Francisco Andrés Escobar: “Petición y ofrenda” (poesía)

Una poesía dulce y apelativa, coloquial y lírica, que se regocija en lo cotidiano y familiar, de un profesor y guía moral de las últimas dos generación de escritores salvadoreños.

Francisco Andrés Escobar
La Zebra | #20 | Agosto 1, 2017

Por si el silencio

Si me voy y te quedas: restitúyeme al viento.
Lleva mi nombre triste y escríbelo en la arena.
Habla con las gaviotas, con las viejas mareas,
diles que no me he ido, que ando volando cerca.

Diles que me he quedado hecho cal en las piedras,
que vivo en el columpio de las flores silvestres,
que mis tardes las paso cerca del sol poniente
y que espero los días en la región del hielo.

Y siente mi presencia en todo lo que quieras,
en todo lo que mires con tus ojos de cielo:
desde el café de esquina donde hacía mi espera
hasta el musgo que crezca junto a mi cruz de tierra.

Encuéntrame en las cosas que rozaron mis dedos.
Mírame en los juguetes, en los dulces pequeños.
Sábeme detenido en mis humildes letras
con que canté a la vida fulgores y miserias.

Si me voy y te quedas: envuélveme en recuerdo,
adéntrame en el margen de tus memorias tiernas.
Y perdona el confuso torrente de mi anhelo
que amó sin esperanza, por rutas del silencio.

El país de donde vengo

Envío

Vuelve la sangre hasta el brocal del día
y en su ámbito limítrofe desflora
la roja pesadumbre de la aurora
con que escribe la muerte su elegía.

En la tierra, hecha tierra, madre mía.
¡Y en la luz vuelta luz, a toda hora!
La nostalgia sus hilos decolora
sobre duendes de almíbar y ambrosía.

¡No hay dolor! Que el dolor es lobo oscuro
con su gélido aliento de acechanza
y su largo colmillo de condena.

El recuerdo es “panal de sol maduro”,
evangelio de bienaventuranza
con su lumbre de mística azucena.

Soneto para un hijo alcohólico

Un hijo duele cuando va dolido.
Un hijo es gozo, cuando va gozoso.
Por él sondeamos el oscuro pozo.
Por él tocamos de la luz el nido.

Un hijo es alma que se nos ha ido
y vamos tras su andar débil o airoso.
Por eso no hay barrote o calabozo
que nos vede llegar, si hasta allá ha ido.

Yo tengo un hijo. Dios me lo ha heredado.
Por él mi rabia se volvió consuelo;
misericordia, mi altivez henchida.

Y es que cuando lo miro aniquilado
en los vahos quemantes de su duelo,
¡descubro a Dios, tras su apagada vida!

Petición y ofrenda

I

La media noche
detuvo sus andares
junto a un leve murmullo de pupilas.
Después…
un buceo lentísimo,
un sondeo profundo en aguas verdes,
en verde clorofila
poseedora de una luz magnífica.
Un viaje lento, de canoa suave,
hacia las luminosas oquedades del espíritu.

II

Es cierto que he llegado un poco tarde.
Es cierto
que no estuve ante tus lágrimas
y que arribo con años de retraso
para entender el cauce de tu llanto
que se enrolla en potentes espirales
y se adentra en el vértigo,
en sí mismo.
Es cierto que tus manos fueron solas
por el camino de las adivinanzas,
que hay historias de gnomos que no oíste,
que llevas mil preguntas escondidas
y canciones de sueños mutiladas.
También es cierto que,
de alguna manera,
has visto el rostro de la desesperanza.
Palpaste muy temprano
el calor de las piedras del camino
… y fuiste sin sandalias.

En la edad de la aurora
tormentas pequeñísimas generaron violentos huracanes
y vives la ambivalencia de la hoja:
Marcharse con el viento
o agarrarse con desesperación a la rama
en espera de un tiempo más dorado.

III

¡Si tan sólo yo hubiera llegado antes!
Si tan sólo en el verde de mi entraña
hubieras blasonado tu linaje,
esta oscura marea en que me agoto
sería rumor de ángeles
y el temblor vacilante de mis manos
poesía terminada.
Si tan sólo yo hubiera llagado antes
al encuentro genuino de tus pasos
hubiéramos unido soledades
para hacerle un altar a la esperanza.

IV

Una de las cosas más claras que aprendí
en la escuela de los caminos que anduve
es que siempre se puede
poner fuera de lugar a la desesperación.
Aprendí también que el llanto y la sonrisa
hay que llevarlos sobre pleno rostro,
sin ocultar con máscaras ambiguas
el tropismo natural de la raíz íntima.
Aprendí que es posible volver sobre los pasos
para encontrar el medallón perdido
y hacerlo refulgir en la garganta.
Aprendí que en el espacio entre dos soles
hay un remanso de hondo pensamiento;
que cada noche es “esta noche” una vez,
que cada día es “este día”, también solo una vez,
y que es posible alcanzar
la luz agotada del ocaso
y renacer con ella la mañana siguiente.
Aprendí que no es el tiempo que encierra la pupila
lo que la hace sabia y cercana:
es más bien la posibilidad de mirar cara a cara
en otros ojos
lo que le da la fuerza para salvar
y salvarse,
para reconstruir,
para crecer,
para vivir en la exacta dimensión
de lo que piden las fuerzas humanas.
Aprendí, finalmente,
que entre las cosas que nos hieren
flota una Presencia Suave
que conoce el volumen
del grito desgarrador.

V

Te pido y ofrezco:
la posibilidad de volver atrás,
a las cosas que quedan soterradas
y de construir la huella de adelante;
de descansar bajo el mismo campanario
hasta que sea un poco tarde
para poder andar sobre lo fresco
cada quien sus andares.
Te ofrezco el pan que queda en mi canasto
y que otras manos
tienen despreciado
porque no es de colores:
es pan bendito y ácimo.
Te ofrezco el agua de mis días solos
que nadie bebe
porque está en huacales;
pero que es agua pura… ¡y hasta santa!
Te ofrezco esta oquedad de amor inmenso
que heredo de la tierra
y de mi madre;
lo que guardo de viajes solitarios,
el cambio que me dieron al pagar
con moneda de amor y esperanza.

VI

Te ofrezco los juguetes de mi infancia,
los cuentos que mi nana me contaba.
Toda la ausencia que llevo de mi hermano
y el gesto noble que me dio mi padre.
Te ofrezco mi canción de adolescente,
mis viajes hacia el río y la montaña,
las flores que veía,
los pájaros que amaba,
el camino de piedras,
la guitarra,
el perro blanco que me dio mi abuela
y que murió de esperarme;
el álbum de mis fotos,
la chiltota, la lora verde,
el patio de naranjos,
la casa de arcos blancos y retablos,
las lámparas de aceite de los cuartos,
un farol con candela, que es mi primer recuerdo,
las flores de ilusión
encaramadas sobre las tejas rojas,
las palmas del Domingo de Ramos,
los juguetes de Corpus,
los pájaros de dulce,
la colación
y las procesiones de la Flor de Mayo;
la tienda humilde
y los dulces que compraba
con estampitas de la Biblia
para hacer un gran álbum;
la cruel separación de mi Rosario,
amiga, madre, brazo amado, nana,
ángel canelo de otro mundo altísimo
que se vino hasta aquí para cuidarme;
mis años de terror;
de mi naufragio;
mi salida hacia el mundo solitario,
sólo con la camisa y la esperanza;
mi tiempo de bregar por lugares extraños
que no me conocían
hasta abrir un camino que llevara a la luz;
los mares y los ríos en que he andado;
los aires que crucé
en fuga o en llegada;
la sangre que dejaba en cada estación,
amores consumados,
ilusiones,
amistad
de esa que se lleva durante años y años,
que trasciende a la muerte
y que siguen el mundo de las almas;
mi herida luminosa en Buenos Aires
y todas esas cosas que me hicieron hombre
y que esculpieron con cincel de vida
la vocación del padre,
en fin…
te ofrezco
todas las cosas que podrían, de alguna manera,
darte sombra,
ser un refugio fresco,
una tenue ocasión para quitar la máscara
que encubre una ternura desgarrada
y vivir como niño el reducto
que queda de la infancia.

VII

Si quisieras tomar
las cosas de mi ofrenda
tus pies ya no estarían tan descalzos
y las sendas difíciles que vienen
serían, poco a poco, fulgor de astros,
o conjunción magnífica de estrellas
en eclipse soberbio.
No serían amargas soledades,
ni gritos mudos,
ni manos temblorosas tanteando oscuridad,
ni avecillas heridas
por el frío de invierno.
Si quisieras quedarte con mi ofrenda
tendrías en las manos la experiencia
desde la cual mirar
con una luz más clara
los caminos en que andas,
y aquilatar desde una razón noble
lo que vale la vida,
sus dichas y aflicciones,
abismos y pleamares;
y sobre todo tendrías la ocasión
de reunir, en un tratado único,
al padre, al amigo, al maestro, al hermano
que tanta falta hacen
(¿quién lo comprende mejor que yo?)
para enrumbar los pasos
hacia horizontes claros.
¡Si aceptaras mi ofrenda
empezarías a buscar lo alto!

VIII

La media tarde.
Detenido su andar por un momento
en el largo sendero hacia el ocaso.
La profunda aguaverde inquisitiva.
Enfrente, en el paisaje,
el universo andando su camino.
Hay finas porcelanas de ilusión
en el altar de nubes del Altísimo.
Hay una zarza que prende fuego y arde.
Descalza tus sandalias:
en el Sancta Sanctorum de la vida
reposa la esperanza.

 


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FRANCISCO ANDRÉS ESCOBAR (El Salvador, 1942-2010). Escritor, académico y actor. Fue uno de los principales dramaturgos salvadoreños de la década de 1980, aunque, hasta la fecha, sus dramas y comedias no se han reunido en libro. En poesía publicó: Una historia de pájaros y niebla (1978); Petición y ofrenda (1979); Ofertorio (1979); y Solamente una vez (1997). Mantuvo por muchos años una columna en un periódico matutino en la que aparecían, por igual, sus cuentos, piezas humorísticas, memorias y crónicas; de estos hay una recopilación: El país de donde vengo (1998); pero permanecen inéditas las entregas semanales de la última década de su vida. Su libro más personal es La lira, la cruz y la sombra (2003), un tríptico de teatro, ficción e investigación en torno a la figura trágica del poeta salvadoreño Alfredo Espino.

Fotografía: “Ofrenda” de Jorge Ávalos.