Pedro Romero Irula: “Los sonámbulos” (cuento)

¿Quién está trastornando la vida cotidiana de una familia por medio de pequeñas invasiones? ¿Extraños, acaso? ¿O es alguien del mismo círculo familiar?

Pedro Romero Irula
La Zebra | #19 | Julio 1, 2017

Las cosas empezaron a desaparecer una mañana de temporal. El niño mayor trató de encender la luz y los focos no estaban. Ni uno en toda la casa. La casa oscura amenazaba. El niño mayor estrenó una mala palabra que despertó a todo mundo, y papá y mamá lo regañaron en la penumbra incierta y lo culparon de la desaparición de los focos. No se habían caído al piso, no estaban guardados en ninguna gaveta: sólo se habían desvanecido en algún punto de la tormenta mientras la familia dormía.

 

El niño mayor tenía miedo y tenía cólera y tenía ese llanto mortal que crece en la adolescencia y parece no acabar nunca sino más bien crecer como la hiedra, cuyas raíces gruesas como brazos son capaces de derribar muros enteros cuando las arrancan. Pensó dónde podrían estar los focos, pensó en criaturas que crecen en lo húmedo y oscuro, pensó en intrusos metiéndose en la casa por la noche. Mamá quería bañarse, pero en el baño la oscuridad se cerraba por completo y el agua no se sentía como agua sino como algo más siniestro. Papá no hacía más que fruncir el ceño ante sucesos tan terrenales como la desaparición de los putos focos. Trastabilló por las gradas y coló café en la cocina vacía, negra como cueva. El niño menor no dijo nada: el escándalo lo había despertado de una pesadilla que decidió guardar para sí.

 

A lo mejor el asunto de los focos no hubiera trascendido de no ser porque un par de noches después desaparecieron los lentes del niño mayor. Como todos los chicos malos de su edad, él tenía la costumbre de levantarse muy temprano a fumar —encender apenas un cigarro, darle un jalón, toser, “¡Por la gran puta, este humo cabrón!”, apagarlo y guardar lo que sobra para mañana—. Mientras tanto solía dejar sus lentes tirados en su mesa de noche. Esta vez no los encontró. Les siguió el rastro a los tales lentes por toda la casa. Fue en vano. Los padres le culparon de perder las cosas que con tanto esfuerzo conseguían. El niño mayor continuó buscándolos sin prestarles atención.

—Creo que alguien es sonámbulo en esta casa —dijo mamá.

—Ya se hubiera muerto bajando las gradas —rebatió el niño menor.

Mamá recordó que cuando ella era niña uno de sus vecinos, un viejo que nunca salía de su casa, caminaba dormido por los techos de la colonia todas las noches: bum, bum, bum, bum. Dentro de las casas todos se cagaban de miedo pensando en tambores indios y brujería y danzas de demonios. Al amanecer, el anciano entraba de regreso a su cuarto por la ventana, ¡por la puta ventana!, ¿se dan cuenta? Dios lo habrá guiado al viejo cabrón, de lo contrario a la primera aventura de sonambulismo se rompía la espalda contra el piso.

Pero papá no podría ser el sonámbulo porque mamá estaba segura de que lo sentiría si se levantaba de la cama, y el niño mayor hacía más ruido que un puto tractor cada vez que se movía en el silencio de la noche.

El niño menor sugirió que había alguien más. Alguien más que habitaba la casa. Todos lo miraron como si hubiese revelado un secreto, una verdad a la que sólo se le teme en silencio, cada uno soñándola en pesadillas dentro de sus cuartos cerrados.

 

La tercera vez no fue una desaparición sino una aparición. El niño mayor descubrió un plato mal terminado de cereal con pasas en el fregadero, antes del despuntar del alba. Entonces todas las sospechas cayeron en él.

—No pude haber sido yo —dijo él—. No me gustan las pasas.

—No deberían de desperdiciar así el cereal —dijo papá.

—Hay que montar guardia en los cuartos —dijo el hermano menor.

—Hoy en la noche me toca a mí —dijo mamá.

 

Y así fue, pero ella cedió al sueño, cansadísima la pobre, ya cerca de la medianoche, y a la mañana siguiente no encontró un frasco de loción que había en su cuarto y las cosas en las habitaciones vibraban como vibran las cosas que han sido perturbadas.

 

La tensión creció. El niño menor estaba emocionadísimo, no dormía ni comía ni prestaba atención en el colegio y no tenía miedo.

—Quizás fue mi tío el que se llevó los focos, o el abuelo: ya saben que cuando vienen entran sin decir nada —dijo.

Pero por las noches se dejaba la puerta con llave.

—Tal vez fuiste vos —acusó a mamá—. Siempre estás cansada y estresada.

Cuatro desconocidos que dejaban de serlo pararon de comer y se miraron entre sí y tuvieron la molesta sensación de ser cinco.

 

La última desaparición fue la más extraña. Nadie lo habría notado, de no ser por un silencio súbito en la casa. No estaba el niño mayor. Su cama estaba fría. Vacía. Las sábanas eran bulto de sí mismas. ¿Estaba en el baño? Nada. La puerta tenía el candado puesto y la llave estaba en el mismo anillo del que siempre colgaba. No estaba en el estudio. Tampoco estaba en el patio. Desesperación. Su cigarro mustio mil veces quemado permanecía en su escondite.

—No puede haber desaparecido así por así, sin decir adiós —dijo mamá.

Papá se veía intranquilo. ¿Había desaparecido definitivamente? A lo peor sí, pensó.

—¿Llamamos a la policía? —preguntó ella.

Pero sabían que él nunca había salido de la casa.

—Y para qué —dijo el niño menor— si se lo llevaron los sonámbulos.

 


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PEDRO ROMERO IRULA (El Salvador, 1996). Narrador. En su adolescencia fue seleccionado para integrarse al proyecto “Jóvenes Talentos en Letras” de la Universidad Dr. José Matías Delgado y el Ministerio de Educación de El Salvador. Estudia Teología en la Universidad Centroamericana (UCA). Tiene una colección inédita de cuentos: Lentas invasiones. Ha publicado textos en revistas digitales.

Fotografía: “El sonámbulo”, de Jorge Ávalos.