Ruth Grégori: “Las engañosas verdades de Cárcel de Árboles” (crítica de cine)

La nueva incursión en el cine del novelista guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y el cineasta salvadoreño Guillermo Escalón, explora cómo las semillas del terror crean un puente de verdad entre una ficción enigmática y una perturbadora historia real.

Ruth Grégori
La Zebra |
#17 | Mayo 1, 2017

La primera vez que vi Cárcel de Árboles fui absorbida por esa extraña fascinación que a veces sentimos al constatar el horror del que es capaz la raza humana. Al terminar de ver la película, me quedó una vaga sensación de irrealidad, una impresión como de haber presenciado un truco que no se acaba de comprender. Luego, a medida fueron pasando los minutos, comencé a sentir como si me levantaran la tapa de los sesos. Un creciente desconcierto me fue envolviendo en una especie de vértigo, del cual no estoy segura haya logrado salir aún.

Escrita, dirigida y editada a cuatro manos por el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y el cineasta salvadoreño Guillermo Escalón, esta enigmática película registra el proceso de hacer otra película. Un incidente narrado al inicio del filme detona el proceso: una mujer que había leído Cárcel de Árboles, la novela homónima de Rey Rosa publicada en 1981, aborda al autor para decirle que ella estaba segura de que él que había basado su relato en un caso real. Esta inesperada relación entre una obra de ficción y un caso real es la pista a partir de la cual el documentalista alemán Uli Stelzner emprende una búsqueda de personas y datos que permitan reconstruir la historia de la Asociación para la Reorientación de Jóvenes —Asprejo—, que habría operado en el Cerro San Gil de Guatemala entre los años 1974 y 1988.

Elementos característicos de distintos géneros confluyen en lo que podría concebirse como un thriller político-periodístico de no ficción, con elementos de horror e incluso guiños a la Ciencia Ficción. Se investiga un crimen: un campo de concentración camuflado de hospital-escuela para el tratamiento de jóvenes adictos o desadaptados; se intenta dilucidar el misterio de la posible vinculación de agentes de gobierno en el mantenimiento de dicho centro; y se van hilvanando imágenes de archivo y testimonios de ex prisioneros, familiares de sobrevivientes, ex trabajadores y especialistas de diversos campos a fin de reconstruir el oscuro caso.

La trama de la historia no sigue una línea cronológica sino una progresión “circular”, “espiral” más bien, en la cual la mayoría de sus escenas se enfocan en una fuente principal que vuelve sobre algunos hechos ya relatados por otra fuente, para confirmarlos y añadir elementos nuevos. De este modo se va conformando un tejido de voces que se suceden y se enredan, al estilo de la pieza coral sacra que constituye uno de los motivos musicales recurrentes —leitmotiv— del diseño sonoro de Igor de Gandarias y la música de Quentin Chiappetta que remiten a la selva de Asprejo. A modo de contrapunto, sonoridades orientales y percusiones de evocación tribal, entrelazadas además en distintos momentos con sonidos de animales e insectos selváticos, ponen los pelos de punta al espectador cada vez que el relato vuelve a los horrores ocurridos en el infierno-en-la-tierra del Cerro San Gil.

El hecho de que la narración ocurra a través de esta especie de coro de voces, mediante entrevistas en espacios fijos o durante pausas en los recorridos para recrear las idas, estancias y huidas de Asprejo, nos instala —casi sin darnos cuenta— en la lógica y estética del documental. Hay que observar con un poco más de cuidado para notar el contraste entre planos que tienen un claro valor informativo (como los que muestran los detalles de una suntuosa residencia en la que se entrevista a la madre de un ex prisionero de Asprejo), con otros de marcado valor expresivo (perspectiva de una persona que observa las copas de los árboles en medio de la selva bajo los efectos de drogas) y otros de carácter simbólico (detalle del estampado de flores de un cojín como fondo que enmarca el visor de la cámara en donde se observa, en pequeño, el mismo cojín al lado de la persona entrevistada, o el de una araña envolviendo a un insecto en su telaraña). Por otro lado, junto con un ritmo de urgencia más característico del reportaje que del documental, hay una marcada preferencia por planos de corta duración en algunas secciones que “recortan”, como en un continuo parpadeo, bastante más de lo que se observaría dejando correr la cámara en planos más largos.

Nada de esto resulta desconcertante. Al contrario, terminamos convencidos de haber presenciado el relato de hechos verídicos. Sin embargo, por alguna razón, persiste la sensación de que ahí hay algo más por dilucidar y se impone la tarea de indagar un poco más.

Así, mi segunda vez dentro de esta peculiar Cárcel de Árboles me permitió notar ciertos detalles que pasé por alto la primera vez. Por ejemplo, el hecho de que ninguna de las fuentes parecía contradecirse. Más bien, parecían verificarse entre sí con una lógica circular demasiado coherente para ser compatible con la realidad. Esa cierta distancia afectiva desde la cual parecen hablar las personas entrevistadas, aun cuando describen tratos rayanos en la tortura. La mueca grandilocuente de ese abogado constitucionalista que entorna los ojos y frunce la boca bajo su pequeño bigote con gesto escéptico mientras guarda silencio… Los dos fragmentos de un mismo artículo de periódico sobre el caso, en los que se repite el mismo titular… En algún punto, pienso: ¡Es un juego, una puesta en escena, un simulacro!

Entonces viene la indagación, fuera de la película. ¿Cuánto de lo que me han dicho y mostrado es “verdadero”?

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Una primera sorpresa, que pasa perfectamente desapercibida para el espectador que no haya leído la novela, es que las notas del diario manuscrito de uno de los personajes —que aparece en distintos momentos de la película a modo de leitmotiv visual— no pertenecen a ninguno de los entrevistados, sino al protagonista de la novela (¿cabría dudar de la existencia “real” de alguna otra de las fuentes consultadas…?). La segunda, la posibilidad de que entre las imágenes que se presentan como material de archivo haya incluso fotomontajes. Así lo denunció, al menos, el documentalista responsable de la investigación cuando se distanció públicamente de Cárcel de Árboles, advirtiendo sobre la tergiversación del material documental recopilado por él (señalaba, en particular, una portada periodística sobre exhumaciones de cuerpos descabezados en fosas clandestinas en los alrededores del cerro San Gil). Una tercera, que apenas existen referencias sobre el caso de Asprejo o las fuentes consultadas y que es virtualmente imposible verificar las publicaciones originales que se citan en la película (solo pueden consultarse en línea las ediciones del archivo digital del San Francisco Examiner a partir del año 2006).

Existe, sí, un sitio web de Daphne (Burden) Oberon y Peter Ashlock, hija y ex discípulo de los esposos Burden, quienes crearon tres escuelas bajo el modelo que bautizaron con el nombre Shimber Beris, cuya última sede fue localizada en las montañas de Guatemala. Sin embargo, diversos detalles del sitio resultan curiosos: el diseño visual de la página de inicio incluye un collage de fotos idéntico al que se muestra en formato real dentro de la película, y las secciones sobre los datos de vida de los involucrados parecen redactados más como perfiles de personajes que como datos biográficos.

A estas alturas —me doy cuenta— ya dudo de todo, y de todos: ¿será posible que se trate de un gran juego, que pasó de una novela al cine y del cine a la realidad, al internet y las redes sociales, a los periódicos? ¿Se trata entonces de una puesta en escena, de personajes, de actores, de escenarios, de escenografía y utilería?

Repaso entonces las escenas que antes me hicieron sentir algo extraño. El abogado del bigote al estilo Hitler: ¿acaso la grandilocuencia de sus gestos no resultaba demasiado “histriónica”? La contención emotiva de la madre del ex prisionero de Asprejo que se suicidó, los detalles de su opulenta casa, el retrato al lado del sofá y el hecho de que prefiera no ser identificada por su nombre “verdadero” en los créditos de la película: ¿resultaría más coherente si se piensa en ello a partir de la noción de “dirección de actores”? El incidente que tuvo el equipo de rodaje con la policía, cuando se dirigían a una entrevista con uno de los ex prisioneros de Asprejo: ¿sería una escena totalmente “producida” para añadir ritmo a la trama de suspenso? Estoy casi convencida de ello cuando una cuarta sorpresa emerge del mar de información que he acumulado en la pantalla de mi ordenador a propósito del caso: el libro Son of a Beach Boy (Hijo de un Beach Boy). Se trata de una autobiografía de Scott Wilson, hijo adoptivo del baterista de la icónica banda californiana de los años 60 The Beach Boys, Dennis Wilson, en la cual se hace referencia a la escuela Shimber Beris ubicada en las montañas de Guatemala como el destino que le esperaba, luego de algunos problemas con drogas, cuando la necesidad de contar con una visa para su traslado llevó a que le revelaran que su verdadero padre no era Dennis Wilson…

Esta primera “evidencia” de la existencia de una escuela dirigida por David Burden en Guatemala, fuera de las fuentes citadas en la película, obliga a revisar nuevamente la cuestión sobre la naturaleza de la película. Se impone, pues, invertir la pregunta: ¿cuánto de lo que me han dicho es… “verdadero”?

Veamos: la película misma, de hecho, advierte desde el inicio que —pese a las apariencias— se trata de una ficción. ¿Por qué, entonces, la película entera se dedica a convencernos de lo contrario? Es como si un enorme caudal de recursos, tanto de la estética documental como de la ficción, se hubiesen alineado en función de la verosimilitud de la historia… ¿Acaso están tratando de decirme algo sobre el “sentido de la verdad” en las historias? ¿Sobre el arte de crearlas? ¿Sobre cómo estas se vuelven “realidad”?

La película gira en torno a una anécdota que relata el autor de la novela, y codirector de la película, dentro de la película: la mujer que le avisa sobre un caso real similar al que describe en su novela; pero ella no figura entre las fuentes entrevistadas. Sí aparece el autor del informe que dicha mujer habría leído sobre el caso: José Guillermo Mayorga, de quien se indica en los créditos ha fallecido antes de que la película se haga pública. Daphne Burden reconoce un “hilo de locura” que guiaba el proyecto de su padre, pero sus palabras nunca respaldan, literalmente, que los alumnos fueran atados a los árboles o enterrados hasta la cabeza… ¿Descansa el elaborado armazón que sostiene la película —al menos— en algunos “hechos” fundamentales basados en la realidad? ¿O se trata de una ficción casi completa? Una mentira a medias, ¿es más mentira o más verdad?

Al referirse a la verdad de las mentiras en la literatura, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa escribe: “los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura narrativa sirven para expresar verdades profundas e inquietantes que solo de esta manera sesgada ven la luz”. También señala que la ficción florece en sociedades en crisis —donde hace falta creer en algo—, cuya visión unitaria del mundo ha sido sustituida por una visión resquebrajada y una incertidumbre creciente. ¿Acaso no se refiere con ello también a la época contemporánea, la posmodernidad, y su crisis de los llamados “discursos de la verdad”?

¿Es posible que Cárcel de Árboles esté enredándonos entre los hilos de una verdad aparente, construida, “producida” intencionalmente de la manera más parecida a la realidad, a fin de mostrarnos el engañoso aspecto de la verdad en estos tiempos en que, bombardeados por olas de información, se hace cada vez más difícil —casi imposible— llegar a establecer la “verdad” de… cualquier cosa? ¿Busca llamar la atención sobre lo difícil que resulta establecer la verdad histórica, periodística, científica o legal, sobre todo cuando las “fuentes” mienten? O, “simplemente”, ¿actualiza el tema de la imposibilidad humana de conocer la realidad? Resulta muy difícil dar un veredicto. La película casi me ha convencido de que todo es un simulacro, y de la imposibilidad de afirmar… cualquier cosa…

Pero en el arte, realidad y ficción convergen en una naturaleza híbrida inadmisible desde la lógica racional. En la literatura cabe un hombre-cucaracha, un monstruo resucitado con partes humanas; en el cine, un muerto-viviente, las leyendas urbanas que cobran vida, los falsos documentales… Esta hibridez que constituye la naturaleza del territorio de la imaginación y, al decir de algunos teóricos la esencia del mosaico de mezclas que configuran Latinoamérica, hace más que probable la ocurrencia de una historia como la de Asprejo en regiones que han sido, además, agobiadas por décadas de dictaduras militares. Las montañas de Guatemala, o las de casi cualquier otro país de la región centroamericana o latinoamericana, así como los nombres, fechas y detalles, no serían sino coordenadas de tiempo y espacio circunstanciales. Su verdad descansa en el tejido de mentiras que nos hacen entenderlo.

Estoy considerando una tercera visita a Cárcel de Árboles. Una parte de mí desearía extraviar el hilo de regreso.

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FICHA TÉCNICA

  • Título: Cárcel de árboles
  • Año: 2016
  • Género: Ensayo de ficción
  • Dirección: Guillermo Escalón y Rodrigo Rey Rosa
  • Entrevistas documentales: Guillermo Escalón, Laurie Parker, Uli Stelzner
  • Guión: Guillermo Escalón, Laurie Parker y Rodrigo Rey Rosa
  • Producción: El Escarbado. Guillermo Escalón, Laurie Parker, Magaly Rey Rosa, Rodrigo Rey Rosa, Juan Luis Tejada
  • Producción de campo: Pamela Guinea, Joaquín Ruano, Danilo Garrido Dubón
  • Asistente de producción: Omar Cruz
  • Productores Asociados: Roberto de León, New Vision (Guatemala); Carolina Olivares, CO Producciones (Barcelona); Gaëlle Jones, Perspective Films (Paris); Howard Silver, Arts into Production (New York)
  • Fotografía: Carlos del Valle, Guillermo Escalón, Joaquín Ruano, Uli Stelzner
  • Fotografía de archivo: Sandra Sebastián, Plaza Pública
  • Grabación de sonido: Eduardo Cáceres, Isabel Muñoz Cota
  • PROPS: Guillermo Galindo
  • Montaje: Guillermo Escalón y Rodrigo Rey Rosa
  • Asistentes de edición: Daniel González, Joel González, Kevin Marroquín, Rubén Robles
  • Corrección de color: Howard Silver
  • Diseño de sonido: Igor de Gandarias, Quentin Chiappetta
  • Música: Quentin Chiappetta
  • Mezcla de sonido: Quentin Chiappetta
  • Posproducción de sonido: Carlos Springmuhl