Francisco Ruiz Udiel: “Incursiones marginales” (crónica)

Pese a viajar a países de todo el mundo, cuando Francisco Ruiz Udiel intentó la crónica de viajes lo hizo con estas breves estampas locales de Nicaragua.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

1. Hacia la Selva Negra

A Eddy

Una puerta se abre en la garganta de los gansos. Sus graznidos, secos, anuncian que estamos en Selva Negra, un complejo turístico en Nicaragua cuyos propietarios son Mausi Kühl y el escritor nicaragüense Eddy Kühl. Se trata de una finca ubicada en el kilómetro 140 de la carretera que va de Matagalpa hacia Jinotega, y que alberga a más de 200 especies de pájaros, al Museo Nacional del Café y a una naturaleza de montaña virgen y exuberante.

Desde la orilla del camino hasta la entrada de la finca empieza un viaje poético. La luz entra por la cúpula de las espadillas, plantas similares a las piñuelas. La luz dibuja su forma hiriente en las alargadas hojas de las dracenas, y es como si quedara impresa una senda que nos dice: “allá está la tierra, allá el paraíso”.

Al llegar a Selva Negra inmediatamente confirmo algo: una persona que viva allí, no puede ser una mala persona. Tanta belleza terminaría humanizándola. Más adelante, antes de llegar a las cabañas, los cipreses escriben su tristeza sobre el viento, se balancean, murmuran, ¿qué dirán los cipreses allá arriba? ¿Qué luto guardan todavía?

Frente a las cabañas hay un estanque, una laguna que se nutre por pequeños riachuelos. Los gansos nadan apaciguados y cuando salen del agua, caminan con lentitud obesa, con sus picos letales y erguidos tal si fueran hacia un enfrentamiento chino.

En la madrugada el cielo baja al estanque a tomar agua. Es la bruma espesa penetrando la montaña, la bruma absorbiendo restos de la noche. La bruma apacible e intocable que nos deja en silencio.

En el estanque un nenúfar saca sus circulares hojas, una flor de loto emerge, solitaria y con frío sobre el agua. Lirios circulares, lirios mortales de diversas formas. Al otro lado del estanque los árboles nos observan, árboles camuflados llamados areno blanco y más acá, una escalinata que nos lleva a una capilla por donde inician las caminatas hacia el interior de la montaña.

En el techo de la capilla crecen orquídeas, plantas, los pájaros llegan a hacer sus nidos. Es una capilla que permanece abierta. Según Eddy Külh, durante la noche llegan venados, caminan hacia el altar, comen mariposas y cuando nadie los ve (diría el poeta salvadoreño Roque Dalton), entonces vuelan.

Hacia la capilla hay también pequeñas lámparas sembradas en la orilla. ¡Ay lámparas tristes del sendero! ¿Hacia dónde nos llevan? El viento masculla algunas palabras: hacia la Selva Negra.

2. Regreso a los ídolos

Tenía años sin ir a Los Ídolos, pizzería y cantina de la rotonda de Bello Horizonte de Managua, uno de los pocos lugares que cierran con la salida del Sol. Ahí, los mariachis van de mesa en mesa ofreciendo su repertorio. Deben de estar hartos de cantar lo mismo. El ambiente se torna detestable cuando se mezclan los olores de perfume barato, humo del tabaco y Pine-Sol.

Las paredes están adornadas con cuadros de mujeres que posan en biquini y escopetas, esa combinación de la violencia erótica; también hay pieles disecadas de animales y helechos de plástico. Nos sentamos próximo a los baños y cerca de una ventana con rejas, desde donde espiamos a las cocineras.

Los mariachis rodean una mesa donde está un grupo de hombres con dos muchachas tomando ron. Tras ver el aspecto de aquéllas, una amiga me pregunta si son trabajadoras sexuales.

—No, no son putas —le digo, pensando que a las cuatro de la madrugada los eufemismos resultan pretensiosos.

Una de las muchachas manosea a quien podría considerarse su amante o esposo; éste lleva una cadena de plata en el cuello y usa camisa a cuadros. En otra mesa, un hombre permanece solo, toma una cerveza; tiene el aspecto de esa gente segura de sí misma; también tiene un cigarrillo en la oreja, como hacen los carpinteros con los lápices de grafito. Quizá se trata de alguien que no acostumbra a fumar mucho, pues sólo quienes compran cigarrillos al menudeo hacen eso, de lo contrario tendría una cajetilla sobre la mesa; podría aducir que no es ansioso, aunque pareciera que estuviera esperando a alguien.

En nuestra mesa seguimos hablando del cumpleaños de la Claudia, que ríe a carcajadas mientras su novio le besa el cuello. A los demás nos provoca envidia, pero tenemos que conformarnos con los tragos melancólicos de las cervezas. Así pasamos hablando de música y burdeles, de las canciones viejitas de Los Bukis y esas rolas “corta-pulso” de Los Temerarios.

Más tarde voy al baño y encuentro a dos hombres que seguramente se equivocaron de lugar; pienso que lo mejor sería retirarme, pero trato de actuar de forma natural, como si aquello no tuviera relevancia para mí. Uno de ellos está con la mano derecha puesta sobre la pared y con los ojos cerrados. Jadea. Ninguno de ellos se ha percatado de mi presencia. El que está de pie es el mismo hombre del cigarrillo en la oreja; el otro es el de camisa a cuadros, quien está agachado haciéndole sexo oral. Entonces hago un ruido con la garganta para darles tiempo al disimulo y evitar que se sientan avergonzados. El que está agachado me observa y dice:

—Donde caben dos, caben tres.

—Muy amable, pero no me gustan los batidos —respondo.

Termino de subirme la cremallera y veo de soslayo en estado de alerta ––por aquello de las sorpresas––. Salgo del baño y regreso a la mesa para seguir conversando. Luego observo que del baño primero sale el tipo del cigarrillo y regresa solitario a su mismo sitio. El otro sale después, secándose las manos en el pantalón y llega donde su mujer, quien le da un beso en la boca y le increpa su tardanza.

—No era nada ––dice él––. Es que me quedé saludando a un amigo que no miraba desde los tiempos de la Universidad.

3. Al otro lado del río

Al otro lado del río, en Estelí (Nicaragua), están los barrios que alguna vez fueron vistos de manera despectiva. Uno de ellos es el “Panamá Soberana”. Ahí vivo cuando regreso dos veces al año a mi pueblo natal, cuya traducción proviene del matagalpa “lí” (río) y del náhuatl “eztli” (sangre), es decir, Río de sangre.

Hace más de veinte años, la gente que vivía al Oeste, donde están parte de estas aguas, era considerada como gente de la “montañita”, gente pobre. Cruzar el puente del Panamá era entrar a un territorio de polvo y de violencia por las pandillas, y daba la sensación de estar viajando lejos, aunque la distancia de ahí al centro de la ciudad fuera únicamente de seis cuadras.

Vivir ahora al otro lado del río adquiere cierto romanticismo e incluso el privilegio de permanecer lejos de la calle principal de Estelí, que se convirtió en un amplio paseo de tiendas de peluches y ropa usada sacados de pacas importadas de Estados Unidos, que por disimulo y timidez son llamadas “Tiendas Pakistán”.

Para imaginar el río nos trasladamos a Oriente, donde se originan algunas de sus corrientes que bajan de zonas montañosas y de las comunidades de El Quebracho, El Naranjo y Buenos Aires; luego siguen su curso hacia el Suroeste y se juntan con otras que llegan de la comunidad de El Limón; continúan su ruta hacia el Norte para formar algunas pozas como Los Hornos, El Porvenir, Las Joyas, Los Quesos, Las Peñitas, Las Sábilas (que cruza debajo del puente del Panamá) y San Lázaro, entre otras. Muchas de estas pozas cambiaron su fisonomía posterior al huracán Mitch.

Todo esto me hace recordar que hace años, cuando llegaba el invierno, las inundaciones derrumbaban el puente del Panamá y aislaban al barrio del resto de la población. Pero aquello no apesadumbraba a mis amigos ni a mí. Para ir a las discotecas del centro, el reto era saber cómo cruzar el río, así que nos quitábamos la ropa y los zapatos, la metíamos en una bolsa plástica y luego formábamos una cadena con los brazos; así cruzábamos a media noche, en calzoncillos y rumbo a las fiestas. Al otro lado nos volvíamos a vestir.

Recientemente, tras detener la mirada sobre las aguas de la ciudad río, me doy cuenta de que por cada sitio por donde pasan parecieran adquirir nuevas formas, que van desde caudales que lo arrastran todo hasta corrientes más calmas.

“Todo fluye, nada permanece”, nos recuerda Heráclito, y así tiene que ser.

4. La muerte de Francisco

Cerca de la funeraria, de negro y con corbatín azul, uno de los mariachis estremece su trompeta de bolsillo; en ésta se refleja el rostro de un hombre que baila en forma de marea, tiene una cerveza en una mano, alza una fotografía en la otra. Lleva la mirada de los resignados.

Me acerco en silencio para preguntar con disimulo de quién se trataba, quién es el otro que ya no está.

Se llamaba Francisco, dice una niña. Veo hacia abajo para saber si aún conservo mi sombra, que no estoy muerto, pero el día está gris y me lo impide.

Recuerdo el método del fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson, quien se acercaba invisible hacia su objetivo y luego apretaba el botón de su cámara Leica. Decido practicarlo. Me dirijo hacia otro grupo de personas. De un automóvil sale una mujer y haciendo uso de la empatía comento que no hay detalle más hermoso que te recuerden con alegría. Asiente y empieza a hablar.

Se llamaba Francisco. Nació en Diriamba. Murió de cáncer de esófago. Tenía 64 años. Era furgonero en Estados Unidos. Lo van a cremar aquí. Vamos a dispersar sus cenizas en Los Ángeles y en Texas.

Pienso en cómo la vida de un hombre puede llegar a resumirse en pocas líneas. Minutos después llega un cercano de la familia con una corona de flores, una cinta púrpura muestra el nombre escrito con escarcha.

Me angustia ver. No quiero saber su nombre completo. Tampoco quiero ver la fotografía que alza quien añora la partida con la imagen en mano. Me alejo con el rostro de invierno hacia la tarde, con miedo, con la pequeñez de no saber quién soy.

Francisco Ruiz Udiel publicó estas cuatro crónicas en su Bitácora. Con excepción de la primera, que data de marzo de 2008, las demás las escribió y publicó en septiembre de 2010. La fotografía, del archivo del poeta, fue tomada en Girona, Catalunya.

 


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).