Francisco Ruiz Udiel: “Pequeña antología” (poesía)

Una muestra poética espigada de las dos colecciones del reconocido autor de la generación de posguerra en Nicaragua.

Francisco Ruiz Udiel
Selección y edición de Amelia Mondragón y Roberto Carlos Pérez*
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

fru-alguien_me_ve_llorarDe Alguien me ve llorar en un sueño (2005)

Alguien abre los ojos por primera vez

A Tamara Baltodano

La primera vez que Andrés abrió los ojos
el olvido empuñaba seis líneas en la mano
las enrollaba
y se las daba en la boca
como si fuesen pequeñas bolitas de carne.

Alguien muerde en mi voz

Cuando la vi abandonada
en las cañerías, mirando de un lado a otro
con demencia de búhos,
con tetillas escurridizas de traiciones
y con piernas enterradas en el fango,
supe entonces que buscaba
ensayar su hambre en mí,
alimentarse de cualquier
trozo viviente que no estuviera
infestado de rabia.

Puso en los míos sus ojos,
intentó ladrar,
no pudo,
entonces mi boca se quedó asestada,
ahogando el denso aire que respiran los ciegos
en el vacío.

Gesto desvanecido en la esquina de una estación

Esta estación no será más una estación,
quedará únicamente mi gesto desvanecido
en el polvo de alguna ventana,
si acaso hay ventanas,
si acaso decido en las estaciones
desamparar algún gesto.

Esperaré junto a las cabinas telefónicas
a que las horas se desvanezcan azules
en mi cigarrillo encendido
de mirada triste e inclinada,
me verán apretar la mandíbula
para masticar, como las aves
que emigran de una tierra a otra,
cualquier bocado de aire
sin saber qué les espera.

El aire se ha vuelto amargo
y aún no sé en qué otras estaciones
abordará mi soledad otro cuerpo.

Alguien quiere denunciar

A Imelia

La infancia de Andrés
huele a dolor en mal estado.
Crece y es memoria sepia
como cuerpo quemado
dice y cuenta cómo lo encerraron en un baño
veinte y cuatro horas desnudo
de la vez que lo arrodillaron otra vez desnudo
naked, no nude
otra vez desnudo
de la vez que le pusieron
las manos a dos centímetros del fuego
con el pretexto de hurgar verdades.

Esta vez no fue desnudo
vestía de odio con lengua
despellejada en rabia.

Alguien entra en la muerte con los ojos abiertos

Déjenme limpiar esta herida,
apesta mi cuerpo,
déjenme secar con mi vieja camisa de fuerza
las dúctiles paredes donde se rompen mis sueños.

Por favor, cuando yo parta,
no me cierren los ojos,
no me maquillen el rostro como a un cadáver
que aparenta estar vivo,
no me disfracen con saco y corbata
pues la muerte no compra etiquetas,
no me vistan de honor, no lo necesito,
no me pongan mordazas en la boca
ni algodones en la nariz;
no me dejen sin sentidos.

Por favor, les ruego,
no me dejen ir con este peso
que me obliga a mirar hacia abajo.

Quiero morir en un poema

Quiero morir en un poema
y nunca levantarme,
dejarme caer en el cetro olvidado
del flanco de un pájaro
ser removido por el viento.
Nadie sabrá que he muerto,
me asfixiaré mil veces en el pulmón
que agoniza en tu pecho,
un cuerpo ahogado
cuando pases,
sin que lo sepas.

Donde vivo soy un extranjero

A Óscar Núñez Argumedo

Donde vivo soy un extranjero
con el hábito de saludar
a las prostitutas en los pasillos,
de escuchar sus viejas historias
cuando me dicen estar casadas
con uno de los huéspedes
¡Como si yo no fuese un huésped!

Donde vivo se tiene la fama
de hacinar drogadictos funcionales,
homosexuales, madres solteras,
mujeres sonámbulas que caminan
desnudas por las escaleras,
hombres que salen a quitarse
la culpa con las primeras
manifestaciones del invierno,
porque el agua fría de la lluvia
produce calambres y punzadas
en la angustia donde está la frágil carne.

Donde vivo también existen
vírgenes de dudosa reputación,
lesbianas y hasta borrachos
de baja categoría que evaden
siempre la cordura, porque el acto
de saberse leves en el fondo
de una botella les resuelve más que el sudor,
las lágrimas y la orina que aún
no llenan el hueco de ningún corazón vacío.

Donde vivo he notado que
cada habitación bien podría
ser un centro de masajes
para el desamparo de todos los hombres.

Tanto se dice de este lugar
que a veces es mejor
aprobar las verdades,
por mi parte, yo prefiero ocuparme
de la chica del cuarto piso
que se intenta suicidar
frente a mi puerta,
de las botellas rotas en la madrugada
a manos de terroristas
que vigilan el negocio
de las operadoras sexuales
o bien, forzar el sueño ante el ruido
de los cuartos, principalmente
por los gemidos de la muchacha que llega
a tocar la puerta del vecino
a las cuatro de la madrugada,
pues la cocaína no le deja cerrar los ojos
y se levantó por un vaso de agua
y el grifo de la cocina se descompuso
y entonces mi vecino, altruista, le atiende su sed.

Donde vivo soy un extranjero
porque nadie sabe que existo
y uno de estos días puedo amanecer
desplomado en el baño,
muerto de saberme indigno
en este miserable cuerpo encerrado.

Donde vivo, el sol se rehúsa a entrar
por la ventanas y los amantes
dejan a sus mujeres en pleno abandono
con el vientre en proceso de extensión,
los huéspedes bajan de sus madrigueras
a una hora específica para sentarse
en las gradas principales
y así escuchar historias de amor
a través de una guitarra parapléjica
que todavía suena con tres cuerdas.

Donde vivo tengo la manía
de levantarme por la noche
cuando todo está en calma
para ver a los perros echados
a orilla de las puertas,
para ver cómo se retuercen
frente a otro animal que muere.
Hasta dan ganas de pedirles nos regalen
las caricias que han recibido de sus dueños.

Donde vivo soy extranjero
con la manía de vendarme los ojos
y sentirme un pronombre indefinido
en un lugar donde a diario me alimento
con pequeñas víctimas de sueños.

Donde vivo soy un extranjero
pero soy también un emigrante
que sale bajo esta piel
no para buscar poblaciones
sino para encontrar momentos poblados
frente a una noche cualquiera.

Yo soy Lynndie England

Yo soy Lynndie England
cuando permanezco distante
ante el estrujamiento contra el pueblo de Irak
soy Haydar Sabbar con una mordaza
y una capucha mientras me escupen
el cuerpo desnudo
y sobre mis genitales
alguien apaga un cigarrillo
soy un perro anónimo
que arrastran por el suelo de un pasillo
soy la humanidad llagada por la guerra
un ser que convulsiona en un sueño
y amanece con las manos amoratadas de torturas
soy tantas muertes en un tiempo
donde Dios prepara su acto en este Zoológico humano
soy un hombre convencido de mis cuatro patas
pero soy también Nick Berg
decapitado por un hombre con un puñal en su mano.

Sobre el puñal,
puedo ver a alguien que se asemeja
cada día a mi áspero rostro de ser humano.

Nada

Nada es una palabra
inventada por Dios
para escupir su desprecio.

Yo soy la palabra de Dios.

fru-memorias_del_agua

De  Memorias del agua (2011)

El corazón de los remos

A Pablo Antonio Cuadra

No navegué en la isla
ni vi caballos erguirse
sobre la arena
como sucedió días después.

Sólo vi tu sombra
sobre aquella barca con olor a muelle.
La tarde cubrió de púrpura
el corazón de los remos.

Dicen que es preferible
no alzar la mirada
cuando los hombres parten,
pero los pescadores aquel día
vieron cómo la música
cubrió de óleo tus hombros.

Desde entonces
—durante la lluvia—
se escuchan ecos de tu nombre
entre las bocas de las ranas.

No esperan que vuelvas;
sin embargo, los pescadores
—más pobres que nunca—
hunden sus redes en el agua.

Casa de jengibre

—Versión libre de Hansel y Gretel—

Antes de emprender el viaje
tomé el único trozo de pan sobrante de la cesta de mimbre,
duro pan de olvido que arrojé en migajas
para iluminar el sendero.

Más allá, en la espesura,
donde hay ramas que languidecen,
niebla esparcida del bostezo en las bocas de los árboles,
lancé algunos mendrugos cual luciérnagas desterradas
hacia cualquier parte.

Y ya perdido, definitivamente perdido con mi corazón
de leñador que transita en la humedad del bosque,
decidí dormir un poco
para soñar que el Diablo me ofrecía piedras,
y así, convertirlas en algún bocado.

Pero el sueño es tarde que apacigua al trigo,
y cuando desperté, la ausencia recorría,
como el agua,
aquel camino que un día conoció el pan.

Tras de mí no queda nada:
sólo un aleteo de sombras
y el ruido de pájaros insomnes que, hambrientos,
van borrando mis huellas.

Los pájaros

Sus pasos,
dulces gotas de lluvia
sobre el tejado.

Ars poética

En una ciudad en cuyo centro
carece de luz un faro,
a la poesía le corresponde
imaginar el mar.

Último infierno

II (El conjuro)

Decidí alejarme de la ciudad. Pensé que lo mejor era recurrir a otros métodos para sanarme. Con el deseo de aminorar mi sufrimiento, busqué entonces al más anciano de la población para que me ayudara. El anciano sacó de entre las cosas que cargaba el siguiente conjuro.

Lo que nos detiene en este mundo

es una bandada de pájaros que nunca vuela.
No leas más. Aquí empieza el conjuro: regresa a casa,
enciérrate en tu cuarto por treinta días
bajo el ímpetu de soportarlo todo,
cubre de arcilla las paredes, también tu cuerpo
y por favor, no abras la puerta:
tu familia podría morir de espanto.

En esos días ni la poesía será capaz
de herirle la mano al viento,
de torturarle a golpes: no la invoques.
Durante ese tiempo enjuágate únicamente los ojos,
preferiblemente con agua y sal,
para que la almidonada luz no te ciegue.
No se te ocurra bajo ningún pretexto abrir los ojos,
creerán que te has vuelto loco. No importa,
la locura —baladí mortal— devana a los más finos espíritus.

Una vez que pasen los treinta días
regresa a este mismo punto,
vuelve a leer sólo las dos primeras líneas:
lo que nos detiene en este mundo
es una bandada de pájaros que nunca vuela,
que nunca vuela.

Detente ahí, nota cómo los rostros
que un día soñaste han desaparecido
o se aniquilaron cuando una mañana, sin querer,
dejaste de soñarlos.

Convencido entonces de que la vida sufrirá de intentos,
grítale al primer transeúnte que pase,
agárralo del cuello, desvéndalo,
insúltalo hasta no aguantar más,
hasta que, débil, tus piernas no puedan sostenerte;
luego maldice a todos los que te observan,
maldice estas palabras, maldice también al autor
que algún día escribió esto.

Mírate y repite esta frase treinta veces:
¿Dónde está la bandada de pájaros que nunca vuela,
que nunca vuela?

IV (Escritura sobre la roca)

La búsqueda era insondable, agotadora en ocasiones. Al salir de la arena, vi una alargada roca con forma de brazo. Era como si algo hubiera abandonado a aquella roca. Impresos sobre todo el brazo estaban escritos unos versos. Me acerqué para averiguar si podía leer algo.

Sé que mi mirada es un eslabón perdido entre tus ojos.
Me buscas y apenas deduces el inexorable olvido
que te dice: Detente ahí.
Una palabra donde regresas, huyes… te pierdes.

Sólo la nostalgia tiene

esa libertad de aniquilarse
a sí misma en la memoria;
toda memoria se aniquila
a sí misma en la nostalgia.
Pero tengo el derecho
a no tener memoria,
puesto que a las tres
de la madrugada nada es digno
y la historia no me es nada útil a esta hora.

Yo, el mismo iluso que creyó

encontrar picaduras en mis brazos
y que cuando despertara tendría
entre mis manos un ramo de lirios,
no volveré a tocarte
bajo esta libertad convertida en piedra.

VI (El desasosiego)

Después de aquel silencio, hice señas a la mujer para que me siguiera. El perro puso su mirada en mí. Podría intuir que tenía mucha hambre. Fue el primero en seguirme.

Tras de mí
mendiga la rabia

un perro,
me pide en silencio
llene de espuma sus labios,
me pide arroje
un trozo de carne
a sus colmillos fríos.

¿De qué te sirve
ese vacío hueco
que nunca cierra?, me ladra.
Entonces,
sin respuestas
y sin defensa alguna,
me abro el pecho
para que entierre
su hambre en mí.

Escritura sobre el agua

Escribo el nombre
de los peces sobre el agua
y el agua se llena de colores.
Escribo signos sobre el agua
y el agua se torna púrpura
cual melodía que se expande
para que los peces vuelvan a soñar.
Escribo tu nombre,
intento escribir tu nombre
pero el agua revuelve mis dedos

en un vértigo de peces que se ahogan.

Las piedras

Y si encuentro mi voz en las piedras,
y si descubro que todo este tiempo
el animal construyó su acertijo
dentro del mismo hueco.
Si encuentro mi voz, me pregunto,
será en las piedras que reconozca
mi propia ruina.
Si encuentro mi voz en las piedras
sé lo que espero,
lo bueno es que sé lo que espero.
Te pediré me arrojes junto al río,
no habrá más hierba que cubra la caída.
Si encuentro mi voz,
si de verdad encuentro mi voz,
levántame y observa:
en tus manos me tornaré agua.

Al agua en sí

Al agua en sí,
su sustancia, no es a quien tememos.
Su transparencia, acaso, el otro lado,
lo que transfigura, avisa, revela
que solos no estamos.

Bajo la atadura está el otro.

De qué sombra nuestra o dolor ajeno viene.

Habría que decirle,

implorarle,
tirarlo por las fuerzas,
que se vaya,
removerlo de su cómodo asidero,
y que sea nuestra mano un badil
para limpiar sus cenizas álgidas.

Escurridizo es cuando apresarlo queremos,
su imagen busca el apabullante extremo,

la trampa, ¡ah!, la trampa.

Si nos dejáramos acercar un poco,
si nos dejáramos ver el rostro, no esperar,
al fondo ir, atrevernos a seguir sin amago de límites,
con la vida puesta en la poesía,
en el agua, en su transparencia.

Lluvia

A Urania Prado

La lluvia cuando cae no sabe que será imagen de otros, gruta de silencio. Su lenguaje se asienta en la tierra y engendra figuras de lodo. Caminar es andar, adentrarse en el agua, ser unidad en la huella, pero ¿de quién es la huella?

Cae la lluvia, cae uno mismo bajo un chorro que se vuelve pozo, légamo. Negar el agua es negarse a uno mismo, negar su corona que se divide en pequeños imperios, golpe necesario, tránsito hacia otros dominios.

La humedad es su prolongación; es la forma de resguardarnos, bálsamo en la herida del elequeme, cuya flor cerrada es espada, anguila roja, penumbra de la caída; ¿será aquella frase “tocar fondo” la suspensión del agua? El fondo en sí, lo que nos dice —voz del interior, voz corpórea de la imaginación—, ¿hacia qué misterio descendemos para tocar? Y cuando tocamos el brillo cristalino, música de arena, escarcha de los vientos, ¿a quién iluminamos siendo agua que a ciegas toca?

La lluvia no se sabe; su senda es el aire. Su destino —dicen algunos— es el río, o el mar, dicen aquellos que contemplan los flecos de las naves.

Ver el agua nos llevaría años, entender incluso su geometría. Y la lluvia, palabra que empieza con dos líneas melancólicas que caen suicidas sobre nuestros ojos; líneas que se repiten cual red y cuya urdimbre construye, dibuja su claridad y nos devuelve al oblio: tiempo que todo lo arrastra. Es la lluvia en sí, insistencia de fantasmas, bridas sueltas, ritual perpetuo de las ánforas donde removemos los dolores asidos a la infancia.

Cuando nombramos la lluvia, sin embargo, nombramos su partitura, cuya tensión está en la mirada. Es la lluvia que, siendo ya no solitaria, cae sobre la sombra de uno y remueve el polvo de los incensarios. Inexorablemente, sin pensarlo, somos lluvia, agua; ¿no es acaso la primera palabra que aprendemos a invocar frente a la sed?

Llo-ver es la imagen doble de sí, del yo en el filo de la vida, es verse a uno mismo en la tristeza del agua.

 

*Antología autorizada por los herederos de la obra de Francisco Ruiz Udiel. Fotografía de Carlos Clará, de Madrid a París, 2005.

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FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).