Salarrué: “El naco” (ficción)

Uno de los primeros cuentos realistas de Centroamérica centrado en un personaje homosexual, escrito alrededor de 1930.

Salarrué
Arte de Alfredo Catalán
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

Lalo es el naco del caserío; camina como los patos tiernos, pescueceando y diciendo así… con el ala en el aire, aguadita y desplumada (la manita), sonrisa cachetoncita y mirada colocha.

Le gusta jugar pizpicigaña con los cipotes y habla rajado y como meciendo las palabras en una hamaca.

Su camisa es verde-lechuga y usa un calzón bien ceñido para que lo vean caminando con él, algo así como sin ganas, llevando su gran sonrisa y su gran fundiyo en equilibrio de balanza.

—¡Verlo! —dice la ña Carlota—. ¡Ya parece que se va quer; es mero payaso y zalamero y gelatinoso con los peones!

Come mordiendo la tortilla por un ladito, y risa y risa… y va por el huacal de café con la mano en la cintura.

—¡Ve, pué!… Se me olvida ponerle dulce y me arrepugna esta cosa amarga como la hiel…

Lalo es como un payaso extraño que no quisiera serlo. Todos lo miran y todos se ríen y él sólo dice: “La gente, ¡Jesúsmaría!, tan… chirigotera (habla como gimiendo), ¡lo azareyan a uno con sus supercherías incesantes!”

A veces les cuenta un cuento a los cipotes: “¡Silencio la chamuchina, o no cuento nada!…” Se aquietan los chicos y lo escuchan.

“Érase que se era…”, dice con voz misteriosa y como dirigiéndose solo con batuta: “una prístina princesa que tenía un lunarcito, aquí…”

Se toca una mejilla y pone los ojos en blanco.

“Era la marisusconchas de guapísima y se llamaba Espumía. Un día la dulcísima Espumía…” Y por ahí se desguindaba, como dicen…

Lalo hacía pan de dulce, horneando a más y mejor, y lo vendía aún caliente sin quedarle ni un salpor que, aunque salga en verso, es la purá verdad. Andaba su buen chumazo de monedas en un ñudo de la servilleta rayada que le servía (al fin servilleta) de pañuelo y de cartera.

Doña Simona, su abuela (quien le servía de nana) decía:

—Este nació menguado de la Luna, el pobre; en vez de nacer janiche del labio nació janiche del ánima.

“¡Adiós, Ulalia!…” le decían en son de burla los mozos tontos, retorciendo la voz al hablar como tololo de levadura.

Lalo paraba la cara con los labios apretados de profundo desprecio y seguía su camino sin voltear a ver, pero chiqueándose con un meneo de no me va ni me viene.

Hasta los chuchos lo notaban raro y le latían.

Una noche se incendió el rancho de la Tonita Rosales con una vara de cuete que cayó flechada en el techo, prendiendo en la paja como en una chamiza fina.

Fue la gran escandalada, la humazón, el llamaral, con las sombras que corrían huyendo gigantescas del rancho, en todas direcciones, con el pelo parado.

Daba gritos la Tonita por el minchito que se había quedado entrampado dando alaridos.

El juelgo del incendio era impotente y nadie entró sino el Lalo de tres zancadas y se quemó tantito, pero salvó al niño.

Lo llevaron a la carreta las mujeres y le untaron mantequecuche en las llagas de las quemadas llamándole “pobrecito”, o sobándole el peinado con dedos agradecidos.

Y la ña Braulia Centeno, que es patizamba y es prieta y amarga de las quijadas (la vieja más malhablada de la comarca), parada en jarras afronta al grupo de hombres curiosos:

—¡¡Aura díganle qués naco, josdesesentamil!!…

 

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Nota

La palabra “naco”, que significa llorón, es también la palabra con la que se designaba al hombre afeminado en las zonas rurales de El Salvador durante la primera mitad del siglo XX. Este cuento apareció publicado entre 1928 y 1932 en el periódico Patria (presuntamente, pues aún no hemos encontrado la publicación original). El uso de la palabra “naco” en 1930 sería equivalente a titular el cuento “El maricón” en la actualidad. Esta versión en prosa se conserva en un álbum de recortes donde no aparecen ni el origen ni la fecha, sin embargo el autor lo incluyó —en una versión en verso, pese a su carácter tan prosaico y narrativo— en el libro de poemas Mundo nomasito (una isla en el cielo), publicado por la editorial de la Universidad de El Salvador, San Salvador, en 1975. Con excepción de algunas variantes en los signos de puntuación, no hay diferencia alguna entre las dos versiones. Decidimos publicar esta versión en prosa porque así se revela, por su estilo, como un cuento hermano de los famosos Cuentos de barro del autor.

 


SALARRUÉ (1899-1975). Pseudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (cuentos de Nueva York), permanece inédito.