Francisco Ruiz Udiel: “Claribel, su canto” (ensayo)

Como Francisco Ruiz Udiel, Claribel Alegría era de Estelí, Nicaragua. De allí la identificación plena al contar el trayecto de su maestra, que inicia con su nacimiento literario y culmina con los sucesos previos a su nacimiento físico.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

No necesita que la nombren como referente o canon literario. Ya lo es y no gracias a los académicos, sino a la gente que busca su poesía por estricta necesidad. En una ocasión Julio Cortázar la llamó “mi jefita querida”, el guatemalteco y Premio Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, la llamó “poeta por los cuatro costados del cielo” y, finalmente, el intelectual y político mexicano José Vasconcelos la bautizó como “Claribel”. En Nicaragua, los lectores, los seres humanos de la vida cotidiana que buscamos sus palabras para embalsamar heridas, la hemos llamado “Su Majestad”.

La poesía cuando es buena se vuelve mito y es lo que ocurre con la obra de Claribel Alegría, una mujer que en su búsqueda escribe y reflexiona sobre los desasosiegos de nuestro tiempo, sobre el amor y temas perturbadores como la muerte y la otredad, imagen que busca en el espejo porque es el único que la entiende, según reza uno de sus versos. También nos habla sobre las injusticias, el American Way of Death, los guetos, las favelas, las guerras, la gente humilde y acerca de “Santa Ana a oscuras”, ciudad que la vio crecer en El Salvador.

Del 15 al 20 de marzo, tras dedicarle a Claribel el Día Mundial de la Poesía, por el capítulo de Nicaragua, y como iniciativa del Centro Nicaragüense de Escritores, recorrimos varios institutos públicos y Universidades. La pregunta que hacen los niños, adolescentes y jóvenes es de quién se trata este homenaje.

Además de la descripción que brinda la poeta y escritora sobre sí misma en “Datos personales” —donde dice tener “metro cincuenta de estatura” y “ojos color castaño”—, para poder responder leímos su obra poética en diversos lugares.  Un tema que ella trata con ahínco, y que nos acompañó en esta jornada, fue el amor. En uno de los poemas Claribel pronuncia: “Quiero hablarte de amor / de nuestro amor / de los diversos hilos / de su trama / del amor que se toca / y es herida / y que también es vuelo /  y es vigilia”.

Estas líneas fueron escritas en las cercanías de la Catedral de Notre-Dame de París, dedicados a Bud, su esposo, en una revelación que luego tituló “Aunque dure un instante”. Otro verso melancólico refiere: “Digo amor y me lacera el cuerpo el desamparo”. También llega a confesarle a Bud que “Todos los que amo /  están en ti /  y tú  / en todo lo que amo”.

La autora de Saudade también revela su búsqueda cuando dice: “Son altas las columnas de mis sueños” y en el mismo poema “Datos personales”, tras sus palabras, nos imaginamos a unos agentes de aduanas revisando su equipaje, quitando sellos, candados y analizando sus documentos con rayos equis. Uno de los agentes —quien posiblemente jamás ha recibido un abrazo, y eso uno lo sabe por la forma rígida en que saludan los seres humanos—, acerca su oído a una de las maletas y escucha el sonido de una rama o algo que se desprende de una rama. Levanta sus malogradas cejas y dice: “Aquí algo anda mal, señora”. Con la certeza que está a punto de revelar algo insólito y seguramente lo ascenderán de puesto por su descubrimiento, mira a su compañero y pregunta una vez más qué será. Tras muchas horas de incertidumbre abren las maletas y ahí está, agitándose, lleno de colores, altivo y subiendo en espiral. Es un canto insondable que penetra en la mirada de aquellos hombres tristes. El canto perturba a los agentes y éstos no saben qué hacer. Entonces, derrotados, sabiendo que no existen trámites para las extravagancias, lo dejan salir, lo dejan ir.

Hoy Claribel Alegría está con nosotros, su equipaje es su corazón. Su poesía es su canto. Leamos atentamente, algo quiere decirnos.

Anillo de silencio (1948)

Tensión y armonía destacan en Anillo de silencio, primer poemario de Claribel Alegría, publicado con un prólogo de José Vasconcelos. El libro inicia con el poema “Son altas”, que indica la ruta del destino “continental y mundial” de la autora como visionara, el escritor mexicano: “Son altas las columnas de mis sueño, / van hacia el canto con los pies descalzos.”

Dicha tensión está definida por sus opuestos, el silencio personificado que tiene su asidero en la soledad y que busca el canto de la poesía, y el dolor, simbolizado en la sombra que amenaza con ganar territorio. El silencio es descrito a veces desde una voz mística y el canto pareciera el legado que quiere manifestarse contra la angustia.

La transgresión poética sucede con el silencio que adquiere luego una sustancia erótica: “Es hondo mi silencio / Él y yo. Los dos solos esta noche de mayo. / Los árboles dorados nos miran con asombro / (…) Una emoción inmensa se escapa de mis labios.”

En ocasiones las palabras se pierden, forman una espiral cual anillo de vértigo. Cuando eso ocurre, Claribel utiliza su voz reflexiva que la devuelve a sí misma y la deja nuevamente expuesta: “Aquí estoy, otra vez, / encerrada en mi anillo de silencio, / queriendo adivinar la voz del mundo.”

Luego se presenta una extraña metamorfosis que salta de la tristeza y el miedo hacia la emancipación radical que busca una unión con la naturaleza, la alegría por las pequeñas cosas, el descubrimiento del agua, la luz y la noche en que resuelve seguir adelante: “Todo lo he dejado, / la soledad me acompaña. // En su manto azul, como un pájaro atrevido, tiembla a veces la esperanza.”

A su vez, este poemario representa el primer testimonio por la vida de Claribel, sin sospechar lo que vendría después, aunque Vasconcelos ya la anunciara como la “estrella que comienza a irradiar”.

La obra fue publicada cinco años después de que la poeta se instalara en Estados Unidos para estudiar la licenciatura en Filosofía y Letras en Washington D.C. Es sabido que durante aquellos años su mentor fue el Nobel de literatura Juan Ramón Jiménez, de quien, recuerda Claribel, era un hombre muy culto, solidario, exigente y extravagante.

En su libro de crónicas, Mágica tribu (Editorial Berenice, España, 2007), la autora dice que una tarde fue donde Juan Ramón para recibir clases. Él y Zenobia, su mujer, la esperaban con una sonrisa “alegre y maliciosa”. Había un misterio en todo aquello. El Nobel había elegido los mejores poemas que juntos habían ido trabajando. “Tienes un librito, ahora debes encontrar dónde publicarlo”, dijo, entregándole el manuscrito.

La obra fue publicada en 1948 en México por Ediciones Botas, de José Vasconcelos, el mismo que sugirió una tarde calurosa de finales de 1930 cambiar el nombre de Clara Isabel por el de Claribel. Desde entonces la poeta esteliana ha recorrido el mundo con ese nombre.

Vigilias (1953)

Vigilias celebra al amor alimentado por un tiempo en el que la naturaleza renace constantemente con la poesía. El destinatario de este libro es Bud Flakoll (Dakota del Sur, 1923 – Managua, 1995), pareja de por vida de Claribel.

Fue en Washington D.C., en la fiesta de compromiso de un amigo llamado Bill Phelps, cuando Claribel y Bud tuvieron su primera conversación el 13 de septiembre de 1947. Hablaron del filme El ladrón de bicicletas, clásico del neorrealismo italiano dirigido por Vittorio de Sica.

Posterior a este encuentro y después de cinco citas más, Bud le propuso matrimonio: “Recuerdo que ese día fuimos al cine y regresábamos de ver La quimera del oro, de Charles Chaplin”.

La boda se efectuó el lunes 29 de diciembre de ese mismo año, en la ciudad de Washington. El escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (Salarrué), quien vivía en Nueva York, tomaría el papel de su padre, Daniel Alegría, para acompañarla hacia el altar. Pero sucedió que el tren en que viajaba Salarrué se atascó por el invierno y llegó tarde a la ceremonia; finalmente quien “hizo las veces de su padre” fue un primo llamado Rolando Deneke.

Claribel y Bud empezaron a vivir en la calle R, número 1708, del noroeste de Washington D.C. Pasaban largas horas escuchando el jazz de Thelonious Monk, Louis Armstrong y Desi Smith.

Cuatro años más tarde se instalaron en México para empezar juntos un proyecto que daría como resultado la antología Nuevas voces de Hispanoamérica (1962), en la que están incluidos, entre otros, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos, Ida Vitale y Mario Benedetti.

Por su parte, Bud participó en la Segunda Guerra Mundial y luego se dedicó a la diplomacia, pero renunció a ella en 1964 como una forma de protesta por la invasión de Estados Unidos contra Bahía de Cochinos en Cuba.

Las obras escritas y firmadas entre Claribel y Bud fueron: Nuevas voces de Hispanoamérica (Antología, 1962); Cenizas de Izalco (Novela, 1966); Nicaragua, la revolución sandinista (Testimonio, 1980); La encrucijada salvadoreña (Ensayo, 1980); Cien poemas de Robert Graves (Antología poética, 1982); No me agarran viva: La mujer salvadoreña en lucha (Testimonio, 1983); Nuevas voces de Norteamérica (Antología poética, 1983); Para romper el silencio: resistencia y lucha en las cárceles salvadoreñas (Testimonios, 1984), Fuga de Canto Grande (Testimonio, 1992); y Somoza, expediente cerrado: La historia de un ajusticiamiento (Testimonio, 1993).

En Vigilias (Edit. Poesía de América, México, 1953) aparecen, además, otros poemas como “Monólogo de domingo”, “Elegía a un marinero” y “Canto al hijo que viene”, sólo por mencionar algunos.

“Monólogo de domingo” es el primer poema extenso de la obra de Claribel. En éste se hilvanan diversas visiones poéticas con la historia paralela del portero de una casa, un hombre triste que se resiste a salir del poema.

“Elegía a un marinero” es la historia de Glen Mactavich, un marino que luchó en la II Guerra Mundial. Claribel lo conoció antes que a Bud. Aquél le pidió que fuera su novia y lo esperara a su regreso de la guerra, pero nunca volvió, pues falleció tras su partida en un bombardeo. “Han pasado siete años. No hay olvido”, es uno de los versos que revive dicho pasado.

“Canto al hijo que viene” es uno de los poemas finales de la obra, dedicado a Erick Flakoll Alegría, nacido en enero de 1954 y quien inspiró el tercer libro de la escritora, titulado Acuario (1955), pero ésta es otra historia que sigue.

Acuario (1955) y Huésped de mi tiempo (1961)

El tiempo es el tema que unifica Acuario (1955) y Huésped de mi tiempo (1961), dos poemarios de Claribel Alegría.  Acuario es una metáfora de la soledad. En este libro se manifiesta una profunda necesidad de encontrase a sí misma a través de la epístola como un aliado para dialogar con el tiempo, esa línea vertical que resuelve diáfanas o tormentosas las experiencias de la vida. Asimismo, el tono elegíaco empieza a manifestarse en poemas como “El mar”, en el que la sal se transforma en símbolo de lo perdurable. Acuario fue editado en Chile por el judío-polaco Mauricio Amster, primero en referirse a Claribel y a Bud Flakoll como “Claribud”.

Seis años después, en 1961, apareció Huésped de mi tiempo. Ese mismo año  Bud se desempeñaba como Segundo Secretario de la Embajada de Norteamérica en Argentina, pero renunció a su cargo como una forma de protesta  tras la invasión de Estados Unidos contra Bahía de Cochinos en Cuba.

Ya en Huésped de mi tiempo hay una mayor conciencia del pasado; la poeta empieza a aceptar con cierta determinación aquello que no puede cambiar, no como una forma de resignación, sino como postura que la llevará a descubrir otra identidad. En esta etapa se enfrenta al horror del vacío, del cual hablará en el poema “Aprendizaje”. Este poema reúne grandes momentos que oscilan entre el amor y la desesperanza; también recoge parte del conflicto interno entre ser madre y amante a la vez. Algo notable es el azar al final de algunos textos, que obligan a los poemas a  tomar giros inusitados. Al respecto, dice Claribel: “Es que la poesía también es azar”.

Como resultado, la poeta adquiere una nueva piel; esta experiencia de mutación dará pauta al poema “Autorretrato”, en el que describe cómo ha cambiado de formas, “de nuevas danzas”, aunque esta identidad esté ahora acompañada por una oquedad que no logra llenar. “A veces —dice Claribel— se me vienen muchos sollozos internos. No sé de dónde vienen, son como tristezas de otras vidas”.  Esta sensación hará que en el futuro sus poemas se tornen más reflexivos.

Vía única (1965)

En las cercanías de la Catedral de Notre-Dame de París, Claribel escribió unos de sus grandes poemas de amor: “Aunque dure un instante”. Ante la imagen móvil de la eternidad, eso que Platón describe como el tiempo, la palabra inscribe su presencia sobre la realidad, el momento vívido irrepetible.

Pero el amor no es la vía única; en Vía única (Edit. Alfa, Montevideo, Uruguay, 1965) la memoria familiar deja su legado en los poemas “El abuelo” (Federico Vides) y “Se hace tarde, doctor” (se refiere a su padre, Daniel Alegría).

Ambos poemas rescatan un pasado que nos llevan al siglo XIX a través del bisabuelo José María Vides, que durante un viaje a Francia se hizo tan amigo del escritor Alphonse de Lamartine (1790-1869), que éste le obsequió sus obras completas.

José María, de origen español, se casó con una india salvadoreña llamada Juana Carballo, mujer que pertenecía a la clase económica privilegiada y que con su fortuna envió sus hijos a estudiar a Europa. De este matrimonio nació Federico Vides, quien se dedicó a la prosa y a la ciencia. También fue médico y farmacéutico, aunque no ejerció su profesión.

En tanto, Daniel Alegría tenía la fama de ser el mejor médico en toda Centroamérica y de ser un hombre incorruptible, quien a sus 17 años luchó junto al prócer nicaragüense Benjamín Zeledón (1879-1912).

En la década de los 20 del siglo XX, Nicaragua estaba invadida por los marines y en Estelí, la familia de Claribel era acosada constantemente por aquéllos, quienes ejercían presión para silenciar a su padre, agitador y crítico de la ocupación yanqui.

En un episodio, la madre salvadoreña, Ana María Vides, cargaba a la pequeña Claribel de cuatro meses cuando los marines dispararon sobre su cabeza con la intensión de asustarla. Aquél fue el motivo del exilio hacia Santa Ana, El Salvador. Daniel Alegría las seguiría cinco meses después.

Luego en Nicaragua, tras la llegada del dictador Anastasio Somoza García, en 1936, éste le propuso a Daniel Alegría, que fuera Embajador de Nicaragua en El Salvador, a lo que él respondió: “Jamás seré una herramienta de tiranos”. Y, sin embargo, El Salvador sería su destino.

En “Se hace tarde, doctor”, Claribel recordará a su padre y su viaje hacia el exilio: “Llegó hasta El Salvador sobre una mula. / Venía de Estelí, / de Nicaragua, / de aquella tierra azul / con olor a becerros / y a tiste”.

Estos textos aparecieron publicados de diversas formas en varios periódicos y revistas, casi sin variaciones. Seguimos las versiones publicadas en la revista Carátula, que realizó un homenaje a Claribel Alegría, y donde se publicaron a través de varios números acompañados de selecciones de su obra, comenzando por el 35, abril-mayo, de 2010; y continuado en los números 38, octubre-noviembre 2010, y 39, diciembre 2010-enero 2011. La fotografía con Claribel Alegría es del archivo de Francisco Ruiz Udiel.

 


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).