Salvador Medina Barahona: “La Poesía, ese misterio luminoso” (ensayo)

¿Cómo se define un misterio? Aproximándose a él, rodeándolo, internándose en sus enigmas, aceptando su vastedad. Así lo intenta este reconocido poeta panameño.

Salvador Medina Barahona
La Zebra | #18 | Junio 1, 2017

Siempre he pensado que la Poesía existe, o posa su misterio y brillo, en la mayor parte de los seres y las cosas; que es una entelequia de lo más huidiza, pero de algún modo asequible.

Cuando digo seres, me refiero a todo ser vivo, conocido o por conocer. Cuando digo cosas, entran no solo los objetos concretos del mundo material, sino los fenómenos con su curva de ascenso y de caída; las circunstancias personales y sociales; las abstracciones que, sin embargo, generan algún tipo de figuración en la mente de la gente; o, de plano, lo que no tiene nombre pero está; es.

Vista así, la Poesía parece ser una hegemonía ubicua que no discrimina formas; aunque, sobre el conjunto de las formas, no a todas las formas condesciende. Es, en suma, una gracia en sí misma y se hace presente en los seres y las cosas con más frecuencia de la que sospechamos.

Por enumerar apenas un escaso puñado de escenarios posibles, la Poesía habita en la música, y más aún, en quienes la escuchan; en la pintura habita, y más aún, en los que tienen el privilegio de gozarla en sus texturas y perspectivas; en la escultura también es seguro que la hallemos, y más aún, en quienes palpan, cuando se les deja, las curvas o cavidades, los filos o las fisuras de la piedra, la madera, el bronce; curvas, cavidades, filos y fisuras formados e informados por el dintel, las manos; la forja erosiva del tiempo en la geografía, porque también la naturaleza esculpe sus obras maestras.

Gravita la Poesía y desciende sobre los paisajes; señorea en los teoremas; en las cabezas de los analfabetas más hermosos del mundo hace su nido; hace vigilia en la noche de los pobres; nimba el grosor de las ideas; ruge en los proscenios y las tablas acribilladas de cintas adhesivas, marcaciones; baila en el cuerpo sensual o adolorido de los danzantes; vulnera la majestad atronadora del ruido llamando y haciéndose una con el silencio; y aterriza, cuando quiere, en la página del poeta, ese ser deshabitado de tantas cosas y de tantas cosas lleno, ese humilde alfarero del lenguaje escrito, el que, tamizado el barro, su polvo seco, pone sus manos para que el poema crezca entre ellas, entre sus humedades se diga, se exprese, se manifieste en la fractalidad del verso, cadencia infinita.

Es esta la razón por la que nadie en su sano juicio se atreve a definir la Poesía. Definirla es delimitarla y la Poesía supera toda agresión de límite. Es un asunto de vastedad más que de concepto. El poeta hace intentos fallidos más por cumplir con sus asociados que por encorsetar algo en un puñado de frases que objetiven lo que no se objetiva, porque —sabe— es una entidad sin identidad permanente, una inefabilidad en fuga.

Se trata, por lo tanto, de un asunto de movimiento más que de sedentarismo. Cuando hemos creído nombrarla, sitiarla, no se queda quieta, permuta, va siendo otra cosa, se diluye en el balbuceo de una frase tan efímera como el relámpago,  y perdemos su término esencial, sin duda evanescente. Es, pues, el vértigo en zigzag de lo cambiante sobre la horizontal de lo que no cambia. En eso Heráclito tenía razón.

Pero la inteligencia es necia y se obstina en su delimitación, en su demarcación, y allí está el fracaso, o la consecución a medias del logro.

Ahora bien, ¿cómo hacer para entendernos? ¿Cómo no intentar aproximarnos a eso que nos estremece, nos golpea, nos acaricia, nos transfigura?

¿Es relevante, por otra parte, hacer docencia de una cosa que no puede ser enseñada, sino apenas señalada, o, a duras penas, aprehendida? Las preguntas se imponen en razón de que tenemos que partir de un piso, un abc que implique algún grado de certeza.

No en balde somos lo que somos por nuestra relación con el lenguaje, y no en balde el lenguaje es nuestra tutela y también nuestra arcilla. Entonces, ¿por qué no intentar moldear algo que nos permita comprender, o al menos soportar, la suavidad o la dureza de la Poesía, la gravedad o la alegría, la sombra cerrada o matizada, o la luz enceguecedora de su misterio actuante? La pregunta quedaría en mera retórica sin un motivo de mayor peso que esta frágil especulación mía.

En su libro El buen lector no nace, se hace, el mexicano Felipe Garrido, maestro de Literatura y creación literaria, observa: “Hoy, como hace milenios, la escritura es el medio más importante para explorar [yo agregaría expresar] el corazón del hombre…”

Tal vez lo anterior justifique sin vacilaciones nuestra búsqueda, nuestro intento de definición.

Aunque, antes de acercarnos a ello, conviene reflexionar sobre otros aspectos menos escabrosos y no por ellos menos discutibles. Veamos:

Enseñar Poesía es, en muchos sentidos, un gran disparate. Siempre lo he pensado. Nadie puede enseñar lo que no conoce. Y no lo conoce porque, ya se dijo, muta, y es nueva aunque la misma cada vez. A fuer de ser honestos, lo que quizás sí conocemos es su acción de cambio, con el riesgo siempre latente de quedar perplejos u oscuros ante sus giros.

Entonces, ¿cómo es que pululan por allí conferencistas, seminaristas, facilitadores, talleristas, tutores y demás agencias de creación poética? Tarde lo he comprendido; pero ese fuego misterioso, o ese misterio luminoso que es la Poesía, así como llega a rondar, y ocupar, los espacios de los hombres y mujeres solitarios, circunstancialmente visita las asambleas, los duetos, el hondón gregario, y  —¡oh, maravilla!—  como los primeros humanos que buscaron el calor en torno a la flama, nos vemos sufragando nuestro asombro, lo mismo que sintiendo o presintiendo, en hordas, lo que en algunos casos, de forma muy inacabada, apenas unos pocos logran después expresar.

Lo han dicho siempre los grandes maestros del lenguaje: el poeta es un menesteroso. Conformarse debe con lo que balbucea después de haber sido estremecido por la gracia, en solitario. O en poses de bacanal.

Pero a eso volveré más adelante, porque debo tratar algunos puntos muy específicos; no se me vaya a tildar de relativista en un asunto que de relativo tiene poco y de concreto tiene bastante.

El que el poeta no pueda, no tenga forma, digamos, de aprehender y comunicar toda la gracia de la Poesía no implica en grado alguno entrar en un limbo de especulaciones necias. En todo caso, toca precisar que, si la Poesía es, según lo dicho hasta ahora, una entidad en fuga, no lo son muchos de los sujetos y los objetos donde opera su gracia. De modo que no todo queda en los terrenos gaseosos de la fugacidad.

Así, la gracia que opera en el sujeto (léase aquí “ser humano”) nos lleva al sí definible concepto de experiencia poética, que no es otra cosa que el momento en el que se experimenta la gracia; situación de la que el sujeto puede dar testimonio breve, y parcialmente verificable.

Según el diccionario, la experiencia es nombre (sustantivo) femenino que se define como conocimiento de algo, o habilidad para ello, que se adquiere al haberlo realizado, vivido, sentido o sufrido una o más veces. Ahora bien: ¿Puedo yo describir a plenitud esa experiencia? La respuesta quizá sea unánime: No. Pero sí dejar algunos trazos del suceso, testimoniarlo a lamparazos, oprimirlo hermosamente en la enorme limitación del lenguaje escrito.

De la necesidad de expresarlo surge el poema (entiéndase el objeto verbal, ese haz de palabras con una intención y un fin, si es que fin e intención tiene, o debe tener siempre).

Y, sin duda, ya lo hemos visto, el poema es lo más fácil de conceptualizar.  El colombiano Jaime García Maffla lo logra magistralmente, y yo no me opongo en nada, razón por la que lo cito: “El poema es un haz de palabras unidas por las curvas musicales del lenguaje, que a su vez es la actitud interior del poeta y se hace visión. La poesía desciende hasta ese haz en transfiguración del mundo”.

Hay que agregar que la experiencia poética no es privativa del que escribe esa unidad formal denominada poema; que, dicho sea de paso, se constituye de un número determinado o indeterminado de versos, según sean la época, las formas, los códigos, las sublevaciones, las rupturas, o los mestizajes que suscriba el escritor, el oficiante que las habita y vive.

Esa experiencia, insisto, puede afectar a infinidad de seres sin que la mayoría de ellos se inmute siquiera en expresarla. Por eso la gracia no es una cuestión de elegidos en el sentido de privilegiados. Se equivocan los que, no sin mala voluntad, hablan de los “elegidos”, de las “élites”, de las “pléyades”, y otros sustantivos lanzados sin autoridad.  La gracia llega al que menos lo espera, cuando menos lo espera. Solo que ese oficiante que se esmera en dejar la crónica del impacto de la gracia sí se diferencia de ese otro que no tiene oficio: es, pues, el poeta, el que dice —lo que puede—  de lo que es. Y eso, más que una elección, un elitismo, un cenáculo de dioses, es una carga a ratos descomunal, sin caer aquí en la victimización del oficiante. La Poesía sí parece darle aguante a quien su peso le tira.

Por otra parte, quien se atreve, o es impelido a decir aunque nada más sea un trozo de su experiencia, puede que lo haga mediante otros muchos objetos que no sean formalmente escriturales; esto es, que no sean objetos verbales en rigor, como el poema. Luego entonces, lo expresará, lo hemos sugerido líneas arriba, en los folios matemáticos de una partitura, en un lienzo poroso que sea anegado por las aguas untuosas del color, en una superficie marmórea que devendrá escultura entre las manos de un artífice de dedos triturados y afanosos. Y así…

Hay que agregar que la experiencia poética no es privativa del que escribe esa unidad formal denominada poema… La gracia llega al que menos lo espera, cuando menos lo espera.

Hablaré, pues, del poema. Es lo que nos convoca. Y trataré de hacerlo con un poco más de certitud de la mostrada hasta el momento. Aunque, donde empiece uno a creerse “cierto”, puede interferir el nada elucidante trastorno del dogma.

En Poesía, el poema es lo único de lo que puede uno hablar con un mayor grado de seguridad, pues que es lo único, ahora sí, cien por ciento tangible, visible, verificable; lo cual no debe ser tomado, dicho sea de paso, como sinónimo de un artefacto de facilismo, o de escueta transparencia, o de plana denotación.

Sabemos que el poeta connota antes que denotar. Hemos acordado, también, que ni la Poesía ni la experiencia poética son sucesos del todo tangibles. No de la manera en que el poema lo es.

El poema nos salva del limbo conceptual en que nos sumerge la Poesía y nos lleva a lo concreto. En él se reúnen los elementos básicos del lenguaje escrito: la letra, la sílaba, la palabra, la frase, la oración; el verso, pues.

Según los tiempos, las escuelas y las individualidades, predominarán, en su construcción, las estrofas consensuadas por la tradición poética; habrá tal o cual agrupación o número de versos, tal o cual número de incisos, y, en estas fractalidades, un muy determinado y específico tipo de métrica: el arte menor, el arte mayor. Y luego están los recursos de la consonancia, la asonancia, el verso blanco, los acentos; en fin, la preceptiva toda, que aquí no cabe discutir.

De vuelta como estamos de todas las vanguardias, podemos presenciar, con cierto afán revisionista, la gradual subversión libérrima de lo anterior. Además de discernir las pulsiones de inestabilidad que los “ismos” en su momento propiciaron y que, pese a ello, informan, luego de tanto uso y abuso, parte del “canon” actual. Gran contradicción si se quiere; pero los hechos son los hechos: La Poesía es una entidad viva y todo lo que en materia escrita se ha establecido, violentado o revolucionado ha supuesto un mar de contradicciones, una toma de partidos, como era de esperarse entre ese puñado de hombres tontos que somos, al fin y al cabo, sus oficiantes.

En lo formal, desde principios del siglo pasado hemos estado asistiendo a unas dinámicas donde predominan el versolibrismo, el uso del versículo largo, la ruptura sintáctica, las rimas interiores, los efectos, a ratos intransitables, de codificación personal. Es decir, cada poeta ha estado escribiendo según sus propios códigos y algunos hasta han generado su propio universo, su propia preceptiva.

Pero lo que hace posible que un poeta siga siendo original a pesar de los mares de tinta que han corrido debajo del puente en un río anegado de toda suerte de barcazas similares, es lo que López Velarde denominó la originalidad de las sensaciones. En eso todavía podemos ser dignamente originales, pues que los temas, tanto como las formas, parecen haber llegado a su agostamiento creativo, a su sequía.

Lo anterior no ha excluido movimientos, tal vez poco conocidos, que han venido propiciando la vuelta a la “tradición” encorsetada del verso “clásico” (el canon clásico, dicen los expertos); tal vez porque no ven en ella una constricción del ánimo, sino una oportunidad de seguir siendo originales en la expresión de las sensaciones. Y tiene mucho sentido, porque las experiencias poéticas de ahora no son las de antes, dado que otros vientos soplan y de seguro posibilitan el repunte de esa originalidad  tan debatida. Un asunto que está indiscutiblemente pendiente de mayor discusión.

También se accionan ahora, de modo distinto, los elementos rítmicos vinculados y vinculantes a la música, a la cabalgadura evanescente de lo que se expresa, y, finalmente, al punto de llegada, si es que convenimos en que lo hay, como Octavio Paz lo sostiene magistralmente en su obra capital acerca del género que nos ocupa: El arco y la lira.

Impera, a pesar de los desbordamientos verbales, tupidos y neobarrocos propiciados o engendrados bajo la azarosa mirada de la posmodernidad, una nueva vocación de silencio en el poema; gráficamente representada, lo sabemos, en el uso de una división estrófica irregular, tanto como en el ejercicio de establecer unos márgenes y sangrados muy personales en la estructura, o en el despliegue del recurso bastante cinematográfico de las elipsis, sobre todo en los poemas con pretensiones narratológicas; por nombrar tan solo algunas de las numerosas operativas de los poetas actuales.

Así las cosas, cada vez resulta más difícil, aunque no imposible, abarcar el amplio espectro formal. Hacerlo con algún éxito supone, de suyo, una continua exposición a los poemas cuyas retóricas hicieron época, y trascendieron; tanto, como a su mestizaje posterior con otras formas en apariencia menos poetizables, de índole narrativa, dramática, visual o mixta.

Se habla mucho de la despersonalización en nuestros tiempos. El poeta lírico parece ser una especie en peligro de extinción, o ha debido ceder paso a una suerte de oficiante votivo y excluyente a la vez, narcisista y estridente en su “yoísmo” apesadumbrado; en el mejor de los casos, un lírico de otra laya.

Algunos poetas privilegian, sin embargo, la acaso feliz confluencia de lo que alguna vez se especificó como poesías épica, dramática y lírica. Lo cual comporta una cinética de disolución (o imbricación) de unas formas en otras, aún poco aceptada o comprendida entre los puristas; pero una praxis donde, sin duda, se está gestando el futuro de la escritura misma, que será, mal que les pese a muchos, de índole poética. ¿Es que ha dejado de serlo alguna vez?

Se tratará, a qué negarlo, de un retorno al punto de origen, como lo prefiguraba Paz; pero transfigurados, oficiantes y congregación lectora, a través del peso del andamiaje aluvial de los siglos. Es posible que el versículo desplace para siempre algunas formas estróficas que atrofian la sana lasitud del sentimiento, de lo sentimental; es decir, del sentir y la mente que ya no desean ningún tipo de encarcelamiento. Es asimismo probable que el versículo de cierta estirpe comparta el protagonismo con, y redima, la prosa narrativa, en mucho disoluta, digresiva y fácil.

No me corresponde entrar en gajes historicistas; además, tengo muy poca paciencia para ello. Pienso que es deber de cada oficiante,  y cada lector, darse la vuelta de tiempo en tiempo por todos los ismos posibles, por su aciertos y sus fracasos de circunstancia, o de futuro; por todas las épocas concretas en que se gestaron, agitaron o fulminaron; y, si está a su alcance, por todos los idiomas que domine; cuestión de que sepa de dónde procede su aparente “esquizofrenia”, y qué clase de megaestructura verbal desata su real angustia (Bloom) de no ser “original” en nada y, no obstante, poder replantearse y replantearlo casi todo; en razón de su huella dactilar, de su yo único, irrepetible. Otra vez, en franca aceptación de la originalidad de las sensaciones a la que aludía Velarde.

El poeta es un cantor a pesar de sí mismo, de sus intromisiones; pero un cantor al fin y al cabo que ejerce su utilidad pública bajo la tutela estelar de la gracia que tanto hemos invocado.

Ahondando un poco más en materia de atributos, hemos de coincidir en que sin emoción no hay poema que prospere en la mirada ajena, en el ser del otro. Ni en los propios. Si algo puede recibir la aprobación unánime de los poetas es esto. Es tan inherente el principio de emoción, que, curiosamente, algo cegatones como estamos, a veces no lo ubicamos en el poema, de tan cerca que lo tenemos. Se nos pierde de la misma manera en que se nos pierde una premisa teatral o una clave narrativa.

Un poema sin emoción sigue siendo un poema; para qué discutirlo. Pero, sin ella, este quedará bastante lejos de la gracia. Es decir, de la Poesía, que es la entidad que lo anima, lo hace memorable en cuanto vehículo de transfiguración,  y, a su oficiante, le confiere la gloriosa, y dudosa, reputación de poeta.

Dijo Neruda que la poesía es “una emoción dirigida”. Yo estoy de acuerdo. Y que conste que no se trata lo dicho por el poeta chileno de una definición, sino de una cualidad atribuida.

Con tanto descontrol emocional, no sorprende, pues, que haya semejante cantidad escribidores de versos, talladores de poemas y falsos profetas de la Poesía. La Poesía, además, debe quedar muy claro, no acepta profetas. Es un don profético en sí mismo. En últimas, la profecía misma, expresada mediante un oficiante la mayor parte del tiempo incompetente y perplejo.

Sí. La Poesía es un don profético de veteranas influencias que escancia su divinidad en la boca sedienta de quien la canta. El poeta es un cantor a pesar de sí mismo, de sus intromisiones; pero un cantor al fin y al cabo que ejerce su utilidad pública bajo la tutela estelar de la gracia que tanto hemos invocado.

Donde no sepa escuchar, donde no sepa callarse y otra vez escuchar; donde no sepa encausar sus emociones, ni deje de interferir en la marcha magnificente del Verbo, el poeta deviene escribidor, tallador minúsculo, profeta falso; se pierde, su voz se apaga, a duras penas dice alguna cosa valedera, que perdure. La Poesía lo abandona.

Además de ser depositario de la emoción, el poema conspira para el conocimiento propio y el de la alteridad.

Si la emoción de la que hablamos pertenece al ámbito de los sentidos, el conocimiento, por su lado, exige una cierta claridad de la mente. Creo que en eso estamos de acuerdo. Lo que no logra consenso es  que ambos son indisociables, como son indisociables el fondo y la forma en el poema.

Las grandes preguntas son: ¿Quién pone la emoción en el poema? ¿Quién la claridad de la mente? ¿No viene la emoción condicionada a tal claridad, y viceversa?

Todo parece indicar que es la dura labor del poeta dejar que ambas cosas sucedan: hacer y dejar hacer. Su industria no debe intervenir demasiado en el advenimiento de la “materia prima” del poema, que llega casi lista para ensamblarse en un texto/forma susceptible de modelación ulterior, informado a partir de la experiencia a la que, a su gozo o su pesar, el vate ha sido expuesto o sometido. Lo que, oh, luz, crea las condiciones climáticas, o el caldo de cultivo donde germina y se expande a sus anchas la Poesía.

Me permito hacer una digresión necesaria: No confundamos la experiencia poética con la poesía de la experiencia, porque se nos forma el barullo. Yo que soy bueno para los barullos, ahora debo asegurar, en honor a la docencia, respetuosas distancias. Mientras la experiencia poética determina, por así decirlo, la gestación del impulso, ánima como es de ese catalizador inefable que posibilita la gracia, siendo algunas veces el impulso mismo, la poesía de la experiencia es una “corriente poética” de reciente data no muy bien vista por no pocos detractores. No me detendré a dar las razones de la ojeriza, o a defenderlas o contrariarlas. Lo único que deseo es destacar la función genuinamente detonadora, creativa de la una por sobre la todavía dudosa reputación circunstancial de la otra. Lo  único a que aspiro, dicho sea a fin de cuentas, es a no generar un debate basado en la lectura del equívoco. No ahora. No aquí. No al tratar de poner luces sobre un tema como el que nos convoca en estas páginas.

Deseo insistir, volviendo a lo nuestro,  en ese otro elemento que garantiza la eficacia del poema, que es la condición suya de connotar antes que denotar. Sumado a ello, la ambigüedad, la retórica de la anfibología, el trasiego y uso de herramientas tan efectivas, que no efectistas, en nuestro ideal de escritura poética, como lo son los juegos de palabras, la paradoja o la antítesis; sumado a ello, digo, se potencia, junto a los tropos, las metáforas, las imágenes y las alegorías, la construcción de los diversos planos en los que se esparce lo dicho o por decir, sin perder la cohesión esencial de origen.

Creo que todo poema memorable aspira, además, a la síntesis, que no es lo mismo que la brevedad; aunque una cosa no excluye necesariamente a la otra. Veo la síntesis como el sustento del poema, como aquello que le da su grado de solvencia, de suficiencia. Dicho de otro modo, la síntesis es esa compactación interna y externa que, sin importar la longitud del texto, lo impermeabiliza, lo mantiene a flote en los ojos acuosos del lector. Es la cualidad que permite sostener tensión e intensidad;  amarre y voltaje cinético. De la síntesis depende la contundencia  del objeto verbal que llamamos poema. La síntesis garantiza, en la mayor parte de los casos, que no se nos derrame el costal por falta de buenas costuras, laterales y de extremo.

En fin, aquí podría yo seguir enumerando otros elementos o componentes que, de ser ensamblados con eficacia, harían del poema un arado para el terreno fértil donde no solo germine, sino que florezca a plenitud y en distancia esa cosa misteriosa y de gracia llena que es la Poesía. Pero no es mi intención agotar lo poco que sé sobre el tema.

Habiendo luz en ese misterio que tanto nos alucina, una luz intermitente, cambiante a cada lectura, su durabilidad en tiempo y espacio sobrepasa muchas veces la comprensión de las más lúcidas conciencias. A las finales, no se sabe con rotunda exactitud dónde están ni cuáles son los elementos que hacen de un poema un clásico, una hechura que perdura más allá de todo pronóstico, sorda ante los arreos dudosos de la publicidad e indiferente al discutible prestigio de los premios provinciales y las quinielas.

Supongo que el lector ha notado que de temas no he hablado casi, porque cualquier tema, por banal que parezca, bien tratado se puede poetizar. Quizás deba decir que eso nos da la oportunidad de hacernos y realizarnos en la escritura de modo inverso. Es decir, a partir del fondo ganar la forma, habiendo propiciado nosotros, con mucho de suerte, bastante de silencio, otro tanto de escucha y una pizca de transpiración, la aparición de la experiencia poética. Si antes hemos sido tocados, ahora podemos nosotros tocar para ver si algo, o alguien, abre. ¡Qué susto!, por lo demás.

La Poesía es un misterio, acaso el más grande de todos, y, por más adumbrado que parezca, desprende sus luminosidades con las que alumbramos y adumbramos, según las administremos, nuestra visión interna…

Llego a la parte donde, a los propósitos de este ensayo “docente”, me corresponde dar cita a algunas figuras de autoridad que hagan menos torpes, ahora sí, mis intentos de definición de Poesía. A principio de cuentas, aquellos que nos preceden son quienes nos han metido en este lío a ratos delicioso, a ratos perturbador, siempre extenuante, de ponerle corsé a unos pechos que amenazan con estropear la escena de los pudorosos en tanto que demasiado abundantes como para salirse de sitio y derramarse, otra vez, ante nuestro asombro y gozo; rubores aparte de nuestro lado, claro está, porque, dicho sea de paso, si hay algo a lo que sí nos obliga la Poesía es a vernos y ver a otros desnudos.

Volvamos, pues, a Neruda. A él se le atribuye la frase: “La poesía es una insurrección”. Pertenece a su libro Confieso que he vivido. —Nada mal. Buen intento, Pablo —le he dicho irreverentemente, algo desconfiado, unas cuantas décadas después.

Yo creo que el nicaragüense Carlos Martínez Rivas no ejerció esa irreverencia, ni se anquilosó en tal desconfianza, y hubo de tomar, a pie juntillas, su consejo; al grado de obstinarse en la escritura de su celebérrima obra La insurrección solitaria, que bien nos convendría leer para ensayar una mejor comprensión de la frase o sentencia del bardo sureño.

Algo muy parecido nos dice el poeta, grabador y ensayista español Juan Carlos Mestre: “La poesía es el discurso de la desobediencia”.

He querido citar a estos dos señores porque sospecho que tienen razón: Arte que no sea desobediente, insurrecto, no es Arte.

Hago crecer la madeja un poco más, con la siguiente especulación: si Mestre nos propone la desobediencia, muy cerca viene la panameña Diana Morán proponiéndonos una beligerante terquedad. Escribió ella un poema en el que nos invitó a ser tercos frente a determinadas circunstancias; pero eso, estoy en mucho convencido, aplicaría también a lo intemporal, sobre todo si reclamamos nuestro derecho a sacar, por conveniencia de la buena, las cosas del contexto en que fueron escritas.

Hasta ahora, todo se reduce a tres sustantivos confluyentes: insurrección, desobediencia y terquedad. Cosa que nos acerca peligrosamente al dogma inverso (dogma es dogma, por rígido o alborotador que sea); cuando lo que estamos buscando, desesperadamente, es un concepto más o menos acertado.

Veamos qué acota el ya citado poeta mexicano Octavio Paz en La otra voz, poesía y fin de siglo: “Toda reflexión sobre la Poesía debería comenzar, o terminar, con esta pregunta: ¿cuántos y quiénes leen libros de poemas?”

Con esto el asunto empieza a complicarse; porque no sabe uno qué es peor: una sentencia de sustantivos que incitan a la anarquía, o una pregunta.

Supongamos que es la pregunta lo que nos anima a buscar. ¿En verdad este sondeo estadístico sugerido por el mexicano nos acercaría al concepto?

Especulo que el “quiénes” más que el “cuántos” nos podría llevar más lejos, porque son los lectores quienes al final conceptualizan —o están llamados a hacerlo en su rol activo— las cosas, según su visión particular del mundo.

Es como en el teatro, donde la magia la pone el público, a como muchos entendidos en la materia lo entienden. Acá, si aceptamos la analogía, podemos decir que la Poesía la pone el lector. Y, por lo tanto, la definición de Poesía está más en sus dominios que en los nuestros; más, mucho más de lo que se piensa.

He aquí una razón de peso: Si algo harto más difícil que conceptualizar (esto es, anticipar, leer la gracia, sentirla y transfigurarse en la decodificación del poema) lo hace con inusitada solvencia ese lector inteligente, misterioso, anónimo por el que indaga Paz, entonces, muy de seguro, salimos sin mayores problemas librados de esta arbitrariedad que nos hemos impuesto nosotros, los que escribiendo poemas nos creemos en la obligación ineludible de imponer límites al lector, a fuerza de definir lo que a lo mejor sea definible pero, ya lo hemos dicho, no del todo expresable.

Nunca, pues, se debe subestimar la audacia del lector, su grado de complicidad con el poema, recreadores suyos “de origen” aparte. Y con esto no rehúyo, yéndome al otro extremo, mi designación. Me toca, lo sé, ensayar un esbozo de concepto. Aunque, en honor a la verdad, después de un par de figuras de autoridad más, lo haré, en mi condición de lector más que de escritor, por limitación mía en cuanto escritor de versos, y por respeto a la inteligencia ajena.

Paul Celan, poeta alemán de origen judío, dijo: “La Poesía es una especie de volver a casa”. He aquí la invocación del eterno retorno. Y, sí, nos vamos poniendo espesos, petulantes quiero decir, aunque en mayor cercanía a nuestro objetivo. Con Celan la sentencia se vuelve invocación y pierde su fuste dogmático. Propone un debate, abre posibilidades, como la pregunta. “…es una especie de volver a casa”, nos dice. Ha dicho una especie. Una manera. Yo no digo más.

El Nobel italiano Eugenio Montale en algún sitio declaró: “No voy en busca de la Poesía, espero que me visite”.  A lo que yo indago: ¿No sería mejor “no” ir en busca del concepto y esperar a que nos visite cuando él quiera? ¡Huelga aquí la mala imagen de vagancia que ya tiene el lector en su cabeza llena de prejuicios! Hablo de una espera noble y angustiosa. No de una ociosidad, una vagancia.

El asunto se aclara, o se nubla —dependiendo del cristal con que lo mire uno—  con esta premisa del poeta español Carlos Edmundo de Ory: “La poesía es orgasmo de palabras, libertinaje de conceptos”.

Me parece que esto es lo que ha estado pasando hasta aquí, una enumeración caótica, digresiva, orgásmica, de sentencias, preguntas, invocaciones, esperas, términos… que dan cuenta de aquel libertinaje. Pero yo le bajaría el voltaje a la palabra libertinaje y la llamaría libertad, a secas, y, luego, asumiría la responsabilidad inherente a toda libertad puesta en acción.

Mi responsabilidad está, ya lo veo más claro, en ser libre de definir como lector, y responsable de no imponer como poeta; en el caso de que lo fuera.

Ya dijo el francés Ives Bonefoy que la sociedad sucumbiría si la poesía se extingue. Por más  apocalíptico que sea este señor en su enunciado matizado con el uso del condicional, me parece que da en el blanco y nos llama a una exhaustiva reflexión; o, cuando menos, a la elaboración de una cadena de atisbos que mutarían en reflexiones eficaces y fugaces de cara a un provisional concepto último.

Sigamos por partes. En una entrevista a Myriam Moscana, la argentina Olga Orozco afirmó que “la poesía sirve para lo extraordinario”.

Interesante, pienso yo, sería plantearse lo opuesto. Intentémoslo: La poesía sirve para lo ordinario.

Suena bien, ¿no es cierto? Sobre todo porque logramos balance y cancelamos exclusiones. Nada de torres de marfil. Nada de sectas. Nada de pléyades. Eso es: La poesía sirve tanto para lo ordinario como para lo extraordinario. Y aquí lo extraordinario alude a la gracia, valga reincidir.

Entra enseguida la ética de la utilidad pública del poeta; algo impensable para los puristas. Para ellos la Poesía no es útil, es sublime, o está más allá de la utilidad devaluada y devaluante. Con el fin de hacerles contrapeso, haría falta remitirse a la lectura del arte poética del panameño Manuel Orestes Nieto: Poeta de utilidad pública, un poema de largo aliento que de seguro nos ha dado y nos seguirá dando elementos para cumplir con la libertad responsable (valga el pleonasmo) del concepto personal de Poesía de cada quien,  en tanto que entendidos y cultores de una utilidad franca, cifrada en lo humano.

Por último, en su poema Bajo el lucero, la polaca Wizlawa Szimborska abona a esta dialéctica a la que incito, a partir de la premisa de Orozco, líneas arriba, y que desemboca finalmente en las aguas de Nieto:

“No te ofendas conmigo, lenguaje, por tomar en préstamo palabras patéticas/ y esforzarme luego para que parezcan ligeras”.

Pues bien, están aquí resumidos los estatutos de un alquimista de la palabra; de un poeta que alcanza su Opus Nigrum tomando prestado, y dejándose aplastar por el préstamo de metales burdos, hoscos, difíciles, para más tarde esforzarse en su industria y forzar el lenguaje en procura de una triunfal evanescencia.

Ahora, sin que se note mucho, yo quiero dejar mi definición provisional: La Poesía es un misterio, acaso el más grande de todos, y, por más adumbrado que parezca, desprende sus luminosidades con las que alumbramos y adumbramos, según las administremos, nuestra visión interna, socorremos en algo nuestra mirada externa y volvemos, otra vez ciegos, a nosotros; en una clase de utilidad social y propia, salvadora y, en estos tiempos, anónima, marginal y por eso presente y revolucionaria.

En la liminar de mi marcha, pongo el pie en el estribo trayendo a colación esta premisa del gran poeta británico Robert Graves, que data de 1969, y se hizo pública en una entrevista para el Paris Review: “Un poema perfecto es imposible. Una vez que se escriba, el mundo se acabaría”.

Analógicamente, del mismo modo que un poema, una definición última, redonda, perfecta de Poesía se me antoja imposible. Una vez dada, me temo, el poeta y su mundo se acabarían.

Y nadie vino aquí a desaparecer.

 


salvador_medina-perfil.jpgSALVADOR MEDINA BARAHONA (Panamá, 1973). Poeta, ensayista y gestor cultural. Autor de seis libros de poesía, entre ellos, Pasaba yo por los días, Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró” 2009, el más prestigioso de las letras panameñas. Artículos, ensayos, reseñas y poemas suyos han aparecido en revistas y suplementos literarios de Panamá y otros países: Black Renaissance Noire de la Universidad de Nueva York, USA; Carátula, editada por Sergio Ramírez, Nicaragua; Círculo de Poesía, México; Revista Cultural Maga (de cuyo Consejo Editorial es miembro) y Temas de Nuestra América, Panamá; Quadrivium, Universidad de Puerto Rico; La Raíz Invertida, Argentina, y El Cobaya, España. Traducidos al inglés, francés, ruso y griego, sus poemas forman parte de diversas antologías de poesía, entre ellas: Jinetes del Aire: Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe (México-Ecuador) y Poesía panameña del siglo XX, de Olver Gilberto De León, la Sorbona, Francia (ediciones Patiño, Suiza). Su obra poética aparece en los libros: Mundos de sombra (1999); Viaje a la península soñada (2001); Somos la imagen y la tierra (2001); Cartas en tiempos de guerra (2002); La hora de tu olvido (2008); Pasaba yo por los días (2010 y 2014); y Los versos del duende (2011).

“La Poesía, ese misterio luminoso” fue la conferencia magistral inaugural del IV Congreso de Literatura Panameña “Acercamientos a la Poesía Panameña: Voces para un nuevo milenio”. La presentó su autor el lunes 8 de mayo de 2017, en la Universidad Tecnológica de Panamá.
Fotografía de las últimas luces de un atardecer por Jorge Ávalos.