Rebeca Becerra: “El hombrecito” (cuento)

¿Sueño o fantasía? O, tal vez, algo mucho más siniestro ocurre en este inquietante relato de una reconocida poeta hondureña.

Rebeca Becerra
La Zebra | #19 | Julio 1, 2017

Humberto llegó cansado de trabajar. Eran las siete de la noche. Cuando abrió la puerta, el silencio que aguardaba en la casa escapó hacia la calle.   Humberto pensó que Clara y sus hijos habían salido a dar un paseo por el barrio. Mientras los esperaba tomó la decisión de recostarse un momento sobre la cama, pero después de un largo y cansado día de trabajo se quedó profundamente dormido. Cuando Clara regresó le quitó las botas y lo tapó con una sábana descolorida. Tenía un semblante sereno, por eso ella lo dejó dormir. En la cocina, preparó y repartió la cena a los niños. Ella prefirió esperar a Humberto para cenar juntos. Dos horas después los niños estaban dormidos tan plácidamente como su padre. Clara colocó una silla frente a la cama donde descansaba su esposo. Lo contempló, contó los años en su rostro, los años que habían pasado juntos, los años en que habían compartido dos hijos, los años en los que por más esfuerzos seguían amparándose bajo techos alquilados.

El frío comenzó a penetrar por las hendiduras de la madera. Aún no comenzaba a llover. Clara se recogió en la silla, cubrió sus piernas con su larga falda floreada. El hombrecito se tomó la molestia de tocar la puerta, pero nadie atendió. Entró por la ranura más grande que había en la casa, echó un vistazo: a la entrada dos sillas de madera de pino, dos taburetes, un viejo librero donde los niños colocaban sus cuadernos y los libros de lectura que les prestaban en la escuela. Detrás de un biombo que separaba la sala del único dormitorio había dos camas plegables: una donde dormían los niños y la otra donde descansaba su padre. En la cocina: tres sillas verdes de madera, una mesa en forma de tablón que servía para varios usos, un fogón y unas tablas clavadas en las paredes para colgar las ollas y poner los trastos. Algunas herramientas de trabajo. Eso era todo.

El hombrecito comenzó por comerse a Clara que estaba completamente dormida. Cuando acabó con ella continuó con la mesa y las sillas. Brincaba de un lugar a otro de la casa y reía. Fue entonces cuando vio dormir a los niños. Observó con mucho cuidado cómo se movían las órbitas de sus ojos. Seguramente soñaban. Suspiró casi enternecido. No dejó ni siquiera una gota de sangre.

El hombrecito vestido de negro dio un salto y con el golpe de su cabeza hizo un pequeño hueco en el techo de tejas para que la casa se inundara. Junto con la lluvia penetró la neblina que lo confundió todo. En medio de la neblina Humberto despertó alterado y mojado. Automáticamente corrió hacia una de las esquinas de la cocina, tomó una pala y una piocha, abrió la puerta y salió. El hombrecito lo siguió de cerca. La zanja estaba llena de lodo y basura. Comenzó a cavar y cavar. Tenía que sacar el agua de su casa. Se acordó de su familia, pensó: “seguramente están esperando que pase el aguacero en la casa de una vecina”. Consideró el hecho de que al regresar su mujer lo regañaría. Siempre le insistía que limpiara la zanja. Se la imaginó parada detrás de él: “Te dije que limpiaras la zanja, que sacaras la tierra que dejan caer los niños y la basura que tiran los vecinos. Te vuelvo a advertir, si llueve fuerte nos vamos a inundar. Te dije que remendaras esas ranuras con madera de orilla o con cartón. Un día de estos se nos va meter un animal del monte y nos va a picar a todos, principalmente a los pobres niños que no tienen la culpa de nada”. Él nunca hacía caso, por eso ahora estaba apresurado, no dejaba de cavar, pero el lodo volvía a juntarse. El aguacero no mermaba.

El hombrecito comenzó a reír. A pesar del estruendo de la tormenta, Humberto pudo escucharlo. Al verlo quiso echar a correr, pero la urgencia de seguir limpiando era demasiado fuerte. Con cada carcajada, el hombrecito se hinchaba cada vez más. No tardaría mucho en estallar. Humberto se tiró al lodo para taparse. Tras el estallido sintió el olor del cabello de su esposa. Escuchó su voz llamándolo a limpiar la zanja. Escuchó la risa de sus hijos. Cosas viscosas cayeron cerca de su cara, pero en cuestión de segundos todo volvió a juntarse y el hombrecito nuevamente sobre la zanja comenzó a revolver el lodo, riendo sin parar. Humberto se alzó desesperado, quería enfrentársele, pero tenía terror, no sabía cómo atacarlo. Decidió tirar la pala y la piocha, salir corriendo del lugar a buscar a su familia, pero las herramientas se adhirieron a sus manos convirtiéndose en brazos que cavaban y cavaban descontrolados. Parecía una marioneta. Se sentía exhausto. Quería dormir en su cama con su esposa, despertar y volver a la rutina. Quería un día como cualquier otro: salir a las cinco de la mañana, hacer la mezcla para pegar los ladrillos, quería la hora del almuerzo, jugar fútbol con sus compañeros de trabajo y regresar a casa a las siete de la noche cansado, sudoroso, muerto de hambre. Quería que Clara lo recibiera con su alegría, que sus hijos le contaran sobre sus aventuras, pero nada de esto sucedería. El hueco hecho en la zanja se fue haciendo más grande y profundo, sus brazos se alargaban para cavar más hondo, hasta que ya no podían estirase más. El dolor era insoportable. El hueco se inundó completamente. El hombrecito jugaba con su sombrero, lo llenaba de agua y se lo echaba en la cabeza. Cuando vio que el agujero estaba lo suficientemente hondo, estalló en carcajadas más fuertes que las anteriores. Humberto se hundió hasta el fondo.

Luego de unas horas el aguacero desapareció. No quedó nada. El barrio entero se fue por el agujero como se va el agua sucia por un lavabo. El hombrecito se quitó el sombrero para sacudirlo, también sacudió del traje negro algunas gotas de lluvia. Estaba satisfecho. Una vez que entraba en una casa, era imposible detenerlo. La miseria termina por devorarlo todo. Dio un brinco y desapareció entre la apacible neblina de la madrugada.


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REBECA BECERRA (Tegucigalpa, 1969). Estudió Letras con especialidad en Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras  (UNAH). Es poeta, narradora y ensayista. En el año de 1992 recibió el Premio Único de Poesía Centroamericana “Hugo Lindo” en la ciudad de San Salvador, El Salvador. Su obra aparece en múltiples antologías de Estados Unidos, México, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica. Dirigió la revista Ixbalam, de estudios culturales y literatura. Entre sus colecciones de poesía destacan: Las palabras del aire, prologado por Helen Umaña; Tiempo adentro; El fondo de las cosas.

Fotografía: “Hombrecito” de Jorge Ávalos.