Iván Uriarte: “La poética de Federico Hernández Aguilar” (crítica)

Con el libro Síndrome de pulso el poeta salvadoreño indaga temas de la vida y la muerte y llega a su madurez literaria, nos dice un reconocido poeta y crítico nicaragüense.

Iván Uriarte
La Zebra | #20 | Agosto 1, 2017

Escribir poesía es oficiar un rito cuyos atuendos no son vistosos, ni mucho menos previstos. Al abrir un libro de un auténtico chamán de la palabra, del verbo que multiplica sus dones a insospechados mundos, se transparentan nuestros ojos de lector y nuestros oídos se llenan de hierofánicas palabras. Si la poesía no fuera rito, purificación, no lograría el espacio angélico al que aspiraba Rilke o el espacio demoníaco que tentó a Lautréamont como a Edgar Allan Poe. Escribir poesía es, pues, reinvención constante del mundo, descubrimiento de armonías extrañas.

Síndrome de pulso (Editorial Esquipulas, 2012) de Federico Hernández Aguilar (El Salvador, 1974), es un texto con puertas abiertas a las posibles búsquedas del hombre para encontrarse y descubrirse, explotar las posibilidades referenciales del poema. Su propio título, de aparente prosaísmo, nos descubre la incursión verbal que mueve e impulsa este poemario, oficiado como un rito solitario que busca y solicita el concurso de otro, ese desconocido que va más allá de las fronteras del lector mismo. La breve nota del autor, que precede al texto, es más que reveladora de esa zona fronteriza, sindromética, pasarraya, umbral-precipicio que debemos de traspasar para conocer el pálpito del oficiante: «Todo lo que palpita está condenado al asombro… Entendemos mejor la vida si nos aferramos a su mendrugo de aliento. Parimos con dolor estos pulsos sinceros…» Es una nota que más que anunciarnos el texto nos acerca a su propia enunciación, al ascender y descender del humo sagrado de la palabra que se desprende del rito verbal: cima y sima.

«Antropología elemental», «Síndrome de pulso» y «La sombra del musgo», son las secciones que suturan este texto que se niega al discurso abierto y tiende más bien a su disgregación en la búsqueda de un discurso más amplio y, por lo tanto, sin obviedad alguna. Los primeros poemas de la sección «Antropología elemental» nos muestran cómo el discurso es desviado constantemente, aunque el título, aparentemente, se empeñe en anunciárnoslo. «Contrición por la luz» parece ubicarnos de entrada al mundo como un big-bang constante que lacera la conciencia y los sentidos del hombre, obligándolo irremisiblemente a la autorreflexión:

¿Es una luz la que gobierna
y erosiona tanto asombro?

Y este asombro que me incendia,
¿es el traspiés de luz que pretendía?

Este mundo traspasado por la luz es, sin lugar a duda, la conciencia misma obnubilada frente al mundo, que vacila y se pregunta si el verdadero sendero conduce a un paraíso donde por fin repose el espíritu:

¿Y por qué esta sed de inocencia
cuando los párpados se alzan?

El segundo poema, «Lo que quieren», propone dar una respuesta a las interrogantes planteadas en el acto de «Contrición» anterior:

Quieren ver más allá
¡Les cuesta tanto
retener en el ojo lejanías!

En el siguiente poema, «Parábola de la víctima perfecta», el sujeto poético emerge:

Me refiero a la parte imberbe, macilenta,
llagada
de mi ser
en la que morir se hizo corriente
y vivir una impotencia.

Comenzamos a advertir, entonces, que se trata de una indagación del Yo profundo poético a través de imágenes y secuencias verbales (las cuales se nos harán familiares en el recorrido de la lectura-síndrome del texto) que oníricamente finalizan o parecen finalizar en la imagen del doble que yace en el espejo:

Me refiero a la única parte de mi ser
que se os dio en perenne sacrificio
y la de la que vosotros, obedientes,
abristeis las carnes en busca de algo:
Tal vez este espejo
.

En el orden de esta sección continúa el reencuentro con la luz, así como las reflexiones que se proyectan desde una conciencia iluminada que nos confirma la secuencia inicial de «Contrición» como eje paradigmático y estructurante:

Las esquinas que frecuentarás
son más agudas con la luz

Los encabezamientos de los poemas devienen hilo conductor suturante de los textos, para abordar la temática existencial de la otredad, no como búsqueda de sí mismo sino como confirmación de la ausencia. «No existe», séptimo poema de «Antropología elemental», lo plantea y confirma:

            Lo que miras no resiste
la mirada que instalas para verlo.
……….
¿Será que tanta vida acaso existe?

Desde este cuestionamiento del ser se plantea ontológicamente la otredad como conciencia iluminada, y así el contrapunto luz-otredad unifica y estructura esta poética, que frecuentemente aborda esta problemática de manera indirecta, parodiando y satirizando el mundo periodístico de las encuestas:

Habrá que preguntarle a mucha gente
si la gente despierta en las mañanas
………
o si apagamos las luces que se encienden
o allanamos la sombra equivocada
o cuánta huella deja nuestro paso
si respondemos siempre: «¿Yo?… Pasaba»

Señalemos que la elusión del referente, así como el escamoteo del dato autobiográfico, enmascarándolo o dándole matices nuevos, pone a prueba la autosuficiencia del texto y confirma el poder verbal de la invención y de la imaginación misma. Pero además la sátira y la ironía presiden y enriquecen este enmascaramiento constante del mundo y del sujeto poético:

Con el sol que llega pretendo ser puntual,
oficioso y convenido,
porque así lo dispone mi antigua pereza.
Pero advierto que solo cantaré tres veces,
cuando la hora y la traición hayan pasado

El poema de amor mismo es concebido desde la autosuficiencia textual aludida, donde el amor mismo es considerado como apariencia equívoca constante, trasmutándose en desamor, única forma de acercamiento a la inexistente amada, como es constatable en «Postal del desapego», «Eva nominante», «Las noches que no tengo», o bien, «Antes de seguir viviendo»:

En épocas de labios sin pasado, volver a verte sería renunciar a tu recuerdo.
Y eso no conforta.
No deshiela.
No es a ti, pues, a quien escribo.
Ya no
es a ti.

Estos son algunos de los latidos existenciales, amorosos, iluminados, que tejen y destejen deconstructivamente los 86 que se abocan en Síndrome de pulso, un poemario que goza de todos los privilegios de la modernidad literaria, texto de indudable madurez que constituye un verdadero aporte a la rica lírica regional e hispanoamericana.

Septiembre de 2012.

 

sindrome de pulso

Federico Hernández Aguilar. Síndrome de pulso.
Editorial Esquipulas, Managua, 2012, 124 páginas.
ISBN: 978-99924-954-9-0.
1. Poesía Salvadoreña – Siglo XXI
2. Literatura Salvadoreña.

 


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IVÁN URIARTE (Nicaragua, 1942). Poeta, narrador y crítico nicaragüense. Doctor en Derecho de la Universidad Centroamericana y en Literatura por la Universidad de Pittsburgh. Premio Nacional de Poesía Rubén Darío (1999). Ha publicado en poesía: 7 poemas atlánticos (1968); Este que habla (1969); Los bordes profundos (1999); Pleno día (2000); Cuando pasan las suburban (2001); Escatología (2005); Imágenes para Dalí (2007). También es autor de un libro de cuentos, La primera vez que el señor llegó al pueblo (1996), y de dos libros de ensayo, La poesía de Ernesto Cardenal en el proceso social centroamericano (2000), y Don Quijote y los rostros de la modernidad literaria (2010).