Jorge Martínez Mejía: “Para acabar con la belleza” (poesía)

La antipoesía de este autor hondureño arremete contra las posturas esteticistas y panfletarias, en un afán por salvar a la poesía de su propia solemnidad.

Jorge Martínez Mejía
La Zebra | #19 | Julio 1, 2017

Hacía falta valor para acabar con la belleza

Hacía falta valentía para matar la majadería del siglo XX, para destruir puentes y derrumbar catedrales, para cortar de tajo a los bribones y su podredumbre. Hacía falta valor para acabar con la belleza, para hacer añicos la idea banal de la gloria. Hacía falta valentía para leer a Catulo, a Baudelaire, a François Villon, a María Panero, a Allen Ginsberg, a Papasquiaro. Hacían falta mazas y cargas y cuchillos, para acabar con la historia, y mordazas, para tanto paquidermo suelto; pero, sobre todo, hacía falta valor para acabar con miles, millones de poemas. Se necesitaba valor para mandar a la hoguera la colección entera de Neruda, de Octavio Paz, de Vallejo o Benedetti. Hacía falta valentía para que naciera nueva, aunque fuera un fárrago, la inútil flor de la poesía.

Espejos de sangre

A Roberto Sosa

A la ciudad le han nacido nuevos callejones vacíos,
puentes y túneles de cemento macizo,
árboles muertos;
le ha nacido casi un millón de cadáveres
que se pudren dos veces al día
en las más largas horas y filas del tráfico
que se hayan visto.

Le han nacido miles de perros muertos,
miles de drogadictos,
miles de oídos miedosos pegados a las puertas
clavadas en el cemento macizo;
miles de vendedores de crack,
de cocaína,
miles de bunkers subterráneos
ocultos debajo del cemento macizo.

A la ciudad le han nacido millones de piedras de colores
millones de recuerdos
millones de silencios
sepultados debajo del cemento macizo.

Le han nacido muros altísimos,
torreones de concreto
desde donde los guardias de seguridad privada
imaginan tranvías que jamás circularán
por las bellas avenidas de cemento macizo.

A la ciudad le han nacido bibliotecas que se descascaran,
libros de palabras enfermas,
museos que exhiben monumentales esqueletos
de ciudadanos vivos
acostumbrados al hambre y al suicidio.

Le han nacido calles, avenidas y bulevares
que son demolidos en el instante mismo en que el alcalde
corta la cinta inaugural;
y le han nacido millones de aplausos
en el extranjero,
reconocimientos formales,
certificados,
por la honrosa posición
de no ser la primera ciudad más violenta del mundo,
desde el año pasado.

Los casi un millón de cadáveres descalzos
bordean los matorrales,
saltan sobre las piedras fláccidas,
evaden el humus y la caca de los perros,
ansiosos por pisar las nuevas calles
y los puentes fundidos con cemento macizo.

Los retorcidos callejones están vacíos,
y los cadáveres
deambulan
por las alamedas
entran y salen por espejos de sangre;
hipnotizados por la fábrica del cemento macizo.

Yo también fui poeta 100 % literario

Nací hijo de sastre,
de bella mujer campesina
con enormes cejas arqueadas
y atroz temperamento.

Tuve la fortuna de caerle mal a Dios,
a los curas, a los pastores de iglesia,
a los directores de escuela,
al entrenador del equipo de fútbol,
al líder trotskista, presidente del partido,
al director de la Carrera de Letras,
el rector vitalicio,
y a la editora oficial de la poesía.

Usé boina y fui poeta de tiempo completo.
Juro que intenté vivir poéticamente
con sublime arte y cadenciosa entonación poundiana;
lejos del mercado,
es decir,
100 % poeta literario.

Todo era bello, hasta lo feo.

Pero un día me di cuenta de que era calvo,
fui al baño,
y encontré a Madame Bovary
contando sus monedas;
al mismo Nabokov ufanándose de su edición inglesa,
y ahí estaba, el mismísimo Eliot,
tan desagradable y clerical, de pico remilgado
y espinosos Precisamente y Sí y Quizá sí y Pero…

¡La poesía estaba más muerta que nunca!

Mis pobres e imbéciles amigos murieron
mendigando un premio de poesía,
un par de nínfulas borrachas
y un triste viaje,
ida y regreso,
con gastos pagados,
para seguir en la estólida
majadería
de bailar
en las vitrinas.

Vas deferens

No les llevarán ni ataúd,
ni cigarrillos,
ni vodkas,
ni copas rotas
ni palabras viejas o
nuevas.

Ni significados, ni significantes, ni signos,
ni cubitos de hielo para sus colas cortadas,
ni para sus muñones;
ni se acercará nadie a escuchar si gritan
o si están muertos.

No sabrán nada.
No serán embajadores
en ninguna esquina de mala muerte.

No encenderán encendedores
o linternas o fósforos.

No se recostarán en ninguna palmera
a mirar las olas,
rotas,
o las nubes arrugadas.

No tendrán ni paredes,
ni túneles secretos por donde pensar escapar
una noche.

No vivirán, ni llegarán a viejos,
ni besarán ninguna teta con sabor a durazno
o telaraña.

No tendrán melodías de rockola,
ni de radio,
ni de arrullo,
ni de océanos solitarios.

No tendrán perro ni cuñado ni suegra,
ni mensajes secretos
debajo de las piedras.

…Ni poemas, ni dedicatorias,
ni pantalones cortos,
ni chalequito de escuela,
ni poema patrio,
ni mujer desnudándose con ánimo de bella putita poética…

No tendrán nada…
Sólo tijera
y aguja de metal,
acero frío.

Sólo un ruido agudo cortando la diminuta pared
de los huevos…cortados clínicamente,
con rapidez,
como se deben cortar los huevos a todo poeta…

—No, si no duele, nuesnada… Solo un tironazo
y listo.

Y no se levantarán a parar ninguna verga por la mañana.

 


jorge_martinez-perfil

JORGE MARTÍNEZ MEJÍA (Honduras, 1964). Poeta, novelista y ensayista. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Fundador del Movimiento Literario Poetas del Grado Cero. Dirigió la revista de Literatura Metáfora. Es director de JK Editores y dirige el Colectivo de las Letras Hondureñas (CLEH). Entre sus obras destacan, en poesía: Papiro (2004), y Las causas perdidas (2010); en novela: Esto es la mara, jomitos (2011), y Los poetas del Grado Cero (2017).