Jorge Ávalos: “Orgullo y prejuicio” (editorial)

¿Cuál es el verdadero rol de los símbolos patrios? Una perspectiva cultural.

Jorge Ávalos
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

Durante la década de 1980, El Salvador vivió una guerra que atrajo y mantuvo por muchos años la atención del mundo. Y tarde o temprano, cada uno de los cientos de periodistas que reportaron sobre el conflicto comentaron o escribieron o bromearon sobre uno de los aspectos del patriotismo salvadoreño que ellos consideraban irresistiblemente divertido: el himno nacional.

Tom Buckley, por ejemplo, escribió en su libro Violent Neighbors (1984) que el himno nacional de El Salvador tenía que ser el más largo que había oído en su vida. El comentario pretendía ser irónico, magnificado aún más por su observación sobre el increíble parecido que la melodía tenía con dos óperas: “El Salvador podría ser la nación más pequeña de América Latina, pero su himno nacional, que tiene pasajes que hacen eco del ‘Sexteto’ de Lucia di Lammermoor y la ‘Overtura’ de Guillermo Tell es tan extenso como Chile”. También Charles Clements, en su libro Witness to War (1985), describió el parecido que el himno de El Salvador tenía con música de la famosa ópera El profeta (1849) del compositor alemán Giacomo Meyerbeer (1791-1864).

Buckley escuchó el himno en numerosos actos oficiales. Clements lo escuchó cantado por las fuerzas rebeldes que se atrincheraban en el volcán de Guazapa. Esto era lo que les parecía tan gracioso: tanto la oligarquía como los revolucionarios cantaban en una “república bananera” un himno plagiado de música europea. Y ni los oligarcas ni los rebeldes tenían conciencia de que al cantarlo no hacían más que emular a sus antiguos amos coloniales. En el mejor de los casos, creían, se trataba de un ejemplo más de “realismo mágico”.

Tan reconocibles son las fuentes del himno nacional de El Salvador para los oídos de los extranjeros, y tan divertido les resulta cuando lo escuchan, que cuando el director de cine Paul Mazursky creó una sátira sobre la intervención de los Estados Unidos en El Salvador, la comedia Moon over Parador (1988), se tomó el tiempo para parodiar el pastiche operático del himno salvadoreño con un pastiche similar en el que se conjugaban éxitos de musicales de Broadway. Y, en efecto, ese es uno de los momentos más deliciosos de esa película.

En realidad, el himno de El Salvador, compuesto por el músico italiano Giovanni Enrico Aberle Sforza (1846-1930), mejor conocido como “Juan Aberle”, no es un plagio sino un pastiche: un crudo coctel de los éxitos musicales que tanto gustaban a la clase alta en la segunda mitad del siglo XIX. Contiene imitaciones de las composiciones de dos italianos, de Gioachino Rossini (1792-1868) en el coro, y de Gaetano Donizetti (1797-1848) en la melodía, más otro rasgo del francés Léo Delibes (1836-1891), mientras la estructura misma del himno proviene de “La marcha de la coronación” de Meyerbeer.

Aberle compuso el acompañamiento musical al poema patriótico de Juan José Cañas (1826-1918) por petición de un presidente de la república, Rafael Zaldívar. La letra del himno es un poema de tono romántico y de sentimientos exaltados a la paz, como lo confirma su primera estrofa:

De la paz en la dicha suprema,
siempre noble soñó El Salvador;
fue obtenerla su eterno problema,
conservarla es su gloria mayor.

Y con fe inquebrantable el camino
del progreso se afana en seguir
por llenar su grandioso destino:
conquistarse un feliz porvenir.

Le protege una férrea barrera
contra el choque de ruin deslealtad,
desde el día que en su alta bandera
con su sangre escribió: ¡Libertad!

El himno se escuchó públicamente por primera vez el 15 de septiembre de 1879, pero no fue oficializado sino hasta el 14 de diciembre de 1953. Entre 1866 y ese año, varias composiciones compitieron por el honor oficial de ser el himno nacional.

¿Cómo reaccionan los salvadoreños cuando se les dice que la música del himno nacional no tiene ni una pizca de originalidad? Una anécdota lo ilustra muy bien. Según un amigo que estuvo en Guazapa durante la guerra, cuando el norteamericano Clements le advirtió al grupo de guerrilleros, que él acompañaba en calidad de médico, que el himno que cantaban era un plagio de óperas muy famosas, uno de los guerrilleros lo vio a los ojos y le dijo: “Es que no lo cantamos para vos, gringo pendejo”. En su propia versión de los hechos, Clements omite la última palabra.

Solemos confundir los símbolos patrios de una nación con las expresiones culturales de un pueblo porque ambas entran a la corriente de las tradiciones. Al aceptar esto sin análisis perdemos de vista que las expresiones culturales entran al imaginario de una nación porque surgen del seno de un pueblo cuando se cumplen dos condiciones: cuando una comunidad humana reconoce que una obra de su propia creación lo identifica y cuando también nutre su sentido de identidad. El símbolo patrio es instituido por decreto, y entra a la tradición por vías oficiales, por medio de los mecanismos del poder, que siempre son artificiales. Es por esta razón que la cultura podría oponerse, en ocasiones, al nacionalismo: cuando el pueblo percibe que su auténtica cultura está en peligro y resiente los mecanismos del poder.

Durante los períodos más duros de la historia pareciera que el nacionalismo es una fuerza poderosa al servicio de la unificación de una nación. En realidad, la historia nos ha demostrado que lo contrario es cierto: durante los períodos de crisis, lo que nos une como pueblo es el deseo de ser libres para ser quienes somos. Eso se llama identidad cultural: es el reconocimiento y la defensa de una cultura propia. Los ejemplos son innumerables. El papel del nacionalismo y sus símbolos es el de celebrar, proteger y defender a la cultura, en todas sus variantes y vertientes, lo cual incluye una historia, un territorio y un patrimonio comunes, entre muchas otras cosas.

Por tanto, no se defiende el nacionalismo, se defiende la cultura. Nos sentimos orgullosos de nuestras expresiones culturales, es algo que hacemos todo el tiempo; ante eso, los símbolos nacionales (oficiales) no son nada más que instrumentos para celebrar ese orgullo. El nacionalismo y sus símbolos no son nada sin la cultura que representan. Un pueblo que coloca la simbología oficial de su país al centro de su identidad cultural perderá su rumbo. No hay que ir muy lejos. Allí están, a nuestra consideración histórica, el nazismo, el estalinismo, el maoismo y sus brutales consecuencias para el alma de sus pueblos.

En conclusión, llego a la idea de que toda máxima tiene su complemento negativo y en toda verdad podemos vislumbrar las consecuencias de su opuesto. Si la verdad nos hará libres, la mentira nos hará creyentes. ¿Cuál es el opuesto negativo de la cultura? Yo propongo que es el nacionalismo. La cultura se nutre de la luz del conocimiento; el nacionalismo, justificado o no, del orgullo ciego.

La lección: la defensa de la libertad se realiza por medio del fortalecimiento de la identidad cultural auténtica. Ante un pueblo culturalmente fuerte, el nacionalismo espontáneo sería, entonces, una expresión viva y válida de la cultura, una celebración de nuestra común libertad para ser quienes somos, para ser quienes elegimos ser como pueblo, con todas —a pesar de, y gracias a— nuestras grandes diferencias individuales.

 


Fotografía: una joven tamborilera ostenta un símbolo de la cultura reggae, una hoja multicolor de marihuana, durante una marcha de la independencia salvadoreña.