Roberto Sosa: “Como un elogio” (poesía)

Bellos poemas en prosa de un gran autor hondureño del siglo XX, espigados de sus obras completas por Jorge Ávalos.

Roberto Sosa
La Zebra | #20 | Agosto 1, 2017

Declaración de estilo

Al cabo de los trabajos y los días me es grato rememorar que la siquiatría, la música y la danza; la pintura, la escultura, el teatro y la pancarta —por intermedio de sus cultores— se entremezclaron con mis textos poéticos a guisa de signo guía. De esa cruza surgieron a ras de suelo diversas criaturas híbridas suaves al oído, al tacto y a la vista, cuyos vasos comunicantes, nervadura y ensamble dan pie a la idea de que el arte es un todo desde donde pueden verse a plenitud patente las nubes de Oorts y el Universo paralelo.

El pueblo, no la mera abstracción en boca de los demagogos de oficio y por vocación, ha complementado la intención estética escribiendo mis versos en las paredes de los edificios.

He pasado por alto de parte a parte la obra y la gracia de los provincianismos vacíos y sonoros. Estoy convencido de que la persecución política y el ninguneo, quiero decir la antisolidaridad y el odio bañado en agua rosada que he sufrido in vivo, no es más que el efecto de la reacción a la acción de mi categórica respuesta artística contra el sueño dorado de la minoría puñetera.

La claridad de esos hechos, por una u otra razón, colma mi orgullo y mi vanidad y de vez en cuando, a solas, me nubla la mirada.

Declaro con las manos juntas que creo en el eterno femenino como en la Naturaleza misma. Amo los nombres de los seres y las cosas porque en virtud de su dinámica adquieren sentido ede relación como tales el sombrerito azul de pelo, la piscuha y la ternura chichipate de la esquina.

Me fascinan a fondo los grandes buques encima del agua, la lógica alegría de los mascarones de proa, la hermosura de poder respirar. Un tren de carga en marcha con la sirena abriéndose a lo lejos inevitablemente me lastima.

Los viejos y los nuevos coloretes que desgastan retóricos y pedantones me cansan como a los espantapájaros el traje de luces. Desprecio en toda la línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del oro. Por ello adoro el mar y su silencio previo a la tempestad.

La poesía, me parece, viene a ser en verdad “el último faro del Universo”. Pregunto, entonces, de este conjunto de líneas, en su recta final, el año 2030 por ejemplo, ¿qué fragmento se podrá leer con los ojos brillantes?

Todo lo demás no es sino literatura, dejó escrito el poeta francés Paul Valéry. Recuérdese.

Tegucigalpa, D.C., julio 14 de 1994.

Los estibadores

Mensajero de ayer y cruz de escombro. Desde algún sitio se inventaban muros, muelles y buques negros. Vagones que ocultaban la mañana y estibadores ya sin estatura a causa de los bultos constituían ultrajes hasta el hielo. Mensajero de ayer, mi padre fue uno de ellos.

Ola de atardecer vencida siempre y sin embargo siempre en rebeldía. Todo me parecía anochechido: viajero y pescador, mástiles y escuadras de gaviotas, todo, todo, excepto las alas de la espuma.

Los trabajadores marítimos volvían al hogar como ángeles fracasados. Yo tenía seis años y el espanto era ya el espanto.

Los perros

Todos los días mi perro viene a mi encuentro. Si algo me desespera, su cola —la angustia— baila como una fuerza.

Durante las estaciones de lluvia y hambre se acerca su tibieza en sucesivas olas y de sus ojos caen monedas y monedas. Yo fumo y sueño.

Repeditas veces ascendemos por la escala de los estanques desde la cual contemplamos, bajo la luz de las abejas, sociedades amorosas.

Todo ello ocurre con admirable naturalidad mientras la gente aparece y desaparece sin percibirnos siquiera, porque, no hay duda, en medio de la transparencia derrumbada se cree que somos perros.

Tempestad

Escrito sobre el agua está tu nombre. Nadie debe olvidarlo.

Oh tempestad levanta tu ternura, tu arma quebrada, tu incendiado escudo. Penetra por mi rostro y por mis venas, duras de soledad, largas de espera.

Por ti destruí mi brújula y el mapa del aire dibujante de barcos. Por ti yo he comprendido quién soy y quién he sido. Entendí que los míos se pudren en abismos entre helados cruceros sin sentido. Cierra tus puños y abre las compuertas, inunda limpiamente, dulcemente, oh tempestad levanta tu amargura.

Tu nombre está bajo la misma calma, oculto en señales del rocío.

Como un elogio

Día tras día por la tarde en punto recuerdo exactamente los grandes arco iris cruzados a tu paso, los golpecillos clave, las cuatro o cinco frases llevadas en voz baja, los roces de los lados y el desplome sin ruido: hacia arriba tu ombligo como el centro perpetuo de la nieve.

Dentro de los espejos para siempre quedamos boca a boca enlazados, acaso entredormidos, fuera de las desgracias y los tiempos.

Han pasado muchísimas estrellas bajo los puentes de Tegucigalpa, ciudad condenada a ser bella. No me deja, mujer, tu singular manera de mirar a los ojos ni me suelta al crepúsculo la fuerza de tu efigie.

(La Mariposa Negra suspensa en el espacio o estática en el techo convoca sus poderes y despliega mezclados secretos y temores.)

No. No hay descanso posible debajo de la piel enamorada: caen los granos últimos de mi reloj de arena y mi sed no se apaga.

Allí donde la Tierra parece que se une con el cielo quedaron nuestros nombres como un elogio.

Tegucigalpa, 1987.

En este parque, solo

Así estabas: abandonada entre tus propias cúspides. Ajena a la mujer que se paseaba fuera de sí en la azotea aquella. Superior al hechizo del rostro del asesino profesional que miraba y admiraba tus muslos carceleros y el lirio de tus nalgas, inconcluso como un tigre enamorado. Tenías, a veces, el aire discreto y melancólico de la flor que suele haber en los hoteles.

De pie o acostada, desnuda o en traje blanco la aguja flotante del miedo apuntaba insistente contra el sitio más tierno que divide tu cuerpo, y así, con los nervios de punta y unidos por un hilo irrompible oíamos murmullo por murmullo, allá a lo lejos al pie de un firmamento color azul teatro, el estruendo apagándose de una pelea a muerte.

En dónde estás, me digo, y qué haces con la media noche en torno a un vaso de vino y quén besa tu espalda como la magia, blanca.

Junta a esa estatua —mi amiga y tu doble— insisto como siempre con mi vieja pregunta: qué sería del frío de tu belleza si yo no lo acunara de tarde en tarde en este parque, solo.

Tegucigalpa, 1987.

El pequeñín

A Juan Ramón Molina

Una y otra vez el pequeñín acertaba a decir a los que viajaban en aquel tren de carga —por piedad señores páguenme el pan que me han quitado, por piedad— y aquellos seres, dotados con formas humanas y sangre de gallo hasta el nivel del iris, flotaban a los lados y reían para adentro. Llovía a cántaros, con odio, rencorosamente llovía. El silbido del tren de carga era alto una y otra vez.

Los sucesos de aquel puerto

A Giovanni Papini

Su padre la llevaba en hombros y un jovencillo en lágrimas partido, delante, izaba una palma blanquísima bajo aquella tormenta cerrada. (La multitud armada de cirios idénticos avanzaba y retrocedía en orden perfecto, demasiado perfecto, y allá arriba, alrededor de un cono truncado giraba un pez brillante mordiéndose la cola: El Infinito.)

A imitación de la caída sensual de la melancolía del pantano el padre echó la última paletada de tierra sobre el cuerpecito de su hija Cristina alcanzando a graves penas a decir Dios no existe, y, camino a su casa y solo como el espacio para él murió su flor, como si el jovencillo literalmente hablando, no hubiera podido despertarse un año antes de los sucesos de aquel puerto.

Llama del bosque

Allí esperó inclinado el caballito dos días incontables una señal de vida de su mamá después del empujón terrible, fijos los ojos ya en el techo del mundo. Iba y venía esa clase de gente que poco o nada entiende de las cosas propias de los caballos en paso de peligro. Estuvo, así niñino, desnudo de dolor po dentro junto a su yegua blanca sosteniendo, intacto como la llama del bosque, la más hermosa lección de solidaridad dada entre el reino animal, en espera conmigo, de que la madre muerta de pronto describiera el signo del llamado del corazón del monte, tonto de él y tonto de mí, caballos.

 

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FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

  • “Declaración de estilo”. Antología personal, 1997. [La versión que se ofrece es la que el poeta leía al inicio de sus participaciones en festivales de poesía. En su Antología personal el mismo texto aparece a manera de prólogo, pero le agrega al inicio dos párrafos que aluden al libro y su contenido.]
  • “Los estibadores”. Muros, 1966.
  • “Los perros”. Muros, 1966.
  • “Tempestad”. Muros, 1966.
  • “Como un elogio”. Máscara suelta, 1986.
  • “En este parque, solo”. Máscara suelta, 1986.
  • “El pequeñín”. El llanto de las cosas, 1995.
  • “Los sucesos de aquel puerto”. El llanto de las cosas, 1995.
  • Llama del bosque”. El llanto de las cosas, 1995.

 


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ROBERTO SOSA (Honduras, 1930-2011). Poeta y ensayista. Realizó sus estudios de Maestría en Artes en la Universidad de Cincinnati, Ohio. A lo largo de su vida trabajó como catedrático, periodista, marchante de arte o editor de revitas. Alcanzó el reconocimiento internacional en 1968 al obtener el Premio Adonáis de Poesía (España), una reputación literaria que consolidó al obtener en 1971 el Premio Casa de las Américas (Cuba). Entre sus libros de poesía son notables: Los pobres (1968, Madrid); Un mundo para todos dividido (La Habana, 1971); Máscara suelta (1986 y 1994); y El llanto de las cosas (1984 y 1995). En 2006 publicó su Poesía total 1959-2004.  Sus ensayos aparecen en dos libros: Breve estudio sobre la poesía y su creación (1967); y Prosa armada (1981).

Fotografía: “Un amigo espera” de Jorge Ávalos.