Francisco Ruiz Udiel: “El regreso al yo” (entrevista)

En la última entrevista que concedió Francisco Ruiz Udiel —publicada en El Salvador menos de un mes antes de su muerte a los 33 años—, profundiza en ese acto de voluntad y fe que significa ser un poeta nicaragüense en estos tiempos.

Francisco Ruiz Udiel
Entrevista de Lya Ayala
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

Usted menciona algo que ocurre con frecuencia a los artistas: una infancia infeliz. ¿Necesitan los poetas más de las experiencias dramáticas que de las felices para crear?

No creo que un poeta necesite sólo de su drama para escribir, sería una tortura y se volvería rehén de sus experiencias, un ser incapaz de ver hacia afuera y de imaginar otras vidas. Más bien creo que para escribir se necesita estar atento a la realidad de uno mismo, ser sensible a nuestro entorno y aprender a reflexionar sobre lo que vemos. Sin embargo, un buen poema generalmente desentraña un conflicto humano y está formado por cierta tensión, y sin este elemento, al igual que pasa con la música, no habría armonía.

¿Cuáles poetas o narradores han marcado su vida literaria?

Hay muchos, pero los que ahora recuerdo son, entre los poetas: Claribel Alegría, T.S. Eliot, Jorge Teillier, Pablo Neruda, Cesar Vallejo, Rubén Darío, Jorge Boccanera, Waldo Leyva, Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Mahmoud Darwish, Federico García Lorca, Paul Eluard y José Gorostiza. De los narradores serían: Sergio Ramírez, Salarrué, Julio Cortázar, Antón Chejov y Albert Camus. Y de los filósofos serían Alejandro Serrano Caldera, Friedrich Nietzsche, Baruch Spinoza, Hegel, Platón, Emile Ciorán, José Ortega y Gasset, y Gaston Bachelard.

A inicios de febrero de 2011 presentará su poemario Memorias del agua. ¿Qué representa para usted este nuevo libro?

Este libro me permite conocer distintos registros del agua que tenía de manera inconsciente: el agua como símbolo representativo de un destino incierto; como una necesidad de asentar la realidad y las palabras; y como una manera de desentrañar mi identidad y la de otros. También es una provocación e invocación al olvido, porque recordemos que el agua es quien finalmente termina por arrastrarlo todo.

¿Cómo nace el agua como elemento poético en su obra?

Por diversas razones me enfrenté a una profunda soledad desde mi infancia. A la edad de siete años recuerdo haber experimentado varias angustias, quizá por una carencia de diálogo entre mi madre y yo. En ese mundo carente de palabras, me refugiaba en el jardín donde crecían enormes helechos, y empezaba a regarlos. Luego, de manera inconsciente, empecé a jugar con el agua, a mezclarla con la tierra para crear figuras de lodo y emprender así un lenguaje poético a través de la invención. De esta forma, la imaginación me salvaba, gracias al agua que es capaz de dar formas, pero también de destruir aquello que es completamente frágil.

En Memorias del agua se encuentran dos cosas: uso de un lenguaje muy lírico, con profundo sentido de las figuras, y un amplio registro de la noción del tiempo. Pero, ¿se vale del agua como hilo conductor para darle ese sentido de nostalgia y suavidad tan peculiar a sus versos?

Sí, el lenguaje lírico es muy importante para mí porque es lo que diferencia la forma coloquial de expresión cotidiana de la manera en que describimos el mundo subjetivo. Y, acerca del registro de la noción del tiempo, considero que el símbolo muchas veces ayuda a representar conceptos y emociones que subyacen en uno mismo. El símbolo, por tanto, viene a decir lo que callamos, lo inefable, por esta razón es fundamental el valor de la imagen poética.

El prólogo de Memorias del agua es del escritor Sergio Ramírez, alguien con quien usted tiene constante trato. También dedica un poema a Claribel Alegría. ¿De qué manera ha determinado su propuesta poética la convivencia con estos escritores?

Mi mentora en poesía es Claribel Alegría. Ella me enseñó a ser lo más honesto posible con lo que escribo, a darle dignidad al oficio, a seguir mi vocación como poeta frente a cualquier adversidad. Fijate que en los momentos en los cuales me he sentido completamente desolado en términos espirituales, la he buscado para que me hable de la poesía, del amor y de su vida, que es intensa. A veces sólo me basta escucharla y he llegado a experimentar cómo sus palabras me bañan los hombros, la mirada. Me termina por dar sosiego; creo que por eso escribí un poema para ella que inicia con: “Deja la puerta abierta. Que tus palabras entren como un arco tejido por cipreses”. Por otra parte, algunos de sus poemas, como “Saudade”, por ejemplo, me inspiraron para escribir un texto llamado “Despertar del agua”. Al final de este poema se evidencia esa influencia y tuve conciencia de ello cuando lo escribí. Con Sergio Ramírez el encuentro ha sido muy enriquecedor. Es un escritor muy exigente con la narrativa, ha sido mi guía para aprender a escribir relatos y tengo la dicha que cada vez que escribo algo, me lee, y me da consejos de cómo mejorar. Es un ser humano muy noble, el escritor que está más abierto a los jóvenes poetas y escritores en mi país; hombre de gran sencillez y sin pretensiones, muy profesional como jefe en la revista Carátula, de la cual soy editor y también en el equipo de trabajo de El hilo azul, revista literaria que él dirige y de la cual soy el Jefe de Redacción. Para mí es un gran amigo y maestro. Además, en la narrativa nicaragüense actual él es mi referente literario, un escritor de calidad incuestionable que me ha hecho reír y soñar a través de sus cuentos y novelas.

Leí algo de sus poemarios Alguien me ve llorar en un sueño y del reciente Memorias del agua. ¿Qué diferencias hay entre ambos libros?

El primero es completamente autobiográfico. Hay un personaje llamado Andrés, quien dice lo que para mí es imposible decir. Es una obra que tiene que ver con algunas vivencias de mi infancia y diferentes estados como la soledad y la muerte, tema que siempre me ha afectado de forma insondable. Y, por otra parte, Memorias del agua, además de ser un libro más reflexivo, en él hay poemas escritos a partir de algunas historias que me contaron amigos, gente de origen muy sencilla que se sentaba frente a mí y me relataba sus alegrías o tragedias. Este libro, por tanto, me permite verme a través de dichas historias, sentirlas, vivirlas como si me estuvieran ocurriendo y finalmente escribirlas.

Usted reunió una antología de poesía nicaragüense escrita por jóvenes de su generación, digamos, los que consideró representativos; uno de los criterios fue “la distancia que puedan marcar del estilo exteriorista expandido en los años setenta y ochenta”. ¿Por qué esta necesidad de alejarse de este momento de la historia tan relevante para la literatura de su país?

La época a la que te referís fue un momento crucial para la poesía, sin duda, es algo incuestionable y creo que debemos celebrar el hecho de democratizar la poesía en un país necesitado del diálogo, pero la poesía también responde a un tiempo, a una búsqueda. En los setenta era necesario que la gente se comprometiera más socialmente, se vivía una dictadura que inició desde 1936 y culminó en julio del 79. Para que la gente comprendiera esa lucha era necesario hablarle en un lenguaje claro, directo y escribir de forma lacónica y sencilla. De ahí, Ernesto Cardenal escribió sus Epigramas. Con una poesía subjetiva e intimista era imposible convencer a todo un pueblo y por eso Ernesto inventó, ya en los ochenta, sus siete normas de la poesía [exteriorista], que para los talleres que dirigió desde el Ministerio de Cultura estaban bien, pero creo que el concepto de la estética en Nicaragua fue transgredido para usarlo a favor de un proyecto político. A mí me empezó a preocupar mucho que en otros países aún creen que nosotros, la generación actual de poetas, somos epígonos del exteriorismo, cuando realmente nos hemos alejado de éste, produciendo una poesía más intimista, que tiene que ver con un regreso al yo, un enfrentamiento con nuestras soledades y angustias internas. No significa que no nos interese nuestra realidad social y política, al contrario, algunos poetas estamos preocupados por la forma en que se encuentra el país actualmente, pero una cosa es el compromiso que uno tiene como individuo y la ética con la sociedad, y otra cosa es la escritura, que no puede estar al servicio de los intereses políticos, sino en función de la libertad que el creador desee y elija.

Si los poetas buscan esa distancia, ¿qué tan lejos o cerca se encuentra usted?

Yo me incluyo dentro de los poetas que se alejan. Pero no es un capricho el distanciamiento, es algo que ocurre por estricta necesidad. La crisis de valores del individuo y la pérdida de la identidad en una sociedad aletargada como la nuestra, me parece que son temas profundos que se deben tratar. ¿Cómo decirle al mundo qué hacer si ni siquiera uno mismo tiene respuestas para sí mismo? Entonces la poesía te puede guiar en esa búsqueda.

Esta distancia del exteriorismo, ¿abriría una nueva etapa en la tradición poética nicaragüense?

Abriría una nueva etapa, sí, pero no hay nada novedoso, pues la poesía nicaragüense nunca fue en su totalidad exteriorista y la poesía más subjetiva, interiorista, tampoco es algo nuevo; de las generaciones más cercanas, específicamente autores de la Generación Traicionada, del 60, exploraron temas que tenían que ver con la interioridad del individuo; de ahí salieron grandes poetas como Iván Uriarte, y una poeta que no perteneció a ningún grupo, Ana Ilce Gómez, entre otros.

¿Podría ser común en Centroamérica la separación de la poesía de temas sociales e ideológicos, expresada con lenguaje coloquial, de una poesía que se dirige hacia temas más filosóficos? ¿A qué podría deberse esto?

Voy a referirme sólo a Nicaragua. Creo que una vez que se terminó el período de los sandinistas, ya a inicios de la década del noventa, el neoliberalismo obligó a cerrar muchos proyectos sociales y culturales: las universidades privadas florecieron y se adaptaron a los nuevos cambios y exigencias del mercado; las artes perdieron su protagonismo; las instituciones públicas se privatizaron; y la necesidad por sobrevivir llevó a “los hijos de la revolución” a coexistir en un nuevo panorama, desolado, junto a los líderes revolucionarios, lamentándose de su fracaso. En esta etapa de las economías abiertas, el nicaragüense adquirió otra forma individual y olvidó el valor de la solidaridad. Por otra parte, los escritores y poetas buscaron su propia supervivencia y dejaron de ser sólo dirigidos por el mal entendimiento, por la falta de palabras, e intentando encontrarse en lo que queda de ellos: su interior, su abismo y laberinto donde ya el hilo para regresar al origen no existe, o hay que buscarlo nuevamente. Determinados en seguir, pero indeterminados en encontrarse, el encuentro con sí mismos ha ocurrido por la vía de la interioridad, donde residen otras voces, las álgidas cenizas de algo desconocido. Si la desesperanza reside en el fracaso histórico de un país, en el mundo exterior, me pregunto: ¿dónde encuentra su voz el individuo sino en sí mismo? Ahí empieza el viaje, en la incertidumbre, en querer saber qué somos frente a la sociedad infame que hemos construido.

Hay algo de esa exploración filosófica en su escrito “La poesía, diálogo con el otro”.

Sí, tiene que ver también con lo que la poesía representa para mí. Y la poesía, digo, cumple con el ritual de completarse a uno mismo, ser otra voluntad diferente a la impuesta por la realidad. Con la poesía el hombre logra la realización del ser, la imaginación y creación de aquello inexistente que lo ubica sobre la aparente nada. En mi caso escribo porque necesito construir otra visión del mundo, porque puedo mostrar a las personas y a mí mismo que el universo cotidiano está dotado de otro tiempo menos trágico y caótico del que usualmente se nos presenta. Escribo porque estamos hechos de palabras, y creo en ellas. Si digo abrazos construyo puentes. Si digo mar construyo un faro y una orilla para llegar a alguien.

Tresmil, San Salvador, sábado 11 de diciembre de 2010.

 


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).

LYA AYALA (San Salvador, 1973) Poeta, periodista y profesora universitaria, egresada de Maestría en Comunicaciones de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador (UCA). En 1977 ganó el premio de poesía “Alfonso Hernández”.  Aparece en las antologías: Alba de Otro Milenio, editada por Ricardo Lindo (DPI, San Salvador, 2000); Otras Voces (DPI, San Salvador, 2011); El Libro del Voyeur (Ediciones del Viento, España, 2010); Lunáticos, poetas noventeros de la posguerra (Índole Editores, 2012); Ventanas (Ediciones La Fragua, 2012); Segundo Índice Antológico de la poesía salvadoreña, editada por Vladimir Amaya (Índole Editores / Kalina Editores, 2014); Las puertas de la madrugada, antología Cuba-El Salvador (Ediciones Amada Libertad, 2014). Ha escrito los poemarios: Verde; Arrecife; Rojas las palabras; Piel del mar; y Memorial del árbol.