Vladimir Amaya: “El rigor de tus lágrimas” (poesía)

De la más reciente colección de este prolífico poeta salvadoreño, provienen estos poemas colmados de indignación intelectual y moral.

Vladimir Amaya
La Zebra | #18 | Junio 1, 2017

Los ojos de una rata

Los planes de las ratas y los hombres
a menudo fracasan.
Robert Burns

Tu corazón ya no puede ser el mismo
después de ver los ojos de una rata que agoniza.
Porque entiendes que nada te separa de esos ojos,
sabes que esos ojos tienen mucho del alma
que te amarra a la miseria de los hombres.

Porque tú también tuviste temor a la luz y a los estruendos repentinos,
y corrías sobre la orilla del polvo sólo para que la sombra fuera la única quien te tocara;

hiciste alguna vez tu casa entre los desperdicios,

y llevabas a tu lecho lo que el mundo olvidaba y a ti te parecía brillante y curioso.

Hubo septiembres en donde sólo eran las migajas en tus manos,
porque cuando más amaste
fue cuando más asco te tuvieron.

Los ojos de la rata son tus ojos:
subterráneos, helados,
como si hubieran sido hechos para no cerrarse aún después de la muerte.
Son tuyos.
Porque sólo tú soportaste la escoria en el traje transparente de los días.
Porque solitario, en un rincón de la casa,
aguardabas la noche para asomarte a la mesa
y comer la espuma azucarada y las galletas;

porque nunca te preguntaste por el cielo,
y vivías debajo de las chatarras olvidadas ya en las bodegas,
junto al alacrán y al hongo;
y más abajo aún:
en los bulevares de la cañería.

Tus ojos.
La rata que agoniza te deja sus ojos,
porque también naciste en una esquina cualquiera a la cual ya nunca más regresaste.
Y huiste desde el primer día sin fecha, desde la última hora sin minuto,
de gatos, perros y niños tremendos.

Sólo la cloaca conoció tu llanto;
y tu reflejo creció en esas aguas enfermas
donde se mezclaba tu orina con las heces de la ciudad.

Tus ojos.
Los ojos de la rata que agoniza
son tus ojos.

Llóralos ahora
porque tu corazón no volverá a ser el mismo.

El rigor de tus lágrimas

Vuelto gusano, amor, te maldigo.

Guardaba tu palabra, tú subías a mi sexo.
Mayo es ahora una hoja de afeitar oxidada debajo de nuestras lenguas.

Me conoces,
un día calenté mis manos sobre tus senos.

“Eres el único amor” te dije,
y te metí a trozos en mi armario
alumbrado nada más por el hacha de la ternura.

Despertamos desnudos en medio de la lluvia.
Estábamos en agosto.

Entonces lamías mis ojos quemados.
Reíamos sin temor por estas calles del miedo.
Tu corazón de perla tibia era lo único que importaba.

Pero observaste la más horripilante de mis heridas.
La mirabas cuando me quedaba dormido junto a ti.
Tanto la miraste que un día
tus ojos se hicieron dos heridas con alas de paloma.
Y sangraste.
Mucha era la sangre,
como mucho tu silencio cuando yo te decía: «te amo»,
y ese te amo era ya otra guerra entre nosotros.

Alimentaste a mi piojera con tu sangre.
No fue justo.
Era ya diciembre.

Entonces mis ojos borrados de tus ojos.

Labios mutilados los de mi voz
por no encontrar más tus palabras.

Sordo tu fresco sexo con mi sed.

“Vuelve, te necesito”, te dije,
pero los huecos de mis manos ardieron,
porque ya no podrían posarse sobre tus preciosas nalgas.

Desperté sobre una luz fría que aún guardaba tu aroma.

Lo recuerdo bien:
El tiempo era un grito por el rigor de tus lágrimas.

Cuidado: el condón es chino

I

Amaestraron a nuestros jóvenes:
duermen frente a un monitor,
o frente a un celular,
o frente a las páginas
en lecturas mal digeridas de Panero, Juarroz y Bukoswki.

Nuestros jóvenes embriagados
creyendo que piensan.
Creyendo que viven
mientras los están aniquilando.

Pobres idiotas, bellos y de cuerpos saludables.

II

Amaestraron a nuestros muchachos.

Los programaron para la indiferencia, para abandonarse,
para creerse medio cuento,
para asumir y presumir de saber el cuento completo.

Domesticados para el letargo,
para la inanición,
para la “resistencia”, “resistencia” de juguete y llavero.
Bellos, pobres imbéciles.
Arrogantes por creer que “el circo” es nuevo
y ahora es primera vez cuando se intercambian conciencias por espejos y sonajas.

III

Ya nadie viaja ida y vuelta al infierno
por una esperanza.

IV

Los jóvenes de mi patria que valen la pena
murieron hace 20, 40, 160 años.

Los jóvenes de mi patria que valen la pena
son los que aún lloran en las noches sin saber por qué.

Los jóvenes de mi patria que valen la pena
son los que te están preguntando
si querés mayonesa en tu ensalada,
o si en tu café querés azúcar; llevarte la promoción del día.

Los jóvenes de mi patria que valen la pena
son los que se pudren en las taquillas cobrando la entrada en los cines.
Los jóvenes de mi patria que valen la pena
son aquellos que se vuelan la cabeza en las maquilas  y en los call center.

V

Amaestraron a nuestros jóvenes
con luces, colores y guaro barato.
Con poses de escritores, de rockeros y de matones.

VI

Ya nadie viaja ida y vuelta al cielo
por una blasfemia necesaria.

VII

Los jóvenes de mi patria que valen la pena
son aquellos a quienes se les dijo:
“vos no valés la pena», «vos no tenés chance…”

Pobres nuestros jóvenes-abuelos
(todos)
jubilados demasiado pronto de la vida.

Mapas o relojes

La que airada vibró su paño rojo
de las estrellas blancas,
se ha tornado de paz gloriosa.
Se ha tornado de azul y blanco toda
flameando muy alta,
borró su paño rojo constelado
de las estrellas blancas
y hoy se extiende a los vientos sobre el pueblo
como un iris de paz y de esperanza.
Armando Rodríguez Portillo

Bandera de la patria,
símbolo sagrado de El Salvador,
te saludan reverentes las nuevas generaciones…
David J. Guzmán

De tu trapo está hecha mi camisa de días desnudos,
en carnes desnudas de días negados.

Tela-piel de cadáveres
con que se arroparon los miedos,
donde se envolvieron a los muertos de hoy y siempre.

De hoy y siempre:
bolsa de basura
fuiste a nuestros sueños;

mantel para las migajas
en los banquetes de los ricos y los inhumanos.

Ni para fregar la sangre del caído.
Ni para cubrir los pies del que no tiene sombra.
Ni para secar las lágrimas de las madres, nos sirves.

Oscura en tu azul.
Perversa piedra de molino en tu blanco.

Mortaja celebrada
en los carnavales y en los genocidios.

Te canta,
canta
te canta el que vendió su boca.
El que vendió dientes de bocas donde parió el hambre.
El que vendió bocas para asegurar victorias en las guerras.

Canta, te canta
el que te hundió, hecha un paño orinado por próceres,
en las gargantas de esos hombres que dijeron la verdad y sin gallardetes,
porque el amor jamás ha necesitado de un asta.

Tan perversa.
Tan sombría tú
con tu oración de un dios que peca;
inútil en los libros de historia;
patética en los edificios, en las oficinas y en las escuelas;
pero te seguiremos tejiendo
con hilos de nuestra sangre,
para que el presidente y sus amigos y sus enemigos
tengan con que limpiarse el culo.

(de Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos, 2017)

 


vladimir-amaya-perfil.jpgVLADIMIR AMAYA (San Salvador, 1985). Poeta salvadoreño. Graduado en Letras por la Universidad de El Salvador. Se dedica a la docencia, a la investigación literaria e imparte talleres de escritura creativa. Es director de la revista Cultura (Secretaría de Cultura de El Salvador). Ha publicado poemas en revistas nacionales y extranjeras. Es autor de los poemarios: Los ángeles anémicos (2010); Agua inhóspita (2010); La ceremonia de estar solo (2013); El entierro de todas las novias (2013); Tufo (2014); y Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos (2017). Es antólogo de poesía de El Salvador: Una madrugada del siglo XXI: poesía joven salvadoreña (2010); Perdidos y delirantes: 36-34 poetas salvadoreños olvidados (2012); y Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña (2014).

Imagen: Pieza enmarcada del “Mapa General de la República de [El] Salvador”, levantado por Maxmilian y Sonnenstern, por orden de su Excelencia Sr. Don Rafael Campo, 1859.