y a los árbitros sociales del fracaso que poco saben del valor del mérito.

El lenguaje de la propaganda política rara vez se ajusta al de la realidad. En el caso de los países del Triángulo Norte, entre propaganda y realidad hay un abismo casi infranqueable. En el caso de El Salvador, el país de Tatiana, el entorno político y social es, contrario a lo que nos dice el Gobierno, muy adverso y desigual. Pese a que casi todas las políticas públicas de educación se enfocan en ampliar la cobertura de escolaridad, los datos contradicen ese énfasis: El Salvador se distingue por una cobertura muy baja para la educación pre-escolar (inicial del 2 %), para la parvularia (del 58 %) y para la educación media (38 %). Y las tasas de deserción en séptimo y noveno grado, por ejemplo, rondan el 10 %. Sólo en los primeros seis meses de 2015 desertaron 23,000 estudiantes debido, sobre todo, a la situación de violencia que sufre el país, que es muy real para el sistema escolar, que está bajo una amenaza permanente. En el 2015, para citar nuestras aterradoras estadísticas, 70 estudiantes y 12 docentes fueron asesinados.

Esta traición sistémica a la juventud salvadoreña, ejercida por medio de políticas públicas ineficaces, es complicada por otra forma de traición hecha sistemática por los funcionarios de la ley y la justicia en El Salvador —la Policía, la Fiscalía y las Cortes—, al estigmatizar a las comunidades marginadas, pobres y más pobladas de El Salvador. Decir esto parece una exageración hasta que aparecen casos en los que se hace visible cómo el sistema persigue y penaliza a jóvenes aun cuando hay información extensa y contundente de que son inocentes de los delitos que se les imputan. Este fue el caso de Wendy Morales, otra estudiante universitaria que también se había beneficiado del programa de Jóvenes Talentos (en Teatro, Universidad Tecnológica de El Salvador). La revista La Zebra fue el primer medio que denunció la injusticia de su captura (“Justicia para Wendy”), porque la conocíamos bien y nunca tuvimos la menor duda de su inocencia. Wendy es actriz, bailarina y profesora de náhuat, además de ser una estudiante universitaria en la fase final de sus prácticas profesionales cuando ocurrió el delito que las autoridades le atribuyeron falsamente. Su situación la convirtió, además, en una defensora de derechos humanos.

Hay otro caso que nos recuerda el de Wendy. El 10 de enero un joven de 22 años fue capturado por agentes de la policía en circunstancias cuestionables, y esto debido a la grave incongruencia entre cómo y dónde se realizó su captura, según las versiones contradictorias de los testigos y de la policía. Su nombre es Daniel Alemán, y sucede que es hermano de Tatiana Alemán, la “joven talento” de la que hablé al principio. Los esfuerzos de Tatiana, esa periodista que tiene la doble condición de una aptitud para la palabra y otra para la persistencia contra todo obstáculo, brindaron frutos de conciencia: la Fiscalía se vio obligada a investigar el caso de Daniel y descubrió que los policías que lo capturaron habían plantado las drogas que usaron para acusarlo de posesión y distribución; drogas que, se descubrió después, esos agentes guardaban en la estación policial en grandes cantidades y para cometer crímenes similares. Pese a estas sorprendentes revelaciones, tres meses después, Daniel sigue privado de libertad.

En el caso de Wendy, su familia, la comunidad donde vive y la comunidad más amplia de sus amigos en las artes, se movilizaron para denunciar los abusos de la Policía y la Fiscalía ante su captura, injusta a todas luces. En el caso de Daniel, también hemos visto, con el mismo nivel de asombro, cómo Tatiana se ha movilizado y ha tocado el corazón de tanta gente durante su cruzada para defender a su hermano Daniel de una injusticia. Y este es el punto de esta pieza de opinión: no hay talento sin comunidad.

El talento no aflora sin un entorno positivo y constructivo. Esto es lo que ha hecho posible que en los casos de Daniel Alemán y de Wendy Morales, la sociedad se haya enterado de una falla en el sistema, que empuja a las autoridades a perseguir y mantener una posición de intolerancia hacia jóvenes que ya sabe que son inocentes. En el momento mismo en que algunas voluntades con influencia deciden que hay que fomentar talento, sucede que la única forma de hacerlo es creando una comunidad más fuerte: fortaleciendo el sistema educativo, captando recursos humanos que formen ese talento, estableciendo redes sociales, otorgando a familias con bajos recursos una dirección clara al reorganizarse en función de apoyar ese “talento” entre ellos. Una vez que comenzamos a ver a las comunidades como reservas de talento, ya no podemos verlas de otra manera, no importa cuán marginales o pobres éstas sean.

Cada puerta que Tatiana ha tocado en los últimos tres meses ha sido con un propósito tan urgente para ella como la vida y la muerte: salvar a su hermano de una injusticia y regresarlo al seno de su hogar, y cada puerta que se ha abierto para escucharla ha creado lazos y ha contribuido a crear una comunidad más extensa y fuerte a su alrededor, eso que los economistas llaman “capital social”, y que es el mismo tejido que los sociólogos nos dicen que fue desgarrado por la guerra y la migración. y, según los antropólogos, es la misma trama social que, debido a su carencia en nuestras comunidades, permitió el rápido crecimiento del fenómeno de las pandillas en los países del Triángulo Norte.

Si es así, ¿por qué las autoridades sólo diseñan sus políticas de seguridad recurriendo a la represión? Acaso no se dan cuenta que una de las mejores respuestas a la crisis de violencia que vivimos está ya plantada en esas conciencias sin miedo, en una Tatiana Alemán, por ejemplo. Mírenla a la cara, señores de la “autoridad”. Escúchenla. Atrévanse a seguir su ejemplo. La motiva el amor por la familia. Lo que eso me dice a mí es que nuestro país sí tiene salvación y que el método para lograrlo comienza con formar nuevos líderes y talentos, aquí y en todas partes donde haya una comunidad por salvar de la muerte y la destrucción que nos acosa cada día.