Leonardo Heredia: “Charadas” (humor)

Leonardo Heredia fue la “voz” más famosa de la radio y la televisión de El Salvador en el siglo XX. Con su muerte el 15 de agosto pasado, la literatura salvadoreña también pierde a uno de sus más brillantes humoristas.

Leonardo Heredia
La Zebra | #20 | Agosto 16, 2017

Hijueputa

El subdesarrollo de El Salvador no se limita al aspecto económico, industrial y agrícola.   Comprende también la cultura y la educación. Su reducido léxico le obliga a usar la misma palabra con distintas acepciones. Por ejemplo, la palabra “puta” o el “hijueputa”.

“Hijueputa” puede ser una frase de cariño. La madre, refiriéndose a su propio hijo, dice: “¡Es que es lindo el hijueputía!”

De admiración: “¡Ese es clase de hijueputa!”

De desprecio: “Se cree un gran hijueputa y no es más que un hijueputía, hombre”

De apremio: “¡Dale, hijueputa!”

De reproche a uno mismo, como cuando, al cometer un error, se dice: “¡Ay, si seré hijueputa!”

Sirve para designar a una persona cuyo nombre se ignora. “¡Mirá, ¿quién era el hijueputa ese que iba contigo?!” Pregunta que bien puede tener como respuesta: “¡El hijueputa de mi’jo!”

Se emplea en sustitución del pronombre nosotros: “¡Los cinco hijueputas que íbamos pal’ puerto, cuando de repente, un hijueputa cuilio que nos para y…!”

Se usa también como un cordial saludo: “¡Hola hijueputa! ¿Qué te habías hecho?!” “¡Nada, hijueputa!”

Denota alegría: “¡Hijueputa! ¡Simacito le doy al gordo!”

O de susto: “¡Jueputa! ¡Simacito le doy al otro carro!”

El ser cierta clase de hijueputa es garantía de honorabilidad. Por eso decimos: “¡Yo no soy esa clase de hijueputa!”

También la cantidad y calidad pueden ser garantes de una promesa: “¿No me vas a enganchar?” “¡Nombre! No soy tan hijueputa como para eso.”

Es cuestión de tonalidades, de modulación, de intención al decir la frase.

Y también existe un “¡Hijueputa!” dicho en una forma muy especial, por el que cualquier hijueputa guanaco se parte la madre con el más hijueputa.

El “hijueputa” de insulto, suele magnificarse con alguna cifra, que no sólo pretende incluir en la puteada a toda la ascendencia de quien recibe el insulto, sino, hacerla más grande en dimensión de tiempo, y más sonora. Entonces, el salvadoreño suele decir: “¡Hijue sesenta y nueve mil ochocientos noventa y cuatro putas!”

Cuando no se dispone de tiempo para recordar a tantas generaciones, se abrevia diciendo: “¡Hijue la gran puta!”

Entre más “hijueputa” más importante es una persona: “¿Con quién arreglaste el asunto, vos?” “¡Achís, yo hablé con el mero hijueputón!”

El siguiente diálogo, entre dos salvadoreños que se encuentran en una cafetería en el momento en que entra una muchacha, ilustra mejor como es que las diferencias en el tono, el ritmo y el volumen, cambian diametralmente la acepción de la palabra:

—¡Mirá, hijueputa, qué buena esa puta que va entrando!

—¡No jodas hijueputa, si esa puta no es puta!

—¡A la gran puta! Y si no es puta con esa care’puta que tiene, entonces, ¿qué putas es, pues, hijueputa!?

El “hijueputa” acompaña al salvadoreño, incluso, en los momentos de consternación: “¡A la gran puta! Así es que se murió, ¿no?”

A todo mundo se le perdona ser “hijueputa”, solamente se le pide no abusar: “¡No seás tan hijueputa! Si no te cuesta nada. Haceme el cachete.”

Como el salvadoreño acepta, de plano, su condición de “hijueputa”, cuando lo insultan, lo único que hace es regatear la cantidad:

“¡Vos no sos más que un hijueputa, hom!”

“¡Achís! ¡Más hijueputa serás vos, cabrón!”

El “hijueputa” de desprecio: “¡No es más que un pobre hijueputa!”

Bueno, aquí no se trata de agotar todas las acepciones, pero, cualquier hijueputa guanaco bien nacido, con seguridad que puede agregar, cuando menos, un par de puteadas más.

Charada en “ch”

Pues si es que el janiche del Chema ‘taba todo amelarchado, bien achorcholado. Porque su china —la Chave— se había marchado de puro capricho pa’ Chalate con el chele Chente. De la gran melarchía se puso cherche, cherche y bien pechistío. Ya ni las chengas le pasaban el buche. Se le atoraban haciéndole güegüecho. Estaba tan achicopalado que ya ni chuliaba cholinas. Andaba todo desguarranchado y ni los talaguashtazos de Chaparro le bajaban la chorcha. Taba que ni cachaba ni pichaba. Parecía deschavetado.

—Pues chis —se dijo un día—. Son chingaderas achicopalarse. Me voy pa’ Chalate y a la chingada con el achique y la chorcha.

Agarró sus tiliches y chunches, volvió un sólo chingaste el cuchito en que tenía un su chumazo de chimbimbas, juntó algunas chuyas, se enchutó una cachucha y la chumpa acolchada y salió echo un cachinflín en una garnacha toda desconchinflada donde un su cuatacho —que era chafarote—, de la chichera; y que antes había sido de la choricera; en tiempos del “cuchumbo” Osorio; y más enantes todavía, tlacuache en el chiquero, y que conocía Chalate al revés y al derecho.

El “Chafa” se llamaba Loncho, pero le decían “lancha”, porque era nalgas pachas. Estaba en gran deschave con una su bachiche monte y le contó puras guashpiras. Le dijo chuladas del pueblucho. Y el “chumpe” del janiche que era chiche pal enganche se fue en la chicagüita creyendo que iba ser puro chotiar. Y como era pate’ chucho, en un chasquido se puso en Chalate.

Llegó con fachas de puro choferote. Chamarra, cachucha, cincho ancho, cuereta en la derecha, y hasta pantalones con cachirulos. Sólo botas de charol le faltaban para parecer “chota” motorizado. Chambiador como era, en un “chas” se cachó un changarro. Se enchilló. Y montó un su cheje pa’ hacerle la lucha. Le puso “El Chichimeco”.

Lo chainió bién. Lo dejó bien chulo. Chelió las paredes, chilacotió las puertas, desmochó los chiribiscos, enchongó la fachada, taponió las chorreras del techo y colgó chilindrines y campanitas chinas; y hasta puso un su Niño de Atocha pa’ que le diera leche.

Y empezó a hacerle la cacha vendiendo sus chuncheretes, chuchuerías, chivas y calaches. Cachanflacas pa’ tirar chirolones, cachimbas de elote, machetes, cuchillos y cutachas. Panochas de Suchitoto, cucuruchos de cacahuete chamuscados, charras tapachultecas —de mariachi—. Naranjas de Chinandega, majonchos, chicozapotes y cuchamperes. Chilíos y guaraches de puro cuero é cuche. Ponchos, chivas y colchas chapinas. Sacacorchos y destapa chibolas. Capiruchos y chintas de palo. Caparachos de carey, hachas, piochas y serruchos. Caramancheles y cachanflacas. Chachamas, chancacas y chambergas. Horchata, fresco de chan, chipiona y charamuscas. Picheles y cucharas de peltre. Pichingas charoliadas que parecían de china. Chinchorros de hoyitos estrechos —especiales pa´ chimbolos—. Melcochas y chupabesitos. Raíz de chichipince, achote y chilindrón. Alguashte, guachipilín y cuchansayo. Chinches pa’ chancletas, tachuelas, broches y remaches pa’ cinchos y guaraches. Chacaleles de colores chillones. Piscuchas coleadoras de papel de china. Catochas, perchas, chachaguatas, y chongas. Panes con chumpe, chorizos, chimbolos secos, y hasta chiltotas, guacalchías, mapaches, tenguereches, y pichiches disecados. Y de contrabando, cushusha y chaparro.

Al ladito le quedaba una chichería —que de noche se volvía venta de shuco—. Con chojoles —chilipucas—. Y ponche caliente, casi sin leche y con mucho chaparro. Los sábados jugaban “Chingolingo”, y los domingos vendían chilate y pupusas de queso y chicharrón. Era de una vieja chachalaca que dizque parchaba. Pero eso era puro chambre. Porque vivía con un su chivo bien pichón que se veía bien machito. Con él tenían un bicho, medio chabacán y más chambroso y chismoso. Él fue el que llegó con el bonche de que al chele Chente le había llegado el chambre de que el janiche estaba en Chalate. Y que andaba encachimbado buscándolo para romperle las jachas.

—Pués que chúchicas —dijo el janiche—. Yo no vine a Chalate a buscar bonche. Pero eso no quiere decir que me va a chunguiar mucho. Yo le voy a empeinetar un machete en la chola y se lo voy a dejar como chonga. O cuando menos le hago un par de chindondos que le queden como cachos. A mí no me va a achicar porque yo no soy churumbel y mucho menos su cholero.

Y afiló tamaña pechetrina en una piedra pacha. Se echó la chamarra más llena de hilachas —por las cochinas di hule. Y salió hecho una chinchintora a buscar al chele Chente. Lo halló bien cachazudo apachurrando corcholatas de chibola en una chifurnia por la champa del choco Tancho; famosa por sus bocas de concha, chacalines, sopa de chipilín, chilaquiles y enchiladas.

—¿Vos sos el chele Chente, hijue la chingada?

—¡Achís, más hijue la chingada serás vós pinche janiche chambón!

—¡Pues yo seré janiche y hasta jincho chuña, si querés, pero soy macho y muy derecho. ¡No chiribisco ni chanchuyero como vós, chimado!

—¡Andá chapaliá mierda, y de paso te hartás un cuchumbo de churria janiche rascuache!

Y se engancharon a chingadazos. El janiche sacó la pechetrina y le arrió el primer chusazo. El chele nomás se enconchó. Y se hizo más peche para safarse el chajazo. El Chema con el embión quedó parado medio chueco y el Chente aprovechó el chance para zamparle un chutazo en la chimpinilla y tirarle una ganchada que le dió en la pura chata y le dijo:

—¡Chingado janiche! Te sentís arrecho porque traés cutacha. Vos estás creyendo que porque los chuchos son cachudos van chiflando.

—Te vuá dejar cholco de una ganchada para que aprendás a pelear chuco, Jerote.

—Chale, hijueputa. Echá riata sin dicharachos.

Y más encachimbado el Chema se agachó como que era chango. Y en el enderezón le dió un chajazo en la choreja que le sacó el achote.

—Chúchica —dijo el chele Chente.

Se desabrochó el cincho y le arrió el primer chilillazo que nomás chasquió al choyarle el cachete y lo dejó viendo un gran chisperío como que eran güishtes. Se había hecho el bochinche. La chusma los chunguiaba.

—Vos sos macho janiche.

—Volale la chata Chente.

—Sacale el chojole, Chema.

—Ese es puro gallo chorón, vos.

—Enderesále la jacha de una ganchada.

—Te lo llevás pachito, Chente.

—Quitale la cutacha y se la enchutás en el chunchucullo.

—Apachale le golilla para que aprenda a gallo chinguero.

—A ese te lo llevás chiche, janiche.

Una cholera —Shashaca— pegó un gran chillido al ver al Chente que se acuchulló para pepenar un gran chirolón que le arrió a la mera chirimola. Si el janiche no se agacha, le hubiera chapiado las greñas con solo el choyón. ¡La leche del Chente! ¡Y no justo llegaban los chontes y le va dando el chipustazo a un cuilio colocho que casi le parte la chola, pues!

¡A no, hijue la gran chucha! ¡Hoy te chingaste! ¡Este chindondo lo vas a pagar en chirona! Te vuá enchaquetar la capucha, ¡Chele hijueputa!

Y no faltó un chusco bayunco que echara la puya haciendo la voz de chiquito.

—¡Te la cachaste por metiche, chota hijueputa!

Y se armó el zafarrancho. El chonte colocho y otro chapudo y bien cholotón con el que andaba enchachado sacaron machete, y encachimbados empezaron a repartir chaflanazos a izquierda y derecha. Y salió la jinchada echa un chichipuste como que era mancha de chapulines. En la gran chaqueteada chocaron con unos mariachis choquitos. El que charranganiaba la guitarra quedó enchutado en un matocho de chichicaste; y se le hicieron un chingo de ronchas. El del tololoche voló como que era cachinflin porque era bién pechistío. Y al de la chirimilla le quedó el chunche enchutado hasta el buche, y apenas le salía por la jacha como que era “mamá Cachimba”. Bueno, volaron mariachis y talaches como que era chiflón. A un billetero curcucho casi lo planchan y lo dejan derecho del chaflanazo que le dio el chota morocho con el puro plan del machete. A una china timpirichuda se le enganchó el chal en el que chiniaba al chirizo —como las jinchas chapinas—; y aterrizó como que era lancha achaflanada en un charco de chanchos —que de pura chiripa era pachito—. Cayó de chunchucullo, con las chernas para arriba. Y se le vió toda la panocha en forma de concha; y la gran chorcha —cómo que era mocue chumpe—. Quedó toda chorriada y llena de chirustillos. El chichí se puso chapudo del puro berrinche. Pero no chilló. ¡Y cómo, pués! ¡Si se había tragado el chupón con todo y chin-chín!

El janiche y el chele aprovecharon el desguarranche para safarze por una trocha que paraba en el rancho de un su cuatacho del Chente. Prestaron el chorro pa chainiarse un poco. Nomás salió un chilguetío. Y a puro pashte y jabón de cuche se tuvieron que lavar las chiras.

El janiche Chema tenía hinchado el cachete del gran cinchazo, y le habían brotado chimbombitas. Y a cada choyón del pashte le chamuscaba como que era chile chiltepe. Pero hinchando los huechos se aguantó la chinga. El Chente echaba un chilguete de achote por la choreja chasajiada y se estaba poniendo bién neshte. Pués se lo tancaron con un chipuste de hojas de chilamate machacadas con chichilhuite de pichiche, y raíces de chichipín.

—¡Chúchica! ¡Por un cachito y te descabecho! —dijo el Chema mirando a los ojos del Chente!

—¡Perdonáme Chele!

—¡Chis, mejor perdoname vos Chema! ¡Que del chilillazo casi te choquello! ¡Señá para ver, hum! ¡Son chingaderas! ¡No vale la pena achicopalarse! ¡Y todo por haberme chimado a la Chave, que resultó peperecha internacional! ¡Porque desde catrachos, chapines, y chochos… hasta chinos, chicanos, chilenos y negros muruchos, le han enchufado el pipiriche!

—¡Pués si es verdad, hum! ¡Mejor hagámonos cheros!

—¡Chocala!

El chele sacó una pacha y se echaron un par de pihuashtazos.

—¡Salud!

—¡Salud!

—¡Mirá, mejor chinguemos a la Chave porque para esto que nos ha hecho, de plano que no hay derecho!

—¡Pues si!

—¿Pero y cómo chuchicas, vos?

—¡Achís mirá, es chapupa, homb! ¡Corramos la ficha de que la chota me enchironó por chichipate y bochinchero y que me echaron ocho días! Luego, en la noche, nos tapamos con unos guangoches y nos escondemos en unos charrascales cerca de la choza para ver si llega algún chivo. Preparamos chirriones con tronchos de chiriviscos y los untamos de chichicaste para que chamusquen los chilillazos. Esperamos un cachito hasta tantiar que ya estan chulones, bién apechugados en la chimadera. Entonces nos trepamos al techo. Les caemos como chacacuetes. Los cogemos de las grenchas, y ¡chacás, chacás!, les damos en las chernas, en las chiches, ¡chacás!, en las jachas, en las nachas, en el pecho. Y hasta en el picho y en la panocha. Y seguimos ¡chacás, chacás! hasta que chillen como guacalchías y les queden los chirrionasos marcados como chajazos!

—¡Achís, suena arrechito!¡Démole pués, hombe!

Desde esa fecha, el janiche del Chema y el chele Chente se hicieron compinches de chupas, chingas y fechorías. La Chave agarró para Chalchuapa. Y se metió de cholina con unos gachupines. Y dicen los chismes que le enchufaron de apodo: “Chavela la Charrasquiada”.

 


LEONARDO HEREDIA (El Salvador, 1930-2017). Locutor y productor de radio, presentador de televisión y escritor, fue la “voz” más famosa y reconocida de las comunicaciones salvadoreñas en el siglo XX. Fue fundador de la YSKL, de la radio “Femenina” y del canal 6 de televisión. Dirigió la Radio Nacional y fue maestro de ceremonia de varios presidentes; también es muy recordada su participación como presentador de Miss Universo 1975, cuando el evento se realizó en El Salvador. Es autor de una célebre colección de piezas humorísticas —escritas en clave de cuento, crónica o ensayo—, que exploran con agudo sentido de ironía los rasgos más característicos del habla popular salvadoreña: Charadas (primera edición, San Salvador, 2012; segunda edición actualizada, Editorial Delgado, 2016; existe también una versión grabada en la voz del autor de varios de los textos). Fue autor del más influyente guion radiofónico en El Salvador: Los nietos del jaguar, en el que se encadenan poemas de Pedro Geoffroy Rivas; tanto le gustó la idea al poeta, que compuso un libro entero siguiendo la pauta del guion original de Heredia; la maestra y coreógrafa de ballet, Alcira Alonso, creó la obra Los nietos del jaguar, utilizando como base la obra radiofónica de Heredia y Geoffroy Rivas, además de un acompañamiento musical en vivo con instrumentos indígenas.

Fotografía del autor y permiso para uso de los textos: cortesía de la familia Heredia.